El día en que salieron a cazar las vacas, Raúl había despertado antes del amanecer con una idea fija en la mente: tenía que decirle a su madre la verdad. Durante días había vivido con la angustia en el pecho, preguntándose cómo recibiría ella la noticia de que su hijo quería abandonar las filas del EPL. Eso le quería explicar: que se sentía viviendo una mentira. En el campamento habían circulado las páginas mimeografiadas de Combatiendo venceremos , el boletín de la guerrilla, y este número describía un mundo en donde la zona guerrillera era una verdadera base de apoyo y el partido controlaba la justicia, dominaba la economía y tenía un ejército capaz de defender sus fronteras soberanas. Nada de eso se parecía a lo que Raúl podía ver todos los días: la zona guerrillera donde él vivía estaba lejos, muy lejos, de convertirse en aquel germen invencible de poder popular. No se lo había dicho a su madre, no sólo porque ninguna de las frases que tenía en mente habría pasado la censura, sino por el miedo más primitivo de decepcionarla. Le pareció ridículo verse así, un guerrillero curtido en combate y bien formado en tácticas y en estrategias, un hombre hecho y derecho que pronto cumpliría los veintiún años, preocupado por lo que pensara su madre. Ah, pero es que no era una madre cualquiera: la compañera Valentina se había convertido en una ficha imprescindible de los comandos urbanos, y sus labores habían conquistado el respeto y la admiración del partido. Había vivido su vida clandestina con entereza y llevado a cabo labores de peligro sin perder ni por un instante su fachada de señora bien, ¿y ahora iba Raúl a sacudirle el mundo con sus vacilaciones y sus desencantos?

Pues sí: eso era exactamente lo que iba a hacer.

Así lo había decidido esa mañana, mientras caminaba con veinticinco guerrilleros más hacia los campos abiertos donde podían encontrar las vacas. Por esos días se celebraba en la zona un pleno del Comité Central del Partido, y allí, en un campamento ensanchado para la ocasión, se habían reunido los comandantes de los ocho destacamentos que operaban en los llanos del Tigre. Era una zona hermosa de cielos abiertos y tierras anchas limitadas por selvas tupidas; había pertenecido —cada una de sus hectáreas— a grandes terratenientes, y todavía quedaban por ahí sus vacas, que se habían vuelto salvajes, o tan salvajes como los jaguares que las amenazaban, como las dantas y los saínos que los guerrilleros salían a cazar cuando podían. Raúl y sus compañeros tenían esa mañana la misión de llevar carne al campamento, suficiente para los ciento cincuenta guerrilleros que habían llegado de todas partes a proteger el pleno del Comité Central, y así habían caminado durante una hora, buscando las vacas salvajes, hasta que vieron a lo lejos seis bestias que pastaban tranquilamente. Los hombres rodearon la zona para ponerse de espaldas al viento, de manera que su olor no alertara a las presas, y avanzaron agachados hasta que tuvieron las vacas a tiro de sus fusiles M1. Raúl contó ocho tiros y vio que dos de las bestias caían muertas en el acto. Las demás se dispersaron, pero una más había quedado herida. La mitad de aquel comando de cacería tuvo que seguirla durante media hora antes de poderla rematar; los demás, mientras tanto, se quedaban con las primeras presas para comenzar a descuartizarlas. Cuando volvieron al campamento, cada uno cargando a sus espaldas un bulto de carne fresca, fueron recibidos como héroes.

Eran tiempos de relativa paz, y por eso se había podido organizar el pleno, pero todo el mundo sabía que el ejército estaba a unos cuantos kilómetros, en Tierralta, y no se podía bajar la guardia. Para eso habían venido más guerrilleros de los que nunca se vieron en la zona: para rechazar con fuerzas bastantes cualquier ataque imprevisto. Para eso, también, los comandantes enviaban a los alrededores pequeñas misiones de exploración que les permitían estar atentos a cualquier movimiento de los soldados enemigos. Y esa tarde, después de asar la carne en brasas de carbón vegetal, después del almuerzo más copioso que la tropa había comido en meses, el comandante Carlos llamó a Raúl para asignarle una tarea: debía ponerse al mando de un destacamento pequeño de cinco guerrilleros y montar un retén en las afueras de Tucurá. Allí comenzaba una trocha difícil, una suerte de trinchera natural que se abría en tierras pantanosas por donde la guerrilla había transitado, pero que el ejército, si se daba maña, podría usar para sorprenderlos.

«Váyase para allá y me cierra ese paso», dijo el comandante. «En ocho días le mando relevo».

Esa misma noche estaban emboscados, y así siguieron cinco noches más. Sufrieron el acoso y las picaduras de los jejenes, y lo hicieron en silencio, pues en la oscuridad es imposible saber si el enemigo está cerca y cualquier movimiento, aun el de una mano que da una palmada para espantar a los bichos, los podía delatar. A esas noches de infierno seguían días de sueño represado y de músculos resentidos, pero lo que más miedo le daba a Raúl era el tedio de los tiempos muertos: pues la cabeza se ponía a pensar, y entonces venían las preguntas: ¿no estaría mejor en una célula urbana? ¿No sería más útil a la causa viviendo la vida clandestina que vivía su madre, tal vez usando el teatro como fachada, en vez de estar metido en algo en lo que ya no creía? La lucha armada se le había convertido en una rutina obscena: ganar la confianza de los campesinos para llevar a cabo operativos de guerra, y contemplar cómo las víctimas de los operativos, a la larga, eran los campesinos cuya confianza habían ganado. No, la revolución no podía ser esto.

Al sexto día, algo ocurrió. Las provisiones estaban ya escaseando: la quietud produce la ilusión del hambre, y las latas de atún y de leche condensada se estaban acabando antes de tiempo, de manera que Raúl acudió a uno de esos campesinos de confianza y le puso unos billetes en la mano.

«Arroz, fríjoles y panela», le dijo. «Venga cuando se ponga oscuro».

