Una noche, ya acostado en su hamaca, oyó el paso inconfundible de una recua de mulas. Levantó la cabeza y vio que otras cabezas curiosas se asomaban también desde otras hamacas, y vio que, en efecto, dos hombres sin uniforme conducían las mulas hasta las chozas del Comando Central. Se metieron detrás de las carpas y Raúl las perdió de vista, pero tuvo el tiempo suficiente para notar que venían cargadas; y al día siguiente, cuando las mulas ya no estaban, supo que la carga tenía un destinatario exclusivo. Como no era la primera vez que pasaba, no le quedó difícil imaginar o suponer lo sucedido, y lo fue confirmando en el curso del día: lo que las mulas habían traído era para el Comando Central, y los guerrilleros de a pie no lo verían ni en pintura. En otras oportunidades el aire se había llenado de olores tan pronto se iban las mulas, y allí, en medio de la selva, Raúl no sabía si indignarse por los privilegios de los comandantes o preocuparse por la posibilidad de que un jaguar pasara a visitarlos, atraído por el aroma del jamón y el chorizo. Esta vez, acaso para evitar suspicacias, Fernando los reunió a todos. Explicó que habían llegado algunas provisiones y, sobre todo, medicamentos, y luego llamó por su nombre a cuatro soldados y los apartó de los demás. Raúl, que estaba entre ellos, lo oyó ordenar sin ambigüedades que le construyeran una caleta para guardar las cosas.

«Y que quede bien escondida», dijo. «Nadie tiene que saber dónde está y nadie tiene que saber lo que hay aquí».

Era época de lluvias, con lo cual la construcción tardó un poco más de lo previsto, pues la tierra excavada en la tarde amanecía en el hueco en la mañana, pero los hombres cumplieron la orden con diligencia y sin hacer comentarios. Tras terminarla, guardaron en la caleta vainilla y canela y turrón para dos meses, dos cajas gigantescas de caldo Maggi y medicamentos diversos. Nadie comentó nada después. Sabían que todo lo que dijeran podría ser usado en su contra en la próxima asamblea, como le había sucedido a Raúl unas semanas atrás, cuando uno de los compañeros le pidió que hiciera autocrítica; como no supo qué decir, alguien lo dijo por él: «Hace cinco meses el compañero Raúl volvió a cuestionar la táctica para formar una base de apoyo». Raúl tuvo la astucia suficiente para darse cuenta de que aquélla era una acusación de arenas movedizas: cuanto más intentara defenderse, más se hundiría. De manera que aceptó la acusación, la achacó a su inexperiencia y dejó que el incidente se perdiera de vista.

Días después de armada la caleta, el comandante Fernando se acercó a Raúl. «Compañero», le dijo, «necesitamos que monte un convite». Era una de sus ideas predilectas, aunque nadie hubiera podido demostrar su utilidad. El comandante Fernando estaba convencido de que la mejor manera de construir su base de apoyo era utilizando formas de comunismo primitivo que ya estuvieran presentes en la sociedad campesina. «Ahí está lo puro», decía entusiasmado cuando explicaba la idea, «ahí está el germen». El convite era todo un ritual: un campesino que necesitara una mano (para cultivar su campo, para construir un bebedero o un establo, para techar una casa con hojas de palma) recibía un día de trabajo de todos los miembros de su comunidad, y tenía que dar a cambio una gran fiesta popular donde agradecía a los solidarios y recompensaba el esfuerzo ajeno con un momento de esparcimiento. En este caso, el hombre necesitaba limpiar un rastrojo para hacer una siembra de arroz, un trabajo fácil pero agotador que consistía en recorrer un campo entero con un machete para eliminar la maleza y los arbustos. Al machete le decían rula : era distinto por ser más largo, de casi un metro, y más pesado, porque su hoja filosa tenía que segar los arbustos sin el esfuerzo de los brazos.

Raúl se terció el fusil, como había visto que hacían en China, y se puso en la tarea. La rula era más grande que el machete que había comprado en Medellín el primer día, que ya era el más grande de la tienda. Nunca había manejado un arma de esas proporciones, tan pesada que parecía tener vida propia cuando caía sobre los rastrojos, y tal vez estaba maravillado por su potencia o acaso la comentaba con un compañero, pero una mezcla de impericia y distracción desvió el machete de su recorrido. La hoja le cayó a Raúl sobre la espinilla, le cortó el pantalón, le penetró la carne con un tajo limpio y sólo se detuvo contra el hueso, y cuando Raúl se agachó para constatar la gravedad de la herida vio tanta sangre que, si hubiera sido la de otro, habría creído que le estaban jugando una broma pesada. La bota del pantalón se le puso negra en segundos. Algo le dijo que aquello no podía estar bien, y la cara de alarma de los campesinos le confirmó ese presentimiento.

