Según me lo contó él mismo, Sergio Cabrera salió cuarenta y cuatro años después de la Filmoteca de Catalunya, tomó a la izquierda por la plaza Salvador Seguí y caminó en dirección a la Rambla del Raval. Eran casi las once de la noche. Junto a él, en un silencio que no era incómodo, iba su hijo Raúl, que acababa de ver La estrategia del caracol por primera vez en una sala de cine, y en ella, a su abuelo convertido en líder de una rebelión de barrio. «Le va bien ese papel a Tato», había dicho, y Sergio contestó como le gustaba: «Eso es porque estaba haciendo de sí mismo». A Raúl le quedaban muy lejos esas historias de las que habían estado hablando desde la noche del jueves, que ya parecía remota, hasta este sábado cuyas últimas horas comenzaban a extinguirse. Habían sido tres días de conversaciones interrumpidas, no sólo por los compromisos con la filmoteca, sino por tantas cosas que se quieren decir y no se dicen nunca; tres días en los que Sergio habría querido contarle a su hijo de dieciocho años la vida de su padre, que acababa de morir a los noventa y dos, pero estaba consciente de que apenas si había logrado arañar la superficie de ese pasado testarudo.
De todas formas, Sergio consiguió ser brevemente feliz junto a Raúl. En Barcelona fueron dos paseantes cualesquiera, perdidos como los demás en la bestia sin forma del turismo, un padre y un hijo que viven vidas separadas en ciudades distantes y que ahora se han encontrado para decirse cuánto se quieren y cuánto se extrañan de la manera más vieja de todas: contando historias. Sergio llevaba muchos años hablándoles de su vida a sus amigos, en cenas o en viajes, pero nada similar había pasado con Raúl, porque así no funcionaron nunca las cosas en casa de Fausto y Luz Elena: del pasado no se hablaba. Ahora se daba cuenta de que nunca le había contado tantas cosas a su hijo, acaso por haberlo visto hasta ahora como un niño que no las habría entendido; y si alguna vez le había explicado de dónde venía su nombre, estaba seguro de que después de este fin de semana sería como si su hijo lo entendiera por primera vez.
«Joder», dijo Raúl. «Qué cantidad de cosas las que hay detrás de mi nombre».
«Digamos que te llamas como yo», dijo Sergio. «No hay que darle más vueltas».
No le habló de la reacción furibunda que habían tenido sus familiares españoles cuando se enteraron del origen de su nombre. Sergio, desde luego, habría querido explicar sus razones, pero sabía muy bien que ni siquiera para él mismo eran claras. Su primera hija se había llamado Lilí, el nombre que los chinos le pusieron a Marianella en los tiempos remotos de Pekín; el nombre de su segunda hija, Valentina, fue el que tuvo su madre en sus años de militante. Era como si se negara a soltar el pasado, aunque fuera a veces el pasado doloroso que todos en la familia habían tratado de dejar atrás. Así había hecho Marianella, que años después de su salida de la guerrilla, cuando ya había construido una vida con Guillermo —ya se había casado con él y estaba esperando su primer hijo—, gastó un día entero de su tiempo en tramitar ante un notario la eliminación de su primer nombre de pila. Sergio recordaba la carta en la que se lo contó. «Me quité el Sol», le escribió. «No quiero volver a oír ese nombre».
Marianella hablaba de eso con frecuencia: de lo mucho que le seguía doliendo su pasado en la guerrilla, de los esfuerzos casi físicos que había llevado a cabo para olvidar todo lo ocurrido en esos años, del arrepentimiento, de la culpa, del odio. Sí, de eso también, y Sergio, cuyas emociones nunca alcanzaron la intensidad nuclear de las de su hermana, comprendía muy bien a qué se refería, y comprendía también que a su hermana siempre le faltaron las palabras para darles cuerpo a las profundidades de su desencanto. Unos años atrás, leyendo Vida y destino , la novela de Vasili Grossman, Sergio encontró una frase que les sacudió el polvo a las memorias más incómodas: A veces los hombres que van juntos a la batalla se detestan más entre ellos que al enemigo común . Le mandó a Marianella una foto de la frase subrayada, sin comentarios ni glosas, y ella contestó con cinco palabras amargas: No hay más que decir . Claro, ella cargaba el pasado de una manera que Sergio no hubiera podido comprender del todo aunque se esforzara, y todos en la familia recordaban aquella cita médica (eran los años noventa) en que las radiografías lanzaron sombras preocupantes y un médico llegó incluso a hablar de cáncer de pulmón, para luego darse cuenta de que no eran tejidos malignos lo que se veía en las imágenes, sino las esquirlas de la bala que un compañero de lucha le había disparado por la espalda.
Cuando llegaron al hotel, tras pasar frente al gato de bronce de Fernando Botero, Raúl le dijo a su padre: «¿Me invitas a una copa en la terraza?». Era una noche limpia de sábado; una brisa ponía a temblar las velas en sus vidrios y les hacía la vida difícil a los que trataban de encender un cigarrillo, y en el cielo habrían sido visibles las estrellas si lo hubiera permitido el fulgor de la ciudad. Se acomodaron de frente a los tejados sombríos, a cinco sillas del lugar de aquella barra donde Sergio, tres noches atrás, había visto Montjuic con ojos nuevos y había comenzado a pensar en su padre, en sus historias de la Guerra Civil, en su vida de exiliado adolescente. A la edad de Raúl, Fausto Cabrera ya había salido huyendo de su país y pasado hambre en República Dominicana. A la edad de Raúl, Sergio estaba viviendo en Pekín su vida paradójica de guardia rojo y de extranjero privilegiado, y se preparaba para hacer el curso militar del Partido Comunista. ¿Qué había hecho Raúl? Ir al colegio como los otros niños, vivir unos años con su padre en Colombia, llevar una adolescencia corriente y española que lo había traído aquí, a una pacífica terraza de una ciudad en paz, para pedir una cerveza San Miguel en los albores de su vida adulta. Tal vez esto, el regalo de la normalidad, era mejor que dejarle una fortuna. En eso estaba pensando Sergio cuando Raúl le preguntó por qué no había ido al entierro.
«Fue una cremación», dijo Sergio.
«Es igual. ¿Por qué no has ido?»
«No sé. Porque no hubiera sabido qué decir». Se hizo un largo silencio que Sergio conocía bien: era el silencio de las respuestas insatisfactorias. «Siempre tuve ese problema con él», continuó entonces. «Tato era actor, declamador de poemas, un hombre que vivía por la boca. Yo nunca fui así, no con él. Nunca supe decirle las cosas, y él odiaba eso. Decía que mis silencios eran una tortura. No, para eso no hubiera valido la pena ir, ¿para qué? ¿Para quedarme callado, para torturarlo una vez más, la última, con ese silencio que detestaba? No, no hubiera valido la pena».
«¿Y por qué no mandaste algo?»
«Nadie me dijo que se podía», dijo Sergio. «Y mi hermana no iba a estar en el cementerio. ¿Quién lo hubiera leído?»
«No lo sé, papá, cualquier persona. Alguien lo hubiera leído y tú te sentirías mejor ahora mismo».
«Tal vez», dijo Sergio.
«Y no te dolería no estar allá».
«Tal vez», repitió Sergio. «Pero tú me preguntas por qué no fui, y lo único que puedo decirte es que no me arrepiento. Mañana tú te regresas a Málaga y el lunes yo me voy a Lisboa, pero estos días aquí han sido importantes. Para mí lo han sido, en todo caso».
Raúl dijo: «Para mí también».
Sergio alargó el brazo y tocó la cara de su hijo: una caricia apenas. Sintió en la palma de su mano la aspereza nueva de una piel que ya no era la de un niño. Raúl le estaba haciendo otras preguntas y Sergio contestaba como podía, igual que lo había hecho en los días anteriores, pero ahora, en la terraza, tuvo una idea que absurdamente no se le había ocurrido antes. En su computador guardaba alguna foto de esas épocas, y podía también escribirle a Marianella para pedirle que mandara alguna más. Con los años habían ido escaneando esas fotos viejas, porque ya comenzaban a deteriorarse y nadie quería que se perdieran del todo, así que nada era más fácil que pasar un rato buscándolas en los vericuetos de los discos duros, si Raúl estaba de ánimo para trasnochar un poco. Raúl levantó la mano.