El hombre llegó puntualmente esa noche. Le entregó a Raúl las compras y las monedas de las vueltas, y se fue sin aceptar la invitación a cenar con ellos. Mientras los compañeros ponían el arroz y los fríjoles en remojo, Raúl desenvolvió la panela, que venía empacada como siempre en una hoja de periódico, y algo le llamó la atención. Al extender la media página rasgada —el periódico era El Espacio —, pensando que era imposible haber visto lo que creía, se encontró con una foto de su madre que lo miraba en colores generosos desde el pozo de luz de su linterna. La imagen habría podido salir de una revista de sociedad, por la media sonrisa de la mujer elegante o por su pelo cuidado o por su blusa de flores, pero el pie de página destrozaba esos consuelos: Detenidos en Bogotá dos miembros de la red urbana del EPL . Raúl buscó en el texto la confirmación de sus temores, y encontró los dos nombres: la mujer era, en efecto, la exactriz Luz Elena Cárdenas; la mujer era, en efecto, esposa del afamado director de teatro Fausto Cabrera.

Raúl sintió que la boca se le secaba. Los años lo habían entrenado en el arte de callar y esconderse a plena vista, y tuvo que convocar esos instintos para no delatarse ante sus compañeros. Pero guardó el recorte y más tarde, acostado en la hamaca, se las arregló para sacar la linterna y leer todo lo que no había leído antes. Luz Elena estaba presa en la Brigada de Institutos Militares y sería sometida a un consejo verbal de guerra. No había caído sola: la acompañaba un tal Silvio, un guerrillero de la red urbana que no aparecía en la foto porque su arresto no era escandaloso. El consejo verbal era una herramienta reciente que el estado de sitio proporcionaba a los jueces para luchar contra la subversión, y que los habilitaba para juzgar a los civiles con leyes marciales. La pena para su madre, decía el artículo, sería de ocho años de cárcel como mínimo, y podía ser mucho más generosa.

Generosa , pensó Raúl, y odió al mundo.

Con la luz de la linterna encontró la fecha en lo alto de la página, 10 de marzo de 1971, y se dijo que faltaban tres días: Luz Elena cumpliría cuarenta y dos años presa en una celda bogotana, sin ninguno de sus hijos, sin su marido, sin nadie. Y mientras trataba de recomponer la situación y de imaginar las posibles acciones, maneras más o menos ilusorias de rescatarla, Raúl entendía que lo único capaz de empeorar la desgracia de su madre en ese momento, lo que podría destrozar la poca moral que le quedara, sería recibir de su hijo la noticia de su descontento. Allí, emboscado en la selva, metido en su hamaca como si el mundo se estuviera acabando, Raúl se dio cuenta de que todos sus planes previos —tener un enfrentamiento político con los comandantes, pedir la baja o desertar si era preciso— se acababan de ir simplemente a la mierda.

Dos días después llegó el relevo. Raúl tuvo la intuición molesta, al recibir a los compañeros, de que todos sabían ya de lo ocurrido: algo notó en sus voces cambiadas o en sus miradas huidizas. Lo confirmó al regresar al campamento, cuando los mismos que lo habían recibido con algarabías el día de la cacería de las vacas ahora ni siquiera se atrevían a mirarlo a la cara. No era para sorprenderse que ya supieran todo, pues en el campamento era cosa de costumbre comenzar los días oyendo la radio, y las dos cadenas principales ya habrían dado la noticia con detalles. Lo extraño era que nadie le dijera nada. Era una situación absurda en la que todos fingían no saber, pensando que Raúl no sabía, y Raúl, que ya lo sabía todo, fingía no saber que ellos sabían. Después supo que el comandante Fernando había sido el primero en enterarse. Rápidamente reunió a la tropa y les anunció la captura de la compañera Valentina, madre del compañero Raúl, y enseguida dio la orden expresa de no decirle nada: sería el Comando Central el encargado de darle la noticia.

Todo era chocante: lo eran los secretos, o más bien esa ética de disimulos que ocultan disimulos, de dobleces y de hipocresías, que se volvía tan natural para los combatientes como su uniforme, y que una vez, por ejemplo, los había conducido a la situación ridícula de estar buscando durante una semana una caleta llena de alimentos y de armas: la habían escondido tan bien, y la habían protegido con tanto secretismo, que nadie logró encontrarla cuando la necesitaron, y al final hubo que aceptar que se la tragara la selva. Sí, era chocante: que el comandante Fernando hubiera decidido romper la regla sagrada de ocultar los vínculos familiares de los combatientes, que hubiera reclamado para sí mismo el derecho de comunicarle la noticia y que ahora pareciera hacerlo todo con cierta satisfacción mezquina, como si el incidente le sirviera para darle una lección a alguien. Si este hombre había roto las reglas de la compartimentación, pensó Raúl, esas reglas sin las cuales la vida doble de un guerrillero dejaba de entenderse, alguna buena razón tendría. Ésa era la explicación menos temible, pues la otra, que Raúl no había descartado por completo, era tan sencilla como aterradora: si el comandante Fernando quería ser quien diera la noticia, era sólo por el placer de la desgracia ajena. Acaso se engañaba, pero eso fue lo que Raúl vio en la cara de Fernando cuando, al día siguiente de regresar al campamento (y no de inmediato, como pediría la urgencia de la situación o la simple solidaridad), el comandante lo mandó llamar.

«Bueno, compañero», le dijo. «Me imagino que usted ya está enterado».

Raúl no quiso darle el gusto. «¿De qué, compañero?»

«Claro que ya está enterado», dijo Fernando. «Bueno, la revolución sigue adelante. Eso quería decirle».

«No le entiendo, compañero. ¿Qué cosa quería decirme?»

«Que esto no se va a parar por que hayan cogido a alguien. Me imagino que está claro».

«Clarísimo», dijo Raúl. «¿Pero le puedo hacer una pregunta?»

«A ver».

«Le quiero avisar a mi hermana. ¿Cómo se hace eso?»

«Ay, su hermana, su hermana», dijo Fernando. «Déjela quieta, que ella está grandecita».

«¿Es decir?»

«Que si no se entera, problema de ella. Como si yo no tuviera otras cosas en que pensar».

La compañera Sol, ajena a la noticia de la captura de su madre, se había acomodado en un nuevo destino. Guillermo la había llevado a uno de los llamados frentes patrióticos, propiedades rurales que servían de fachada para el trabajo guerrillero, y en las cuales se cultivaba la tierra o se criaban animales. El frente patriótico de Guillermo quedaba al sur de Pance, un corregimiento del valle del río Cauca; era una finca pequeña a espaldas de la cordillera, dos hectáreas enmarcadas por una cerca de alambre de púas donde se habían enredado con el tiempo las plumas de los pájaros, a las cuales se llegaba subiendo la montaña lo justo para que el calor insoportable del valle quedara abajo. Detrás de la casa había un criadero de patos criollos del tipo Muscovy, lo cual divertía enormemente a Sol, que empezó a llamarlos moscovitas, y cuando estaba de buen humor iba a darles granos de maíz mientras les decía:

«¡A comer, revisionistas!».

