El mensaje era claro, pero venía sin razones: por orden del comandante Armando, Raúl debía trasladarse al Comando Central, en los llanos del Tigre. Saldría con una comisión de cinco, y lo haría de madrugada, porque el lugar del encuentro quedaba a tres días de marcha. No era el momento más conveniente del mundo para desplazarse tan lejos. Durante los últimos días, el destacamento había estado llevando a cabo labores de inteligencia para una maniobra militar de importancia: la toma de un cuartel de contraguerrilla. Era un operativo grande en el que participarían unos doscientos hombres; para Raúl era además la oportunidad de recuperar la confianza en sus propias habilidades, que seguía golpeada después de aquel accidente con los explosivos (cuyas secuelas todavía sentía en el brazo y en la cara) y que no se repuso tras la visita a los emberas. ¿Y justamente ahora le pedían que se fuera a otra parte?

«¿Y es para hacer qué?», preguntó.

Tomás movió la cabeza: «Yo sé tanto como usted».

Al día siguiente, cuando empezó a clarear, ya llevaban dos horas de camino por el valle del río San Jorge, siempre en silencio, conservando una distancia que a Raúl le convenía muy bien: quería estar solo, solo con sus incertidumbres. ¿Qué habría pasado, se preguntaba, para que lo hubieran convocado con estos aires de urgencia? ¿Era un premio lo que le esperaba en los llanos, o un castigo? En esas especulaciones inútiles se le fueron las horas, mientras se detenía donde el grupo le indicaba, comía banano quiniento cocinado con arroz y yuca y llenaba su botella con el agua de las quebradas. Colgaba la hamaca para dormir poco y mal, a salvo del suelo donde reptaban las mapanás. El baquiano era un cordobés de bigote escaso como el de un adolescente, pero en las arrugas de los ojos se le alcanzaba a ver una edad que no era la misma de su sonrisa fácil. Varias veces trató de proponer conversación, sin conseguir nada, y después del segundo día dejó de intentarlo. Para cuando llegaron a los llanos del Tigre, ya el hombre había caído en el mismo silencio melancólico de Raúl, que no tuvo ni siquiera la presencia de espíritu para disculparse por su descortesía. Su atención estaba en otra parte.

Raúl pasó la noche en los llanos. Las instrucciones eran claras: la comisión que lo había acompañado desde Tucurá lo esperaría allí mismo; Raúl, con una comisión distinta, continuaría en la mañana hacia el destino siguiente. El primer grupo no sabía adónde se dirigía Raúl, y el segundo sabía eso y nada más. Las reglas de compartimentación, ese elaborado sistema de secretos, eran las claves de la supervivencia de cualquier guerrillero, y Raúl se dio buena cuenta de que en este momento era un actor en una obra de la que nadie sabe más que su propio parlamento. En la mañana, antes de salir, el comandante Armando le reveló la siguiente parte de la misión. «Se van a Galilea», le dijo. Era un pueblo deshabitado en las faldas del Paramillo. Entonces Raúl lo entendió todo: iba a ver a su padre, el compañero Emecías, cuyo destacamento se había establecido en ese lugar.

«Hemos hecho un gran esfuerzo para que se puedan ver», dijo Armando.

«¿Pero para qué?», preguntó Raúl. «¿Para qué me voy a encontrar con él?»

Armando repitió: «Estamos haciendo un gran esfuerzo».

Fueron dos días y medio de camino hasta Galilea, y al llegar Raúl se enteró de que apenas había cubierto la mitad del camino: Galilea no era su destino final. Nadie se lo había advertido, por supuesto, porque nadie lo sabía: también esta información estaba compartimentada. La segunda comisión estaba compuesta de gente más circunspecta y callada, como si venir del Comando Central les hubiera conferido cierta gravedad abstracta, pero no sabían (o fingían no saber) más de lo que sabía Raúl. Él trataba de escrutar sus rostros impenetrables durante las pausas para comer, preguntándose si lo reconocían a él o si conocían a Emecías, pero no logró sacar nada en claro. Al llegar, uno de ellos le dijo: «Nosotros tenemos órdenes de esperarlo, compañero. Así que haga sus cosas y nos avisa para devolvernos».

En ese momento salía su padre a recibirlo. Se saludaron con más cautela de la que le hubiera gustado a Raúl. Nunca, desde su separación, habían tenido el más mínimo contacto, y Raúl se dio cuenta, con algo de dolor, de que ninguno de los dos confiaba plenamente en el otro. Era como estar de nuevo en la trama de El espía . Entonces preguntó:

«¿Me quieres decir qué pasa?».

«Que nos están esperando», dijo Emecías.

«¿Quiénes?»

«Tu hermana y tu madre», dijo Emecías. «A un día de camino. Si no estás muy cansado, salimos ahora mismo».

Eso hicieron. Raúl tuvo la impresión de que su padre había envejecido. Habían pasado ya casi tres años desde su último encuentro, y en este tiempo Fausto se había convertido en un anciano: no había perdido el pelo, pero todo el que tenía era blanco ahora, blanco sin sombras como las plumas de un cisne blanco. En su cara la piel se había pegado a los huesos, y ese cuerpo sin carnes era lo que Raúl había sentido también al abrazarlo. Nunca había entendido como ahora las ventajas de que su campamento quedara en tierra caliente, donde la caza era generosa —no sólo vacas y saínos, sino aves de todos los tamaños— y para pescar en épocas de subienda bastaba con meterse al río hasta las rodillas y clavar el machete en el lecho arenoso. Aquí, en estas alturas que no estaban lejos del páramo, la comida escaseaba, los cuerpos parecían cerrarse sobre sí mismos y los ceños siempre estaban fruncidos, y el frío húmedo vaciaba las caras de sangre, de manera que todos tenían la palidez de los bogotanos. Raúl sabría después que el destacamento había cometido graves errores militares y por eso se le veía diezmado y deprimido, y los combatientes desmoralizados caminaban con la cabeza entre los hombros, como protegiéndose de los vientos gélidos.