«Pidamos la cuenta», dijo.
En noviembre de 1972, Sergio y Luz Elena llegaron a Hong Kong con la sensación de regresar de la muerte. Era el final de la huida, o así lo sentían, porque habían completado este viaje largo mirando por encima del hombro, seguros de que una serie de peligros sin cara los esperaba en cualquier parte. Les parecía inexplicable que todo hubiera salido como lo habían planeado. Era inexplicable que Sergio hubiera salido sin contratiempos de Colombia; era milagroso que el marino mercante Atilio San Juan hubiera superado con éxito el control de inmigración del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, y que el revolucionario desencantado Sergio Cabrera hubiera podido tomar un taxi sin que nadie lo siguiera. Pero así ocurrió: Sergio se alojó en un hotel de nombre Sevilla, en la calle Bucareli, pasó la tarde viendo libros de segunda en la calle Donceles y en la noche se metió a un cine desastrado donde proyectaban El conformista . Y al día siguiente, muy temprano, se presentó sin avisar en la Embajada de la República Popular China.
«Mi nombre es Li Zhi Qiang», dijo. «Mi código es 02911730. Necesito entrar en contacto con la Comisión Militar del partido».
«El hijo del especialista Cabrera», le dijo un hombre. «Sí, él ya estuvo por acá».
Así se enteró Sergio de que su padre había cubierto el mismo trayecto que ahora él se aprestaba a cubrir, y lo imaginó ya instalado, a pesar de sus convicciones, en el Hotel de la Amistad. Según se lo explicó el funcionario, la embajada tendría mucho gusto en organizar su viaje de regreso a China, un itinerario completo que llegaría a Hong Kong e incluiría el vuelo a Pekín. «Tenemos entendido que su madre viajará con usted», dijo el funcionario. «Tenemos entendido que estará aterrizando en unos días». Sergio lo confirmó, pero le quedó la sensación, incómoda como una costura mal hecha en el cuello de la camisa, de que la embajada sabía más que él de su propia vida.
Durante el largo viaje a Hong Kong, Luz Elena le contó a Sergio todo lo ocurrido desde que los dos se despidieron en la casa de los abuelos. Así supo Sergio que su madre, cumpliendo con la palabra empeñada, había recogido en el Instituto de Bienestar Familiar a los hijos de los comandantes y se había conmovido hasta las lágrimas con el abrazo de los niños. Le costó dejarlos en el piso clandestino de una célula urbana, en manos de gente que no conocía, sin garantía ninguna de que alguien allí fuera a hacerse buen cargo de ellos, pero Marianella se aseguró de que su preocupación llegara a los oídos apropiados. Lo hizo por medio de Guillermo, cuyos contactos seguían operativos a pesar de que ya hubiera comenzado a vivir, él también, fuera de la guerrilla. Estaban viviendo en Popayán, contó Luz Elena. A Marianella se le había presentado una posibilidad de ganar algún dinero haciendo planos de arquitectura, pues un hermano de Guillermo, ingeniero, le había hecho una prueba sin mayor esperanza, sólo por ayudar a la familia. Pero Marianella había demostrado un talento como delineante, que la sorprendió a ella tanto como a los otros. Todo parecía encarrilarse.
En la frontera china, el funcionario que recibió los pasaportes miró detenidamente el de Sergio, o, mejor, el del marino mercante Atilio San Juan, y dijo: «Esto se queda aquí». Sergio trató de reclamar o defenderse, pero su lengua china, aprendida en Pekín, era inservible o inútil en Cantón. De repente volvieron la aprensión y la angustia y la paranoia, pues, a pesar de la intervención de un intérprete, el pasaporte no pasó la frontera, sino que se quedó allí, decomisado, como la metáfora imbécil de una vida enredada. Era incomprensible: las autoridades chinas tenían que saber que el pasaporte era falso, porque de otra manera no le habrían permitido la entrada a alguien cuyo nombre no coincidía con su código militar. Sergio odió a Atilio San Juan, o más bien lo envidió con esa envidia tan intensa que se confunde con el odio. Lo envidió porque le hubiera gustado ser él: un marino mercante sin pasado, sin arrepentimientos, sin problemas, dueño de su futuro, que dormía bien por las noches. Para Sergio, en cambio, las noches se habían convertido en un tormento, pues con frecuencia se despertaba con una sensación de encierro que no había sentido nunca, y la oscuridad le aceleraba el corazón hasta que su mano encontraba el interruptor de la lámpara. Luego pensaba en aquel cuento de Poe sobre un cataléptico al que entierran vivo, y se avergonzaba de sí mismo. No le habló de aquello a nadie, porque no quería que pensaran que le tenía miedo a la oscuridad, como un niño, y no sabía cómo explicar lo que le ocurría en términos distintos. Se dijo que era cuestión de tiempo; que ahora, al llegar a Pekín para recomponer una vida rota, todo iría lentamente recuperando la normalidad. Al cruzar la frontera china, Luz Elena había comentado: «¿No es raro que uno pueda cambiar de mundo caminando?». Y tal vez era eso, cambiar de mundo, lo que Sergio necesitaba para volver a estar bien.
Pekín era familiar, extrañamente familiar, y Sergio se alegró de estar de vuelta, pero la alegría no fue impecable, porque algo se había roto en la relación con Fausto. A veces parecía que su padre hubiera llegado de Colombia con un resentimiento callado, como si culpara a alguien del fracaso de su aventura en la guerrilla; empezó a llevar una vida aislada, madrugando sólo para sus sesiones de tai chi chuan , almorzando a destiempo en el restaurante. Fue por esos días cuando decidió que en su mesa no se hablaría de lo ocurrido en Colombia. Era como una prolongación artificiosa de las prohibiciones de la vida clandestina, pero lo único que logró fue corroer las complicidades que se habían construido lentamente. Los silencios en la mesa se volvieron dolorosos como la herida de la leishmaniasis: pudriéndose calladamente, sin avisar, hasta que ya el daño era serio. Sergio, contra todo pronóstico, descubrió que le hacía falta hablar de la guerrilla, y encontró maneras de hacerlo. Retomó el contacto con los viejos amigos de la escuela Chong Wen, que organizaron en su honor una reunión muy parecida a un banquete: era una mesa para veinte personas que terminaba donde comenzaba una tarima, y por la tarima pasaron cinco de sus antiguos camaradas para dar vivas al internacionalismo proletario, cantar canciones debajo de un retrato colorido de Mao y honrar al camarada colombiano que había tomado las armas en el Ejército Popular de Liberación de su país. Para todos ellos, Sergio era un héroe. Era imposible explicarles que él, por su parte, se veía como un fraude.
Lo mejor del regreso fue el reencuentro con Carl Crook. Llegó sin avisar al Hotel de la Amistad, poco antes del último día del año, porque había oído el rumor de que los Cabrera estaban de vuelta. Parecía más alto que la última vez que se vieron, aun después de quitarse la gorra china que le añadía unos centímetros, y se había dejado crecer una barba descuidada. No ocultó su desilusión cuando supo que Marianella se había quedado en Colombia, pero una tímida sonrisa de triste satisfacción apareció en su cara al enterarse del matrimonio. «Me cuesta imaginarla», dijo. «Pero si me dices que está feliz…». De todo esto hablaban en largas conversaciones en el hotel, en la Tienda de la Amistad, en el Palacio de Verano donde Carl había sido novio de juventud de una adolescente rebelde. Era como si se acabaran de dar cuenta de que eran amigos: como si le hubieran puesto nombre, después de tantos años de ausencia, a una vieja complicidad. Sergio le contó a Carl todo lo que le había pasado a él en los tres años y medio de vida en la selva. Le habló de Fernando, de Isabela, de Sol y Valentina y los murciélagos vampiros, y le mostró las cicatrices de la piel y uno de muchos días se permitió la sensiblería de hablar de otras cicatrices. Carl, por su parte, le dio las últimas noticias de lo que había sufrido su familia desde abril de 1968, cuando los guardias sacaron a David Crook de su celda pequeña y lo llevaron a la cárcel de alta seguridad de Qincheng.
