Al principio eran vagos fogonazos desordenados: punzadas repetidas de dolor terebrante, la impresión de que la cargaban en su propia hamaca a través de la selva caucana, voces que daban pronósticos pesimistas sin que Sol sintiera el terror que habría debido sentir. «Se nos va a morir», decía una voz, y otra: «Deje así. Con ésta no hay nada que hacer». Entre las brumas de la inconsciencia reconoció la voz de Guillermo, pero luego no era Guillermo sino su padre, y luego le parecía que su padre era el maestro de la fábrica de relojes, y hasta Carl Crook vino para hablarle: «Tranquila, Lilí, que todo va a salir bien». Por momentos recordaba estar meciéndose en el platón de una pick-up , sufriendo los baches del camino destapado como agujas que se le clavaran en el cuerpo, y por momentos estaba de vuelta en los senderos de la selva, oyendo el roce de las botas de caucho con las hojas y también voces apuradas: «¿Pero ya le pusieron sangre? ¿Había coaguleno allá?». Sol estiraba una mano para tocar a alguien, para sentir el contacto de otra mano, pero sólo encontraba el vacío. A veces escuchaba su propia voz suplicante: «Avísenle a mi familia». Pero no sabía si pronunciaba las palabras en verdad, porque nadie le daba respuesta. Tampoco tenía la certeza de que esas gentes cuya presencia sentía fueran reales. Tal vez nada de eso era real.
Después se enteraría de lo ocurrido antes del tiro que le dieron por la espalda. Quedarían lagunas, por supuesto, trozos faltantes en un relato confuso: Sol sabría que el destacamento, reunido en asamblea y liderado por el comandante Manuel, la había encontrado culpable de los diecisiete cargos y la había condenado a muerte; pero nunca supo por qué, después de que ella tratara de irse, después de que el comandante le disparara con la intención de matarla allí mismo, la habían conducido a un campamento cercano donde le dieron los primeros auxilios. «Primero me fusilan por la espalda y luego me ayudan», diría más tarde. «Quién entiende a estos hijueputas». Lo cierto es que le había hecho falta toda la suerte del mundo, así como la compasión de un puñado de personas, para seguir con vida. No era claro cómo había sucedido aquello. Por un lado estaba la buena fortuna de haber tenido puesto el morral de caucho duro en el momento del disparo, pues la bala había tenido que atravesarlo con todo su contenido antes de hundirse en su espalda. Por otro lado, las burocracias internas de la guerrilla habían permitido, de alguna manera, que la noticia llegara a oídos de Guillermo; y Guillermo tomó el asunto en sus manos, la sacó de la zona de El Tambo y esperó a que se hubiera repuesto lo suficiente como para hacer un viaje más largo, y unas semanas después la estaba acompañando a Medellín. Iban a casa de sus abuelos, los padres de la compañera Valentina, los burgueses que representaban todo lo que Sol y su familia habían combatido durante años.
«¿Pero por qué allá?», preguntó Guillermo.
«Porque no tengo a nadie más», dijo Sol.
En otras palabras, porque su padre seguía en el monte, del otro lado del Paramillo, y su hermano seguía en los llanos del Tigre, y su madre estaba metida en una cárcel de Bogotá. Su familia había estallado y ella estaba sola en el mundo.
«Bueno, sola no», dijo Guillermo. «Yo la acompaño».
«Yo puedo llegar sola».
«Usted sola no llega ni a la esquina», le dijo Guillermo. «Déjese ayudar, que no tiene nada de malo».
Así habían aparecido una madrugada, antes de las primeras luces, frente a la puerta de la casa del barrio Laureles. El abuelo Emilio abrió la puerta con la cara trastocada por el sueño, y miró a Guillermo con extrañeza y a Sol sin sorpresa visible. «Abuelito, acabo de llegar de Albania y no encuentro a mis papás», dijo ella. No supo qué la llevó a preferir esa mentira sobre cualquier otra, pero ni siquiera tuvo tiempo de cuestionárselo. Don Emilio soltó una carcajada.
«Niña, no diga bobadas», le dijo. «Sus papás están en la guerrilla y usted no viene de Albania». Y luego: «Pero lo importante es que ahora está aquí. Bienvenida, que ésta es su casa. Aquí vamos a correr la suerte que usted corra».
Fue como volver a la vida. Los abuelos la llevaron a Talara, la finca que tenían en las montañas de Rionegro, un lugar idílico adonde se llegaba por una carretera rodeada de cultivos de flores. Allí, respirando el aire limpio de las montañas, durmiendo en un colchón bajo una sábana recién planchada y una cobija de lana que a veces la hacía estornudar, Marianella comenzó una lenta recuperación que no era solamente la del cuerpo herido. Los médicos no habían podido sacarle la bala, por no contar con los instrumentos o con el lugar para una cirugía compleja, pero el cuerpo había hecho sus magias y en cuestión de meses ya había sanado con la bala adentro. Por las mañanas de su convalecencia, mientras ocurrían esos milagros en su carne, Marianella se levantaba temprano y salía a ver los cielos primaverales, y a veces, con una taza de café en la mano, lograba olvidar que estaba escondida y que allá fuera, en la vida real, ahora mismo había dos ejércitos que la perseguían y, si la encontraban, no dudarían en hacerle daño. Pensaba en su familia, se preguntaba dónde estarían, se preocupaba por ellos. En esos momentos también pensaba en Guillermo, y la sorprendía que la gratitud se le presentara confundida con otros sentimientos.