Los otros cuatro compañeros no parecían entender la broma, pero Guillermo soltaba sonoras carcajadas. Sol se daba cuenta en esos momentos de que había tenido suerte: de todos los secretarios de todos los destacamentos que habrían podido tocarle en suerte, ¿cuántos habrían comprendido su situación tan bien como este hombre? Era amable, y en su cara no pesaba la sombra de tantos otros compañeros, esa especie de lánguida solemnidad. A Sol le gustó hablar con él. Aunque no fuera necesario, le pidió disculpas por haber huido y se esforzó por demostrar arrepentimiento, pero también explicó la situación hostil que se había producido en los llanos del Tigre, con el comandante Fernando, y lo hizo en términos que no eran ambiguos: «Si me quedo allá, me viola». Guillermo decía: «Pues claro, compañera, yo entiendo». Y al parecer, era verdad. O tal vez su comprensión fuera resultado de las órdenes o sugerencias de Armando, a quien todo el mundo respetaba. Y Sol tenía que preguntarse: ¿qué veía Armando en ellos, en Sol y en Raúl, que lo llevaba a tratarlos con más deferencia? ¿Serían acaso beneficiarios de la posición de poder de su padre? Fausto, después de todo, no dejaba de ser el contacto directo entre la China comunista, hogar del Mao de verdad, y el ejército revolucionario de Colombia, donde Mao era un rumor, un conjunto de refranes: una figura hecha de palabras.

La mitad de la semana, o a veces más, la pasaban fuera del frente patriótico, en un destacamento que acampaba en El Tambo, a un día de camino hacia el sur. Era un grupo de una docena de compañeros que hacía labores de inteligencia en la zona de Popayán, la capital del departamento, y también de adoctrinamiento en los pequeños pueblos de la región. Guillermo se quedaba en el Pance, con los patos revisionistas, y cuatro compañeros, entre los que estaba Sol, cubrían el trayecto hablando con los campesinos, haciendo labores de propaganda, prestándoles ayuda para montar escuelas, haciendo presencia en la zona: en definitiva, construyendo la base de la que hablaba Mao. Se quedaban en El Tambo cuatro días y luego regresaban al Pance, al criadero de patos, y Sol volvía a las conversaciones con el compañero Guillermo, y de un día para otro comenzó a darse cuenta de que las echaba de menos cuando estaba en el destacamento. No era simplemente que en el frente patriótico tuviera comodidades que allí eran impensables, como una cama y una ducha. Este Guillermo la miraba con ojos nuevos, y cuando ella le hablaba de las malas experiencias, él parecía dejar lo que estaba haciendo (nunca lo hacía realmente, pero esa impresión misteriosa daba) para ponerle atención mientras se tocaba los bigotes de ranchero de caricatura.

A Sol comenzó a desagradarle el momento en que tenía que irse del Pance. Las labores en el campamento de El Tambo eran más arduas, pero no se trataba de eso, porque también quedaba tiempo para las ideas. Todas las semanas se recibía un folleto titulado Pekín Informa , y todas las semanas, durante la asamblea política, se leían los artículos del folleto como si se tratara del mismísimo Libro Rojo. Para Sol fue como volver a estar en la fábrica de relojes, no con cientos de trabajadores, sino con una docena de compañeros. Sólo habría faltado que el retrato de Mao colgara de una ceiba. En cierta ocasión, después de una lectura de Pekín Informa , Sol mencionó que un primero de mayo, cuando vivía en Pekín, había visto a Mao a cinco metros de distancia. Pensó que el recuerdo causaría una buena impresión, o por lo menos provocaría exclamaciones o preguntas, y sin embargo lo que le siguió fue un silencio. Al cabo, un compañero le dijo:

«¿Sabe qué, compañera? No hable tanta mierda. Aquí no somos tan viajados, pero tampoco nos crea güevones».

Sol no hubiera pensado que en tan pocos meses habría logrado despertar un resentimiento semejante en un compañero. El hombre era el secretario militar del destacamento. Se llamaba Manuel, era de cuerpo pequeño pero tosco, y parecía que se empinara cada vez que iba a hablar. Era, también, el único del destacamento que parecía tener estudios , que era como los demás hablaban de quien ha pasado por la escuela. Venía de Turbo, en el golfo, y en su acento se mezclaban de manera extraña el paisa de las montañas y el costeño del litoral Caribe, de manera que cada cosa que decía le sonaba a Sol como una falsificación o una impostura. Algo había en él que le recordaba a Fernando. Sol creyó que lo había identificado cuando un compañero, la víspera de una operación en Popayán, preguntó cuánto se tardarían en llegar, y Manuel dejó caer un juego de palabras que no carecía de ingenio:

«Con mal tiempo, seis horas. Con Sol, doce».

Era su manera de ejercer el poder que le había sido dado, y Sol lo entendió y se tragó las ofensas. Pero luego, la primera vez que escribió una carta, Sol preguntó a quién debía dársela y cuándo salían los correos, y le dijeron que toda la correspondencia se manejaba a través del compañero Manuel. Esto le gustó menos. Cada vez que ella le escribía a Luz Elena cartas que no obtenían respuesta, moviendo el lápiz mecánicamente sobre el papel reblandecido, haciendo preguntas de rutina y mandando rutinarios abrazos, lo hacía con la certeza de que sus envíos tenían que superar varios obstáculos: la intercepción del enemigo, por supuesto, pero también la censura de Manuel, que leería cada línea con su lupa ideológica, tratando de detectar el instante fatídico en que esta compañera, que amenazaba con descarriarse o ya se había descarriado por dentro, podía contaminar a alguien más con su propia debilidad. Sol envidiaba en estos momentos la facilidad que su hermano había tenido siempre con el español. Para ella, seguía siendo una lengua extraña, recuerdo vago de su infancia, y no lograba usarla con soltura. En estas cartas, además, se veía obligada a usar códigos y alusiones e insinuaciones y claves, y ahora pensaba que tantas cautelas se habían justificado siempre para evitar que la policía o el ejército intervinieran las comunicaciones y consiguieran información de provecho; pero había otra razón nueva, y era escabullirse de la mirada de los suyos. Igual que en las mañanas, cuando tenía que esconderse para lavarse el cuerpo y cambiarse de ropa. En la Escuela Presidente Mao no le había pasado lo mismo.