Tan pronto se enteró del traslado, Isabel comenzó las gestiones para liberar a su marido. Trató de explicarle a quien quisiera oírla que se trataba de un error, que las acusaciones de espionaje eran infundadas, que David llevaba veinte años trabajando por el comunismo. Sus hijos la miraban moverse con dedicación e industria, y nunca se les ocurrió que no fuera a tener éxito: Isabel siempre lograba lo que se proponía. Pero un día, meses después del arresto de David, Isabel fue arrestada también. No hubo nada que los hijos —tres muchachos adolescentes— pudieran hacer contra los mecanismos de la Revolución Cultural. China, el país donde habían nacido y crecido y cuya lengua hablaban, había declarado que los Crook eran una familia de enemigos, y los tres hermanos comenzaron una vida de soledad que Carl siempre comparó a lo que había visto en los Cabrera.
«Así vivían los colombianos», les decía a sus hermanos. «Y si ellos podían, nosotros tenemos que poder».
Paul, su hermano menor, aprendió a cocinar maravillosamente; Michael, el más físico de los tres, ventilaba sus frustraciones en bicicleta, o nadando en el hotel cuando la piscina estaba abierta; Carl se dedicó a estudiar la lengua inglesa, que siempre había visto de lejos, como una herramienta de segunda mano, y en poco tiempo no sólo estaba leyendo a Shakespeare, sino haciéndolo con placer. Cuando liberaron a Isabel, tan inopinadamente como se la habían llevado, ella les contó dónde había pasado todos estos meses. Les pidió que se asomaran a la ventana de su propio apartamento en el Instituto de Lenguas Extranjeras y señaló hacia arriba, hacia uno de los pisos superiores de la torre vecina. «Allá estaba yo», dijo Isabel. «Todos los días los veía a ustedes desde allá. Y si ustedes hubieran levantado la cabeza, me habrían visto a mí». Tras recuperar la libertad, Isabel retomó de inmediato las gestiones para liberar a su marido, y lo hizo con la esperanza intacta, a pesar de que habían pasado más de cuatro años y medio desde su arresto. Al principio, nada parecía ocurrir, pero una noche de mayo Isabel llegó al apartamento con la cara cambiada, reunió a sus tres hijos en el salón de las sillas rusas y les dijo:
«Vamos a ver a papá».
El encuentro no fue en Qincheng, sino en una prisión de la ciudad. Los guardias los condujeron a un patio de construcción clásica, más parecido a un templo que a una cárcel, y allí esperaron durante horas. Carl no sabía lo que se iba a encontrar, ni tampoco sus hermanos. Su padre apareció recién afeitado; había perdido tanto cuerpo que los pantalones le quedaban grandes y, como le habían quitado el cinturón por temor a que se hiciera daño, tenía que acomodárselos con una mano para que no se le escurrieran. Carl lo abrazó, lo abrazaron sus hermanos, lo abrazó su madre y lo besó con fuerza, a pesar de que las costumbres chinas veían con mala cara esas demostraciones de afecto. «Si los hubiera encontrado por la calle, no los habría reconocido», les dijo David. Su voz no era la misma que Carl recordaba y su conversación era fría, pues los guardias nunca se apartaron de ellos más de unos metros, pero así transcurrió la visita: la familia sentada a un lado de una mesa ancha de madera y David frente a ellos, como el sujeto de un interrogatorio más. Pero lo importante era que estaban juntos, que David estaba vivo y no había enloquecido en la soledad de la prisión. Además, era lícito pensar que algo estaba cambiando en las autoridades del partido, en la conciencia de ese poder anónimo que era responsable del encarcelamiento. Acaso esta visita era el preludio de cosas mejores, y acaso un anuncio de la libertad.
A partir de entonces, el partido les permitió verse una vez por mes. En esas conversaciones Carl hablaba de Shakespeare, porque nada le daba tanto gusto a su padre, y su padre hablaba de su vida en Qincheng. Su celda era un rectángulo de cuatro metros de largo por dos de ancho donde sólo había tres objetos: un camastro, un inodoro y un lavamanos de cerámica. La comida entraba por una compuerta que se abría al nivel del suelo: se trataba de que el prisionero tuviera que arrodillarse como un perro para recibirla. El tiempo le había alcanzado para leer tres veces los cuatro volúmenes de las obras completas de Mao, en la traducción inglesa que Isabel le había enviado en buena hora; pero también hacía ejercicio, para fortalecer la espalda, y lo hacía siempre en la posición que le permitiera ver el cielo —la luna, un pájaro— por la ventanita abarrotada de la celda. Una mañana cada dos meses lo conducían a una celda amplia y sin techo desde la cual podía ver el cielo y las ramas de un árbol que se asomaban indiscretas; en los suelos descuidados de la celda, en primavera, crecía la maleza, y en la maleza, los dientes de león. David consiguió recoger tres, uno por cada uno de sus hijos, y los conservó, sin que el guardia se diera cuenta, entre las páginas del Libro Rojo. Un día, cuando por fin lo liberaran, les llevaría ese libro de regalo.
Paul quiso saber si lo trataban bien. David explicó que nunca lo habían torturado, ni siquiera agredido. Por supuesto que odiaba lo que los guardias le hacían, los pequeños insultos y las pequeñas humillaciones, pero no conseguía odiarlos a ellos; cuando lo llamaban Señor Fascista con esas voces llenas de odio, David se alegraba en el fondo, porque odiar el fascismo es una virtud. Durante meses lo privaron de acceso a los periódicos y a la radio, y David descubrió que necesitaba las noticias del mundo más que la música; así que luego, cuando le ofrecieron el Diario del Pueblo , aceptó sin dudarlo a pesar de que su chino era todavía mediocre. Se puso en la tarea de perfeccionarlo para saber qué país había invadido la Unión Soviética o cómo iba la guerra de Vietnam, y si los guardias le negaban el periódico del día, David se decía que debía de ser porque había alguna noticia sobre su caso. Cada cierto tiempo lo interrogaban. Las sesiones comenzaban con la lectura de unas palabras de Mao, pintadas con tinta roja en un dazibao más grande que de costumbre:
Indulgencia para los que confiesan,
severidad para los que se resisten.
Pero David no tenía nada que confesar. Cierta vez, en un momento de debilidad —pensando en sus hijos, explicó, pensando en volverlos a ver—, se inventó un cargo de espionaje en los territorios liberados, allá por los años cuarenta, para ver si así lo soltaban de una vez por todas. Pero al día siguiente, arrepentido, retiró la confesión, y nunca había visto a sus interrogadores tan enfadados. Por eso fue tan sorpresivo el anuncio que le dieron pocos meses después: «Señor Crook, va usted a recuperar la libertad. No será en cuestión de días, claro, pero será pronto». No le dijeron nada más.
La vida de los Crook comenzó a girar alrededor de esas visitas mensuales, ya con la perspectiva de la libertad en el horizonte. Lo que hacían o dejaban de hacer los tres hermanos, y aun Isabel, dependía de la siguiente entrevista, de lo que David les hubiera pedido: conseguir documentos de Lenin, Stalin y Mao, para un libro que estaba escribiendo en su celda; hacer actividad física, sí, pero no dejar nunca de estudiar, porque Marx y Engels dicen que a esta edad es cuando más receptiva es la mente; informarse sobre el movimiento obrero de Inglaterra, para que fueran planeando su futuro. Uno de esos días, Paul estalló: «¿Qué futuro? Si tú estás aquí metido. Y hablas todo el tiempo de trabajar por la causa, por China. Pero mira lo que te ha hecho China. Mira lo que te ha hecho el comunismo». Carl estaba de acuerdo: «La tal Revolución Cultural ha sido lo peor que nos ha pasado». David le contestó con una fiereza que no había usado desde que eran niños. «La culpa no es de la revolución ni del comunismo», les ladró. «China nos lo ha dado todo».
La visita terminó con una tensión amarga en el aire. Desde entonces, dijo Carl, no habían vuelto a hablar.
«¿Y ahora qué va a pasar?», preguntó Sergio.
«Ojalá lo supiera», dijo Carl. «A veces pienso que alguien, en alguna parte, lo sabe ya. Y eso es lo más aterrador».