No había pasado un día de camino, sino día y medio, cuando Raúl se encontró en la linde de la selva. Emecías les entregaba su fusil a los compañeros que los habían traído; Raúl, desprotegido por los árboles, se dio cuenta de que habían estado bajando por una ladera pronunciada en dirección a la carretera. A medio camino entre el bosque y una trocha, a unos cincuenta pasos de los dos hombres, una casa campesina se recortaba sobre el gris oscuro del cielo nublado. «Allá tienen que estar», dijo Fausto, y antes de que Raúl pudiera tener miedo de no encontrarlas, de haberlas puesto en situación de peligro con toda esta maniobra cuyos orígenes ignoraba, la puerta se abrió y salieron las dos, su madre y su hermana, sonriendo y llorando al mismo tiempo, avanzando hacia ellos. Luz Elena abrazó a Sergio.

«Tú estás aquí», le dijo. «No estás muerto».

«No estoy muerto, mamá».

«No estás muerto», dijo ella. «Estás aquí».

Fue una noche larga, pero ninguno de los cuatro hubiera preferido que se acabara antes. Durmieron poco, no porque tuvieran muchas cosas que contarse, sino porque hablaron de lo que harían con el futuro. Raúl nunca estuvo del todo tranquilo, pues las delaciones no eran infrecuentes en esa zona, y el peor de los escenarios era tener que utilizar el revólver que llevaba en el cinto. La casa era pequeña —una cocina y una habitación—, y la poca luz la achicaba todavía más: del techo de paja colgaba un solo bombillo sin fuerzas. El dueño cocinó una carne guisada que los hombres devoraron y las mujeres dejaron a un lado, porque les pareció que tenía un olor lejano de carroña. Luz Elena, que no sabía con qué se iba a encontrar, había traído atún y sardinas en latas, leche condensada, tres cajas de Mejorales y hasta una botella de Agarol por si alguien estaba estreñido, pero lo que sedujo a Raúl fueron las pastillas de Alka-Seltzer, que empezó a tomarse como si no sólo quisiera aliviar la pesantez de aquella cena, sino también la de todas las cenas pasadas de los últimos años. «Estás gordo», le dijo Marianella. «No sé cómo hiciste, pero te engordaste en la guerrilla». Pero no era gordura, sino hinchazón, producto del paludismo y la anemia. Luz Elena lo vio de cerca cuando le entregó la camisa nueva que le había traído de regalo y le pidió que se la midiera. Raúl se quitó la que llevaba puesta, y en la luz débil brillaron las estrías de su vientre.

«Pobre hijo mío», dijo Luz Elena. «Es como si hubieras estado embarazado».

Después de comer, cuando se sentaron a hablar, Luz Elena fue la más directa. «Nos vamos, nos vamos ya», decía. «Aquí todos están locos. No podemos seguir siendo parte de esto». Emecías le señaló que a quinientos metros de esa casa estaba la comisión que los escoltaba, y en el otro sentido, a un par de kilómetros, estaba la carretera al mar, donde el ejército patrullaba constantemente: irse ahora, así como así, era impracticable y aun suicida, y además los condenaría a una vida de ser perseguidos. Pero él cargaba consigo su propia decepción, pues durante los últimos años había vivido enfrentado en un debate político con la Dirección Nacional, y en la última conferencia, al presentar sus críticas, la única respuesta que recibió fue una alternativa insultante: o se plegaba a las cosas como estaban, o renunciaba al partido. Raúl, que llevaba varios meses contrariado por el desencanto, descubrió allí, con su familia, que ya no se sentía capaz de seguir. En sus peores momentos había pensado en desertar, sí, desertar como un cobarde, y no fue la fuerza de sus convicciones lo que se lo impidió, sino la decepción que podría causarle a su madre encarcelada, al padre cuya admiración había perseguido siempre. Y ahora todos estaban aquí, bajo el mismo techo por primera vez en tres años, contando cada uno sus propias historias de desencanto y de rabia, tratando de poner en palabras la sensación de que una fuerza que no lograban nombrar les había robado tres años de vida. En la media penumbra, Luz Elena lo dijo primero:

«Bueno, pues ya está. Hay que buscar la salida. Díganme cómo se hace, pero que sea lo antes posible».

No era tan fácil. Los guerrilleros que se enfrentaban a los dirigentes corrían el riesgo de ser declarados revisionistas o contrarrevolucionarios, y su futuro podía quedar manchado para siempre; los que abandonaban las filas en malas condiciones, por otra parte, sufrían represalias impredecibles. Luz Elena contó que Silvio, el guerrillero que había sido capturado en Bogotá junto con ella, acababa de ser ajusticiado en el destacamento por razones que no estaban claras. «Fusilado como iban a fusilar a Marianella», dijo. Mencionar a Silvio no venía a cuento, pero Luz Elena estaba construyendo un memorial de agravios contra un monstruo impreciso, y usaba todo lo que le sirviera para armar su alegato. Ella hubiera querido que la salida fuera inmediata: que se diera allí mismo, que en esa casa campesina estuvieran viviendo los últimos minutos de su vida en la guerrilla, que salieran los cuatro por esa puerta para volver a Medellín, a la vida de la familia Cabrera, al futuro que los estaba esperando. Pero Raúl se negó, porque ninguna de sus muchas decepciones justificaba la deserción, y porque sus compañeros contaban con él todavía para una maniobra.

