Olvidarse de su verdadero nombre le costó menos de lo que hubiera creído. El compañero Raúl se fue acomodando en su nueva identidad al mismo tiempo que lo hacía en su nueva vida, asumiendo sus exigencias, corrigiendo los errores de antes, de una forma tan natural que nunca necesitó preguntarle al comandante Carlos por qué lo había bautizado como lo hizo. Después de mucho cargar la hamaca doble, después de soportar las protestas confidenciales de Marianella, en una casa campesina la cambió por una hamaca sencilla para dársela a su hermana, y lo mismo hizo con la suya tan pronto se presentó la oportunidad. También cambió el machete, pues el que había comprado en la tienda de Medellín le había parecido mejor por ser más grande, y en las montañas había entendido que los objetos de mayor tamaño eran siempre un engorro. En una posada vecina del río Cauca, un arriero le dio con gusto el suyo, más pequeño y manejable, pero sintió que el trueque no era justo y le encimó una navaja suiza.

Ya era plenamente Raúl cuando llegaron al campamento de los llanos del Tigre. En pocas semanas habían subido a montañas donde el aire se hacía más delgado y bajado a este valle de calor húmedo en el cual se abrían los poros y la piel se volvía pegajosa y los olores del mundo cambiaban, porque eran los de la vegetación que nace y se pudre en cada metro cuadrado de tierra tropical. Para entonces las largas jornadas por tierras desiguales, más difíciles que todo lo conocido en China, le habían inflamado una rodilla tanto que apenas podía moverla. El comandante Armando los recibió con honores que no se habían ganado y mandó traer un sobandero para Raúl, que recibió paños tibios y masajes con pomadas de cacao preguntándose por qué le daban ese tratamiento privilegiado. Armando, cuyo nombre inspiraba un respeto mesiánico entre los guerrilleros, era un hombre de cara amable y de piel aceitunada, como la de los indios de la India, y parecía estar hecho sólo de huesos y músculos. Cuando el sobandero hubo terminado su trabajo, le pidió al compañero Raúl sus documentos y el dinero que llevaba: todo lo que ya no necesitaría. Recibió la tarjeta de identidad con un nombre caduco; no lo leyó en voz alta, pero lo que sí leyó fue la fecha de nacimiento del compañero Raúl. «Carajo», dijo, «pero si el compañero está de cumpleaños». Reunió a los demás para una celebración improvisada en que los guerrilleros le cantaron a Raúl, con palabras en inglés cuyo significado ignoraban, y a él se le ocurrió que en mejores circunstancias le habrían incluso encendido unas velitas. La escena entera parecía sacada de otra historia.

La rodilla fue mejorando con los días y fue acostumbrándose a las largas caminatas, o más bien las fue tolerando mejor, a pesar de dolores ocasionales y de inflamaciones que Sergio se trataba con pomadas. Si a veces se le olvidaba el dolor, era por la necesidad de estar atento a otros adiestramientos, a otras precauciones, o sólo porque el calor lo distraía. Lo que lo sorprendió al principio fue la poca densidad de esos parajes. La tropa se movía durante días por montañas donde no había nadie, aunque encontraba con frecuencia ranchos abandonados como testimonios de la vida de otros tiempos. Lo que Mao aconsejaba en sus escritos militares era muy distinto: los revolucionarios debían alejarse de los centros neurálgicos del enemigo, sí, pero yendo siempre en busca de la gente, porque sólo donde está la gente es posible construir una base de apoyo. En el pensamiento militar maoísta, crear una base de apoyo sólida era como liberar un país: así se podían trazar fronteras, crear soberanía y comenzar a conquistar terreno, pues sólo se empieza a ganar la guerra cuando hay territorios donde el enemigo no puede circular a voluntad. Se lo comentó primero a Marianella, hablando en chino para que nadie entendiera sus probables herejías.

«Ya se me había ocurrido», le dijo ella. «Pero no les vamos a enseñar a ellos cómo se hacen las cosas».

«¿Y por qué no? ¿Por qué no les podemos enseñar?»