Se lo llevaron cargado a la choza más próxima y lo acostaron en una hamaca, detrás de la choza, en un patio de suelo de tierra. «Levante la pierna, compañero», le decían, «levántela bien alto, por encima de la cabeza». Alguien opinó que café molido y alguien opinó que no, que tabaco mascado, y alguien más propuso un emplasto de hierbas, y como no se pusieron de acuerdo le aplicaron todo al mismo tiempo. Nada surtió efecto: la sangre seguía brotando con premura, empapando los emplastos y atravesándolos y escurriendo por la piel blanca y cayendo al suelo con un goteo pertinaz. Entonces uno de sus compañeros, cuya voz Raúl no reconoció, dijo: «Hay que cauterizar». No habían pasado más de algunos segundos cuando Raúl sintió en la pierna un ardor atroz y luego tuvo una convicción extraña: si no se había desmayado de dolor, era por la sorpresa de que ni siquiera el hierro candente funcionara. El sangrado continuó, igual de copioso. Entonces, en un momento de lucidez (o en una ventana de clarividencia que se abrió en medio del mareo), llamó al compañero que le había puesto el hierro:

«Vaya corriendo al campamento y busque la caleta», le dijo. «O me ponen coaguleno o me desangro».

Era un medicamento importado de España, escaso y difícil de conseguir, que había llegado sobre el lomo de las mulas en tres cajitas rojas de etiqueta aguamarina, y que tenía la reputación de parar hasta las hemorragias más obstinadas. Raúl pidió papel y lápiz y dibujó algunos trazos rudimentarios que indicaban la ubicación precisa de la caleta. Pero antes de que el compañero volviera con la cajita roja y una jeringa sin estrenar, Raúl había perdido el conocimiento, y lo último que alcanzó a ver fue el charco de sangre que se había formado en el suelo de tierra, justo debajo de su hamaca, pequeño pero tan profundo que un perro había llegado y bebía a lengüetazos.

Volvió a despertarse veinticuatro horas después. Estaba tan débil que no lograba ni siquiera sentarse sobre el catre, y todavía un mareo feroz le hacía pesar la cabeza adolorida. «Esto debe ser lo que sienten los que se están muriendo», pensó. Supo que era incapaz de caminar hasta el campamento, pero quedarse con los campesinos era imposible también: la presencia de un guerrillero, ya no digamos el hecho de haberle dado auxilio, los habría puesto en peligro de muerte. Pero las fuerzas le faltaban hasta para hablar de su propio destino, de manera que se puso en manos de los otros, y unas horas después abrió los ojos y se vio flotando en una camilla hechiza, cruzando un rastrojo, y cuando volvió a abrirlos ya no estaba en el rastrojo, sino en un hospital de campaña, y la hemorragia había cedido por completo y había aparecido la intuición inverosímil de que seguiría con vida.

No asistió a la siguiente asamblea de soldados, porque no estaba en condiciones, pero sí a la siguiente. Y el primer punto en el orden del día —el orden del día que tenía el comandante Fernando en su cabeza— fue señalar a Raúl. «El compañero cometió dos faltas graves», dijo. «Primero, revelar la ubicación de la caleta. Segundo, usar un medicamento de todos para su beneficio privado. Y todo por una cortadita». Luego le clavó sus ojos negros. «A ver, compañero Raúl», dijo. «La tropa espera su autocrítica».

Raúl se puso de pie. «Compañeros», empezó.

Pero Fernando le cortó la palabra. «¿Dónde está su hermana, compañero?»

«¿Qué?»

«La compañera Sol. ¿Dónde está?»

«No sé a qué se refiere, compañero. Ella…»

«La compañera Sol desertó hace ya rato», dijo Fernando. «Ahora no vaya a defenderla, compañero. Pero ojalá se den cuenta en su familia de que aquí la vaina es a otro precio». Se dirigió a todos. «Sí se dan cuenta, ¿no? La compañera Sol nos traicionó. Yo no me hago responsable de los castigos que se merezca».

Así se enteró Raúl de la decisión de su hermana. Supo de inmediato que algo serio había sucedido, pues la Monja de la Revolución no lo dejaría todo sin una razón suficiente. ¿Pero qué podía ser? Trató de averiguar por su cuenta, preguntando aquí y allá, pero su preocupación se topó con el secretismo de la guerrilla. Aunque también era posible, por supuesto, que nadie supiera nada.