Luz Elena no lo podía creer.

«¿Para eso quieres volver? Ya esto se acabó, ya decidimos que se acabó, y tú quieres volver. ¿Para ver si esta vez sí te matan? No entiendo, la verdad es que no entiendo».

Raúl sólo dijo: «Me están esperando, mamá».

Hablaron de conseguir papeles falsos: cédulas, pasaportes, certificados de pasado judicial con otro nombre, todo lo que un retén militar podría llegar a pedir. «Eso lo puede hacer Guillermo», dijo Marianella, y así se enteraron su hermano y su padre de que había tenido tiempo en estos meses para conocer a un militante del partido, viudo y padre de tres hijos, enamorarse y casarse con él. Era un hombre de convicciones tan profundas como la decepción que ahora sentía; para cuando ocurrió lo de Luz Elena, ya llevaba mucho tiempo viviendo con dudas incómodas. También había que pensar en el dinero, y entonces Raúl se enteró de lo sucedido tan pronto él y su hermana se fueron de la casa: el comandante Iván había buscado a Emecías para hablar del partido y de su precaria situación económica, y Emecías, tras consultar con Luz Elena, había vendido las propiedades de la familia —uno de los dos carros, el apartamento de Medellín y un lote valioso en las afueras de Bogotá—, y cada centavo de la venta había ido a parar a las arcas del partido. «Todavía tenemos algo en el banco», dijo Emecías, «pero habrá que usarlo bien». De fuera les llegaba el murmullo de una quebrada próxima y, de vez en cuando, el ronquido de los cerdos. Así, en medio de los ruidos del campo nocturno, se fue fraguando el plan.

Para cuando se fueron a dormir, las mujeres en la cama de la casa y los hombres en sus hamacas mal colgadas de las barandas del porche, ya casi todo estaba decidido. Pero Raúl, que nunca se creyó de verdad a salvo de una delación, tuvo problemas para conciliar el sueño. Cualquier sonido era una amenaza; la noche oscura estaba llena de ojos y de siluetas armadas. No le pareció inconveniente entonces tomar una pastilla del Mandrax que llevaba en su botiquín personal, y fue un error: las horas de la madrugada se poblaron con alucinaciones imprecisas que no estaban hechas de figuras monstruosas ni de visiones amenazadoras, sino de la sensación incesante de estar cayendo al vacío, pero no en una caída larga, sino sintiendo que su cuerpo se descolgaba una y otra vez y creyendo, a cada momento, que esta vez sí encontraría de dónde agarrarse.

Nunca había agradecido tanto la llegada del amanecer, aunque fuera el amanecer helado de los páramos, que dejaba escarcha en las ventanas y entumecía las manos. Salió de su hamaca y se acercó a una de esas ventanas escarchadas: del otro lado, su hermana doblaba las cobijas de lana y su madre se pasaba una mano por el pelo.

A lo lejos un gallo comenzaba a cantar.

Cuando Raúl volvió a los llanos del Tigre, cubriendo el mismo trayecto de cinco días que había hecho de venida, nadie le hizo preguntas. No tuvo que pasar nada fuera de ese silencio para que Raúl entendiera lo evidente: que los comandantes, sin saberlo todo, sabían mucho más de lo que demostraban. Su padre se lo había advertido. Ignoraban, por supuesto, que la familia había decidido abandonar la lucha; pero sabían de la reunión de Raúl con su madre, y sabían también del chantaje al que su madre estaba sometiendo a los comandantes. Ya se le había ocurrido que alguien podría tomar represalias sólo por eso. «No vayas a Tucurá, quédate aquí», le había dicho su padre. «Yo no sé qué sepan, pero saben mucho. A mí ya han tratado de convencerme. Vino el comandante Adolfo, dijo que lo mandaba el Comando Central. Que no me fuera, me dijo. Que mi vida está aquí, que me necesitan. Es mejor que te quedes aquí. No sabe uno lo que pueda pasar». Raúl fue tajante. «Eso es como desertar», volvió a decir. «Yo no puedo hacerles eso a los compañeros». «Pero es peligroso», dijo su padre. Y Raúl: «Es más peligroso desertar. Ahí sí que se arriesga uno a que le hagan algo». Ahora, ya en Tucurá, veía a los compañeros que salían a recibirlo y dos ideas le pasaban por la cabeza: cualquiera de ellos arriesgaría la vida por él; cualquiera de ellos, también, lo mataría si desertara. Volver había sido la decisión correcta.

El operativo que habían planeado durante meses tuvo lugar dos días después de la llegada de Raúl. Según la información de inteligencia, el grupo de contraguerrilla ocupaba una casa campesina a un par de días de marcha. El destacamento salió de la zona y caminó toda la noche y se quedó emboscado durante el día siguiente, para que su presencia no llamara la atención de nadie; y todo parecía estar saliendo bien, pues era una noche limpia sin riesgos de lluvias que lo entorpecieran todo. Sabían que estaban atravesando una zona ganadera, y sabían que un movimiento grande de hombres siempre espantará al ganado y el ganado siempre saldrá corriendo con su estrépito de pezuñas que azotan el suelo; en estos casos, buscando que ese terremoto de bestias no delatara a los guerrilleros, un baquiano se adelantaba con un grupo pequeño para espantar a los animales en la dirección que mejor les conviniera. Eso hicieron esta vez, pero las cosas no salieron como habrían debido, pues en el curso de la marcha nocturna el grupo grande se había partido en dos. Las bestias espantadas desde adelante encontraron el espacio entre los dos grupos, y Raúl, que encabezaba el segundo grupo, se encontró sin previo aviso con una estampida que venía a su encuentro, una turba amenazante que avanzaba hacia él en medio de la oscuridad, veinte bestias grandes y pesadas cuya velocidad inverosímil parecía salida de una pesadilla.