Guillermo venía de vez en cuando a visitarla. No era posible saber desde dónde había hecho el viaje cada vez, pero debía de venir de lejos, porque llegaba con olor a camino. Nunca se quedaba a pasar la noche, porque los abuelos no lo hubieran visto con buenos ojos, pero en esas largas visitas Marianella se fue haciendo una idea de su vida. Primero supo que Guillermo tenía tres hijos pequeños de un primer matrimonio; luego, que la madre de esos niños, su primera mujer, había muerto muy joven (pero Guillermo no hablaba de las causas); finalmente, que Guillermo llevaba ya varios meses pensando en abandonar la guerrilla. ¿Quién le iba a decir que vendría una mujer como Marianella, una burguesa desarraigada, a revelarle el camino de salida?
Los seis días que pasó con Ernesto en la selva, cuatro de ellos perdido, cambiaron a Raúl de maneras que no fueron evidentes de inmediato, pero que se asomaron poco a poco en los meses siguientes. Por ejemplo, no lo impresionó demasiado la noticia sobre Orlando, que había recibido un tiro en la emboscada y al parecer vivió cuarenta y ocho horas con la cadera hecha pedazos, desangrándose y guardando un silencio valiente y negándose a prestarle ninguna ayuda al enemigo, y murió sin demasiado dolor —según la versión oficial de los hechos— en un calabozo de pueblo. Era como si el alma se le hubiera endurecido.
«Bueno», le dijo a Ernesto. «Mejor él que nosotros».
A finales de año llegó otra noticia que sacudió el campamento: la muerte en combate del comandante Fernando. Nunca se conocieron las circunstancias precisas, pero se decía que su destacamento había sido emboscado por el ejército en el noroeste de Antioquia, muy cerca del río Cauca, cuando se dirigía a los llanos del Tigre para unirse al pleno del partido. Después de su sanción, una caída en desgracia de la que otro no se habría recuperado nunca, Fernando había emprendido una verdadera campaña política desde abajo, conquistando a las bases y conservando la lealtad de los que ya eran sus seguidores fervorosos, y había ganado tanto en la estima del partido que en los últimos días de su vida se permitió soñar con la secretaría política. No tuvo éxito en un primer intento, pero estaba claro que para eso venía al pleno de los llanos del Tigre: para desbancar al actual secretario, Pedro León Arboleda. Los últimos días de 1971 y los primeros del año siguiente —días calurosos de cielos limpios, brisas amables reverberando en los toldillos y una luz tan blanca que hería los ojos— quedaron marcados por la noticia, y durante mucho tiempo pareció que la muerte del comandante Fernando era lo único que había ocurrido en el mundo. En secreto, Raúl pensaba que se había liberado de algo, y tuvo la esperanza confusa de que se le estuviera abriendo un nuevo porvenir en la guerrilla.
La oportunidad de confirmarlo se presentó más pronto que tarde, cuando los comandantes anunciaron una operación importante. Armando no le explicó de qué se trataba la misión, ni adónde se dirigiría, pero el mero anuncio galvanizó a la tropa. En esos días se habían desplazado mucho sin que Raúl supiera por qué, navegando hacia el sur por el río Sinú, subiendo de los llanos de San Jorge al Nudo de Paramillo y pasando la noche en las zonas más altas de la montaña, allí donde hace tanto frío que el agua amanece congelada. Arriba, en el páramo, el aire se había adelgazado tanto que a Raúl le costaba respirar, y envidió a los campesinos de la zona, que subían con la ligereza de un sherpa. De esas alturas bajaron hacia el occidente, y al final del día habían llegado al lugar donde los esperaba el destacamento que se había encargado de la inteligencia. Ahora se enteraban de la misión, pues les tenían mapas con líneas dibujadas en lápiz rojo y un dibujo del pueblo que se iban a tomar: San José de Urama. Era un pueblo de casas de ladrillo barato con techos de zinc, y estaba rodeado de árboles densos que lo volvían ciego a todo lo que no viniera por una de las dos carreteras. La toma no tenía por qué ser difícil, pero Raúl estaría en la vanguardia: el entrenamiento en China lo había convertido en el hombre de los explosivos.
Salieron hacia el objetivo a las tres de la mañana, después de una breve arenga en la que Armando habló de las razones de la revolución y del futuro de Colombia, y les recordó a sus hombres que eran todos héroes, porque luchaban por la libertad de un pueblo oprimido. Una hora después vieron las luces de San José. Para ese momento ya eran casi doscientos hombres, algunos llegados de muy lejos, que rodeaban el pueblo entero. Avanzando junto a ellos, en la oscuridad de la vegetación frondosa, Raúl tuvo la extraña epifanía de que todos, incluido él, estaban deseosos de entrar en combate. Llevaba en su mochila treinta tacos de dinamita y había aceptado bien que su misión era hacerlos estallar en la puerta del cuartel donde dormían doce hombres, según los informes de inteligencia. Se ubicaron frente al cuartel de policía. Armando, que dirigía la toma, hizo un gesto con la mano y Raúl entendió: era el momento de poner la carga.
Raúl le entregó el cable al compañero que tenía al lado y, mientras lo desenrollaba, bordeó la pared hasta la puerta. En el extremo del cable estaba el fulminante, un dispositivo que Raúl tenía que colocar con firmeza en la dinamita para que no se desbaratara cuando el compañero tirara de él, y estaba a punto de acomodarlo en los tacos cuando comenzó un tiroteo del otro lado del pueblo. Después se enterarían de lo ocurrido: un grupo de compañeros había improvisado un retén para proteger la maniobra, aunque nadie les había dado la orden, con tan mala suerte que el primer lugareño que quiso atravesarlo era un borracho perdido, y con tan mal criterio que no les pareció equivocado dar dos tiros al aire cuando el borracho no quiso detenerse. Al oír los disparos, el compañero que tenía el cable en sus manos se giró con violencia, por sobresalto o por miedo, y accionó el detonador antes de que Raúl hubiera tenido tiempo de alejarse.