Raúl comenzó entonces a encadenar una desgracia tras otra. Una noche despertó con la fiebre del paludismo, y estuvo dos semanas acostado, sacudiéndose de escalofríos durante noches insomnes, sintiendo que el cerebro le golpeaba las paredes del cráneo. Apenas estaba saliendo de esos espantos cuando notó un dolor sordo en el talón. Era de noche, y al alumbrarse con la linterna se llevó un buen susto: bajo la luz blanca encontró una úlcera del tamaño de una moneda, y los compañeros tuvieron que ponerse en contacto con el comandante Carlos para que les dijera cómo se trataba eso. «Qué vaina tan jodida», se le oyó decir a alguien. «A los niños de ciudad les da de todo». La situación fue tan crítica que acabaron llevándolo a un hospital de campaña, una serie de camastros de tablas hechizas cubiertos con toldillos verdes donde sólo su radio Philips le dio cierta compañía. Durante los días de fiebre ni siquiera se le había ocurrido la posibilidad de encenderlo, pero ahora su preocupación no era la temperatura, sino la soledad, y el Philips se convirtió en un paliativo impagable. (Se lo había mandado su madre como regalo de veinte años. ¿Cuánto había pasado desde entonces? ¿Tres, cuatro, cinco meses? No conseguía recordarlo con certeza. El tiempo ya no tenía consistencia, como si la humedad lo hubiera podrido por dentro). El Philips era un aparato del tamaño de un libro grande con una antena de dos palmos de larga, tan ostentoso que Raúl, al recibirlo, había sabido de inmediato lo que tenía que hacer.

«Es de todos», anunció. «Es para todo el destacamento».

Pero los compañeros tardaron mucho en hacer efectiva la oferta. Raúl ponía la radio en medio de todos a la hora de la cena, para escuchar las noticias en RCN o en Caracol, y luego se la llevaba a su hamaca. Una noche, buscando las emisoras de noticias, se encontró por accidente con una ópera en la emisora de la Radio Nacional. Era La traviata , que tanto le gustaba. Raúl bajó el volumen al mínimo posible, menos por no molestar que por esconderse, pegó la oreja al parlante y cerró los ojos. Fue un raro momento de sosiego: por un oído le entraban los sonidos de la selva —la brisa en las hojas, una rana a lo lejos— y por el otro el llamado a beber de un tenor emocionado. No alcanzó a terminar el aria cuando sintió un dolor en la oreja. Era el comandante Fernando, que le había quitado la radio de un raponazo y ahora le subía el volumen para beneficio de todos los demás.

«¡Miren las güevonadas que oye el compañero!», gritó. «¿Esta música qué es?»

«Es ópera, compañero», dijo Raúl.

«No», dijo el comandante Fernando. «Es música para burgueses. Y además con el aparato que es de todos». Tal vez tuvo una intuición entonces, porque abrió el compartimento de las baterías y reconoció las que se compraban en el campamento. «Y con las pilas de todos, además. ¿Quién le dio permiso de cogerlas?»

«Nadie, compañero».

«No, ¿verdad?»

«Verdad, compañero».

Como castigo, Raúl tuvo que cocinar para todo el destacamento durante una semana: le traían las nutrias o las dantas abiertas en canal y ya sin tripas, y él les quitaba la piel y las convertía en algo que pudiera ponerse en los platos. A partir de ese momento de humillación, el comandante Fernando condenó a Raúl a cargar siempre con la radio. Él lo habría hecho de todos modos, porque la sentía como suya, pero el hecho de que fuera de todos (y de que su peso aumentara el de la mochila) convertía aquel reproche escolar en un verdadero castigo disciplinario. Las marchas que hicieron por esos meses no eran demasiado exigentes, pero el peso de la radio las hacía extrañamente más largas, y ni siquiera las sesiones nocturnas, en las que grupos pequeños de camaradas rodeaban a Raúl para escuchar un noticiero, paliaban el ridículo en que había quedado días atrás.

Pero ahora, en el hospital de campaña, cuando ni siquiera la obligación de montar guardia ocupaba sus noches y la inactividad física lo había transformado en un insomne, la radio Philips era a ciertas horas la única compañía. Escuchaba las noticias de ese país repetitivo que existía en las ciudades, donde el presidente Misael Pastrana se posesionaba entre alegaciones de fraude y los partidarios de su oponente, el mismo militar Gustavo Rojas Pinilla que había traído la televisión a Colombia cuando él era niño, asaltaban buses de pasajeros y quemaban almacenes y apedreaban las sedes de los grandes periódicos. Por la radio se enteró Raúl de que los bombardeos seguían en Vietnam, a pesar de que el Senado de Estados Unidos había anulado la resolución del golfo de Tonkín, y un día de noviembre supo con satisfacción que un socialista había sido elegido presidente en Chile. Encontró la emisora de la ópera y en ocasiones, cuando estaba seguro de que nadie lo oía, se permitía unos minutos junto a alguna voz que no era capaz de identificar, y que lo sacaba de la selva y luego lo devolvía con una mezcla de culpa y alivio. Todo quedaba igual de lejos —Verdi y Camboya, Allende y Pastrana—, en un mundo que allí, en el hospital de campaña, no tenía ninguna pertinencia.