«Porque no somos de aquí. Tú y yo somos de otra parte, aunque no parezca».

Le costó muchas semanas —de obediencia y de cautela y de humildad— sentir que tenía derecho de recordar en voz alta las enseñanzas del presidente Mao y preguntar si no era ésa la razón del combate: la creación en un lugar de una base guerrillera que luego pudiera convertirse en base de apoyo. ¿No había que hacer presencia donde hubiera más gente? «Ah», dijo Armando. «El compañero tiene opiniones». Poco a poco le fueron contando la historia de Pedro Vásquez Rendón, el periodista que había sido uno de los fundadores del EPL dos años atrás. Fue él quien escogió la zona donde comenzaron a operar, entre el río Cauca y el río Sinú, en pueblos pequeños de los llanos de San Jorge para construir escuelas o puestos de salud. Adoctrinaban a los jóvenes y convertían a los mayores, y no pasó mucho tiempo antes de que el ejército se percatara del surgimiento de una nueva guerrilla. Entonces empezaron las campañas de cerco y aniquilamiento. La primera fracasó, pero en la segunda murieron varios comandantes, y Vásquez Rendón estaba entre ellos. El ejército se llevó a decenas de campesinos de la zona: los que no se fueron con el ejército se fueron con la guerrilla; los que no se fueron con ninguno de los dos emigraron a otros pueblos o a las ciudades. No podían quedarse en sus casas, desde luego, porque los llanos de San Jorge ya eran considerados territorio de influencia del EPL, y todo el que viviera allí era considerado guerrillero o culpable de apoyar a la guerrilla. Así se fue despoblando la zona hasta que sólo se quedaron los más testarudos o los que no tenían nada que perder.

Eso le explicaron al compañero Raúl. El suyo era un destacamento de una quincena de personas, pero en esos debates hacían el escándalo de un grupo grande, y con frecuencia era necesario que alguien interviniera para recordarles que el ejército podía no estar tan lejos como pensaban. Las conversaciones ocurrían de noche, mientras la guerrilla cenaba, por lo general después de que los compañeros acosaran a Raúl con preguntas sobre la vida en China y el entrenamiento militar en el Ejército Rojo. La primera pregunta que le hicieron fue si China quedaba tan lejos como decían, y Raúl creyó al principio que la mejor manera de contestar era levantar la mirada al cielo cuando pasaba un avión, uno de los muchos que volaban hacia Panamá o Estados Unidos, y decir: «Si estuviéramos en ese avión, nos demoraríamos más de un día». Se dio cuenta de que la explicación no era buena cuando uno de los guerrilleros viejos, cuyo bigote encanecido no le cubría del todo un labio leporino, le dijo: «Entonces no está tan lejos. Un día es más cerquita que el mar». Raúl tenía que vencer su alergia al protagonismo para explicarles la velocidad de un avión y la convención de las distancias, y alguna vez, tratando de convencerlos de que había dos rutas posibles para llegar a China, se vio obligado incluso a recordarles que la Tierra era redonda.

En esos momentos sentía dos cosas al mismo tiempo: primero, que su presencia allí cobraba por momentos un valor tangible; segundo, que era un bicho raro, un fenómeno de circo. Los compañeros nunca habían conocido a un guerrillero que hubiera estudiado en los colegios de la élite bogotana y luego paseado por Europa, y que pudiera hablar en español, francés y chino de literatura rusa, ópera italiana y cine japonés. Fue Raúl quien les explicó, por ejemplo, que no era mentira lo que habían oído por la radio: que un hombre había llegado a la Luna en una nave espacial. Los compañeros se habían reunido como todas las noches alrededor de la radio, un aparato de transistores cuyas perillas se soltaban todo el tiempo, para escuchar las noticias del día. Pero esa noche, además, algo especial iba a ocurrir y todos lo sabían. La selva se llenó con la estática de la transmisión. Las voces emocionadas de los locutores contaron que un ser humano había pisado la Luna, que se llamaba Armstrong y que la nave espacial se llamaba Apolo; pero a los compañeros no les interesó que ese nombre fuera el de un dios griego, y cuando buscaban la Luna en el cielo limpio, señalaban que allí no parecía haber nadie. Raúl estaba solo en su pasmo. «El hombre en la Luna», decía para nadie. «Esto parece sacado de un libro». Los compañeros no parecían impresionados. Uno preguntaba si el motor del cohete era como el de un carro; otro quería saber si había que estudiar mucho para hacer ese viaje o si cualquiera iba a poder de ahora en adelante. Luego uno de los más jóvenes zanjó la noche.