A finales de mes Sergio se encontró con Carl en la Tienda de la Amistad, y lo vio tan nervioso que pensó que algo malo había ocurrido. Era todo lo contrario: David iba a salir de Qincheng. La noticia habría debido alegrarlo sin condiciones, pero Carl parecía más aprensivo que satisfecho, y su voz era huidiza, como si hubiera preferido que no sucediera este encuentro. Tendrían que pasar muchos días para que Sergio comprendiera las preocupaciones que lo agobiaban. Durante esos días se perdieron de vista, como si aún vivieran en continentes distintos, pero a principios de febrero volvieron a encontrarse, y Carl le contó a Sergio los detalles más generales de lo sucedido. David había sido convocado a la sala de los interrogatorios, pero no para recibir acusaciones y negar cargos de espionaje con la misma historia de siempre, sino para escuchar el veredicto. Era un documento contradictorio y absurdo: el primer párrafo declaraba que las masas habían tomado preso a David Crook bajo el cargo de hacer labores de inteligencia para el enemigo; el segundo lo llamaba «camarada Crook» y expresaba el deseo de que sus actividades siguieran contribuyendo a la amistad entre los pueblos de China y Gran Bretaña. David tuvo la tentación de mandarlos al diablo: esto era un insulto y una calumnia. Pero entonces pensó que más le valía firmar la deshonra ahora y buscar la vindicación completa después, desde los privilegios de la libertad.
«Ya está en casa, Sergio», dijo Carl. «Ya comenzó a trabajar otra vez. Eso es lo más importante».
Era cierto. Aquélla era la prueba definitiva cuando un prisionero de la Revolución Cultural era liberado: si recuperaba el trabajo de antes, todo estaba bien; si no lo hacía, siempre seguiría siendo sospechoso. En marzo, Isabel y David llegaron con sus hijos al Hotel de la Amistad, igual que años antes llegaban para nadar en la piscina olímpica, pero esta vez Sergio los vio subir las escalinatas de la entrada sin mirar a nadie y entrar sin distraerse a un salón donde los esperaba un comité de gente uniformada. Eran representantes del Ministerio de Seguridad Pública; habían conocido las cartas de protesta que David había enviado, y venían para presentarle un nuevo veredicto, o mejor, el mismo veredicto con palabras cambiadas. Todavía era verdad que las masas lo habían tomado preso, pero ahora resultaba que las investigaciones, hechas conforme a la ley, habían determinado que David Crook no había cometido ofensa ninguna, y el gobierno chino lo declaraba inocente. El veredicto seguía teniendo la esperanza de que el trabajo del camarada contribuyera a la amistad entre los pueblos de China y Gran Bretaña.
Rehabilitado su padre, confirmada la inocencia de su madre, Carl empezó un lento distanciamiento de la vida china. «No puedo vivir aquí», le decía a Sergio en sus largas conversaciones. «Mi padre nunca se iría de China, a pesar de lo que le han hecho. Pero yo no puedo seguir aquí, donde hemos sufrido tanto. ¿Y sabes qué me dice mi padre? Que el sufrimiento es bueno para el ser humano, siempre que logre sobrevivirlo. Yo le digo que tiene razón: cuando no lo sobreviva, es que no era tan bueno». Carl hablaba frente a Sergio con la conciencia extraña de que nadie habría podido entenderlo mejor. En mayo, cuando anunció que se iba de Pekín, le dijo a Sergio que nada echaría de menos tanto como sus conversaciones, y a Sergio no le pareció que exagerara. «¿Qué vas a hacer?», le preguntó. «Me voy en bus a Londres», le dijo él con una sonrisa. Era verdad: durante los seis meses siguientes, con una enorme mochila a sus espaldas como todo equipaje, Carl encadenó trenes y buses y más trenes y un par de barcos para cruzar Asia entera y llegar a la ciudad de su padre. Encontró trabajo en una fábrica, y a Sergio le llegaban cartas en las que Carl se jactaba de todo lo que había aprendido en Pekín, pues su talento con las herramientas lo había convertido en un trabajador imprescindible.
Pasaron la mañana del domingo viendo fotos viejas, igual que habían pasado las últimas horas de la noche anterior, mientras afuera, en el barrio del Raval, Barcelona se iba de marcha y luego se dormía y luego despertaba poco a poco. Estuvieron tan absortos en ese viaje al pasado que se les olvidó bajar a tiempo para el desayuno, y tuvo que venir una mujer de delantal impecable y acento ecuatoriano para preguntarles si querían que les arreglara el cuarto. Durante la noche, mientras ellos dormían, Marianella había mandado por WhatsApp algunas fotos escaneadas, o a veces fotos de fotos, tomadas mal y de prisa para que Sergio pudiera hablar de ellas del otro lado del Atlántico: eran caras en blanco y negro o en tonos sepias (las caras de un mundo desaparecido) o edificios que evocaban una emoción o una memoria, y Sergio y Raúl pasaban por ellas sentados en una de las camas destendidas, los dos en piyama, llenando el aire de la habitación con palabras que no eran palabras, sino pies de foto hablados. Tenían tiempo, pues el taxi que la filmoteca había reservado para Raúl lo pasaría a buscar a la una de la tarde —lo cual, para un vuelo que salía a las tres y media, era una exageración—, y los planes del día anterior, que incluían una visita al museo de Miró y un paseo por Montjuic, fueron súbitamente desbancados por las pantallas luminosas donde se hacían presentes los fantasmas del pasado.
Dos fotos provocaron más conversación que las demás. En la primera aparecía el grupo de hijos de especialistas que estudiaban lengua y cultura chinas antes de entrar a la escuela. «Estoy yo y está tu tía, claro: trece y once años, míranos. Éramos niños, Raúl. Pero están también los otros Cabrera del Hotel de la Amistad. Ahí están los que eran nuestros amigos, los dos de gafas. Con uno de ellos me iba yo a matar pájaros en invierno, porque se comían las semillas. Muchos años después de todo eso me enteré de que habían vuelto a Uruguay y se habían unido a los Tupamaros, otra guerrilla guevarista. A veces parece que lo mismo hubiera hecho todo el mundo, pero no es verdad. Ellos sí, de todas formas, ellos volvieron de China a su país para hacer la revolución. No les salió bien tampoco. Estuvieron un tiempo en la cárcel y luego se exiliaron en Suecia».
Toda una generación —pensó Sergio allí, viendo la foto de los Cabrera uruguayos—, toda una generación de latinoamericanos cuya vida quedó empeñada en una causa enorme. ¿Dónde estarían ahora? Vivían en Suecia, sí, ¿pero dónde, y con quién, y con qué memorias de su paso por las armas, y con cuánta sensación de que alguien había tomado por ellos decisiones importantes, de que alguien les había robado años de su vida? Eran hijos de un poeta, Sarandy Cabrera, un contemporáneo de Onetti y de Idea Vilariño que tradujo a Ronsard y a Petrarca y prologó los 37 poemas de Mao Tse-Tung. ¿Cómo habría sido su vida? ¿En qué se habrá parecido a la vida de Fausto Cabrera, y cuánta influencia habrá tenido en las decisiones de sus hijos? De vez en cuando Sergio dedicaba sus ratos de ocio a rastrear por los laberintos de la red el destino de todos ellos, los viejos protagonistas de sus vidas previas, y sabía por eso que Sarandy Cabrera había muerto en el año 2005, y en Montevideo. Ahora, en Barcelona, se preguntaba si alguno de sus hijos habría viajado desde Suecia para ir a su entierro.
En la otra foto estaban Marianella y Carl Crook, abrazados y sonrientes a pesar de estar despidiéndose: era el día del viaje, cuando todos pensaban que se cerraban para siempre sus años en China, y viendo la foto nadie hubiera dicho que aquella chica de vestido modoso acababa de llegar del curso militar del ejército popular en Nanking, ni que el jovencito espigado había pasado la noche anterior llorando por la partida de su novia. «Dieciséis años, tiene tu tía en esa foto», le dijo Sergio. «Dos menos que tú». Sergio había tomado la foto, pero ahora, junto a Raúl, no lograba recordar si fue consciente en el aeropuerto de todo lo que estaba ocurriendo al mismo tiempo. No era sólo que Marianella se fuera para Colombia, ni que fuera a meterse en una guerra y a hacerlo con todas las ganas de sus convicciones testarudas: en las horas que siguieron a la foto, después de que el avión despegara rumbo a Moscú, Carl volvería al apartamento de su familia, en el primer piso del Instituto de Lenguas Extranjeras, y la sonrisa de la foto se transformaría en otra cosa, pues su padre estaba encerrado en la cárcel de máxima seguridad de Qincheng.