En la memoria de Raúl, esos días de radio quedarían asociados a la llegada de los murciélagos vampiros. Nadie supo quién dio por primera vez la voz de alarma, pero de un día para otro los pacientes del hospital, hombres de huesos rotos o afectados de fiebres tropicales, empezaron a decir que algo los había picado durante la noche. Se dieron cuenta de que los murciélagos sobrevolaban los toldillos con las últimas luces del día, siluetas veloces que los hombres alcanzaban a ver fugazmente contra el cielo de color añil, y luego atacaban los brazos desnudos, las nucas, las piernas inmovilizadas por yesos o vendas. Los ataques tenían lugar cuando los hombres dormían, de manera que apenas sentían la mordida, y sólo después notaban un enrojecimiento; si estaban despiertos, en cambio, la mordida rompía la piel y era dolorosa como muchas agujas clavadas al mismo tiempo. Ni siquiera los hombres de la zona recordaban una plaga tan duradera, y ninguno llevaba el asunto con el estoicismo de Raúl, que alcanzó a contar veinticinco mordidas antes de que su condición le permitiera emprender el camino de regreso al campamento. Uno de los últimos días de su convalecencia tuvo una conversación con un compañero que lo dejó preocupado, y se preguntó si era posible que los colmillos de los murciélagos, que transmitían la rabia, también transmitieran ciertas formas del desasosiego.

El nombre de aquel compañero era Alberto. Era un líder estudiantil de Montería, enjuto y alegre, y dotado de una energía misteriosa al hablar: misteriosa porque no venía de su timbre de voz, más bien agudo o nasal o ambas cosas a la vez, sino de la convicción de sus frases y de su humor oportuno. Raúl le tenía cariño a ese muchacho que nunca había salido de su ciudad hasta el momento en que entró a la guerrilla, que se carcajeaba con cualquier cosa y que le hablaba con la intensidad de los que han tenido una epifanía. Se habían vuelto amigos con el tiempo, si es que tal cosa existía en el destacamento, y solían hablar en tiempos muertos con la fascinación que se tienen los que saben que se parecen en el fondo: Alberto era el único compañero que venía de una ciudad, como Raúl, y era el único que había leído libros de marxismo y podía hablar con precisión de puntos de doctrina. En otras cosas no se parecían: a Alberto le gustaba el fútbol, y le resultaba inverosímil la existencia de un compatriota que no supiera quién era el Caimán Sánchez ni fuera hincha de un equipo colombiano como lo era él del Junior de Barranquilla, y hablaba de aquello con los mismos tonos exaltados, pensaba Raúl, con que su padre hablaba de Brecht o de Miguel Hernández.

Pues bien, después del ataque de los murciélagos, que duró nueve días con sus noches temibles, Alberto, acostado en su propio camastro de convaleciente, comenzó a decir cosas que parecían venir de otra persona. Se recuperaba de un paludismo parecido al que había agobiado a Raúl, tan inmediato que a veces acusaba a su compañero de habérselo contagiado. «Pero si eso no se contagia, no digas bobadas», le dijo una vez Raúl, de camastro a camastro, sus palabras pasando por encima de otros compañeros. «Yo no sé, pero es muy sospechoso», dijo Alberto. «Te da a ti y luego a mí, yo no sé». Raúl no se lo tomó en serio, en buena parte porque tenía otras cosas de que ocuparse: su leishmaniasis, que le había destrozado la piel sobre el cartílago del talón de Aquiles, dejándole una costra dolorosa, o que parecía dolorosa, en el lugar de una llaga roja; la humedad que le destrozaba los cigarrillos y estropeaba el papel de sus cartas, que se desgarraba al menor exceso de su Parker como si alguien le hubiera derramado un vaso de agua encima. Pero más tarde empezó a preocuparse por los dientes de los murciélagos, preguntando si era verdad que chupaban la sangre y podían matar a una vaca, y cuando los murciélagos se fueron, tan inopinadamente como habían llegado, preguntó también si sus mordidas daban fiebre: y la pregunta, hecha en mitad de la noche silenciosa, tuvo en sí misma algo febril. Fue otra noche parecida cuando Alberto llamó a Raúl:

«¿Estás despierto?».

«Aquí estoy, compañero», dijo Raúl.

«¿Tú sabes lo que más me gusta de la noche?»

«No sé. Qué es lo que más te gusta de la noche».

Alberto dijo: «Que hace desaparecer el verde».