«Esto es pura mierda», dijo. «Una mentira de los gringos. Pura propaganda imperialista, compañeros».

Y Raúl trataba de decir que no, que era verdad, pero luego se dio cuenta de que estaba defendiendo a los gringos, y prefirió hundirse en un silencio inofensivo.

Después de unas semanas, Armando tomó una decisión: la compañera Sol se iría destinada al destacamento Escuela Presidente Mao, un espacio de preparación de jóvenes militantes donde las mujeres eran más y se sentían más cómodas. «Para que no sea la única en un grupo de hombres», explicó. Raúl habría querido decirle que esta mujer, a sus diecisiete años, tenía mejor entrenamiento militar que la mayoría de esos hombres. Pero no lo dijo. La vio levantar su mochila y reunirse con un grupo de guerrilleras sin siquiera hacerle una señal con la mano para despedirse, y se preguntó cómo encajaría su hermana entre esas jóvenes de la zona que se maquillaban todos los días y no evitaban cierta vanidad ni siquiera para terciarse el fusil. En el grupo de Sol iban Pacho, el joven negro que había venido con ellos en el bus desde Medellín, y otros dos compañeros de los que les habían dado la bienvenida: Jaime y Arturo. Sol les cayó en gracia. Arturo, un campesino de rasgos aindiados y bigote de adolescente, la adoptó como si hubieran crecido juntos.

Raúl, mientras tanto, se quedó con el comandante Armando, actuando bajo sus órdenes, aprendiendo de él. Comenzó así una rutina de una monotonía inverosímil. Los días estaban hechos de instantes repetidos que parecían una copia de la misma hora del día anterior, y del anterior también. Trabajar con los campesinos, reunirse con los comandantes, construir la escuela o el puesto de salud: los días empezaban siempre a la misma hora y a la misma hora terminaban. Los otros destacamentos debían de aburrirse también, porque a las mujeres se las veía cada vez con más frecuencia hablando con los hombres. Aquello no estaba bien visto: a pesar de que los comandantes tenían a sus parejas, ya fuera por haberlas traído de sus vidas anteriores o por haberlas conocido en la zona, el manual del EPL prohibía que guerrilleros y guerrilleras se miraran como si pudieran ser algo más que camaradas de la misma causa. Sin embargo, una de las compañeras de Sol había comenzado a sonreírle a Raúl, a ponerle una mano en el brazo cuando se encontraban.

«¿Cómo está mi mono?», le decía. «A ver, míreme con esos ojos verdes».

Allí se llamaba Isabela, pero Raúl nunca supo su verdadero nombre. Era de la zona, evidentemente, pues hablaba con el mismo acento de los campesinos y se movía con la soltura de quien ha crecido en esos parajes y sólo encuentra extraño que los demás hayan llegado a ocuparlos. Tenía un año menos que Raúl, pero hablaba como si hubiera vivido dos vidas, o en todo caso como si tuviera una urgencia inaplazable de comenzar a vivirlas. Una tarde, mientras Raúl cortaba con machete las hierbas que le había pedido un comandante, se acercó por detrás y se agachó para ayudarle, recostándose sobre su cuerpo, y Raúl sintió sus senos con tanta claridad que habría podido dibujarlos. Le correspondió con otros contactos: roces al caminar a su lado, insinuaciones a la vista de todo el mundo. Sólo era cuestión de días para que pasara algo más.