La primera embestida derribó a Raúl. Tuvo tiempo apenas para ponerse bocabajo y cubrirse la cabeza con las manos. Nunca supo cuántas vacas le pasaron por encima, pero no fueron menos de tres, y le pareció que el pisoteo de esas patas de piedra duraba minutos enteros. Se incorporó con dificultad cuando la estampida hubo terminado, sintiendo la espalda destrozada por las pezuñas, convencido de que cualquiera de esos golpes lo habría matado si le hubiera dado en la nuca. A la mañana siguiente orinó sangre. Cuando se acercaban al objetivo, pidió permiso para ocupar la retaguardia, y no hubiera podido prever la respuesta del comandante Armando:

«Al contrario, compañero. Usted va primero. Coja cinco hombres y se toman el portón».

Raúl pensó que aquella orden temeraria podía ser un privilegio disfrazado, una prueba de confianza, pero también una suerte de castigo póstumo: como si el comandante ya supiera que Raúl había dejado de ser uno de ellos. Se preguntó fugazmente si no podía, en ese momento, negarse a hacer lo que le ordenaban: ¿qué podía pasarle? Pero no se rebeló: cumplió con su misión de combatiente, escogió a cinco compañeros en los que confiaba y hasta logró que a uno de ellos le cambiaran un fusil por una San Cristóbal que pudiera disparar en ráfagas. Pecho a tierra, se fue arrastrándose hacia el portón de la propiedad donde se refugiaban los soldados de la contraguerrilla. La hierba era alta en esa zona donde durante el día pastarían las vacas, y era difícil moverse sin que se le metieran pastos sueltos en la boca y en los ojos, pero en ese momento los sentidos estaban en otra parte: en la noche oscura un ataque era siempre posible. Y así estaba Raúl, atento a los sonidos de la noche, tratando de separar el ruido leve de sus compañeros de los ruidos del fondo, cuando salieron de la nada cuatro perros enormes como panteras, y se les lanzaron encima entre gruñidos que metían el miedo en el cuerpo.

«¿Qué hacemos, compañero?», dijo uno de los otros.

«Disparen», dijo Raúl. «O nos comen vivos».

Fue un tiroteo de pocos segundos. Los perros chillaron bajo las balas y quedaron hundidos en el pasto, muertos y oscuros, mientras los compañeros cobraban conciencia de lo que había pasado: era imposible que la contraguerrilla no hubiera escuchado los disparos, y quizás en estos mismos segundos avanzaban hacia ellos. Raúl dio la orden de que se quedaran quietos: era la única posibilidad de supervivencia.

Así, acostados bocabajo en el potrero, vieron el amanecer. Cuando los alcanzó el resto de la tropa, avanzaron hacia la casa del enemigo y la encontraron desierta: el comandante Armando concluyó que la estampida de las reses se había sentido más de lo que creyeron, y el enemigo había tenido tiempo de huir. Luego, en el camino de regreso, Armando le confesó a Raúl que había oído los disparos y los había dado por muertos, a él y a los otros. Raúl no supo si era alivio lo que se oía en su voz, y durante el trayecto se quedó rezagado, tratando de enfrentarse a esa novedad: había tenido miedo. Se dio cuenta de que nunca le había ocurrido. Era como un trastorno en la boca del estómago, y era también una extraña distracción, como si lo urgente no estuviera allí, en el riesgo de perder la vida tal vez de una manera dolorosa, sino en la cara de su madre, en la cara de su hermana, en la cara de su padre, que se le aparecían como un memorando de todo lo que lo esperaba si sobrevivía. Habían sido más de tres años sintiendo todo el tiempo la cercanía de la muerte y el deseo de que no le tocara a él, pero eso no era lo mismo; y sí, se despertaba cada mañana con la muda satisfacción de vivir un día más. Pero estas noches pasadas había tenido miedo, miedo de verdad. Ya iba de salida : eso era lo que pensaba sin palabras.

Después se enteraría de que en ese mismo instante, mientras él atravesaba esas noches absurdas de estampidas y perros asesinos, Luz Elena se reunía en Medellín con dos miembros del partido y les comunicaba sus condiciones: sólo recogería a los hijos de los comandantes cuando su propio hijo y su marido estuvieran de regreso en su casa, sanos y salvos, con garantías suficientes de que nadie tomaría represalias contra ellos. Por supuesto, les recordó todo lo que la familia Cabrera había hecho por el partido, todo el dinero, todo el sudor, toda la lealtad que le habían dado desde su regreso a Colombia; les recordó que Fausto contaba con el aprecio y el respeto del Partido Comunista Chino, y se atrevió a decir que sin su nombre los colombianos no serían más que una secta huérfana. Pero tal vez no era necesario, porque a fin de cuentas la verdad dura era muy sencilla: si las cosas no se hacían como ella lo decía, los hijos de los comandantes se quedarían internos en el Bienestar Familiar. Y los compañeros entendieron.