Entonces Raúl miró su teléfono y dijo que se iba a duchar, pues ya eran más de las doce y ni siquiera había empacado su maleta. Pasó un dedo por la pantalla y dijo que era una lástima que la foto estuviera arrugada y amarillenta: ¿nadie pensó que era buena idea cuidarla? Con este lamento se metió al cuarto de baño. Sergio se recostó en la cama con el computador sobre las piernas y se quedó allí, oyendo el ruido del agua que corría y los movimientos de su hijo, pasando distraídamente por las fotos de su propio archivo y pensando en esa epifanía curiosa: Raúl vivía en un mundo donde aquella aberración, una foto deteriorada, ha desaparecido o es incomprensible. De repente pensó en otra foto que también revelaba los estragos del tiempo, y no le costó nada encontrarla en los recovecos de su computador. Ya no conseguía recordar quién la había tomado, pero la ocasión era inolvidable: el día en que Carl se marchó de China con la intención de llegar a Londres y comenzar una vida nueva lejos de Pekín, lejos de Mao, lejos de la cárcel donde su padre había dejado tantos años de vida. Allí estaban, en la estación de tren, con Sergio ocupando el lugar que cinco años atrás había ocupado Marianella. En una de las fotos, Marianella se iba para siempre; en la otra, era Carl el que se despedía. Eran fotos parecidas, sí, pero de historia tan distinta: dos adioses contrapuestos, uno que viajaba hacia la revolución y otro que huía de ella. Entonces lo recordó: el fotógrafo era Paul, el hermano menor de Carl, y la cámara era la Nikon que Luz Elena le había regalado a Sergio por los días del regreso a Pekín, como una especie de voto de confianza en su futuro. Y sí, la foto había sufrido heridas, pero Sergio no recordaba cómo, ni recordaba cuándo reveló el rollo, y ahora, por una asociación de ideas, se le venía a la memoria un viejo refrán de cineastas: Fe es creer en lo que el laboratorio aún no ha revelado . Así era, pensó. Siempre había sabido que uno puede no creer en ningún dios, pero hay que tener fe en la luz. Pues quien domina la luz lo domina todo.
Ahora, viendo fotos viejas en una cama destendida de un hotel de Barcelona, al día siguiente de que La estrategia del caracol se proyectara por primera vez en un mundo donde ya no estaba Fausto, Sergio se dio cuenta de que la memoria empezaba de nuevo a hacer de las suyas. La noche anterior, una mujer había preguntado qué fue lo más difícil de hacer de la película; él dio una respuesta sobre dificultades técnicas, pero la que habría preferido dar era muy distinta: lo más difícil había sido construir la película alrededor de su padre. Pues eso era sobre todo aquella historia de un viejo español anarquista que organiza una rebelión de vecinos: un homenaje a Fausto Cabrera, una carta de amor filial en fotogramas. Con cada parlamento, con cada encuadre, Sergio había querido decirle a su padre cuánto lo quería, cuánto le agradecía tantas cosas, cuánto sentía que de alguna manera misteriosa le debía la vida entera, desde sus comienzos como actor infantil de una televisión incipiente hasta su silla de director de largometrajes. En el medio habían sucedido otras cosas —dolorosas, incómodas, incomprensibles— pero La estrategia del caracol sería el bálsamo para cerrar todas las heridas, la pipa de fumar todas las paces, y tener esa conciencia mientras escogía el lugar de la cámara o daba una instrucción a los actores, o mientras echaba humo con una máquina para ver mejor por dónde iba la luz de una escena fue el mayor reto de su vida.
Entonces recordó lo ocurrido una de esas tardes de trabajo. Estaban a punto de rodar una escena en el interior de una casa derruida cuya fachada se había mantenido intacta, pero cuyos interiores habían comenzado a ser demolidos en el universo de la ficción por los vecinos rebeldes, y en algún momento Sergio quiso saber con precisión por dónde corría la luz en ese espacio de penumbras difíciles. Pidió la máquina de humo y roció el lugar, y ocurrió ese milagro cotidiano: los rayos de luz se hicieron visibles, rectos, sólidos, tan definidos que uno habría podido creerse capaz de acomodarlos con la mano. Fausto Cabrera, sentado en una silla al borde de la escena, estudiaba sus parlamentos, y Sergio, al mirarlo, pensó que los recuerdos eran invisibles como la luz, y así como el humo hacía que la luz se viera, debía haber una forma de que fueran visibles los recuerdos, un humo que pudiera usarse para que los recuerdos salieran de su escondite, y así poder acomodarlos y fijarlos para siempre. Tal vez no era otra cosa lo que había sucedido estos días en Barcelona. Tal vez, pensó Sergio, eso era él, eso había sido: un hombre que echa humo sobre sus recuerdos.
Las escuelas de cine de Pekín habían cerrado en los primeros días de la Revolución Cultural, y nadie veía la posibilidad de que volvieran a abrir. No sólo estaban cerradas, sino malditas: su reputación había quedado fatalmente ligada a la de Jian Qing, la esposa de Mao, una mujer ambiciosa, actriz mediocre de otros tiempos, que había acumulado un poder enorme durante la Revolución y lo había aprovechado a conciencia para aplastar cualquier manifestación cultural que no fuera una celebración de las ideas maoístas. Jian Qing había supervisado todo lo que tuviera que ver con las artes escénicas, pero su figura pública, desde que Sergio se fue de Pekín en 1968, había sufrido un desgaste brutal, casi visible en las líneas de su cara y en la rigidez de su sonrisa, y ahora se la empezaba a culpar de unos excesos en los que todos habían sido cómplices. Hasta se decía que estaba separada de Mao, pero que los dos ocultaban esa realidad por miedo a lo que podía hacerle al movimiento. Fausto observaba todo el espectáculo desde su desencanto privado.
«Se va a hundir del todo y el cine se va a hundir con ella», le dijo a Sergio. «En tu lugar, yo empezaría a pensar en otras cosas».
«Pero esto es lo que quiero hacer», dijo Sergio.
«Uno no hace lo que quiere, sino lo que le permita sobrevivir», dijo Fausto. «Después puedes dedicarte a lo que te dé la gana». Y añadió: «Ve a hablar con los del buró. Ellos te pueden orientar mejor que nadie».
Los oficiales del Buró de Especialistas Extranjeros tenían bajo su control las admisiones a todas las facultades de Pekín. Sergio y Fausto los visitaron una mañana, y después de dos horas de conversación, ya Fausto lo había decidido: Sergio estudiaría Medicina. Lo había seducido el programa de los médicos descalzos , cuyos estudiantes pasaban tres años en la facultad y luego salían a trabajar entre los campesinos o los obreros. Al final de ese período se sometían a la votación de sus pacientes, y si los resultados eran buenos, podían continuar con la carrera hasta el diploma final.
«Estarás cerca del pueblo», le dijo su padre. «Será lo que más te sirva si volvemos a la guerrilla».
«¿Qué? ¿Vamos a volver?»
«Uno nunca sabe. Y no conviene alejarse demasiado de la revolución».
Sergio no llegó a cumplir tres meses en la facultad. Fue una coincidencia que Luz Elena tuviera que ser operada de una hernia justo por esos días. Sergio fue a verla al hospital; llegó en el mismo instante en que los enfermeros la traían en camilla a la zona de recuperación, y vio al enfermero que le levantó la bata y vio la cicatriz recién hecha, coloreada por el desinfectante y con rastros de sangre seca, y tuvo que aferrarse a la camilla para no perder el equilibrio. El médico, uno de sus profesores en la facultad, se dio cuenta de lo ocurrido y se le acercó sin indiscreción para preguntarle si creía de verdad que esta profesión era para él. Sergio sospechaba que la respuesta era negativa.