El estallido del fulminante le reventó el brazo. Las esquirlas le abrieron la piel y se le clavaron en la carne, y el brazo y la mano se le cubrieron de sangre. Raúl sintió un dolor intenso en la cara y supo que la sangre le bañaba un ojo, pero entendió que su deber en ese momento era recuperar la dinamita, y apenas había logrado hacerlo y volver al parapeto cuando los agentes de policía, alertados por los tiros y la explosión, se asomaron a las ventanas y comenzaron a dispararles. Había empezado a amanecer cuando Armando le dijo a Raúl que también tenía una herida en la oreja; él se llevó una mano a la zona y la descubrió incompleta, pues el estallido le había volado un buen pedazo. Ahora el calor de la piel y los primeros rayos de sol le habían secado la sangre sobre el polvo de la explosión, formando desde la ceja hasta la mandíbula una pasta tan gruesa que ni siquiera había manera de confirmar que el ojo seguía en su sitio. Los sonidos del mundo eran confusos, porque el estallido le había dañado el oído, pero así continuó combatiendo, sin saber muy bien adónde disparaba, perdiendo la noción del espacio, hasta que ya dejó de saber qué estaba pasando.
Los demás le contaron todo durante la retirada. La toma había sido un éxito rotundo: mientras unos guerrilleros saqueaban la farmacia y se llevaban el dinero de la Caja Agraria, otros entraron en el granero de uno de los ricos del pueblo y repartieron el grano entre la gente, y guardaron un par de arrobas para llevarse de regreso al campamento. Salieron con un botín generoso, hecho de sardinas en lata y leche condensada, galletas Saltinas y arequipe, y todo eso llenaba las mochilas de los compañeros. Así empezaron a subir el cerro Paramillo por la misma trocha que habían usado para bajar. Raúl escuchaba los relatos con un lado de la cara, pero sin mucha atención, porque todavía no había podido confirmar si el estallido lo había dejado tuerto. El fusil, un M1 de la guerra de Corea que estaba diseñado para la guerra de posiciones y no para atravesar un páramo escarpado, le pesaba en el hombro. Armando se había adelantado mucho o había preferido rezagarse: Raúl no estaba seguro, y lo buscaba con su ojo bueno sin alcanzar a encontrarlo. Lo rodeaban los compañeros del campamento y otros que no conocía, pero que eran de la zona. Habrían pasado unas tres horas desde la retirada de San José cuando vieron, a unos cien metros de la trocha, una casa de techos de zinc, parecida a las del pueblo aunque más pobre, y entraron de inmediato en modo de combate.
Raúl recibió la orden de poner la dinamita que no habían usado en San José. Preguntó quién estaba en la casa y le contestaron con dos palabras: «El enemigo». No supo cómo habían llegado a la conclusión, pero era evidente que todos sabían algo que él ignoraba, y sólo podía obedecer. De manera que se acercó a la casa igual que lo había hecho en el cuartel, y puso la carga igual que en el cuartel, pero esta vez sí conectó el fulminante y sí tuvo tiempo de alejarse antes de que el compañero del otro extremo del cable tirara de él y el fulminante estallara y la dinamita estallara, haciendo que el techo de zinc volara en pedazos y de la casa quedaran en pie sólo las paredes. Había puesto la dinamita al descubierto, y el estruendo fue tan brutal que a Raúl le pareció que lo había sentido en el vientre.
«Salgan y ríndanse», gritó alguno de los compañeros, «y les respetamos la vida».
No pasaron más de unos segundos antes de que alguien gritara desde adentro que sí, que saldrían, y las primeras siluetas aparecieran en el umbral sin puerta. No eran militares: no tenían uniforme y las armas que levantaban con sus brazos en alto no eran de dotación. Eran cuatro hombres y una mujer. Raúl comprendió quiénes eran, pues ya había oído hablar de aquellos hombres —lumpen-campesinos, los llamaba el comandante Fernando— que se estaban organizando para defender a quienes les pagaran, como pequeñas contraguerrillas privadas. Ninguno de los cinco opuso la menor resistencia; se rindieron sin que nadie tuviera que pedírselo dos veces. Por eso fue tan inesperado lo que sucedió: los compañeros los acribillaron allí mismo, sin una palabra más, y con la precisión suficiente para dejar indemne a la mujer. Con incredulidad primero, con horror después, Raúl vio a uno de sus compañeros adelantarse hacia un cuerpo caído que todavía se movía y ultimarlo con dos golpes de machete. Luego se dirigió a la mujer, que se había acurrucado en medio del fusilamiento y ahora soltaba gritos de histeria, y le dijo:
«Vaya y cuénteles, para que aprendan».
El incidente lo dejó descompuesto por dentro. Nada de lo que vio esa tarde era parte de lo aprendido en China, donde la consigna era muy clara: si al enemigo se le promete la vida a cambio de la rendición, esa promesa debe respetarse, porque sólo así se consigue que otros quieran rendirse después. Pero no dijo nada: no dijo que la maniobra había sido un error, ni que esos muertos eran campesinos también, ni mucho menos que la crueldad no era parte de la revolución. El grupo avanzó durante toda la noche y todo el día siguiente. En alguna parada alguien le dio un medicamento para el dolor de la cara, y Raúl quedó tan adormecido que su cabeza enferma dejó de pensar en el espanto de lo visto. No pudo menos que agradecerlo. Sentía que el cuerpo lo iba a traicionar en cualquier momento, y así, medio drogado, consiguió olvidarse incluso de que estaba viendo el mundo por un solo ojo. Dos veces, en paradas que duraban unos cuantos minutos, se quedó dormido de pie, apoyado en el cañón largo de su M1, y no recordaría a qué horas llegaron por fin a un lugar donde pudiera acostarse. Al día siguiente, al despertar, se vio rodeado de un grupo de compañeros. Entre ellos estaba Carlos, el médico que había escogido su nombre, que estaba sentado a su lado con un balde de agua caliente y paños hechos de camisas viejas.