Las siguientes fueron las tres semanas más arduas de su vida. Por primera vez desde que tenía memoria, Raúl sentía que su destino no estaba en la revolución, y sin embargo seguía aquí, en un campamento de revolucionarios, entrenando con ellos y comiendo con ellos y cantando La Internacional a coro con ellos. Los comandantes lo mandaron llamar uno de esos días para decirle que el Comando Central había estado deliberando y, tras largas discusiones, había llegado a la conclusión de que la formación y los talentos del compañero Raúl podrían aprovecharse mejor de otra manera. Por eso habían tomado la decisión de mandarlo de nuevo a China, para que continuara su preparación ideológica y militar en las mejores condiciones posibles y pudiera ser, llegado el momento, un actor indispensable en el proceso revolucionario de su país. Era una pantomima, por supuesto, pues Raúl ya sabía que la decisión de su salida había sido tomada, y los comandantes sabían que Raúl lo sabía, pero todos representaron su papel maravillosamente. Siguieron noches de incertidumbre y desconfianza y de algo que sólo podía ser nostalgia: la nostalgia de lo que dejaría en la selva, todos los sueños, todas las emociones, todos los grandes proyectos que alguna vez había tenido, todas las ilusiones que trajo de sus años en Pekín, esos años raros cuyo objetivo se terminaba aquí: en esta húmeda mañana de noviembre en que Raúl empacaba sus cosas y le hacía entrega solemne del fusil al comandante Tomás, y luego volvía a emprender la marcha: la misma marcha de varios días que había hecho un mes atrás, que ahora lo llevaría al campamento del Comando Central, a su padre, al plan meticuloso que la familia había diseñado para que los dos, Emecías y Raúl, Fausto y Sergio, regresaran al mundo de forma segura.

El plan era complejo, pero se trataba de no correr riesgos. Sergio llegó a la misma casa campesina en donde se había encontrado con su familia; allí lo esperaba su padre, que había llegado la noche anterior en compañía de seis compañeros del destacamento. Una breve ceremonia que nadie había planeado empezó a suceder de repente como si tuviera vida propia. Los guerrilleros cantaron sus himnos, los de siempre, pero Sergio nunca los había oído cantar con menos entusiasmo.

Ni el cansancio, ni el hambre, ni el plomo

me podrían hacer detener,

porque va mi esperanza adelante

y hacia allá me conduce el deber.

Sergio y su padre pasaron la noche solos, en un silencio denso, como si romperlo pudiera lanzarlos por caminos toscos de consecuencias impredecibles. A Sergio le habría gustado decirle cuánto lo quería, pero no encontró la manera: era como si esas cosas ya no se pudieran decir entre ellos. La única conversación posible en esas horas fue la de las instrucciones: al día siguiente un compañero los llevaría a otra casa, y desde allí, a caballo, cubrirían un trayecto de varias horas hasta el lugar donde Marianella estaría esperándolos en su carro, con una muda de ropa para cada uno y los documentos necesarios para volver a Medellín sin temor a los retenes.

«Es un puente», dijo Fausto. «Queda cerca de la carretera al mar. Si todo sale bien ahí, ya no hay quien nos pare».

A la mañana siguiente, muy temprano, vino un centinela para avisarles que se acercaba una patrulla del ejército. Durante unos minutos Sergio pensó que había sido un error entregar las armas: se sintió desnudo y vulnerable y civil. Cuando vino el mismo hombre para dar buenas noticias —la patrulla se había desviado por otro camino—, Sergio se preguntó si alguna vez se acostumbraría a una vida que no fuera clandestina. El tiempo parecía haber tomado su propio ritmo y las contrariedades se acumulaban: el guía que debía llevarlos a la segunda casa nunca se presentó, y Fausto y Sergio tuvieron que aceptar los servicios de un joven de bozo oscuro y pocas luces, hijo de una casa vecina, que su madre propuso en estos términos: «Adalberto sí es un poquito retrasado, pero nunca se nos ha perdido». A pesar de algunos desvíos innecesarios y de un círculo trazado con precisión de cartógrafo, pero que les hizo perder una hora entera, Adalberto acabó por dejarlos en la casa de los caballos. Los alarmó que el encargado de traerlos no hubiera llegado todavía, pues nadie sabía por qué habría podido retrasarse tanto, pero de todas formas no tenían más opción que esperar: el recorrido que les faltaba no se podía hacer a pie sin demorarse un día entero. Esperaron sentados en un corredor oscuro, y cuando ya habían pasado dos horas, tuvieron la sospecha de que algo se había roto en la maquinaria del día.

Pero entonces oyeron los cascos de los caballos. Cuando salieron a recibir al jinete, se encontraron con una caricatura: era un arriero de carriel, sombrero de palma y mulera, y estaba tan borracho que era un milagro de su educación que se pudiera sostener sobre la silla. Traía los otros dos caballos amarrados a la cola del suyo. «Un hijueputa», gritaba desde su altura. «Eso es lo que yo soy, un hijueputa. Cómo les llego tarde, hombre, no hay derecho». Fausto trató de tranquilizarlo. «Cálmese, cálmese», le decía. «No pasa nada, todavía estamos a tiempo». «No, qué a tiempo ni qué nada. No, señor: yo lo que soy es un hijueputa. Es que venga le digo un secreto: me emborraché». La palabra se enredó en su lengua, y hubo algo admirable en la terquedad con la que acabó sacándola. «Me em-bo-rra-ché», dijo. «Mucho hijueputa hacerles esto, ¿cierto?». Insistió tanto, y fue tan evidente que no saldrían de allí hasta que el hombre no recibiera su castigo retórico, que Fausto se le acercó lo suficiente como para sentir el hedor del vómito reciente, y le habló con perfecto acento español.

«Que sí, hombre, que eres un hijo de puta», le dijo. «Pero vámonos ya, por favor».

Habían acordado con Marianella un punto de encuentro a la entrada del puente, en una parte de la berma donde puede detenerse un carro sin levantar sospechas, y también una hora precisa, las siete de la noche, pues les convenía moverse al amparo de la oscuridad. Allí los esperaría ella en su carro; pero era peligroso hacerlo a la intemperie y a la vista de todos, incluidas las patrullas que no era imposible encontrar en la zona, de manera que Sergio se escondería con su padre a la vera del camino, protegido por la vegetación como en un cuadro de Rousseau, y esperaría la señal para salir del escondite. Las luces del carro: así se daría la señal. Encendidas, apagadas. Encendidas, apagadas. Nada más fácil.