De manera que no se sorprendió, o no del todo, la noche en que Isabela llegó hasta su hamaca en la oscuridad, sin usar una linterna ni delatar sus pasos, y de un movimiento diestro se acostó a su lado. Raúl no había tenido un cuerpo de mujer tan cerca en mucho tiempo, y supo que alguna vez le llegaría el arrepentimiento por lo que estaba a punto de hacer, pero los dos temores combinados, el de la sanción disciplinaria y el de los últimos rezagos de la moral cristiana, le cayeron encima al mismo tiempo.

«No, esto no se puede», le dijo en susurros. «Váyase, compañera. Váyase, que esto no se puede».

No tuvo que verle la cara para sentir el desconcierto primero y luego una forma —sintética, eficiente, concentrada— del desprecio.

Montar guardia era lo que más detestaba. Montar guardia era quedarse quieto en la noche para ser blanco fácil de todos los mosquitos del mundo. Los guerrilleros se relevaban cada hora; esa hora eterna se medía con el reloj de Raúl, y él no tardó en darse cuenta de que cada compañero adelantaba las manecillas del reloj cinco o diez minutos para acortar su turno, de manera que el último de la noche acababa cargando con los minutos acumulados que los demás habían hecho desaparecer. Lo único que podía hacer durante esos minutos detestables, además de rascarse las picaduras y distinguir en el aire los ronquidos de sus compañeros de la presencia de los animales, era pensar. Pensaba, por ejemplo, en Pacho: lo habían matado en un combate cerca de Caucasia, y la noticia le causó a Raúl una pesadumbre que no había anticipado. Apenas lo había conocido; había compartido con él las primeras horas en la guerrilla (en el bus desde Medellín, aunque entonces no se conocieran, y luego caminando de Dabeiba al campamento), pero poco más. ¿Por qué lo afectaba tanto? «Será que es su primer muerto», le dijo Armando. Raúl pensó en el tío Felipe y en la tía Inés Amelia. Pero eran muertos de otra vida, que se le habían muerto a otra persona. «El primero», continuó Armando, «pero no va a ser el último. No se preocupe, que uno se acostumbra».

Pensaba también en Isabela, y se arrepentía de haberla rechazado y fantaseaba con lo que habría podido pasar, y luego volvía a arrepentirse. De una cosa estaba seguro: se había comportado correctamente. Había comprendido ya que la revolución era inseparable de un cierto puritanismo; sabía que Lenin había copiado la organización comunista del primer cristianismo, y una prohibición inviolable pesaba sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Isabela parecía no haberse enterado de ello. O tal vez las prohibiciones no eran tan estrictas para todo el mundo, sí, eso también era posible: que Raúl fuera un soldado demasiado riguroso, como si intentara compensar con esas disciplinas el pecado de su origen.

Todo eso pensaba Raúl.

Y también pensaba otras cosas absurdas.

¿Era posible que el partido se hubiera puesto una medalla, simplemente? Después de todo, si dos jóvenes como ellos, burgueses y privilegiados, habían viajado a la China comunista y habían recibido entrenamiento de su ejército y regresado para unirse a las filas del EPL, si todo eso podía ocurrir en Colombia, la revolución no sólo estaba viva, sino que tenía todas las cartas para triunfar. ¿No podría sucederles lo mismo que al padre Camilo Torres? El padre, un burgués de familia liberal, habría sido mucho más útil en la ciudad, pero acabó muriendo inútilmente en su primer combate. ¿Y para qué? Poco a poco Raúl se fue asomando a la posibilidad de que en el fondo no hubiera sido necesario que ni él ni su hermana se incorporaran a la guerrilla; pero tan pronto aparecían estos pensamientos, los desterraba con el truco viejo de la vergüenza, y seguía adelante sin cuestionarse o convenciéndose de que sus dudas secretas eran los rezagos de una vida reaccionaria. De cualquier forma, nunca se liberó de la certidumbre molesta de que tenía algo que probar, y de que sus compañeros lo miraban sin confianza, como si no acabara de ser uno de los suyos.