«No sé si perdí el ojo, compañero», dijo Raúl.
«Tranquilo», dijo el médico. «Ya vamos a ver, quédese quieto».
Empezó a cubrirle la cara con los paños mojados. La pasta seca se fue derritiendo hasta que el ojo vio la luz, o Raúl se dio cuenta de que entraba la luz del día claro por ese ojo deslumbrado. Lloró, pero no se preocupó demasiado por ocultarlo: pues con algo de suerte, sus lágrimas de alivio podrían confundirse con el agua de los paños.
La recuperación fue un lento milagro. Más que el dolor de la piel quemada, más que la angustia de perder un ojo, la impresión más fuerte de esos días morosos fue la novedad de la culpa. ¿Era culpa aquello? Nunca había sentido nada parecido, de manera que no le resultaba fácil reconocer el sentimiento, pero cuando le ponía ese nombre nada le parecía fuera de lugar. Tuvo una urgencia súbita de hablar con su madre y un vago temor infundado de que algo malo le hubiera pasado en la cárcel. En las noches húmedas se enrollaba en la hamaca como una crisálida y pegaba la oreja a su radio, no para buscar emisiones de ópera, sino por ver si un golpe de suerte le daba alguna pista sobre su familia. Su cuerpo seguía haciendo lo suyo: la piel se regeneraba; el ojo empezaba a llorar por su cuenta sin ningún aviso, como si tuviera tristezas propias, pero cada día veía mejor y la piel del párpado ya no parecía a punto de romperse como la tela de la cáscara de un huevo. De vez en cuando se despertaba el fantasma de su leishmaniasis, que había dejado una cicatriz en el cartílago de su talón de Aquiles. Aunque ésta era la menor de sus preocupaciones.
Uno de esos días calurosos, su destacamento fue a hacer trabajo de masas en un caserío de campesinos, muy cerca de Tierralta. Raúl insistió en ir con ellos, creyendo que así forzaría los ritmos de la recuperación. En realidad, algo le había pasado, y no quería estar solo. Era como una melancolía, y no habría sabido explicarla, de manera que huyó de sí mismo acompañando al destacamento, pasando la mañana con los campesinos, hablando de los derechos del pueblo y de la entrega de nuestros recursos al capital extranjero y de la obligación de luchar contra las oligarquías. Al final de la jornada, en esas horas frescas, estaba esperando a los compañeros a la vera de un terreno pelado que los locales usaban para jugar fútbol cuando oyó un nombre que lo golpeó como una palmada en la nuca:
«¡Sergio!».
Se dio la vuelta con espanto, y lo hizo de manera tan brusca que un compañero, pensando que otra cosa había pasado, alcanzó a empuñar el fusil. Sus ojos escanearon la línea de casas y encontraron lo que buscaban: una mujer joven con una prenda en la mano —una camiseta, unos calzoncillos— caminaba con paso acelerado detrás de un niño desnudo. «¡Sergio!», le gritaba. «¡Venga para acá!». Eso era todo: una madre tratando de vestir a su hijo inquieto. Pero a Raúl la mención de ese nombre olvidado le sacudió las entrañas, y no se pudo liberar de la impresión en el resto del día. Sus compañeros lo notaron distraído y le preguntaron varias veces si se encontraba bien, porque le había quedado en la cara la expresión vacía de quien comienza una fiebre, pero Raúl no habría podido explicarles lo que le ocurría porque ni él mismo lograba comprenderlo.
El último día de abril, poco después de que cumpliera los veintidós años sin que nadie se enterara, le avisaron de la próxima misión: lo mandarían a visitar a los indígenas. Raúl recibió la noticia con satisfacción, porque veía en el aviso una muestra de la confianza recuperada tras la toma, pero el encargo le llegaba en un mal momento: llevaba varios días atormentado por un dolor de muelas que no lo dejaba dormir. Decidió no mencionarlo y ni siquiera dejó que el dolor se le viera en el semblante, pero entró a la carpa de los comandantes sintiendo que la cara se le podía romper en cualquier momento. «Le vamos a explicar cómo es la cosa, compañero», le dijo el comandante Tomás. «¿Está listo?». Y Raúl dijo que sí, que estaba listo.