Esa mañana, a una hora temprana, Marianella había buscado la ayuda de sus primos. Eran los hijos de una hermana de Luz Elena, que habrían aceptado hacerles este favor incluso si los abuelos no les hubieran dado una orden expresa. Ellos pusieron su campero a la orden: un Nissan de color beige donde todos cabrían apretándose un poco. El plan era llevar una guitarra y una olla de comida, para parecerse a una familia que hacía un paseo de fin de semana, pero Guillermo tuvo una idea: que se llevaran también a dos de sus niños, de tres y cinco años, para que la situación fuera todavía más verosímil.

«Cuando la policía ve niños jode menos», dijo.

Y así lo hicieron. Puntuales, entusiastas, los primos recogieron a Marianella y a los niños y salieron de Medellín con tiempo de sobra. Poco antes de llegar a Mutatá, al salir de una curva difícil, un bus que había medido mal la medianía invadió su carril. Después contarían que el primo mayor, el que manejaba, calculó las distancias en una fracción de segundo y creyó que alcanzarían a dar un golpe de timón para esquivarlo sin problema. No fue así. El choque fue frontal y sólo la poca velocidad del bus que subía les evitó una tragedia, y el Nissan rebotó contra el bus y su rueda derecha se clavó en un mojón de cemento, de esos que en las carreteras de Colombia suelen marcar las distancias o conmemorar a la víctima de un accidente. El neumático reventó contra el mojón; pero luego, al agacharse para revisar el chasis, el primo se dio cuenta de que el asunto era más grave todavía.

«¿Todos están bien?», dijo. «¿Los niños están bien?»

Los niños lloraban, aunque no habían sufrido más que el susto. Marianella, en cambio, estaba descompuesta.

«Ahora sí la cagamos», dijo. «Ahora sí se fue a la mierda todo».

Agazapados entre las plantas, en una cuneta de montaña, Fausto y Sergio trataban de que no les ganara la impaciencia. No encontraron a nadie en el puente. El guía, que para entonces había recuperado la sobriedad aunque no hubiera perdido la culpa, se ofreció a buscar un carro que estuviera haciendo un cambio de luces. Alcanzó a ir y volver dos veces antes de decir:

«Yo no veo carros, pero sí hay unas luces. Esto está muy raro».

«¿Qué tipo de luces?», dijo Fausto.

«Yo no sé», dijo el guía. «Lo único que sé es que no son de carro».

Antes de que su padre pudiera detenerlo, Sergio salió de un brinco de la cuneta. «Voy a ver», dijo. Se acercó despacio, caminando por el borde de la carretera, apenas distinguiendo el declive del asfalto, la imprecisa línea de brea devorada por la manigua. Era una noche clara, por fortuna, y una luna incompleta dibujaba los contornos de las cosas. De repente le llegó un sonido leve que se fue haciendo más nítido con los pasos: era un rasgueo de guitarra. ¿Lo estaban engañando sus oídos? ¿Quién iba a ponerse a cantar en medio de la noche y en estos parajes remotos? Había voces, también, voces de niños que cantaban o jugaban (era difícil saberlo). «Cállense, cállense», dijo una voz de hombre. Todo era demasiado raro como para no seguir adelante, pero Sergio se daba cuenta de que aquéllos eran los quinientos metros más largos que había caminado jamás. Entonces, bruscamente, se cortó la música, y Sergio supo que lo habían visto, y aparecieron allí, en medio del lienzo negro de la noche, dos luces que parpadeaban. Pero en lugar de sentir alivio, Sergio creyó que la suerte les había fallado, porque las luces no eran las de un carro, las de ningún carro del mundo, sino dos ojos pequeños, demasiado juntos, como las linternas de un grupo de exploradores. Se prendían y se apagaban, como si trataran torpemente de cumplir la consigna, pero lo hacían a destiempo, y todo parecía una mala obra de teatro.

Mierda, pensó. También pensó: es una trampa.

Entonces sonó, en el silencio de la noche, la voz de su hermana.

«Somos nosotros», dijo. «¿Están los dos ahí?»

Mientras Sergio y su padre se cambiaban de ropa, Marianella contó lo que les había sucedido: el accidente, el bus que esperaron durante más de una hora, el temor de faltar a la cita o de que alguno de los mecanismos del azar, que parecían estar conspirando contra la familia, les desbaratara todos los planes. La idea de la guitarra había sido de uno de los primos, que la había traído para convencer a cualquiera de que estaban de paseo. Por una casualidad afortunada, una de las linternas estaba en la guantera del Nissan, y la otra le pertenecía a Marianella, que la había metido sin pensar —una costumbre de guerrillera— en la mochila de los documentos que ahora les enseñaba, uno por uno, mientras explicaba lo que Guillermo había logrado conseguir.