Las cosas se fueron al traste sin ningún tipo de aviso. Sucedió una mañana húmeda, en que se celebraba la asamblea de soldados, y los compañeros habían dedicado un buen rato a discutir lo más importante que les había pasado hasta ahora en sus vidas de combatientes: el IV Pleno del Partido Comunista, que se iba a celebrar en los llanos del Tigre. Todos los miembros del Comando Central viajarían hasta allá en los días siguientes, y el destacamento de la compañera Sol debía prepararse, como todos los demás, para cubrir los mil kilómetros de trayecto: dependiendo de la suerte, del clima y de los buses que pudieran aprovechar sin correr riesgos, el viaje podía tardar cualquier cosa entre cinco y quince días. Sol pensó en su hermano, que acaso estaría oyendo los mismos discursos en parecidas asambleas de soldados, pero no desde un destacamento pequeño y periférico del sur del país, sino desde el centro del mundo: desde el lugar donde todo iba a ocurrir. Fue entonces cuando el compañero Manuel, que dirigía la asamblea, se puso de pie con un folleto en la mano y dijo:

«Bueno. Ahora vamos a leer Pekín Informa ».

Sol nunca supo qué le hizo perder la paciencia, qué largo memorial de agravios se rebosó en ese momento, pero fue la primera sorprendida al oírse hablar con tanto desprecio.

«Ay, no más con esa vaina», dijo. «No me mamo más el tal Pekín Informa ».

Se hizo un silencio de incredulidad entre los compañeros. La figura de Manuel habría sido cómica si no fuera evidente que se sentía ultrajado.

«Mucho cuidado, compañera», dijo.

«Perdón, compañero», dijo Sol, «pero es así: no me aguanto un solo Pekín Informa más. Con todo respeto, ¿qué carajos nos importa a nosotros lo que pasa en Pekín?».

«A usted como que se le olvidó dónde está, ¿no, compañera?», dijo Manuel. «Ésta es una guerrilla de pensamiento Mao. Éste es el Partido Comunista Marxista-Leninista ideología Mao…»

«Sí, ya sé», lo cortó Sol. «Con todo respeto, compañero, a mí no me explique la ideología de Mao. Yo defendí la ideología de Mao a tres cuadras de Mao. Yo me mamé noches enteras oyendo la voz de Mao por los altoparlantes de la ciudad donde vivía Mao». Entonces se llevó una mano horizontal a la frente. «Esta cachucha que tengo puesta, ¿saben qué es? Es una cachucha de los guardias rojos de Mao. ¿Y saben por qué la tengo? ¡Pues porque yo fui guardia rojo de Mao! Así que tengo todo el derecho de decirles lo siguiente: estoy hasta aquí, hasta la puta cachucha de Mao, de leer Pekín Informa ».

«Esto no se puede permitir», dijo un compañero.

«A ver, respeto pues», dijo otro.

«Calma, compañeros», dijo Manuel. «Vamos a tomar medidas».

«Qué medidas ni qué mierda», dijo Sol. «A ver, compañero, lo que yo quiero decir es muy sencillo: aquí no estamos en Pekín. ¿No es hora de que nos informemos de lo que pasa aquí en el valle, no en Pekín? Mucho Pekín Informa , mucho Pekín Informa , y no tenemos ni puta idea de lo que está pasando en Colombia. A mí me parece que eso es más importante, ¿o no?»

El comandante Manuel acabó la reunión. El resto del día, Sol se quedó aislada de los compañeros: había despertado en ellos emociones que no conocía, y el instinto le dijo que era mejor darles tiempo de que midieran su enfado. Se distrajo cortando la carne de un saíno que habían cazado el día anterior y que ya estaba salado, y en esos momentos le vino a la memoria algo que le había dicho su hermano en los días de la fábrica de relojes despertadores, algo que él sabía porque se lo había dicho Lao Wang, su maestro de torno. Y era esto: que durante la construcción de la Gran Muralla, en los tiempos de la dinastía Ming, las autoridades hicieron el descubrimiento invaluable de que nada frustraba más a los obreros que la sensación de estar metidos en una obra infinita. Tuvieron entonces la intuición de relevar a la cuadrilla entera de obreros cada li , una medida equivalente a medio kilómetro, de manera que los obreros trabajaban con la ilusión de un último día o de una tarea terminada. «Es importante saber que tu camino tiene un punto de llegada», le dijo Lao Wang a su hermano con ese tono de filósofo budista, y su hermano imitaba el tono al repetir las palabras. Y ahora Sol recordaba los escritos militares de Mao, donde se dice que la revolución debe planearse como una guerra prolongada. ¿Sería esta guerra de guerrillas, se preguntó Sol, su propia muralla china?

Dos días después —dos días largos en que estuvo como repudiada, desterrada, muerta en vida— la convocaron a una reunión del destacamento. Le indicaron un tronco y le pidieron que se sentara allí, y elocuentemente los demás ocuparon el espacio frente a ella. Esto era un juicio, entendió Sol, y lo confirmó cuando el comandante Manuel leyó los diecisiete cargos que le habían hecho después de cuidadosa deliberación. La acusaban de irrespeto a la figura de Mao, de desviación ideológica, de despreciar la vida armada, de estar en contra de China y, por lo tanto, de ser prosoviética, estalinista y simpatizante del ELN. La llamaron contrarrevolucionaria y le recordaron sus orígenes burgueses. Le dijeron que todos estos cargos la habían hecho merecer una condena y que la condena sería durísima, pero antes de pronunciarse le iban a dar la oportunidad de hacer una autocrítica. Sol, que había asistido al monólogo con una sensación de irrealidad que no era diferente de la fiebre, pensó en Guillermo y en sus patos moscovitas y quiso estar de vuelta en el Pance ahora, ya, inmediatamente. Se puso de pie y empezó a irse, y lo último que dijo antes de empezar a caminar fue:

«Qué autocrítica ni qué nada. Esta mano de imbéciles…».

Se había girado por completo y ya se estaba alejando de los guerrilleros cuando oyó la detonación. Se sintió proyectada hacia adelante, como si una fuerza enorme le hubiera dado un puñetazo en la espalda, y cayó de bruces a tierra, con una bala calibre 32 metida en el cuerpo, la sorpresa de no sentir dolor y la certidumbre sin miedo de que ya se le acercaban para rematarla.