Lo confirmó días más tarde, cuando se enfrentó a su primera lección de anatomía. En el programa de los médicos descalzos todo ocurría antes de lo normal, como si los estudiantes vivieran una vida acelerada; a las pocas semanas de haber abierto el cuaderno, ya Sergio estaba asistiendo al anfiteatro. Desde lejos había visto cómo los profesores le quitaban una sábana sucia a un cuerpo muerto y señalaban sus partes y las nombraban masticando las palabras. Ese día se acomodó a un lado de la sábana, frente a una compañera que lo miraba con timidez, y al quitar la sábana se encontró con una mujer canosa pero de piel firme por cuyo vientre bajaba una línea pintada. Hundió el bisturí en el cuerpo muerto sin que brotara la sangre, y lo siguiente serían las cachetadas del profesor, que lo miraba con decepción mal disimulada mientras Sergio se recuperaba del desmayo.
«¿Qué pasa, camarada Li?», le preguntó. «¿Nunca había visto un cadáver?»
Sergio no supo qué decir. Había visto muertos de bala, muertos de enfermedades tropicales, muertos por accidentes. Pero eso era distinto: eso era la guerra, que deja muertos por el camino para que uno los vea y nunca los olvide. Sergio recordaba cada uno de los que había visto como si los tuviera en frente, igual que había tenido el cuerpo de la mujer canosa. ¿Por qué, entonces, lo había impresionado tanto? ¿Acaso impresionaban más los muertos de la paz que los de la guerra? O tal vez el problema era mucho más sencillo: malograda sin remedio su misión revolucionaria, para la cual había vivido desde la niñez, ya no tenía un lugar en el mundo y no lo tendría nunca. Por esos días escribió en su cuaderno: En China no hay nada para mí. En Colombia tampoco. Ni siquiera he cumplido 24 años y ya me estoy preguntando para qué seguir viviendo .
La tarde del 1 de mayo, los Cabrera hacían a pie las varias horas de trayecto que hay de la plaza Tiananmén al Hotel de la Amistad, entre banderas rojas y altavoces que los ensordecían con canciones revolucionarias, cuando un hombre se acercó a saludar a Fausto en un francés de acento duro. Era europeo pero iba vestido con chaqueta china, y tenía un pelo desordenado de mechones canosos y unas cejas largas que parecían peinarle los párpados, y lo acompañaba una mujer de sonrisa tímida. Fausto presentó a Luz Elena y los cuatro intercambiaron cortesías, y luego se citaron para el domingo siguiente en el Hotel de la Amistad. Después, cuando siguieron su camino, Fausto explicó que aquel hombre era Joris Ivens, el director de una de las mejores películas jamás hechas sobre la Guerra Civil: Tierra de España . Sergio reconoció el nombre, por supuesto, y además recordó las varias veces que asistió en París a las proyecciones de Loin du Vietnam . La parte de Ivens era la que más le había gustado, y ahora tendría la oportunidad de decírselo.
Así que se aseguró de estar presente el domingo, cuando llegaron Ivens y su mujer a pasar el día en el hotel. Ella se llamaba Marceline Loridan y era también cineasta. En su brazo se alcanzaban a ver los números tatuados de algún campo de concentración. Todo lo que decía era elegante, informado, inteligente, y no era para extrañarse que se entendiera tan bien con Luz Elena. Sergio habló de Loin du Vietnam con un entusiasmo que nadie le recordaba, y hasta Fausto debió de percatarse, porque se lo comentó a Ivens. «Quiere estudiar Cine», dijo. «Y no es un novato: ha actuado conmigo, sabe algo de fotografía, ha aprendido algo de dirección. Pero tendrá que esperar a que abran las escuelas, y quién sabe cuándo será eso».
Ivens se giró hacia Sergio. Mirándolo a él, pero hablándole a Fausto, dijo:
«Pues que venga a trabajar conmigo».
Resultó que Ivens había dirigido ya dos películas sobre China y estaba preparando la tercera, un ambicioso documental en varias partes llamado Cómo Yukong movió las montañas . Llevaba más de un año trabajando en él y estaba convencido de que sería su obra maestra. «Mejor dicho, la nuestra», dijo, poniéndole una mano en el brazo tatuado a Marceline. Era un trabajo lleno de complicaciones, y un joven entusiasta que conociera los mecanismos del cine, que hablara buen francés para comunicarse con él y buen chino para compensar su defectuoso conocimiento de la lengua podría serle de mucha ayuda. Pero luego, después de una semana de trabajo en el rodaje, Sergio se había convertido en algo más que un asistente. Ivens era un héroe para los chinos, pues había retratado la Revolución con verdadera complicidad, pero eso traía un alto costo.
«No he logrado decidir si me tratan como un rey o como un espía», le decía a Sergio. «Y usted sabe, joven Cabrera, que los reyes y los espías tienen algo en común: nadie les dice la verdad. Yo necesito saber lo que realmente pasa en China. Necesito alguien que conozca a los chinos y los entienda, alguien que quiera a China, pero que la quiera tanto que pueda ver sus problemas».
Sergio se esforzó por ser esa persona. Se convirtió en el intérprete de Ivens pero también en su informante; lo acompañó al circo de Pekín para hablar con los artistas y a una fábrica de generadores para hablar con los obreros. Pasaron juntos días enteros de verano, días largos de doce horas de trabajo que los llevaban por toda la ciudad, de los talleres de los artesanos a la ópera de Pekín y luego a las oficinas de un profesor universitario, y Sergio fue el primer sorprendido al descubrir que de todos los lugares podía hablar con conocimiento: había estudiado con su padre la ópera china, había trabajado en una fábrica de relojes despertadores, había sido guardia rojo en sus tiempos de estudiante. Y no sólo entendía todos los rincones de la vida china, sino que podía hablar con todos sus habitantes, fueran quienes fueran, hicieran lo que hicieran, y lo hacía separando con precisión de orfebre la verdad de la impostura y la confesión de la propaganda.
«¿Dónde estuvo usted todos estos meses?», le dijo Ivens. «Me habría hecho el trabajo más fácil».
Era una pregunta retórica, pero condujo a respuestas que no lo eran. En ratos muertos, mientras almorzaban raviolis con carne o terminaban un largo día de trabajo en la piscina del Hotel de la Amistad, en compañía de Marceline o mientras ella se encargaba de otra parte del documental en otro lugar de la ciudad, Sergio le contó a Ivens de sus años en la guerrilla, de las circunstancias que lo llevaron a entrar y de las razones por las que decidió salir. Él lo escuchaba con fascinación de verdad. «Usted ha vivido mucho para ser tan joven», le dijo una vez, «tendríamos que contar su vida en una película». Sergio no podía no pensar que este hombre había filmado la Guerra Civil junto a Hemingway y le había dado consejos a Orson Welles. Ivens, por su parte, le tomó un cierto cariño, y, aunque el medio siglo que los separaba los habría podido convertir en un abuelo y un nieto, sus conversaciones asumieron una cierta complicidad que era la de la pasión compartida. «Me hace pensar en mí mismo cuando tenía su edad, Sergio», decía Ivens. «Uno cree que el mundo se va a acabar si no dirige ya mismo su primera película. Déjeme que le diga un secreto: hay tiempo».
Sergio, en cambio, sentía que el tiempo se le acababa: se acababa el verano, se acababa el trabajo en Cómo Yukong movió las montañas , se acababa la estadía en China de Ivens y Marceline. Cuando llegó el día de su regreso a París, Ivens se despidió de Sergio con una promesa: se encargaría de que lo aceptaran en el IDHEC. El Institut des Hautes Études Cinématographiques de París sería un sueño cumplido, por supuesto, pero Sergio nunca lo creyó de verdad. Cuando comentó el asunto con sus padres, en alguno de los comedores del Hotel de la Amistad, lo hizo sin emoción ni esperanzas, y no le molestó como hubiera debido la reacción de Fausto. «Primero tienes que terminar la universidad», dijo él. «Después, ya veremos». Entonces intervino Luz Elena: «Pero si esto es lo que quiere hacer», dijo ella. «No quiere ser médico, Fausto, ni nada más. Quiere trabajar en el cine. Y la culpa de eso la tienes tú, así que no sé cuál es el problema». «De todas maneras, no puede salir de China», dijo Fausto. «No tiene papeles. No tiene pasaporte. ¡Si hasta debe estar en las listas negras de la Interpol! Lo arrestarían si pusiera un pie en París. No perdamos el tiempo hablando de lo que no se puede». «No se puede porque no quieres», decía Luz Elena ya desmoralizada, y Fausto soltaba su conclusión inapelable: «No es verdad: no se puede porque no se puede». Conversaciones similares se repitieron varias veces durante esos días; Sergio asistía a ellas como si se hablara de un ausente, pues le parecía que esa vida, la de un joven que estudia Cine en París, le quedaba demasiado lejos. Uno podía fantasear todo lo que quisiera, pero en el fondo Fausto tenía razón: sin un pasaporte legal a su nombre, cualquier remedo de independencia era ilusorio.