Allí estaban las identidades transitorias que les servirían para llegar a su refugio; luego vendrían los pasaportes, pero eso tomaba más tiempo y requería fotos recientes. Sergio no puso demasiada atención en ese momento, porque una parte de su cabeza permaneció vigilante, espiando cada movimiento de las hojas bajo la luna tímida, atento a cada ruido de la noche. Eran siete personas esperando al borde de una carretera de montaña, y habrían resultado sospechosas para cualquier agente; pero no tenían más opción que esperar el primer bus que pasara, aunque las previsiones de seguridad los obligaran a separarse después. Fausto se quedaría en Talara, la finca de los Cárdenas, pero Sergio seguiría hacia Medellín, para pasar una noche en casa de los abuelos, y luego hacia Popayán, donde Guillermo tenía su red de contactos y podía ayudarle a conseguir su pasaporte falso. Cuando apareció el bus, después de media hora que los nervios alargaron, no habían tenido tiempo de despedirse, y Sergio sabía que a partir de entonces deberían fingir que no se conocían. Recordó de repente los planes meticulosos que habían hecho en la casa campesina, y le cayó encima la revelación de que sólo volvería a ver a su padre cuando llegaran todos al destino final de su huida. En conclusión: éstas eran las últimas palabras que cruzarían en mucho tiempo. Le pareció que su padre estaba pensando en lo mismo.

«Éste es», dijo Fausto. «Nos vemos en China».

Subieron al bus como extraños. Fausto se acomodó en una de las primeras filas y Sergio siguió caminando hacia el fondo, a muchas bancas de distancia, y desde allí se fijó en el pelo blanco de su padre, que refulgía más adelante. Por la ventana miró a los que se quedaban. Su hermana, un niño rubio, un niño de pelo negro: un largo entrenamiento lo había acostumbrado al disimulo, y ya su hermana le resultaba tan desconocida que ni siquiera sintió el impulso de levantar la mano para despedirse. Pocos pasajeros viajaban en el bus. Sergio contó siete mujeres y hombres cansados; imaginó que venían de una larga jornada de trabajo en las haciendas de la zona, en los trapiches de más arriba, en una finca como la finca de los abuelos. Las luces del alumbrado público pasaban a su lado y Sergio sólo podía pensar que había dedicado todos los años de su adolescencia, todos los de su adultez incipiente, a prepararse para algo que no había tenido lugar. Cuánto esfuerzo físico, pensó, cuánta testarudez mental, cuánta disciplina y cuánta vocación y cuántos sacrificios para hacer parte de esa misión maravillosa: hacer la revolución, traer al hombre nuevo, cambiar este mundo por uno donde la gente sufriera menos o donde no sufriera nadie. Y ahora estaba aquí: huyendo de todo aquello con la sola ansiedad de no ser capturado. ¿Qué era esto, sino un sonoro fracaso? A sus veintidós años, viajando en este bus con una cédula falsa, dejando atrás todo aquello en lo que había invertido su vida, ¿qué era Sergio Cabrera, sino un fracasado? En esto pensaba cuando el bus se detuvo en una tienda de carretera. Su padre se bajó sin mirar hacia atrás; Sergio lo miró acercarse al mostrador de madera y pedir algo. Entonces el bus arrancó y la cabeza canosa se quedó atrás igual que se quedaba atrás una vida entera, cerrándose sin que se abriera una nueva. El bus avanzaba en la noche oscura por carreteras de montaña, y Sergio pensó que si hubiera un accidente y el bus se desbarrancara y él muriera en el fondo del barranco, no tendría nada que lamentar en realidad, nada se habría perdido, a fin de cuentas.

Vinieron dos semanas irreales, vividas fuera del mundo o entre los dos mundos que enmarcaban la vida desorientada de Sergio: el de la guerrilla abandonada para siempre y el del futuro vacío, que era como una película borrosa mal proyectada en una mala pantalla. Sergio pasó la primera noche de su nueva vida en Medellín, en la casa de los abuelos, donde estuvo a punto de echarse a llorar cuando se vio en el espejo del corredor, pues era la primera vez que veía su propio cuerpo, su propia cara, desde su entrada a la guerrilla con menos de diecinueve años, y no logró reconocerse del todo en el hombre endurecido que le devolvía el reflejo. Su madre le había preparado una maleta de viaje y algún dinero. Todos lo trataban como si hubiera vuelto de la muerte, o, pensaría Sergio después, como si a la muerte se dirigiera, pues nadie tenía ningún tipo de certeza sobre lo que ocurriría en los días siguientes, ni en los siguientes años tampoco. Sólo los rasgos más generales del plan se habían fijado. Sergio saldría de Colombia, llegaría a Ciudad de México, se encontraría con Luz Elena y de alguna manera volarían juntos a Pekín, donde Fausto, si todo salía bien, estaría esperándolos. Cuando Sergio preguntó qué pasaría con Marianella, su madre abrió los ojos:

«Pues se va a quedar, qué esperabas», dijo Luz Elena. «Es una mujer casada y se queda con su marido. Y además tiene que ser mamá de tres niños, imagínate».

«¿No te parece bien?»

«Ella decidió lo que decidió», dijo Luz Elena.

Sergio viajó toda la noche. A su llegada, en el terminal de buses de Popayán, lo esperaba el hombre que le iba a dar refugio mientras se arreglaban los papeles. Era un agrónomo que vivía con su esposa brasileña en las afueras de la ciudad, que había militado años atrás en el partido, pero sin empuñar nunca las armas. Muy pronto se retiró de todo; ahora ayudaba de vez en cuando a Guillermo en sus misiones personales. Así supo Sergio que este hombre, el secretario político del sector del Valle, el líder del frente patriótico donde se criaban patos Muscovy, llevaba varios años viviendo en una suerte de esquizofrenia revolucionaria, pues le quedaba convicción suficiente para seguir militando, pero dedicaba mucha de su energía a sacar gente y proteger a los que se salían. Para Sergio, una verdad fue evidente: Guillermo era la única razón por la que Marianella estaba viva. Y ahora, gracias a él, Sergio tenía esta cama cómoda en una casa que no carecía de lujos en las afueras de Popayán, y gracias a él se había puesto en marcha una red de complicidades para conseguir los documentos falsos.