El campamento de Raúl se preparaba ya para la gran concentración del Comando Central, y los comandantes y los secretarios de otros destacamentos comenzaron a llegar a la zona. A veces Raúl tenía que asumir labores de seguridad, y eso le gustaba, porque podía pensar así en otra cosa que no fuera la suerte de su madre, presa en el Buen Pastor de Bogotá en condiciones inimaginables (o cuya imaginación sólo producía escenas espeluznantes) e incapaz de dar noticias a los suyos. Le aseguraban que Valentina iba a tener los mejores abogados, que lo más importante era conservar la moral alta, que ella era una mujer comprometida con la causa y el partido la iba a ayudar en todo lo que fuera necesario. Una mañana Raúl fue a buscar al comandante Fernando, para preguntarle si alguien estaba llevando el caso de su madre, si el partido estaba haciendo lo que debía y había prometido, y se enteró de que Fernando ya no estaba en el campamento. Se había ido a explorar una zona nueva, pero entre los compañeros se decía que lo nuevo era una novia que se había conseguido en Bijao, y que la estaba visitando.

Pero luego pasó el tiempo sin que regresara, y eso no era normal. Los guerrilleros se enteraron de que se había desplazado al noroeste de Antioquia, zona de combates, y un rumor incómodo comenzó a andar por el destacamento como un perro perdido: Fernando había cometido una falta disciplinaria grave y el Comando Central lo había sancionado duramente. Se decía que lo habían bajado a la base, aunque otros hablaban de expulsión, y algunos, incluso, de fusilamiento. Esto no era verosímil: a pesar de la opinión que Raúl seguía teniendo de él, Fernando era una de las figuras más respetadas de la guerrilla, y para muchos no era imposible que acabara presidiendo el partido. Se especulaba en voz baja sobre la naturaleza de su falta: ¿una mujer, una insubordinación, una falla militar? En su ausencia se habló de él con el pretérito que se usa con los muertos, como si ya fuera historia, y así empezó a entrever Raúl algunas de las razones de sus desencuentros. Fernando, que años atrás (se rumoraba) había sido expulsado de las Juventudes Comunistas por sus tendencias prochinas, se había enfrascado años atrás en un debate de vida o muerte con Pedro León Arboleda, cuyo ascendiente sobre la tropa era notorio. Arboleda defendía una sola visión del partido: la militarización. El comandante Fernando, en cambio, sostenía que lo importante era el trabajo con las clases obreras, lo que llamaba la bolchevización del partido, y el problema que ahora los agobiaba, la razón por la que las cosas no estaban funcionando, era una sola: lejos de bolchevizarse, el partido estaba sufriendo una verdadera invasión pequeñoburguesa. Era imposible que el comandante viera a Raúl sin pensar que allí, en esos ojos claros, en esa educación con violines y palabras en francés, con radios finos y encendedores de gas, yacían agazapadas la decadencia y la inevitable muerte de la revolución.

Una noche, el comandante Armando le pidió que se encargara de una misión importante. Se trataba de llevar a otra parte unos documentos del partido, secretos y urgentes, de los cuales, a juzgar por el tono del comandante, dependían más cosas de las que podían nombrarse.

«Olvídese de lo demás», le dijo. «Esta vaina es importante. Va con Ernesto. Salen mañana mismo».

El compañero Ernesto. Raúl había llegado con él a la guerrilla en el mismo bus, junto con su hermana y Pachito, el compañero muerto; y con él había llevado a cabo la maniobra de contención del ejército después de la desbandada de la Dirección Nacional en el Sinú. Pero aquello no se podía llamar amistad: Ernesto era uno de esos hombres que aparentan no haberse reído nunca, o cuyo sentido del humor parecía haber desaparecido en combate. Era de conversación tan difícil que su vida, aun después de más de dos años de compartir causa y destacamento, seguía siendo el mismo borrador del día del bautizo, cuando el comandante Carlos lo presentó como un líder popular del Quindío que se había entrenado en Albania. Por otra parte, Ernesto le había producido una extraña sensación de confianza desde el primer momento: hay personas así, con las que no nos tomaríamos un aguardiente pero a las cuales, en cambio, les confiaríamos nuestros hijos. Raúl preguntó:

«¿Y adónde hay que ir?».

«Orlando sabe», dijo el comandante.

«¿Vamos con Orlando?»

«El tipo conoce la zona como los jaguares. Sabe cómo llegar al sitio de la entrega. Más no le puedo decir, compañero. Por seguridad, ¿entiende?»

«Sí, compañero», mintió Raúl. «Entiendo».

Salieron con las primeras luces. Orlando caminaba adelante, mostrando el recorrido, y detrás de él iban Ernesto y Raúl. Guardaban una distancia de veinte metros el uno del otro: en caso de emboscada, ese procedimiento les daría la oportunidad de no caer todos al mismo tiempo, pero también hacía la marcha más ardua, porque cada uno caminaba como si estuviera solo. Los tres llevaban su fusil terciado y su mochila de provisiones, pero Raúl, además, cargaba la otra mochila, la de los documentos, tan liviana que parecía un chiste que su envío necesitara la escolta de tres combatientes distinguidos. El sudor le empapó la ropa desde la mañana, pero no hacía calor: era la humedad del aire que atravesaban con esfuerzo, sintiendo al respirar por la boca lo que siente quien se asoma a una olla cuando hierve el agua. Pero en sus piernas y sus pulmones, y también en sus pies que ya no se despellejaban dentro de las botas de caucho, Raúl podía notar la experiencia, los cientos de kilómetros recorridos en estos años de marchas; le pareció darse cuenta de que la selva había dejado de ser un lugar inhóspito, y un ramalazo de orgullo le pasó por el pecho. Levantó la cara. Un dosel de hojas densas se cerraba sobre ellos, arriba, en la copa de los árboles altos, y no dejaba pasar el más leve rayo de luz. La única manera de orientarse era seguir al guía.