Cada semana había dos reuniones a las que Raúl asistía con sus dos máscaras: la de miembro de la célula del partido y la de guerrillero raso. Con la célula se hacían análisis y autocríticas, y Raúl se daba cuenta de que su presencia allí no era explicable sin los privilegios de su padre, que había conseguido convertirse en una figura de autoridad en Medellín: no sólo por ejercer como una especie de embajador del maoísmo en Colombia, por supuesto, sino además por la circunstancia simple de ser blanco y europeo. En las asambleas de soldados, en cambio, Raúl era lo que siempre había querido: uno más. La asamblea de soldados era una tradición implantada por el Ejército Rojo durante sus marchas, una sesión semanal en la que los hombres tienen derecho a criticarse entre sí y aun a criticar a sus comandantes. Sergio había estado siempre orgulloso de ese momento en que los combatientes eran todos iguales, sin distingos de rango ni origen ni raza. Pero ahora esa igualdad proletaria no estaba resultando como él se la había imaginado.

Entre los comandantes, uno en particular parecía mirar a Raúl como si cargara con agravios importados de otras vidas. Se llamaba Fernando, y no era cualquier comandante: era uno de los fundadores del EPL. Tenía cuarenta y cinco años en ese momento, poco más o menos, y la vida le había alcanzado para estudiar Derecho en Bogotá, entrar en las Juventudes Comunistas de Colombia y comenzar a competir en pruebas de atletismo de nivel nacional. Era tan buen corredor que el Independiente Santa Fe, uno de los dos equipos de fútbol de Bogotá, se lo llevó para sus divisiones atléticas, donde Fernando entrenó tan bien que llegó a ganar cuatro medallas de oro en los Juegos Nacionales de 1950. Cuando lo expulsaron de las Juventudes por sus tendencias maoístas, Fernando fundó el partido —es decir: el Partido Comunista Marxista-Leninista Pensamiento Mao Tse-Tung— y entró a militar en el EPL, y sus debates ideológicos con los otros fundadores se convirtieron pronto en leyenda. Era un hombre intransigente, de palabra fácil y agresiva, que había sido capaz de tachar a uno de sus pares de revisionista pequeñoburgués por no estar de acuerdo con un punto de doctrina, y que se había ganado además el respeto que gana la fortaleza física: Fernando marchaba más rápido que los otros, aguantaba mejor las distancias más largas, y ni siquiera la peor de las trochas era problema para sus piernas. Con los días, Raúl había aprendido a reconocer en él la intensidad de los sectarios, que ya conocía bien de otras experiencias en otras latitudes, y se dijo que era mala cosa que aquel hombre lo tuviera entre ceja y ceja.

Tenía razón. A Fernando le molestó desde el principio saber que el compañero Raúl estaba recordando las enseñanzas de Mao para criticar las decisiones militares del Comando Central, y lo dijo en voz alta en una de las reuniones de célula, pero además se las arregló para repetir la acusación en la asamblea de soldados. Raúl trató de responder a las acusaciones, aunque lo que se esperaba de él no era una defensa sino una autocrítica, y además lo hizo repitiendo las actitudes que habían motivado el cargo: es decir, citando a Mao. Las enseñanzas militares de Mao hablaban de base guerrillera, que es el germen de la base de apoyo, y de base de apoyo, que es el territorio en el cual la guerrilla ejerce una forma de soberanía. Raúl dijo, orgulloso, que él había conocido esa situación a la que aspiraban. Y lo que veía aquí, en Colombia, era muy distinto.

«Aquí llamamos base de apoyo a lo que todavía es una base guerrillera», dijo. «Y yo me pregunto si no nos estaremos engañando».