Se trataba de una reserva de emberas que se había asentado en los bancos del río Verde, donde las montañas del Paramillo comienzan a bajar hacia los llanos. Meses atrás, al regresar de una larga marcha, el destacamento de Raúl había pasado la noche junto al poblado, media docena de chozas construidas alrededor de una maloca. Poco antes de llegar, el comandante Tomás los había atiborrado de advertencias sobre la cortesía con los indígenas y el respeto a sus costumbres. «La chicha que les ofrezcan, se la toman aunque no les guste», les dijo en su momento. No habían alcanzado a acercarse a las chozas cuando los emberas salieron de la oscuridad, armados con machetes y gritando en su lengua, y sólo se tranquilizaron cuando reconocieron a Tomás, que llevaba mucho tiempo tratando vanamente de reclutarlos para la causa del partido. Pero no lo miraban a él: los emberas se habían fijado en Raúl desde el principio, y no dejaron de mirarlo mientras caminaban hacia la maloca, y no dejaron de mirarlo mientras le presentaban a su jefe, a quien llamaban el jaibaná . Todos ocuparon su lugar alrededor del centro. Tomás trató de sentarse junto al jaibaná, como había hecho en otras visitas, y se hizo un silencio en la maloca cuando el hombre lo apartó de un empujón sutil y le señaló el lugar a Raúl. Tuvo que darse ese desencuentro para que Raúl entendiera la naturaleza de las miradas insolentes e inquisidoras que todavía no lo dejaban en paz: no, no era insolencia ni inquisición alguna, sino que su piel blanca y sus ojos verdes tenían para estos hombres algo sobrenatural o mágico. El jaibaná fue muy claro cuando le dijo:
«Lo estábamos esperando».
Se llamaba Genaro. Hablaba un buen español de vocales cerradas en el que a veces se metían las palabras intrusas de su lengua. Esa noche, para pasmo de todos, Genaro bebió su chicha sin dejar ni por un instante de hacerle a Raúl sutiles atenciones, y acabó por pedirle al comandante Tomás que lo dejara dormir dentro de la maloca: era un raro privilegio que ni siquiera Tomás había recibido en el tiempo de su relación con los emberas, y no logró disimular una ráfaga de envidia infantil que le cruzó la cara. No tuvo más remedio que aceptar, por supuesto, y Raúl pasó la noche dentro de la casa sagrada, durmiendo a pocos pasos del jaibaná, mientras el resto de sus compañeros colgaba sus hamacas afuera, a la intemperie.
No supo esa noche para qué lo habían estado esperando Genaro y su tribu, pero no importaba: los dirigentes del partido habían buscado durante mucho tiempo una puerta de entrada a la comunidad embera, y ahora resultaba que este rubio de ciudad, al que Genaro llamaba « kahuma bueno», guardaba la llave en sus manos. Le explicaron a Raúl que el partido tenía en su poder una información valiosísima: en la zona donde estaba situada la maloca, cerca de la desembocadura del río Verde, se comenzaría a construir dentro de algunos años una represa hidroeléctrica que ostensiblemente abastecería toda esa zona, pero que se llevaría por delante a los emberas. Los documentos que leyó Raúl hablaban de daños irreparables, y lo hacían en frases solemnes y alarmadas: ruptura del sistema ancestral de valores, desarraigo de costumbres milenarias, muerte de los ríos sagrados. Explicaban que el pez bocachico, fuente esencial de proteína para los indígenas y producto básico de su economía, desaparecería por completo; la inevitable deforestación, decían, llevaría a los emberas al desequilibrio espiritual. El partido se había puesto de acuerdo: su deber revolucionario era aprovechar la situación para organizar a los indígenas, enseñarles el valor de la protesta y conseguir que se levantaran contra los atropellos de las oligarquías. La misión, tal como la entendió Raúl, era crear una primera célula entre los indígenas. «Una sola chispa», decía el presidente Mao, «puede incendiar toda la pradera». Raúl, al parecer, era el emisario del incendio.
De manera que ahora, en el último día de abril, Raúl se fue a dormir con su nuevo encargo ya en la cabeza, pero también con un intenso dolor de muela que ya no se quedaba en la mandíbula, sino que lanzaba choques eléctricos por todos los huesos de su cráneo. En la mañana el dolor se había hecho tan insoportable que ya no lo pudo mantener en secreto. «Así no se puede ir a tomar chicha», le dijo el comandante Tomás. Mandó llamar al compañero Carlos, que sólo tuvo que asomarse a la boca de Raúl para encontrar un absceso y maravillarse de que lo hubiera podido disimular tantos días: el dolor, dijo, debía de ser como para que otra persona se desmayara. De inmediato lo pasó a cirugía, lo cual significaba sentar al paciente en una silla hecha de troncos, anestesiarlo con una aguja que habría sido buena para un caballo y sacarle la muela con gatillos quirúrgicos cuya limpieza no era del todo confiable. Fue el espectáculo del día: el destacamento, reunido alrededor de la silla de troncos, asistió al forcejeo gritando entre risas: «¡Combatiendo unidos venceremos!». La muela no opuso resistencia, pero el compañero Carlos le recetó al paciente dos días de quietud absoluta. Sólo después del reposo, cuando ya no había riesgos de hemorragia ni parecía existir ningún tipo de infección, le dio permiso de salir hacia el pueblo de los emberas.
Ya era mayo cuando emprendieron el camino. En medio de un aguacero que sacudía las ramas y abofeteaba las hojas grandes, Raúl, el comandante Tomás y un grupo de compañeros se acercaban a la maloca donde los esperaba el jaibaná Genaro. La estrategia era muy simple: serían recibidos por los emberas, Raúl fingiría enfermarse y Tomás le pediría a Genaro que guardara al enfermo durante un par de días, el tiempo para terminar la misión (ficticia) que los había traído a la zona. Genaro, por supuesto, recibiría a Raúl con los brazos abiertos, y aquélla sería la oportunidad perfecta para que Raúl le hablara de la represa, del daño que les haría a los emberas, de la resistencia popular y la ayuda que les podía prestar la guerrilla para exigir sus derechos, tanto los civiles como los ancestrales. Pero aquellos planes diáfanos se enturbiaron antes de lo previsto, cuando Tomás le contó a Raúl algo que acaso no habría debido contarle en ese momento.