A Raúl le gustó la metáfora y se lo dijo, pero enseguida le preguntó a qué se refería exactamente. No, repuso Alberto con tono de ofendido, qué metáfora ni qué mierda: de noche, cuando se apagaban las luces, los ojos descansaban de todo el verde acosador: el verde de la selva, de los árboles y del pasto, el verde de los uniformes verdes, el verde de los toldillos y de la lona de las bolsas y de las tiendas de campaña: todo ese verde que agotaba la vista y lo hacía sentirse encerrado, preso en una cárcel sin puertas. «Tanto verde, compañero, tanto verde en todas partes», dijo Alberto. «No joda, cállate y deja dormir», dijo otra voz, y la voz de Alberto —febril, temblorosa, debilitada— obedeció de inmediato. Raúl siguió atento, acostado y en silencio pero mirando la noche oscura, la noche negra que hacía desaparecer el verde, la noche negra en cuyo fondo ya no estaban los murciélagos. Se quedó así, sin encender su radio por ver si Alberto volvía a decir algo más. Pero no oyó nada. Pasó una brisa suave, tan extraña que Raúl, distraído o consolado por esos segundos de alivio imprevisto, se quedó dormido.

Dos días después, el comandante Carlos le dijo que podía volver al campamento. Pero la marcha era más larga de lo que su cuerpo aguantaría, pues su talón de Aquiles le impedía caminar sin abrirse la llaga nuevamente con las botas de caucho; así que el comandante estuvo de acuerdo en que hicieran una parada para pasar la noche en una casa campesina, el hogar de una pareja de simpatizantes de la guerrilla y padres —esto no había por qué decirlo, pero Carlos lo dijo de todas formas— de un compañero. Allí pasaría Raúl la noche, para dividir la jornada en dos, y al día siguiente volvería al campamento aunque fuera andando en una pierna. Raúl preguntó por el compañero Alberto.

«Ah, él se queda unos días más», dijo Carlos.

«¿Qué le pasa?», preguntó Raúl.

«Que necesita reposo», dijo Carlos. «No está bien el compañero, y lo último que necesita es combate».

«¿Es peligroso para él?»

«Pues sí», dijo Carlos. «Pero también para nosotros».

A la casa llegaron con las últimas luces: la hora en que salían los murciélagos. Era más humilde de lo que Raúl había esperado, pero al mismo tiempo mejor equipada, pues era evidente que la comandancia la usaba con frecuencia. Los dueños eran una pareja de campesinos jóvenes, o que parecían jóvenes en la luz diezmada, que andaban descalzos sobre el suelo de tierra. Recibieron a Raúl con la seriedad de quien cumple una misión que lo sobrepasa, le dieron café de olla, lo sentaron en una cocina olorosa a leña recién quemada y luego lo condujeron a su habitación, cuya ventana daba a un árbol de mango y al corral de las gallinas, vagamente visibles en la penumbra. «Aquí se queda el compañero», dijo la mujer, señalando su cama de matrimonio. «No, no», trató de protestar Raúl, pero sin éxito. La satisfacción de la pareja era evidente: que un guerrillero durmiera en su cama, ese accidente, parecía una especie de sacramento. Mientras acomodaba sus cosas —estaba tan débil que levantar su mochila le costaba un esfuerzo inaudito—, Raúl se enteró por esas voces orgullosas de que los dos hijos del matrimonio habían tomado las armas. Estaba a punto de preguntar quiénes eran cuando se percató de que otra persona se movía en la casa, fuera de la habitación, y luego aparecía en el umbral, junto a los dueños.

«Quiubo, mono», le dijo Isabela con un sarcasmo de cortar piedras. «¿Y ese milagro?»

De manera que uno de los hijos de los dueños no era un hijo, sino una hija: la única mujer que Raúl había deseado en el año y medio largo de vida guerrillera. La había deseado, sí, pero también la había rechazado cuando ella comenzó a insinuarse. El arrepentimiento lo había alcanzado tarde, como un amigo que se olvida de darnos un recado, y ahora, teniéndola allí, bajo el mismo techo (o el mismo árbol de mango) y con toda la noche por delante, Raúl se dio cuenta de que en estos meses sus prejuicios se habían esfumado del todo, o al menos atenuado lo bastante como para no hacerles caso. En la noche, cuando Isabela le llevó una hoja de plátano con arroz y banano y algo que parecía carne, pero una carne triste y sin convicción, Raúl le pidió que lo acompañara a comer. Ella se sentó en el marco de la cama y lo miró desde esa lejanía mientras él trataba de conservar ciertos modales imposibles al llevarse el arroz a la boca. «¿Está bueno?», preguntó Isabela. Había madurado en estos pocos meses: sus ojos negros parecían más grandes, y su voz, que lo había recibido con dureza, ahora había recuperado un tono de seducción involuntaria, y en todo caso la situación entera —allí, al abrigo de las miradas de otros compañeros, en un lugar sin riesgos— fue como un memorando de la intimidad interrumpida de otros días. Ella, por supuesto, leyó a Raúl como si fuera un letrero. «Ah, no», le dijo. «Mire, mono, eso era antes. Eso ya no se puede».

«¿Por qué no?»

«Porque el comandante Fernando se dio cuenta y me lo dijo. Me dijo que ya me había visto, que eso no se podía, que mucho cuidado».