El silencio fue la respuesta más dura posible. Luego vino la voz de cuchilla de Fernando: «Es que esto no es China, compañero. Usted como que no se ha dado cuenta». Alguien que estaba más apartado añadió entre dientes una frase incomprensible, pero Raúl entendió la palabra botas y escuchó la carcajada de los demás. No era difícil saber a qué hacía referencia aquella voz: semanas atrás los demás se habían enterado de que el compañero Raúl cargaba entre sus cosas un par de botas altas de cuero fino que había traído de China, y de nada había valido que explicara que eran las botas del Ejército Rojo: allí mismo le dijeron que ese cuero era inútil para la selva, porque no servía para atravesar el río y cuando estuviera mojado le destrozaría los pies al más fuerte, y entre todos comenzaron a cortar las botas a pedazos, diciendo que en cambio sí eran buenas para hacer cartucheras.

«Éste cree que se va a poner de ruana la guerrilla», dijo Fernando dirigiéndose a nadie. «Sólo porque acaba de llegar de China».

Se puso de pie y se acabó la reunión. Raúl sintió que sus años de dedicación al maoísmo y su vocación revolucionaria merecían una respuesta distinta, pero no dijo nada, ni esa semana ni las siguientes. La inquina de Fernando siguió presente. Se la hacía saber a la hora de la comida, que por esos tiempos consistía en sopa de banano al mediodía y a la noche, y se la hacía saber en las sesiones de inteligencia, y se la hizo saber el día en que se dio cuenta de que Raúl tenía una brújula en la mano. «Esto no es de por aquí», le dijo. Raúl le explicó que se la habían dado en el Ejército Rojo el día en que terminó su entrenamiento militar: una especie de regalo de grado, por decirlo así. «Regalo de grado, muy simpático», dijo Fernando. Se metió la brújula al bolsillo de sus pantalones, se dio la vuelta y se marchó sin decir nada. Raúl nunca la recuperó; tampoco habría podido reclamarla, por supuesto. El comandante era la autoridad, a pesar de los esfuerzos que hacía el EPL por no reproducir los códigos del militarismo, y sólo con esfuerzo y entrega y compromiso, pensaba Raúl, podía desactivar la malquerencia de un hombre poderoso. Se cuidó mucho de mencionar siquiera el asunto: no lo hizo con el comandante Armando, que lo había tomado bajo su ala desde el principio, ni mucho menos con su padre, que un día, para sorpresa de todo el mundo, llegó al campamento de los llanos del Tigre.

Su visita fue tan imprevista que Raúl alcanzó a pensar, cuando Armando le dio la noticia, que algo grave había pasado en su familia. Brevemente pensó en su madre, pensó que estaba muerta, pensó que ésa sería la peor noticia del mundo. No era así. Al parecer, Fausto estaba en una junta del sindicato de Empresas Públicas de Antioquia, uno de los espacios donde se movía como promotor de teatro y hombre de cultura, cuando algún sindicalista interrumpió las conversaciones para revelarles a todos su descubrimiento más reciente.

«Yo quiero denunciar», dijo, «que este señor Cabrera es secretario político del Partido Comunista».

Fausto se había quemado . El ejército y la policía se movilizaron para buscarlo, y lo habrían capturado si no se hubiera escondido durante veinte días. Fue una movida tan inesperada que ni siquiera pudo despedirse de Luz Elena, sino que se lo tragó la tierra y la tierra lo vomitó veinte días después en una berma de la carretera al mar, en dirección a Dabeiba, con una barba de náufrago y las mismas ropas del primer día de encierro. A las cuatro de la mañana siguiente, después de pasar la noche en una casa de las afueras del pueblo, subió por una trocha que les hacía daño a sus tobillos, llegó a un trapiche en lo más alto de la loma y caminó hasta una nueva casa. Así, de refugio en refugio, guiado por un baquiano, acabó llegando a la zona tras siete días que parecieron muchos más. Se había perdido, le habían salido llagas en los pies y había pasado la vergüenza de asustarse con un gusano churrusco, pero allí estaba, cerca del río Sinú, uniéndose a la Dirección Nacional de la guerrilla. Justo antes de llegar se topó con un guerrillero que llevaba una chaqueta parecida a la que su hijo había traído de Pekín.

«Es regalo del compañero Raúl», le dijo el hombre. «Ése sí es un tipazo, oiga».