Fue una sucesión de malentendidos. Tal vez Raúl iba haciendo mala cara, pues todavía sentía la boca resentida por la violencia de la extracción, y lo impresionaba tocarse con la lengua el espacio vacío donde antes había estado la muela y sentirlo como el muñón de una mano amputada; o tal vez, simplemente, en los huesos de su cabeza permanecía el fantasma del dolor. En todo caso, iba haciendo mala cara: callado, el ceño fruncido, cierta expresión de desaliento. Y tal vez Tomás lo leyó todo mal, creyendo que Raúl sabía algo que en realidad no sabía o que alguien le había contado lo que ya era de dominio público, y creyendo también que a eso se debía su desaliento, el malestar que se dibujaba en su ceño, su silencio hostil. Tal vez creyó entonces que era conveniente desactivar ese disgusto, porque el éxito de esta visita dependía de él: ¿cómo podría ser inconveniente, habrá pensado Tomás, levantarle la moral antes de una misión tan importante?
«Bueno, compañero, felicitaciones», le dijo Tomás. «Va a ver cómo el partido le presta a Valentina toda la ayuda que necesite».
Fue así como Raúl se enteró de que su madre había salido de la cárcel. Aquello había ocurrido dos semanas atrás, pero nadie se lo dijo: durante dos semanas el destacamento supo, o por lo menos la comandancia, que la compañera Valentina había sido liberada tras casi trece meses de reclusión y diversas gestiones de abogados. Pero nadie se lo dijo a Raúl. Esa noche, cuando ya la estrategia estaba en marcha —y Raúl se había indispuesto por algo impreciso y Genaro le había abierto los brazos y sus compañeros se habían marchado—, y cuando Genaro lo había invitado a dormir en la maloca en lugar de colgar su hamaca de los árboles, Raúl comenzó a hablarle de lo que se estaba planeando en la capital: la construcción de la represa, que implicaba inundar la región y desviar sus ríos y trastornar para siempre la vida de todos: la de los emberas, sí, pero también la de los campesinos. Pero ni por un instante dejó de pensar en su madre. Genaro escuchó con paciencia las palabras de Raúl. En su español titubeante, dijo: «Lo dijo Karagabí».
Raúl comprendió que era ocioso preguntarle quién era esa persona. «¿Qué dijo?», preguntó.
«Él nos dejó como testamento que había creado el agua para nosotros, para que nos sirvamos de ella», dijo el jaibaná Genaro. «Nos dijo que no había que tocar nada: dejar las cosas como él las había hecho. Si no, nos caería su maldición. Y los emberas nos acabaríamos».
Hablaron del asunto varias veces en el curso de esa noche y el día siguiente, pero Raúl había perdido todo celo y su atención se había volado hacia otros lugares. Valentina estaba libre: ¿pero con quién, en dónde? ¿Habría regresado su madre a la casa de la familia en Medellín? ¿Estaría su padre enterado de su liberación, o su hermana? ¿Se habría incorporado a las labores clandestinas o estaría quemada sin remedio? La misma enfermedad ficticia que le había servido para quedarse con Genaro ahora le servía para evitarlo. Quería estar solo, solo para rumiar la sensación de haber sido traicionado, y se le había perdido en alguna parte la inclinación a cumplir con la labor encomendada. Así, acostado junto a su rifle en el suelo de tierra, con la cabeza sobre su mochila y mirando al cono de hojas de palma que era el techo de la maloca, pasó el día entero.
Esa noche, cuando llegó a verlo, Genaro llevaba la cara pintada con resinas de jagua, y la mano cerrada sobre un bastón de balso cuya empuñadura tenía la forma de una cabeza de mono. Lo acompañaban dos mujeres, las dos adornadas con collares de tres vueltas, y las chaquiras de colores se sacudían sobre sus pechos desnudos. Se lavaron los pies con el agua de un balde rojo antes de entrar; una de ellas le entregó a Genaro una botella de aguardiente, y Raúl entendió que aquello era una ceremonia y que Genaro se disponía a curarlo: ni Tomás ni los otros comandantes habían previsto que ésta fuera la consecuencia de su estrategia grosera. Genaro bebió un trago de aguardiente, cogió un montón de hojas que parecían recién arrancadas y se puso a cantar así, sacudiendo las hojas en el aire, entre su cara y la cara de Raúl, y su canto salió impregnado de anís y de saliva. Cantó durante dos horas, y cuando no estaba cantando estaba hablando en su lengua (hablando con el tono de quien cuenta una vieja historia), pero no hubo un solo instante en que Raúl sintiera que no estaba hablando de él. Serían las dos de la madrugada cuando el jaibaná se le acercó sin ponerse de pie, le agarró la cabeza entre sus dos manos poderosas y le puso en la frente la boca, olorosa a aguardiente y a albahaca y a madera, como si le fuera a dar un beso. Pero en lugar de darle un beso empezó a succionar, y lo hizo con tanta fuerza que Raúl alcanzó a sentir sus dientes y pensó que al día siguiente tendría una herida. Genaro lo soltó entonces, como empujándolo, se alejó dos pasos y vomitó sobre la tierra, y Raúl tuvo la certeza incomprensible de que allí, en ese charco oloroso, quedaban también sus demonios.
Una mañana, Marianella se despertó con el ruido de unas ruedas sobre el cascajo de la entrada, y al asomarse se encontró con sus abuelos. El abuelo Emilio abría la puerta trasera del carro y le ofrecía la mano a alguien para ayudarle a bajar. Era Luz Elena. Marianella salió a abrazarla sin que le importara que los guijarros le hirieran los pies desnudos; se encontró con un remedo de lo que era su madre —el mismo cuerpo, sí, pero la energía diezmada y la cara de quien ha perdido todas las ilusiones—, y supo que algo más profundo que una mera contrariedad había contaminado su vida. Pasó los días siguientes allí, en esa casa que se había convertido en un refugio, el único lugar del mundo entero donde estaban a salvo. Fue entonces, con el paso de los días, cuando comenzó a surgir una conversación que después se convirtió en un plan y, finalmente, en una misión. Para eso fue necesario, sin embargo, que Marianella se enterara de lo que le había ocurrido a su madre.