«Bueno, pero él no está aquí», dijo Raúl, desconociéndose al oír sus propias palabras. «Él lo que tiene es celos».

«Pues puede ser, pero qué le hace», dijo Isabela. «Yo no me quiero meter en líos».

No lo sorprendió del todo, porque ya había pillado al comandante mirando a Isabela con lujuria, y sin embargo sintió esa noticia como un entrometimiento intolerable. Así que también allí, en ese territorio impreciso que era la vida privada de los otros, ejercía su dominio el comandante Fernando, cuya tiranía Raúl había aceptado siempre. No supo en qué momento comenzó a hablar, o acaso habló como quien piensa sin saber que lo hace en voz alta, o acaso dejó que el deseo frustrado se confundiera con otros descontentos. «Y si yo decidiera largarme, ¿usted vendría conmigo?». Era una idiotez decir algo así, pero los ojos de Isabela se abrieron de nuevo y lo miraron desde abajo como si lo iluminaran. Fue apenas un momento: Raúl supo que había prestado sus palabras a una idea imposible, y eso era sólo porque la idea se había agazapado en alguna parte de sus emociones y había salido en cuanto vio la oportunidad. ¿Era posible la deserción, la falta más terrible que podía cometer un guerrillero, la que había cometido su hermana sin que Raúl hubiera podido averiguar por qué? No, no era posible; y ahora Raúl sentía que no sólo su conciencia había cometido una falta terrible contra la revolución, contra todo lo que él había perseguido durante años y todo lo que habían perseguido sus padres, sino que había corrido el riesgo de contagiar a alguien más, mosquito palúdico, murciélago rabioso.

«Mejor nos olvidamos de esta conversación», dijo Isabela.

Raúl estuvo de acuerdo. Pero días después de regresar al campamento, en un cuaderno deshecho que fungía como diario, escribió una confesión, sin melodrama, pero sintiendo una culpa intensa: Llevo un par de días pensando que quizás sería un joven más feliz si estuviera muerto. Estoy cansado de estar esperando siempre pasar el examen, un examen intangible para el cual no es posible prepararse. Siempre hay algo que me hace sentir culpable e inepto para la lucha revolucionaria, siempre siento la sospecha de que, a pesar de todos los esfuerzos que hago, no logro brindar a los comandantes y en especial a Fernando el fervor que ellos esperaban de mí. En realidad creo que desconfían de mi entrega y en general de la de todos, y da la impresión de que creen que sólo los muertos son guerrilleros de fiar. Tal vez nunca he sido alguien de fiar y como están las cosas creo que ni yo mismo me puedo fiar de mí. Cada vez con más frecuencia pasan por mi mente ideas derrotistas. El pesimismo gana terreno y la ilusión de una victoria, una victoria de nuestras ideas, es cada vez más lejana .

La historia del encendedor comenzó en una carta. Raúl había empezado a encontrar sosiego en la correspondencia con su madre: no le contaba de sus desventuras, para no preocuparla, pero sí se permitía sugerir su insatisfacción, que en su cabeza había cobrado forma con estas palabras: «Creo que me subí en el bus equivocado». Para que la censura no sospechara nada, tuvo que maquillarlas a la hora de escribir: «¿Te acuerdas de esa vez, en Tokio, cuando me subí al bus equivocado?». Luz Elena, increíblemente, descifraba el mensaje, y luego respondía con palabras de cariño, tratando de levantarle la moral como podía en cartas largas que se volvieron un remanso de humanidad y, al mismo tiempo, memorandos de la misma culpa de antes. ¿Qué derecho tenía Raúl a la duda o a la melancolía cuando su madre, allá en la ciudad, llevaba una vida clandestina de peligros diarios, corriendo riesgos sin cuento todos los días, sin permitirse jamás una palabra de inconformidad o de queja? Luz Elena era una mujer de coraje, pero había que ser su hijo para conocerle además un lado frágil que no casaba bien con las severidades de la conspiración. En las cartas que llegaban al campamento, la militante de la guerrilla urbana le hablaba al guerrillero de fusil al hombro en palabras tiernas, y le contaba que había tomado una decisión: mandarle un regalo. No iba a aceptar un no por respuesta; ya les había pedido permiso a los comandantes y el camarada Alejandro ya lo había dado. «Dime qué te gustaría», escribió. «Pero por favor, por favor no me digas que no necesitas nada».