En septiembre, cuando ya se había olvidado del asunto, le llegó una carta de París. Lo lamento mucho , leyó Sergio. Hay demasiados requisitos, demasiados obstáculos . Alcanzó a pensar que había ocurrido exactamente lo previsto: el fracaso de las buenas intenciones. Pero entonces Ivens pedía disculpas por tomarse la libertad de tocar en otras puertas, contaba que había logrado hablar con sus contactos de la London Film School y daba un parte de éxito. Si usted quiere , decía, tiene la entrada asegurada . Sergio no les mostró la carta a sus padres, pero por primera vez le abrió un espacio a ese futuro irreal en su rutina. Empezó en secreto a tomar clases de inglés con una residente del Hotel de la Amistad, el único lugar donde eso era posible fuera del Instituto de Lenguas Extranjeras. Le bastaba bajar dos pisos por las escaleras para llegar a la suite de la profesora, pero además visitó a los Crook un par de veces para practicar con ellos sin que se dieran cuenta. Llegó a conseguir los discos de los Beatles —una memoria de su adolescencia, inseparable de la cara de Smilka—, y gastaba horas tratando de averiguar lo que cantaba Lennon en A Hard Day’s Night , como si hacerlo fuera la llave de entrada a toda la cultura. En eso estaba una tarde, copiando meticulosamente un verso de sentido incomprensible, cuando entró su madre con un paquete que acababa de llegar, por correo internacional, a la recepción del hotel. Era un pasaporte legal, con la foto legal y el nombre legal de Sergio Fausto Cabrera Cárdenas. Sólo la firma y la huella eran ficticias, por la razón evidente de que alguien que no era Sergio se había prestado para recogerlo en Bogotá.
Luz Elena había conspirado durante meses para conseguir el documento. Lo hizo con ayuda de su padre, cuyas influencias todavía eran válidas a pesar de que su familia hubiera caído en el comunismo. A don Emilio Cárdenas le bastó con levantar el teléfono un par de veces para conseguir que el prontuario de Sergio se convirtiera en una hoja de vida limpia, sin pasado, en una suerte de amnistía secreta; y una vez logrado aquello, conseguir el pasaporte, aunque trajera la firma de otro, resultó más fácil de lo que hubiera creído. Ahora, con el pasaporte en la mano, con su cara y nombre mirándolo desde las páginas legales y no desde las de un documento hechizo cuya numeración no era ni siquiera consecutiva, Sergio sintió que la vida, tal como él la imaginaba, estaba por fin al alcance de la mano. Así que durante las semanas siguientes, siempre con la complicidad de Luz Elena, se dedicó a limar las aristas del proyecto, escribiendo a la London Film School y recibiendo una respuesta entusiasmada, escribiendo a Joris Ivens y recibiendo sus buenos deseos, preparando el momento de presentarle su decisión a su padre.
No esperaban que Fausto aceptara de buenas a primeras, pero ni Sergio ni Luz Elena hubieran podido prever la virulencia de su reacción. Estaban en el restaurante occidental cuando Sergio comenzó a hablar de lo sucedido en estos meses, desde las cartas con Ivens hasta los cursos de inglés, y terminó con la noticia:
«Me voy a Londres, papá».
A Fausto no le importó la mirada de la gente, o la ira pudo más que la prudencia, y se levantó entre gritos. Los acusó a los dos de haber planeado el asunto entero a sus espaldas.
«Me han engañado», dijo. «No, esto es más que un engaño: esto es una traición».
«A ver, no hagas un escándalo», dijo Luz Elena. Sergio detectó en su voz una autoridad serena que recordaba de otros enfrentamientos. «Hablemos las cosas con calma».
«Con calma», dijo Fausto. «Me traicionan y luego me piden calma».
«Nadie te ha traicionado», dijo Sergio. «Yo sólo pedí ayuda y me la dio ella, no tú. Yo quiero hacer esto. Yo tomé esta decisión. Me hubiera gustado hacerlo con tu apoyo, pero no lo tengo. Y no sé qué esperabas, la verdad. Tampoco me iba a quedar con los brazos cruzados».
«Pero qué dices», dijo Fausto. «Pero qué coño me estás diciendo. Si toda la vida no he hecho más que apoyarte».
«Pues en esto no, papá», dijo Sergio.
«Pero es que es un error», dijo Fausto. «Aquí puedes estudiar mejor. Aquí van a abrir las facultades en unos meses, todo el mundo lo dice».
«Pero yo no quiero estudiar aquí. Yo me quiero ir. Tengo todo listo y me voy a ir». Entonces le pareció que podía atreverse a más: «Siempre nos has hablado de la ayuda que te dio el abuelo cuando te fuiste de República Dominicana. Tú querías irte porque ibas a ser actor, porque allá no podías ser actor. Y el abuelo te dio la plata que necesitabas. ¿No es así? ¿Por qué no puedes hacer lo mismo? ¿Por qué no puedes ser para mí lo que fue tu padre contigo?».
«Esto es muy distinto», dijo Fausto.
«Es lo mismo», dijo Sergio. «Yo soy tu hijo y necesito tu ayuda. Y ni siquiera te estoy pidiendo plata. La plata ya la tengo».
«¿Ah, sí? ¿De dónde sale?»
«De mis cheques viajeros», dijo Luz Elena. «Para que llegue y se instale mientras encuentra trabajo».
«Ya veo», dijo Fausto. «Lo que tú quieres es convertirlo en un burgués».
«Lo que quiero es ayudarlo», dijo Luz Elena. «Y yo hago con mi plata lo que yo quiera».
«Pues voy a hablar con ellos», dijo Fausto.
«¿Con quiénes?», dijo Luz Elena.
«Para que no lo dejen salir», dijo Fausto. «Sergio entró con un pasaporte falso, no se les olvide. Para salir, necesita que alguien haga la vista gorda».
«¿Y tú serías capaz de eso?», dijo Luz Elena. «¿Tú levantarías el teléfono para dañarle los planes a tu hijo?»
«Los planes, los planes», dijo Fausto. «¿Y dónde quedan los nuestros?». Hubo un silencio. «Todos los planes que habíamos hecho», continuó Fausto. «¿Dónde quedan?»
Sergio sintió que se le agolpaban en el pecho las frustraciones de muchos años, las que recordaba y otras de las que no sabía. «¿Cuáles planes?», dijo. Oyó su propia voz y la notó cambiada, pero era demasiado tarde para tirar de las riendas. «¿Cuáles planes hicimos, papá? Te lo pregunto de verdad, te lo pregunto porque no lo sé. Yo no hice planes, mamá no hizo planes, mi hermana no hizo planes. Los hiciste tú». Lo sintió en ese momento con una claridad nueva, como si viera las cosas por primera vez. «El plan de venir a China fue tuyo, no nuestro. El plan de unirse al EPL fue tuyo, no nuestro. Toda la vida. Toda la vida nos has hecho creer que lo decidíamos nosotros, pero no es verdad: lo decidías tú. Toda la vida he hecho lo que tú querías, toda la vida la he pasado callado, tratando de complacerte. Pero ya me he dado cuenta, papá. Me he dado cuenta de que callar no es una cuestión de temperamento: es una enfermedad. Yo me he callado mucho, sí, me he callado para adaptarme a lo que esperaban los demás. Y he tomado muchos riesgos, ahora me doy cuenta, he vivido una vida de riesgos, pero no me he arriesgado por mí, sino por lo que esperaban que yo fuera, por lo que tú esperabas de mí. Y ya no quiero ser eso: ya no quiero ser el joven valiente y prometedor. Ya no más. Esto, esto de ahora, es lo mío. Esto de ahora lo decido yo, éstos son mis planes, los míos, no los de nadie más. Esto es lo que yo quiero hacer con mi puta vida».