El guía. Desde su retaguardia silenciosa, Raúl miraba con admiración su paso de cabra, que parecía abrir la trocha por la que pasarían los otros. Orlando era un campesino que había estado en la guerrilla desde los primeros años; los fundadores lo habían cooptado allí, en la zona, y lo fueron formando hasta convertirlo en jefe de destacamento. Era un hombre astuto y taimado, tan callado que parecía del interior, y llevaba en el torso dos cicatrices, una de machete y otra de bala, que eran la historia privada de sus violencias. Se contaba de él que en los primeros años, recién reunidos los pioneros de lo que sería la guerrilla, se había enfrentado a un veterano de otras guerras que le ordenó llamarlo por su título de comandante. «Yo a usted le voy a decir por su nombre, y si no le gusta, se jode», le había dicho. «Si es para cuadrármele a cualquier güevón, mejor me voy para el ejército». Fue sancionado por el uso de malas palabras, pero los dirigentes reconocieron la razón de su protesta. Desde entonces no había hecho más que ascender bajo la mirada complacida de los dirigentes y en especial de Fernando, que lo veía como un bolchevizado ideal. Había tenido una mujer y dos hijos en su antigua vida y, aunque nadie sabía dónde estaban, se decía que Orlando los visitaba sin pedir permiso, siempre contando con la complicidad de la Dirección.

La primera noche acamparon sin novedad. Pero al día siguiente Orlando empezó a mascullar algo, y era tan transparente su intención de protestar que su murmullo de viejo cascarrabias le llegaba a Raúl con total nitidez, a pesar de encontrarse a cuarenta metros. Cuando le preguntaron qué ocurría, Orlando se quejó de que no estaban avanzando lo previsto; a este paso, dijo, nunca llegarían a tiempo al lugar del encuentro, y así corrían el riesgo de no poder hacer la entrega, de que los contactos urbanos se regresaran a sus bases al no encontrarlos o —peor aún— decidieran esperarlos y se dejaran sorprender por una patrulla militar. Fue entonces cuando Raúl se enteró de que todo este tiempo habían estado rindiendo mucho menos de lo necesario. Se había sentido tan satisfecho con su paso que ni siquiera le cruzó la cabeza la posibilidad humillante de que Orlando hubiera bajado el ritmo para esperarlos: para esperar a los dos muchachos que, por mucho entrenamiento en el extranjero, seguían siendo animales de ciudad.

«Con todo respeto, compañeros», dijo. «A ustedes sí les falta mucho monte».

Decidió salir al camino real. Era el sendero abierto entre caseríos o pueblos desde los tiempos de la Colonia, por el que ahora llegaban los comerciantes y las recuas de mulas para abastecer las tiendas de la zona. Los guerrilleros tenían prohibición expresa de usarlo, pues allí quedaban desprotegidos, eran blanco fácil y dejaban rastros evidentes para cualquiera que quisiera seguirlos. Pero era cierto que por el camino avanzarían más rápido y recuperarían el tiempo perdido. En ese momento Orlando tuvo la certeza de que no había otra manera de llegar esa noche al punto que se había fijado para acampar, y si ese itinerario no se cumplía, tampoco llegarían a tiempo a la cita para entregar los documentos. Así que eso hicieron, y durante una hora, la última del día, caminaron por aquellos espacios abiertos donde se veía el cielo y circulaba mejor el aire, y donde se daba cada paso sin pensar en las culebras que se podían esconder bajo las hojas caídas. Acamparon sin hacer fogata, para no llamar la atención de nadie ni siquiera con el humo o el olor del humo. Esa noche Raúl soñó con su madre presa.

En la mañana, después de comer, hicieron lo que se llamaba minuto conspirativo . Era un ritual de seguridad: antes de abandonar un campamento cualquiera, los hombres escogían un lugar de encuentro en caso de enfrentamiento o accidente, y a veces, si el grupo era numeroso, se establecía también un santo y seña para evitar que a alguien le dispararan en medio de la incertidumbre. El compañero Orlando, el único de los tres que conocía la zona y, sobre todo, que podía encontrar el destino en el mapa de su cabeza, fijó como punto de encuentro el sitio preciso de donde estaban saliendo. Borraron los rastros y partieron, dejando entre ellos la distancia de rigor, viendo al otro adelantarse y contando sus pasos como corredores de relevos. Avanzaron bordeando una quebrada pequeña, un hilillo de agua que se abría paso por las orillas barrosas, zigzagueando entre piedras lisas como hipopótamos sumergidos, y que luego, al cabo de una hora, se unía a una corriente más copiosa, flanqueada por barrancos altos como tres hombres. No habían alcanzado a dar cien pasos allí, junto al agua fresca que soltaba destellos esmerilados y producía un susurro que era como estar hablando con un amigo, cuando estallaron los disparos.

La primera reacción de Raúl fue dar dos pasos atrás y empuñar el fusil para responder al fuego. Había quedado fuera del cerco y así empezó a disparar hacia el espacio indefinido y verde del cual venían los tiros. En medio del caos se dio cuenta de que Ernesto había corrido hacia atrás para escapar de la emboscada, y lo vio encaramarse quién sabe cómo al barranco escarpado y supo que debía imitarlo. Los tiros pasaban silbando, y a Raúl le parecía que cada segundo subrayaba el milagro de que ninguno lo hubiera herido, pues los veía pegar en la tierra o en la piedra o en las hojas anchas que apenas se movían, como si no hubieran recibido una bala sino un papirotazo. Ganó la cima del barranco y se perdió entre los árboles, corriendo agachado en la dirección de donde habían venido, y entonces vio a Ernesto, que corría sin su fusil unos metros más adelante: en la maniobra de escape, se le había caído al vacío. Llegaron juntos al punto de encuentro, pero tomaron la precaución de emboscarse fuera del lugar preciso, a unos metros de distancia, sobre una pendiente desde donde pudieran ver la llegada de Orlando sin correr el riesgo de ser vistos, mientras constataban, al mismo tiempo y en silencio, que seguían vivos todavía y no tenían ni un rasguño en el cuerpo.

Pero Orlando nunca llegó. Lo esperaron más tiempo del que era prudente. Lo esperaron minutos enteros, incluso después de oír los ruidos inconfundibles de los machetes y las hachas que talan árboles y mutilan ramas. Sabían bien lo que eso significaba, y lo confirmaron al rato: las aspas de un helicóptero, que aterrizaría en el claro abierto por los soldados, sonaron a lo lejos. Era evidente que una patrulla había descubierto su rastro en el camino real. Orlando había cometido un error, y ahora no llegaba, y a pesar de que Raúl seguía guardando una vaga esperanza, lo más sensato era aceptar que el guía estaba muerto o capturado. Serían las cinco de la tarde, hora que en la selva es casi noche cerrada, cuando les pareció que los ruidos les llegaban de más cerca. Tal vez era una impresión falsa, pensó Raúl, como en ese juego de su niñez que consistía en cerrar los ojos para que su hermana le hiciera cosquillas en el antebrazo desnudo, y había que adivinar el momento en que los dedos de ella tocaban el pliegue del codo. Entonces oyeron una voz humana. No lograron entender las palabras, pero supieron que ya no podían moverse: escapar de noche y sin Orlando no sólo podía llamar la atención de los soldados, sino que los lanzaría a un escenario de pesadilla. De manera que se quedaron acurrucados donde estaban, en un silencio absoluto que era también el silencio del miedo, mientras caía la noche y la oscuridad se tragaba los troncos de los árboles y el verde que había enloquecido a Alberto, y en cuestión de minutos ya no sabían ni siquiera dónde tenían la palma de la mano.