A Raúl no le costó ningún esfuerzo decidirse: quería un encendedor de gas. Había comprado uno en Roma, en la escala de una semana que hizo con su hermana para volver de Pekín, y en la selva se daba cuenta de que le serviría enormemente. Mucho dependía allí de encender fuegos y de encenderlos bien, pero la humedad penetraba las cabezas de los fósforos y los arruinaba sin remedio, a menos que uno los calentara durante largos minutos entre el índice y el pulgar, cosa de que el calor de la mano los secara por dentro. Al comandante Fernando le preguntó cuándo podría mandar una carta a Bogotá —pero no le habló de su madre ni de sus palabras tiernas ni de regalos de ninguna naturaleza—, y así se enteró de que en dos días saldría un correo. Esa noche escribió la carta: pidió el encendedor, contó dos anécdotas sobre la vida en el campamento y se sorprendió diciendo al mismo tiempo cuán feliz estaba de poder luchar por sus convicciones y cuánto se acercaba la misma sospecha de antes: «Parece que hay una sola forma de que le crean a uno: morirse». No usó las palabras prohibidas —compromiso, revolución—, pero el mensaje estaba allí. No hizo la pregunta que había querido hacerle durante meses y que seguiría dando vueltas en su cabeza muchos años más: ¿en qué momento llegan unos padres a la convicción de que la revolución puede educar a sus hijos mejor que ellos mismos? Entregó la carta al compañero que se encargaba del correo y se olvidó del asunto.

Pero el jueves siguiente, al comienzo de la asamblea de soldados, el comandante Fernando se puso de pie y dijo que les quería leer algo. No tuvo que decir más de cuatro palabras para que Raúl las reconociera como reconocemos nuestra cara en una foto ajena. El destacamento entero escuchó la carta que le había escrito a su madre, pero no con el tono que las frases tenían en su cabeza, sino con el sarcasmo violento que les imprimía Fernando. Cada palabra salía de su boca convertida en otra cosa, y ni siquiera las frases más hipócritas, que Raúl había escrito con esa parte de la cabeza que se sabe vigilada, se salvaron del sarcasmo. «Quizás con un encendedor sería más fácil hacer el fuego en las noches de lluvia, y eso no sólo me ayudaría a mí, sino que sería un gran alivio para mis compañeros». En la lectura del comandante, ese grosero intento de solidaridad salía convertido en una vaga cursilería.

Cuando el comandante se hubo cansado, o cuando su chiste se quedó viejo, metió la carta en el sobre del que la había sacado a la vista de todos y dijo:

«El compañero Raúl cree que los problemas de esta guerrilla se arreglan con un mecherito de gas. ¿A ustedes qué les parece?».

De todas formas —y para gran sorpresa de Raúl, que había dado todo el asunto por perdido— la carta salió para Bogotá. Un mes después llegó la respuesta de su madre. El comandante Fernando atravesó el campamento, un mediodía de sol asesino, para entregársela personalmente a Raúl. El sobre venía abierto; el papel estaba roto en una esquina, mutilado por un censor negligente. Fernando abrió la palma de la mano, y allí estaba el encendedor de gas, un Ronson alemán de color plata y superficie estriada: estriada como la mano de Fernando.

«Y además vino esto», dijo él. «¿Pero sabe qué, compañero? Tal vez es mejor que me lo quede yo».

Una noche los despertó un tiroteo. Todo el destacamento estuvo despierto y en pie de guerra en segundos, todos con el fusil levantado aunque las lagañas de los ojos no les habrían dejado apuntar a ninguna parte. Como quien entra desde el día brillante a una habitación a oscuras, Raúl tuvo que esperar unos instantes para distinguir formas claras, para recuperar el sentido de la ubicación y de la perspectiva, y sólo entonces reconoció al compañero Alberto. Raúl, que lo vio por última vez en el hospital de campaña la noche de la conversación sobre el verde, lo había mantenido a distancia desde que se enteró de que estaba de regreso. Le habían llegado rumores sobre él; se decía que su carácter de cordobés festivo ya no estaba, como si fuera un disfraz que se hubiera quitado; que había llegado del hospital convertido en un amargado más, y ya no hablaba de fútbol ni contaba chistes bobos ni soltaba esas carcajadas que los comandantes le reprochaban. Pues bien, ya no tenían que preocuparse por eso: Alberto había dejado de reírse, y más bien se pasaba el día quejándose con la boca cerrada o insultando enemigos ausentes, en una especie de gran empute invencible y permanente.

Al parecer, Alberto se había despertado en medio de la noche, y sin que nadie lo oyera había encontrado una carabina San Cristóbal, se había alejado unos pasos de su hamaca con ella en la mano y había comenzado a disparar. Las carabinas tienen un retroceso fuerte, y allí, verticales sobre la corteza de un árbol, habían quedado los impactos de la ráfaga, ninguno a la altura de un ser humano. Pero el incidente bastó para que los demás se pusieran de acuerdo: Alberto, que no opuso ninguna resistencia cuando se le acercaron para quitarle la carabina, se había convertido en un peligro. El comandante Tomás dio una orden impopular y dolorosa, y antes de que amaneciera ya Alberto estaba amarrado a un árbol con una cadena. Cuando Raúl se acercó para hablarle como le hablaba antes, para preguntarle si le había pasado algo o para tranquilizarlo con la promesa de que aquello era temporal, vio que sus ojos ya no lo miraban, o mejor, ya no estaban fijos en su sitio de antes, sino que se movían desordenadamente, canicas extraviadas en una jarra de cristal. Abría la boca y dejaba ver los dientes amarillos: una mueca de esfuerzo, como la de quien intenta levantar algo muy pesado. «¿Qué pasa, compañero?», le dijo Raúl. Alberto tardó en encontrar la cara que le había hecho la pregunta.