Cuando el piloto anunció, en tres idiomas, que estaban comenzando el descenso hacia la ciudad de Lisboa, Sergio hizo las cuentas y se percató de que en este mismo instante, en Barcelona, se estaría proyectando Perder es cuestión de método , la adaptación de la novela de Santiago Gamboa. La gente vería la película sin él; Sergio no diría cuánto había disfrutado viendo a Gamboa meter la mano en los diálogos, ni cómo se había quejado su padre cuando Sergio le propuso que apareciera brevemente en el papel de un cura del Cementerio Central. En ese momento Fausto recordó su aparición en el primer largometraje de Sergio, Técnicas de duelo , y dijo: «Otra vez un cura. Como si yo no supiera hacer otra cosa». Sí, Sergio habría podido recordar esas anécdotas esta tarde, después de la proyección. Pero no lo haría, porque no estaba presente: la retrospectiva había terminado para él. No más mirar hacia atrás , pensó entonces, jugando con las palabras, aunque era eso lo que estaba haciendo ahora mismo: ahora, al descender desde los cielos portugueses al aeropuerto donde lo esperaba Silvia, estaba pensando en Fausto, que estaba muerto, y en Raúl, que ya habría llegado a su casa.
Se había despedido de su hijo en la Rambla del Raval, con la puerta del taxi abierta y el chofer dando señales de impaciencia, y a Sergio le pareció darse cuenta de que la despedida no era la misma para los dos, ni contenía las mismas emociones. Eso estaba bien: algo iba de los sesenta y seis años de uno a los dieciocho del otro. Cuando el taxi hubo desaparecido, Sergio volvió al vestíbulo del hotel, y se sintió tan solo sin Raúl que le escribió un WhatsApp a Silvia como un nadador que se aferra a la orilla. Pero enseguida se le ocurrieron otras palabras.
Yo sé que necesitas tiempo y no pretendo que nuestros problemas se solucionen mágicamente , le dijo. Pero me siento dando palos de ciego y me haría mucho bien sentir que vamos por el buen camino. ¿Qué crees tú?
Esperó la respuesta un par de minutos —tercos, elásticos, tacaños— y luego decidió que era mejor salir. Se pasó la tarde caminando sin itinerario por Barcelona, bajando por las Ramblas hasta la estatua de Colón, tomando por el Moll de la Fusta rumbo a la Barceloneta, y luego haciendo el mismo recorrido en sentido contrario. Era curioso el papel que esta ciudad había jugado en su vida, desde que su padre se subía a las terrazas para ver Montjuic hasta aquella breve visita durante la escala del barco que lo llevaba a Colombia. Ese viaje cerraba el año difícil que había comenzado en el Hotel de la Amistad, en marzo de 1974, con Sergio despidiéndose de sus padres para viajar a Londres. Luz Elena había tenido que rogarle a Fausto que saliera a despedirlo tras semanas de no dirigirle la palabra. Desde la noche en que Sergio le reveló sus planes de estudio, Fausto había caído en un silencio de bestia herida que sólo rompía para insistir en sus acusaciones: lo habían traicionado, habían violado los compromisos con la familia. De nada le valió a Sergio explicar que la decisión de hacer cine demostraba la mejor de las lealtades, porque no hubiera sucedido si él no admirara a su padre hasta el punto de querer seguir sus pasos. Fausto acabó cediendo: en las escalinatas del hotel se despidió de Sergio con el apretón de manos más frío que se ha dado en el mundo entero, y volvió a entrar antes de que su hijo se subiera al taxi. La rabia le duró a Sergio todo el viaje por Moscú y Roma y París, y luego en el ferry de Calais a Folkestone y luego en el tren que lo dejó en Londres. Antes de bajar en la estación de Victoria miró su pasaporte. El funcionario del puerto lo había sellado, y en el sello se leía la fecha: era el 7 de junio.
Hoy , se dijo Sergio, comienza mi nueva vida .
Era extraño sentir lo mismo ahora, en Lisboa, llegando junto a Silvia al barrio Benfica. Era extraño también sentir que volvía a casa esta noche, porque Lisboa no era su ciudad y nunca lo había sido, y porque en ese apartamento no había pasado más que unos cuantos días de la semana anterior: una semana que ya pertenecía a otra vida. Volver del aeropuerto a la rua Ferreira de Andrade le trajo a la memoria la tarde en que recibió por teléfono la noticia de la muerte de Fausto. Ahora, buscando un espacio libre para aparcar el carro, doblando la esquina y caminando hacia el número 19 de la calle amplia, sosteniendo todo el tiempo contra su cuerpo el cuerpo dormido de Amalia, Sergio contaba los días desde la última vez que ocurrió todo esto, y le parecía inverosímil que tan pocos hubieran pasado. Lo comentó más tarde, durante la cena, pero Silvia tenía otra cosa en mente.
«Me gustaría que vinieras a Coímbra», dijo. «Nos esperan mañana. A mi familia le encantaría verte».
Sergio asintió. «A mí también me encantaría», dijo. Fueron como palabras mágicas, pues en el momento de pronunciarlas sintió un alivio repentino y, con el alivio, el cansancio acumulado en los últimos días, que le hizo pensar en las bolsas de arena que les ponen a los toros en el cuello antes de la corrida. Tan pronto puso la cabeza en la almohada supo que se empezaba a quedar dormido, pero usó los últimos restos de su lucidez para decirle a Silvia que había pensado en muchas cosas durante este fin de semana y que había tomado una decisión: lo primero que haría al llegar a Bogotá sería buscar a Jorge Llano, el terapeuta, para hablar con él. Y vería cómo la tal Gestalt lo podía ayudar.
Al día siguiente se despertó temprano. Con el apartamento todavía en penumbras, se vistió con la ropa del viaje y salió a la calle. El cielo de Lisboa estaba despejado y las calles se veían húmedas, como si las hubieran lavado en la madrugada, y la ciudad parecía acabada de inventar. Sergio dio una vuelta a la cuadra, pasando por el parquecito que le gustaba a Amalia, pero en los espacios abiertos hacía demasiado frío, así que decidió volver antes de lo previsto. Pasó por la pastelería Califa para tomarse un café y comprar un par de croquetas, y la mujer del mostrador lo reconoció y lo saludó en castellano, y Sergio se sintió tan agradecido que compró seis croquetas en total: dos para cada uno de ellos, los que comenzarían el viaje a Coímbra en un par de horas. Entonces los imaginó. Los imaginó en el carro, tal como habían venido del aeropuerto —Silvia manejando, Amalia dormida en su silla trasera, él en el puesto del copiloto—, pero esta vez a plena luz de un día soleado. Al comienzo de su relación habían hecho juntos el mismo viaje, tal vez para que Sergio fuera a conocer a la familia Jardim Soares; de manera que ahora, caminando entre la pastelería Califa y el edificio de Silvia, Sergio podía imaginar el trayecto: bajarían del barrio de Benfica hasta Belén y bordearían el río hasta llegar a la zona de la Expo, antes de entrar a la autopista, y allí verían el agua erizada de brillantes como siempre que le daba el sol, y verían también el cielo limpio y las gaviotas flotando cerca, y las gentes comenzando sus días con sus familias como ahora Sergio, llegando al apartamento, comienza el día con la suya. Silvia le abre y, al entrar, Sergio se da cuenta de que ya están desayunando, y entonces pone las croquetas sobre la mesa y Amalia suelta un grito de niña feliz, y Silvia, que tiene su teléfono en la mano, lo sostiene en el aire y le dice a Sergio algo que él no consigue entender. Ella termina de masticar un bocado, toma un sorbo de jugo de naranja y lee el mensaje que Sergio le escribió la tarde anterior, lee sé que necesitas tiempo , lee me siento dando palos de ciego , lee la pregunta: ¿Qué crees tú? Y mira a Sergio y le dice:
«Yo creo que sí. Que vamos por buen camino».