Un hombre vino a la casa del agrónomo para tomarle a Sergio una foto de pasaporte. Sergio preguntó en cuánto tiempo recibiría el documento. El hombre lo miró con sorna: «Se demora lo que se demore». Mientras lo esperaba, Sergio tomó el riesgo de ir un par de veces a Popayán. Lo hizo con la complicidad del agrónomo, que se permitió incluso un par de consejos, pues Sergio no conocía la ciudad, y tres años en la selva le habían abierto el apetito del cemento y las luces y el tráfico de los carros. Caminando sin rumbo por la parte nueva de la ciudad, se encontró con un teatro que anunciaba una película de título incomprensible, La naranja mecánica , y al salir sintió que el riesgo de visitar la ciudad había valido la pena.

El hombre que le había sacado las fotos llegó sin avisar un sábado por la mañana. El pasaporte preocupó a Sergio y al mismo tiempo le sacó una sonrisa: los números de las páginas no eran consecutivos, su foto mal pegada parecía un trabajo de escuela y las señas personales no coincidían con la verdad perseverante de su cara. Según el documento, Sergio era un hombre de un metro con ochenta de estatura, tez morena, ojos de color miel y nariz aguileña. «Nariz de dragón», le decían sus compañeros chinos de los primeros años: esa burla, que le había dolido en su momento, ahora le llegaba con algo parecido a la añoranza. No, él ya no tenía nariz de dragón, ni ojos verdes que intimidaban a los compañeros de la escuela Chong Wen, ni se llamaba Sergio Cabrera Cárdenas, ni mucho menos era Raúl, el compañero del EPL: su nombre era Atilio San Juan, y su profesión, marino mercante. El proceso era evidente: habían tomado dos pasaportes para hacer uno. Y si era evidente para él, pensó Sergio, también podía serlo para las autoridades.

Por fortuna, el grupo de ayuda estaba muy consciente de esto. El día del viaje, el agrónomo lo llevó al aeropuerto de Cali, a unos ciento cincuenta kilómetros hacia el norte, como si fuera un pasajero más. Durante las tres horas largas del recorrido, el hombre quiso saber qué le había parecido a Sergio la película de Kubrick, y luego le explicó a grandes rasgos lo que sucedería. Una pareja de jóvenes lo esperaría en el terminal, frente a los mostradores, y los tres volverían a salir para rodear el edificio del aeropuerto y entrar por la cocina. No era mucha gente la que participaba en esta operación, pero toda era leal a Guillermo, así que no había nada de que preocuparse. Eso dijo el agrónomo sin saber que para Sergio esas palabras — no hay nada de que preocuparse — habían demostrado ser tradicionalmente la mejor razón para preocuparse de todo. Pero más tarde, después de entrar al aeropuerto por puertas traseras, junto a contenedores de basura malolientes, y después de caminar entre mujeres de delantal manchado y superficies de aluminio, Sergio se encontró sentado en la sala de espera de su vuelo y se arrepintió de su propia desconfianza. No tuvo que pasar por los trámites de emigración, y eso era lo importante: asegurarse de que ninguna autoridad colombiana pusiera los ojos sobre su pasaporte hechizo. Una vez hubiera salido del país, otro gallo cantaría, pero aquí, en Colombia, este documento grotesco no sería capaz de resistir el más mínimo escrutinio de un oficial. Cuando abordó sin problemas, pensó que el obstáculo se había superado. Ya estaba sentado en su silla cuando una azafata habló por el altavoz, mencionó un problema técnico y pidió a todos los pasajeros salir del avión.

Sergio sintió de manera irrebatible que todo había llegado a su fin. La policía lo había descubierto y perseguido, o alguien los había vendido: tal vez el hombre de los pasaportes era un infiltrado; tal vez el agrónomo o su esposa brasileña no eran quienes decían ser. Salió con los demás pasajeros y se acomodó de nuevo en la sala de espera, y durante minutos largos pensó en su madre y en su hermana, y en Guillermo, cuyos esfuerzos se habían torcido en algún momento. Vivir con miedo, vivir perseguido, vivir mirando por encima del hombro: no, tenía que haber otra vida. Y esa vida estaba allí, al alcance de su mano, pero algo la había descarrilado en este momento, y era cuestión de segundos para que llegaran tres policías a arrestarlo, ponerle las esposas y sacarlo del aeropuerto hacia los calabozos de este país. Sergio estaba pensando en eso, dándolo todo por perdido, cuando apareció la azafata y anunció a voz en cuello que el problema técnico se había solucionado —una llanta que había sido necesario cambiar—, que les agradecía su paciencia y les pedía disculpas, y que ya podían abordar de nuevo: el vuelo con destino a Ciudad de Panamá estaba a punto de salir.

Sergio se dijo que sería mucho más cómodo creer en Dios, en algún dios responsable de inventar este incidente para que allí, haciendo la fila por segunda vez, abordando por segunda vez el avión que lo sacaría del país, se diera cuenta de la enormidad de su deseo de irse, de la urgencia visceral de cortar con todo y volver a empezar. Esas ideas seguían fijas en su cabeza minutos después, cuando el avión levantó el vuelo y enfiló hacia el norte, volando sobre el río Cauca y luego sobre las montañas de la cordillera Occidental. Era un día de cielos limpios y por la ventanilla Sergio veía la tierra con una claridad insolente: las parcelas con todos los verdes del mundo, el agua de los ríos destellando como la hoja de un machete, todo ese país donde tantos le habían hecho daño, donde él había dañado tanto a otros. Cuando el avión se elevó más y las nubes lo envolvieron todo y la tierra dejó de ser visible, Sergio sólo pudo pensar con las palabras de una despedida. Adiós, amigos. Adiós, enemigos. Adiós, Colombia.