Así se enteró del nombre de su hijo, y así lo llamó cuando se encontraron. Raúl había salido a recibirlo con su hermana, y Fausto los abrazó con tanta emoción que Raúl tuvo que esforzarse para no llorar. Para entonces Sol se había convertido en secretaria militar del destacamento Escuela Presidente Mao. Estaba a cargo del primer entrenamiento de los nuevos reclutas: una posición de inmensa responsabilidad para una jovencita. Fausto le quitó delicadamente la gorra china, le pasó una mano por el pelo recogido y la despidió con la consigna de la guerrilla: «Combatiendo venceremos». Luego abrazó a Raúl, contraviniendo al hacerlo varias normas, y se presentó con su nuevo nombre: «Emecías, para servirle». Luego habló de la importancia de lo que estaban haciendo, del orgullo que sentía por sus dos hijos y de la fortuna de ser esa familia. «No es común, es verdad», dijo con tono exaltado. «No es común que una familia luche junta por una misma causa, con las mismas armas, en el mismo frente. Somos privilegiados. Esto no es de este mundo, sino del que viene, del que estamos trayendo entre todos. Habrá quien diga que estamos locos, claro, pero yo digo: qué hermosa locura».

A las pocas horas sonaron los helicópteros. Al principio fue un rumor de aleteo, y a Fausto le faltaba el entrenamiento para reconocerlo, pero notó que el campamento empezaba a moverse y los llamados de alerta llegaban de todas partes. Parecían tres o cuatro, pero pronto el escándalo fue tan fuerte que en tierra era difícil hablar. Los comandantes estaban de acuerdo en que alguien, uno de los suyos, los había delatado, porque de otra manera no se entendía que los helicópteros hubieran encontrado un campamento tan seguro. Los hombres se movían como si su itinerario estuviera marcado con señales en la tierra; Fausto, en cambio, no sabía qué hacer ni adónde ir, sino que escuchaba sin entender las instrucciones de la tropa. Vio pasar a Raúl, que manipulaba su fusil, y quiso preguntarle, pero entonces sintió una mano en el brazo y una voz que le decía: «Usted viene conmigo, compañero». Y se encontró de repente como arrastrado por una ola hacia la densidad de la selva, lejos de los toldillos, donde el comandante Armando lideraba la maniobra de retirada. Al final, en medio de la agitación, Armando tuvo tiempo de acercarse a Fausto y sin palabras indicarle algo con la mano. Fausto se giró y vio desde muy lejos a Raúl, que agitaba una mano en el aire para despedirse. Fausto se despidió también.

«No se preocupe, compañero», le dijo Armando. «El compañero Raúl nos alcanza más tarde».

Toda la maniobra duró menos de dos horas. Los guerrilleros abandonaron la zona descalzos, para no dejar rastros, y dispersándose para confundir. Los que habían venido de la ciudad volvieron a ella. Fausto no volvió con ellos: tendría que pasar meses en la selva antes de que fuera aconsejable el regreso. Lo obligaron a quedarse con Armando y el grueso de la fuerza militar, más de cincuenta hombres experimentados en los combates más fieros que iban arriando al grupo y haciendo una defensa de retaguardia. No supo cuánto tiempo estuvo caminando sin saber adónde iba, avanzando hacia la espesura, internándose en la selva sin comer, pero seguramente pasó más de un día entero en esa huida antes de volver a reunirse con su hijo. Se enteró de que Raúl había sido destinado a labores de contención, y lo admiró y temió por él, pero no tuvo la oportunidad de decírselo, porque la tropa estaba en otros menesteres. Habían nombrado una comisión de búsqueda para cazar un animal, porque los compañeros se morían de hambre, pero la comisión había vuelto con las manos vacías. Entonces un compañero que se había alejado trajo una buena noticia: allá, junto a la quebrada, se asoleaba una boa de tres metros que acababa de comer. Dos hombres la cazaron, pero se necesitaron diez para quitarle la piel, sacarle del vientre un chigüiro pequeño, limpiarla de cartílagos y comenzar a prepararla. A Fausto le tocó una sopa grasienta tan densa que los trozos de carne flotaban en ella, y no pudo llevarse la primera cucharada a la boca sin sentir que iba a vomitar delante de todos. Raúl, que comía a su lado, le lanzó una mirada de reproche tan falta de misericordia que Fausto se tomó sin chistar el resto de la sopa.