¿Cuánto tiempo pasó? Fueron quince minutos o fue una hora: imposible saberlo. De repente se dieron cuenta de que volvían a oír los ruidos de la selva: la patrulla había pasado de largo o se había dado por vencida. Orientarse en medio de la selva siempre había sido difícil, como estar en mar abierto, y orientarse en la selva nocturna, sin poder ni siquiera levantar la cara para ver de qué lado de las copas de los árboles pegaba el sol, era imposible. Raúl y Ernesto recordaron que en la mañana habían caminado con el sol de frente, así que tan pronto amaneciera tratarían de cubrir la ruta contraria: con el alba a sus espaldas. Comieron algo, confirmaron que tenían suficientes provisiones para el día de regreso y tomaron turnos para dormir un poco mientras el otro montaba guardia. Y así pasaron la noche, temiendo siempre el regreso del ejército, conscientes de que en esta zona todo el mundo sabía quién era Orlando: capturarlo vivo era medio mapa de llegada al campamento donde estaban reunidos algunos de los hombres más importantes de la guerrilla. Raúl, por primera vez, deseó que Orlando estuviera muerto.

Ya estaban despiertos los dos cuando los alcanzó, desde lejos, el sonido de un helicóptero. Comenzaron a marchar con una suerte de resignación irritada, adivinando el camino de regreso, conservando los veinte metros de distancia aunque a veces pareciera absurdo, buscándose con la mirada para confirmar que una piedra les resultaba familiar, o tal vez un nido de hormigas, o que aquella quebrada era la misma que habían bordeado en el sentido contrario. El helicóptero seguía sobrevolándolos: de eso estaban seguros, aunque no lo vieran. Si trataban de encontrarlo en el cielo, nada veían del otro lado del dosel verde, salvo espasmos azulados y acaso la silueta de un mico tití cambiando de rama, pero oían el revoloteo demencial de las aspas, y no sólo eso bastaba, sino que aun cuando dejaban de oírlo les parecía que seguían oyéndolo. «Ahí sigue ese hijueputa», decía Ernesto. «Llevamos un día caminando y ahí sigue, como si nos viera. Y quién quita, de pronto nos ve. Saben que aquí estamos, compañero». Y Raúl: «Yo no lo oigo». Y Ernesto: «Cómo que no. Ahí está el ruido. Ahí sigue». Y Raúl aguzaba el oído, separaba el ruido de sus pasos del resto del mundo y le parecía que sí, que ahí estaba el ruido, que ahí seguía el helicóptero como un abejorro del infierno, y en cambio el punto de partida, el lugar donde habían acampado con Orlando la primera noche, no estaba por ninguna parte.

«Mierda», dijo Raúl. «Estamos perdidos».

Era imposible saber si habían estado caminando en redondo. Todos los árboles eran iguales y el sol se había extraviado en el cielo. Raúl recordó la brújula que había traído de China, regalo del Ejército Rojo en el día de su graduación, y maldijo una vez más a Fernando, que se la había quedado sin dar explicaciones, no como decomisando un objeto de propiedad ajena, sino como impidiendo con ese gesto arbitrario la penetración de la burguesía en la guerrilla. Cometió el error de mencionarlo sin hablar de lo ocurrido: «Yo tenía una brújula». «Pues haberla traído, güevón», respondió Ernesto. Habría podido comenzar un altercado si los dos no hubieran comprendido en el instante que la selva los estaba afectando. Esa tarde Raúl metió la mano en la mochila, en busca de una lata de leche condensada, y la mano salió vacía. Ernesto confirmó que también sus provisiones se habían acabado, lo cual no era sorprendente: la excursión duraba ya dos días más de lo previsto.

Perdieron la noción del tiempo. Ernesto movía la cabeza como si hubiera oído un ruido, pero luego seguía adelante: no, no había sido nada. Luego volvía a detenerse. «¿Qué es eso?», preguntaba con los ojos abiertos. «¿Sí oye? Un animal». Pero Raúl no oía nada. Terca, voluntariosa, la selva había comenzado a jugar con ellos. Las alucinaciones tomaban la forma de un jaguar negro o hacían el ruido del helicóptero maldito. El hambre del tercer día —o del cuarto, no había forma de saberlo— los obligó a sacar de la mochila la pasta de dientes, cosa de engañar el estómago, pero unas horas después Raúl sintió un ardor intenso en el centro del torso, como si la menta le hubiera abierto una llaga en el esófago. Buscaron raíces para comer, algún cogollo como los que no eran infrecuentes en la zona, pero en vano, y al llegar a un riachuelo que no habían visto nunca se dieron cuenta de que su estómago cerrado no aceptaba ni siquiera un trago de agua. La selva, que conspiraba contra ellos, les escondió las culebras, les escondió los chigüiros, les escondió los ríos donde hubieran podido pescar un bagre o una mojarra, que de todas maneras no habrían podido cocinar, porque el fuego o el humo habrían llamado la atención de los soldados. Raúl sintió que una debilidad le ganaba las piernas y que los olores húmedos le quemaban las narices, y luego sintió que la cabeza se le ponía liviana. Recordó la falsa huelga de hambre del Hotel de la Paz, la lectura de Gorki, los dumplings que cocinaba aquella madre sacrificada, y se avergonzó secretamente de estar pensando en novelas en estos momentos.

«Paremos», dijo. «Esto no está funcionando».