«Que me quieren matar», dijo entonces.

«¿Quiénes?»

«Todos estos revisionistas», dijo Alberto.

Así lo dejaron, amarrado al árbol, gritando hacia ninguna parte que todos eran unos traidores. A Raúl, en cambio, nunca le dirigió un insulto: era como si no lo viera, y seguramente por eso el destacamento acabó poniendo en sus manos la tarea de alimentar al pobre compañero enloquecido. Raúl le llevaba la comida y le preguntaba si se sentía bien, y Alberto contestaba que no, que no estaba bien, que los revisionistas lo querían matar, que esta comida estaba envenenada. Con el tiempo se puso más violento, y ya no decía que lo iban a matar, sino que él los iba a matar a todos. A veces empezaba a hablar del presidente Mao, cuyas lecciones habían sido olvidadas o desconocidas por los comandantes, y Raúl no se habría sentido tan conmovido por su locura si no hubiera visto en ella uno de sus posibles destinos.

El árbol al que estaba amarrado Alberto apareció una mañana sin cadena ni prisionero. Raúl no supo cómo había ocurrido todo, pero no dejó de preguntar.

«Hubo que sacarlo de la zona», le dijeron.

Y no dijeron nada más.

Sol regresó a la selva después de siete meses de vivir escondida en Medellín. El tiempo fue necesario para resolver todos los problemas, incluido el de convencer a su madre de que aquél era el mejor camino. Sol se sometió a una transfusión de sangre que parecía entrar gota por gota, en un proceso largo y clandestino que habría sido imposible sin la ayuda de su madre. El proceso —la Operación Hemoglobina , le decía Luz Elena— incluía trayectos entre el apartamento y el hospital donde Sol se metía en el baúl del carro y cruzaba los dedos para que no hubiera retenes de la policía, y se preguntaba qué suerte habría corrido si su madre no tuviera el apellido que le había tocado. De manera que esto era la burguesía: la posibilidad de andar impunemente por la ciudad entera, la garantía de que las puertas —de un hospital, por ejemplo— se le abrirían sin problemas. Nadie, en todos esos días, le hizo a la madre ninguna pregunta acerca de su hija, ni de las razones por las que había enfermado: ella era Luz Elena Cárdenas, de los Cárdenas que todo el mundo conocía, y si pedía un favor, el favor se le hacía sin chistar. Ninguno de esos médicos sospechaba que Luz Elena, sonriendo con su sonrisa de mil quilates, pagando los servicios hospitalarios con su amplia chequera, fuera en ese mismo instante la compañera Valentina, correo secreto de la guerrilla urbana, madre de dos combatientes del EPL y esposa de un líder del maoísmo revolucionario.

Durante esos meses de clandestinidad en Medellín, Sol se dio cuenta de que la guerrilla había comenzado a buscarla. Notaba presencias extrañas en la esquina cuando se asomaba a la ventana. Su madre le mostraba las cartas de su hermano: «Si llegas a saber algo de mi hermana, dile que los comandantes aquí están furiosos. Que se cuide, porque pueden tomar represalias». Y ella lo sabía bien, por supuesto, y sabía lo que eso significaba. «Tengo que volver», le dijo una mañana a Luz Elena. «Si no vuelvo a aclarar las cosas me van a perseguir toda la vida». Luz Elena le gritó como si se dirigiera a una niña, la llamó irresponsable, pasó de la prohibición al ruego, pero en el fondo sabía que Sol tenía razón. Si no regresaba a la selva para enmendar su deserción, no sólo viviría siempre mirando por encima del hombro, sino que la familia entera quedaría del lado incorrecto de la revolución. Las dos empezaron a hacer contactos por los canales de la clandestinidad, y un compañero las remitía a otro, y éste al siguiente, hasta que le dieron las indicaciones definitivas. Debía instalarse en Cali, en un piso clandestino del norte de la ciudad, y esperar a que la contactaran. Llegó en bus a la ciudad, encontró la célula urbana y se puso a esperar. Pasaron cuatro meses de incertidumbre hasta que apareció un compañero llamado Guillermo, secretario militar del sector del Valle. Venía de parte del comandante Armando.

«Me la recomendó mucho, compañera», dijo Guillermo. «Armando le tiene mucho aprecio. No sé por qué, pero yo hago lo que me piden».

«¿Adónde vamos?», dijo ella.

«A criar patos», le dijo él. «Mientras lavamos esa mancha que carga usted».