Desde la entrada de Fausto a la guerrilla, en los últimos meses de 1969, Luz Elena había clausurado la vida anterior, la que vivía en el apartamento de la familia Cabrera Cárdenas, y se había mudado casi por completo a un piso franco. Era una casa que parecía inofensiva vista por fuera, pero que adentro era una pequeña base del movimiento donde se escondían medicamentos, municiones, dinero en negras bolsas de basura. Tras varios meses de residencia clandestina allí, meses marcados por los viajes en misión a Quito y a Guayaquil, la dirección del partido decidió ponerle otra responsabilidad en las manos: la custodia de tres niños ajenos. Eran los dos hijos de Lorenzo y la hija de Camilo, dos comandantes que no habían salido de la selva en años y cuyas mujeres, por razones que nadie sabía, se habían ausentado de sus vidas.
De manera que la compañera Valentina se hizo cargo de ellos como una nodriza, poniéndoles comida sobre la mesa, llevándolos a la escuela todos los días y al médico cuando era necesario, siempre amparada por sus ropas elegantes y sus collares de perlas y sus maneras de señora bien. Por supuesto que alguien, una profesora o una enfermera, habría podido preguntarle por qué una mujer como ella se estaba ocupando de esos niños; pero nadie lo hizo nunca, tal vez porque la autoridad de Luz Elena lo impedía, y era evidente que el partido contaba con esos salvoconductos de clase. Los niños se encariñaron con ella. Los de Lorenzo eran dos varones tímidos que ya llevaban en el ánimo las cicatrices de esa vida rara, una especie de desconfianza natural del mundo de los adultos, y sólo con Valentina parecían estar tranquilos. La niña, en cambio, vivía sin preocupaciones aparentes: a sus cinco años había cambiado tantas veces de casa y de compañías que ya no preguntaba a qué horas era la siguiente comida. Todo aquello anduvo bien —la vida en el piso franco, la maternidad impostada de los hijos de los guerrilleros— hasta que Valentina cayó presa. Nadie pudo hacer nada para que los tres niños no acabaran en el Instituto de Bienestar Familiar, donde se les dio tratamiento de abandonados, un camarote donde dormir y dosis de lástima a intervalos regulares. Mientras tanto, en su celda de Bogotá, Valentina esperaba en vano la visita de algún camarada o por lo menos del abogado que tantas veces le habían prometido.
Pero nadie fue a verla. En los trece meses que pasó presa, no recibió ni siquiera una carta del partido, ni siquiera tres líneas para hacerle sentir que no estaba sola en el mundo. Valentina echó mano del último recurso que le quedaba: pedir ayuda a su padre. Así fue como don Emilio, que nunca hubiera imaginado que la vida le iba a traer estas sorpresas, acabó contratando un abogado en Bogotá para que aquella hija rebelde no tuviera que cumplir todos los días de su condena. Pero tampoco esto fue fácil, pues Valentina recibió al abogado informándole que había otro preso, su compañero Silvio, y que era necesario defenderlo también. Don Emilio se negó de plano, por supuesto, pues él no le iba ayudar a un guerrillero: que de él se ocuparan los comunistas. Pero Valentina se mantuvo firme. A don Emilio le dijo por teléfono: «O ambos o ninguno». Y así acabaron saliendo los dos, y frente a la cárcel donde esperaba don Emilio se despidieron para no verse nunca más. Luz Elena volvió a Medellín en avión y junto a su padre, con pasajes pagados por la añoranza de la familia Cárdenas.
La decepción de Luz Elena fue desgarradora. Se sentía traicionada por el partido al que había entregado los últimos años de su vida, su matrimonio y sus dos hijos. Volvió a su ciudad como se vuelve a una ciudad extraña, sin reconocerla o navegándola azarosamente, divorciada de todo lo que un día había llamado suyo. Supo que los cuadros del partido se habían enterado de su llegada y ya la estaban buscando. Un intermediario desconocido la visitó uno de esos días para llevarle un mensaje de la dirección: le pedían que se encargara de recoger a los hijos de los comandantes en el Bienestar Familiar. «Usted es la única que lo puede hacer, compañera», le dijeron, pero Luz Elena les cerró la puerta en la cara con toda la fuerza de su rencor. Al día siguiente la interceptaron en la calle. «Sólo a usted se los entregan, compañera, porque usted tiene la custodia. Si no va a recogerlos, allá se quedan guardados los hijos de los comandantes».
«Cómo se nota que no me conocen», dijo ella. «Dígales esto: que yo ahorita no estoy para hacerle favores a nadie, mucho menos a ellos, que ni siquiera han querido decirme dónde está mi familia».
Luz Elena llevaba varios días buscando la manera de comunicarse con su hijo. Salvo por una carta que le llegó incompleta en los primeros días, no había sabido nada de él durante el tiempo que pasó en la cárcel, y luego, después de mucho insistir, había recibido la respuesta de un emisario del partido: Raúl había muerto en combate.
«¿Mi hermano está muerto?», dijo Marianella.
«Fue la última noticia que recibí antes de salir de la cárcel», dijo Luz Elena. «Pero yo no me lo creo. Si eso fuera verdad, ya lo habríamos sabido de otra forma».