Sin que necesitaran pronunciar palabra, hubo entre los dos el temible entendimiento de que no saldrían con vida de la selva. Entonces Raúl sacó los documentos de la mochila, los urgentísimos documentos que los habían metido en este lío, y dijo: «Esto hay que quemarlo. Si nos vamos a morir, que no los encuentren». Pero no podían encender un fuego (por la misma razón por la cual no podían cocinar un pescado), de manera que decidieron enterrarlos. Ernesto sugirió que antes de hacerlo los leyeran, a pesar de tenerlo prohibido: tal vez hubiera en ellos algo, una pista, una indicación, una información cualquiera que pudiera ayudarlos a encontrar el campamento. Eran ilusiones de moribundo: improbables, desesperadas, pasta de dientes para engañar la razón. No tenían energía ni siquiera para debatir la conveniencia de violar el secreto de las comunicaciones, o para especular sobre las sanciones que esto podría acarrearles, sino que se repartieron los documentos sin hablar y comenzaron a leer. Ernesto fue el primero en decir lo que ya Raúl estaba pensando:

«¿Y por esto nos mandaron a cruzar la selva?».

En los documentos no había nada: eran papeles internos del partido, todos relativos al pleno que se iba a llevar a cabo por esos días en los llanos del Tigre. Eran inventarios de nombres, largas burocracias, referencias a los estatutos del Partido Comunista Marxista-Leninista Pensamiento Mao Tse-Tung. Una buena parte de las páginas hablaba de un enfrentamiento: el comandante Armando y el comandante Fernando se mostraban profundamente preocupados, pues habían detectado en la línea dominante del partido un grave desvío militarista que actuaba en detrimento de lo que de verdad importaba: la bolchevización de las masas y la creación de una base proletaria. En otras páginas Raúl encontró una larga discusión sobre un libro del que no había oído hablar, cuyo título declaraba a Colombia primer Vietnam de América y cuyas frases, tal como estaban citadas en los documentos del partido, pintaban un cuadro quimérico que más parecía sacado de las fantasías de los lejanos dirigentes de la ciudad que de la realidad con la que vivían todos los días los guerrilleros. Raúl leyó que la guerrilla estaba liberando el norte del país del yugo norteamericano, que había logrado crear bases de apoyo de más de diez mil kilómetros cuadrados y que en diecisiete municipios de esa región ya no tenía validez el poder civil del gobierno colombiano, lacayo del imperialismo yanqui. Sentado sobre un suelo selvático, Raúl sólo encontró cinco palabras escuetas para lidiar con esas revelaciones: Pero esto no es verdad .

No dijo nada cuando terminó de repasar las páginas. Negó con la cabeza para indicar que no había en ellas nada útil, aunque no sabía qué esperaba encontrar su compañero: ¿un mapa, un mágico instructivo para regresar a los llanos del Tigre? Tampoco Ernesto parecía haber tenido suerte, porque tan pronto terminó su tarea se puso de pie y empezó a ablandar la tierra a golpe de machete. Con las últimas energías que les quedaban, entre los dos abrieron un hoyo con las manos, pusieron la mochila de documentos como si enterraran un gato muerto, la cubrieron de tierra rojiza y cubrieron la tierra de hojas que no estaban secas, sino que seguían tersas y flexibles después de muertas. Luego colgaron las hamacas, para no tener que hacerlo a oscuras, y allí mismo dejaron que se hiciera de noche, pues ya no tenía sentido tratar de avanzar más. Antes de dormirse así, con el estómago vacío por cuarta o quinta noche consecutiva, tan débil y cansado que tuvo un miedo fugaz de morir en medio del sueño, Raúl se atrevió a hacer la pregunta que acaso se estaba haciendo su compañero: «¿Será que salimos de ésta?». Tan sólo esperaba una respuesta animosa que les levantara la moral, pero lo que provocó fue una conversación genuina, la más generosa que había tenido con Ernesto, o con cualquier otro guerrillero, en estos largos meses de militancia.

Hablaron de sus familias, de sus entrenamientos en países lejanos, de sus nostalgias y sus miedos. Ernesto habló de sus hermanos —uno de los cuales militaba, como él, mientras que el otro no quería tener nada que ver con política— y de su hermana, que no tenía veinte años pero ya era una revolucionaria con todas las letras y estaba destinada para cosas grandes. Raúl habló de su padre, que en estos momentos estaría acostado en su hamaca en algún lugar de Tierralta o del Paramillo; de Sol, que había decidido continuar la militancia en el valle del río Cauca, y de Valentina, presa en Bogotá. Le habló del viejo Wang, el camarada de la fábrica de relojes de Pekín, que se enfrentaba a los problemas con frases crípticas. Cuando falta la luz y todo es oscuro, solía decir, la única forma de no perder el rumbo es mirar hacia atrás. Así, viendo la luz que hemos dejado, podemos confiar en que otra nos espera. Ernesto dijo: «Los chinos son muy raros».

Al día siguiente se despertaron sin urgencia. Sabían que debían empezar la marcha, pero, como no tenían ninguna certeza de llegar a ninguna parte, les pareció que no había razón para darse prisa. Recogieron las hamacas y comenzaron a caminar hacia el norte, o hacia el punto donde quedaría el norte si los juegos de luces del dosel no estuvieran engañándolos. Arrastraban las botas, que hacían más ruido del que era prudente, pero los músculos no tenían fuerzas para levantar las suelas de caucho del mundo de hojas bajo las cuales podía moverse una mapaná. Raúl tuvo una intuición brutal: éste era su último día. En la profundidad de su conciencia se despidió de su madre, pero de nadie más, y le pidió perdón por dejarse morir de esta forma tan idiota. Estaba en esas meditaciones cuando sintió que la luz cambiaba. ¿Era otra ilusión óptica, como las que habían tenido antes? Tal vez no, porque Ernesto parecía haber acelerado el paso, viendo acaso lo que Raúl veía: que en los troncos de los árboles había aparecido un reflejo, un verde que no era el verde de antes, un verde sobre el cual pegaba una luz nueva y distinta. Entre el follaje denso, como un señuelo que alguien hubiera puesto al fondo de un corredor, vieron un deslumbramiento, y en segundos se encontraron frente a un claro del tamaño de un estadio que reconocieron bien, porque meses atrás lo habían abierto ellos mismos con sus machetes. Los campesinos habían convertido aquel pedazo de monte nuevo en un cultivo de arroz, pero Raúl se fijó sobre todo en el cielo abierto por donde cruzaban las nubes con una libertad insolente. Miró a Ernesto. Los dos sabían que cruzando el arrozal llegarían a un cultivo de caña de azúcar, y metiéndose al bosque desde el cultivo, a dos horas de camino, entrarían en zona guerrillera.

Se abrazaron con fuerza, porque habían vuelto a la vida.