«Ya nos hubieran avisado», dijo sin convicción Marianella.
«Exacto», dijo Luz Elena. «Ya lo sabría tu papá, por ejemplo, y ya nos hubiera avisado».
Durante los días siguientes, Marianella trató de hacer averiguaciones por su cuenta, pero no tuvo éxito. ¿Su hermano, muerto? No, algo le decía que la noticia era falsa, y no era sólo la formidable capacidad que tenemos para engañarnos cuando nos conviene. Una de esas mañanas, después de haber visto a su madre llorar más durante un desayuno que en toda su vida, Marianella se sentó en el marco de su cama y le dijo:
«¿Y por qué no vamos a buscarlos?».
Lo dijo sin pensar demasiado, pero su madre atrapó la oferta al vuelo. En minutos estaban saliendo de Talara, siempre en silencio, compartiendo la conciencia de que acababan de comenzar un trayecto que tal vez acabaría con una noticia de la que ninguna se repondría jamás. Nadie le había dado autorización a Marianella para estar haciendo lo que hacía; se le ocurrió que acaso iba a violar varias reglas y que eso agravaría su situación con la guerrilla, pero no le importó. Así, después de cinco horas, llegaron a Dabeiba; así atravesaron el pueblo, dejaron el carro en una calle donde nunca un carro se había detenido y se internaron en la montaña. Avanzaron hasta el lugar donde la vegetación de la montaña se tragaba el camino, y a partir de ahí siguieron por un sendero de mulas. Marianella no pudo negar que la sorprendía reconocer el camino. Sus piernas no habían trabajado tanto en mucho tiempo y el aire frío le quemaba las narices, pero avanzaba como si su cuerpo tuviera una memoria que no fuera suya, tomando por trochas que ella no habría escogido, reconociendo un trapiche que sólo había visto una vez, de pasada, el día en que hizo este mismo trayecto con su hermano y otros dos guerrilleros novatos. Encontraron el caserío cuando estaba a punto de anochecer, y Marianella se acercó para describir su problema, lista para enfrentarse al escepticismo de cualquiera; pero la suerte estaba de su lado otra vez, pues la primera persona que se cruzó al llegar fue el mismo campesino que le había dado dinero para pagar el pasaje a Medellín.
«Mierda», dijo el hombre. «Si es la hija de Emecías».
Marianella explicó que necesitaba encontrar a su padre y a su hermano, y que lo necesitaba con urgencia. Les recordó que ella era la compañera Sol, que había militado en la Escuela Presidente Mao y que su hermano era el compañero Raúl. El campesino la escuchó con paciencia y luego dijo que el compañero Emecías había estado por la zona seis meses atrás. Movió la mano en el aire, en la dirección de Tierralta, y dijo:
«Por ahí debe andar, como a tres días de camino».
«¿Y usted lo puede encontrar? ¿Y puede buscar a mi hermano?»
«Claro», dijo el hombre. «Lo que necesito es tiempo».
De manera que hicieron un trato: el hombre se iría en busca de Emecías, le llevaría el mensaje de que lo estaban buscando y se encargaría de traerlo al caserío.
«¿Y nosotras qué hacemos?», preguntó Luz Elena.
«Vuelvan en dos meses», dijo el hombre. «Aquí mismo nos vemos con su papá».
«Y con mi hermano», dijo Marianella.
«Ah, bueno. Ahí sí no le prometo nada».
Con ese acuerdo se despidieron. Marianella y su madre empezaron el camino inverso llevando en los hombros el agotamiento del viaje. A Luz Elena le faltaba el aire, de manera que se fueron hablando en frases entrecortadas.
«Lo importante es haberlo confirmado», dijo Marianella. «Que ahí está papá, quiero decir».
«Falta tu hermano», dijo Luz Elena.
«Lo vamos a encontrar, mamá. Te juro que lo vamos a encontrar. Y luego queda lo más difícil».
«Sacarlos del monte».
«No sé cómo vamos a hacer», dijo Marianella. «Para que los dejen ir».
«Sin que les hagan nada, quieres decir».
«Sin represalias», dijo Marianella.
Luz Elena se quedó en silencio.
«Yo creo que sé cómo», dijo. Estaba pensando en los niños. Se había encariñado con ellos más de lo que sus obligaciones le aconsejaban, y en otras circunstancias sus reservas de ternura le habrían impedido siquiera intuir el chantaje que ya tomaba forma en su cabeza, pero esta vez el bienestar de su propia familia estaba en juego. Tomó aire y dijo: «Si quieren que vaya a buscar a los niños, que me dejen ver a mi familia».
Marianella y Guillermo se casaron en el mes de mayo, un par de meses después de que Luz Elena recuperara la libertad, en una ceremonia privada con cura a bordo, para que la moral de los abuelos quedara a salvo. De la ceremonia sobrevivirían las fotos de Guillermo en el momento de ponerle el anillo. Llevaba una camisa amarilla y una chaqueta abierta de muchos botones, y Marianella iba vestida de blanco, un vestido blanco de cuello redondo y sin mangas, pero se había cubierto los hombros desnudos con un chal de tejido grueso que le picaba en la piel. Se la veía feliz. Luz Elena, en cambio, no estaba convencida de la sabiduría de la decisión.
«No veo para qué te casas», le decía. «Vete a vivir con él, pero no te cases».
«Pero si estoy enamorada, mamá. ¿Por qué no me voy a casar?»
«Porque no estás viendo las cosas bien. No te das cuenta».
«¿De qué?»
«De que esto no es amor», dijo Luz Elena, «sino agradecimiento. Y eso no es suficiente para sacar una vida adelante».