Esta vez se despidieron con la conciencia de que muy bien podrían no volverse a ver con vida. Raúl no se permitió una sola vacilación. Se sentía observado a cada instante: el grupo de contención partiría a las órdenes del comandante Fernando, que sabía muy bien quiénes eran los Cabrera, y Raúl percibía que en alguna parte de la selva estaban sus ojos vigilantes tratando de encontrar una actitud —un abrazo, una lágrima— que pudiera reprocharle en la próxima asamblea. Pero el abrazo y la lágrima vinieron de Fausto. «Cuídate», le dijo. «Ya nos veremos cuando se pueda». Las preguntas de la vida civil —¿adónde vas?, ¿por cuánto tiempo?, ¿cuándo volveremos a vernos?— no tenían sentido ni valor en la selva. Al separarse de Fausto, Raúl odió a Fernando, odió su presencia de juez o delator, porque le habría gustado hablar con su padre de lo que ocurría en la ciudad, y en especial de las labores clandestinas de Luz Elena. Tenía esas preguntas en la boca todavía cuando se alejó con los otros dos miembros del grupo de contención —Ernesto, el que había hecho el curso militar en Albania, y un baquiano—, todos caminando un par de metros detrás del comandante Fernando, confiados por ir al mando de un buen estratega que conocía bien las técnicas del ejército, pero conscientes del peligro que iban a correr en los próximos días. Raúl ya se movía por la selva como si hubiera crecido en ella: sus rodillas se habían acostumbrado al terreno y ya no se quejaban; había dejado de caminar mirando el suelo, como en los primeros tiempos, pues le hicieron entender que nunca conseguiría ver a las serpientes antes de pisarlas, y mejor era confiar en el azar o esperar que la serpiente se apartara antes.

Los militares desembarcados habían dispuesto cuatro puestos en los vértices de un área grande, del tamaño de una gran ciudad. Eso era lo que había aterrizado en los helicópteros: una maniobra para retomar la zona. La labor del grupo de contención tenía la simpleza de los juegos de niños, pero en ella los cuatro guerrilleros arriesgaban la vida. El objetivo era provocar en el ejército la ilusión de que la guerrilla seguía presente. La estrategia consistía en emboscarse cerca de las fuentes de agua y luego atacar uno de los puestos, que estaban por lo general en lo alto de la montaña: eso les daba a los soldados el privilegio de la visibilidad, pero al mismo tiempo les dificultaba responder al fuego, pues quien dispara de arriba hacia abajo pierde la referencia del horizonte, y es muy difícil no acabar estrellando los tiros en la tierra. El grupo de contención atacaba dos veces al día; lo hacía gastando más municiones de las necesarias, para mantener a los soldados bajo la impresión de que el enemigo era numeroso, y luego avanzaba hacia el puesto siguiente para repetir la maniobra. Raúl nunca se había encontrado bajo un fuego tan insistente como el de esos soldados desesperados por no ver al enemigo, y siempre le pareció poco menos que milagroso terminar ileso el día.

La operación entera duró tres semanas. Desorientados o confundidos, y en todo caso incapaces de averiguar dónde estaba el enemigo ni a cuántos hombres se enfrentaban, los militares abandonaron la zona. De ahí en adelante, el comandante Fernando y los compañeros Raúl y Ernesto se dedicaron a reconstruir el destacamento. Recibieron hombres que venían de zonas cercanas y restablecieron alianzas con los campesinos de la zona. Fue un trabajo arduo, y Raúl tenía todas las razones del mundo para pensar que su desempeño durante la estrategia de contención, además de la reconstrucción del destacamento, podrían haberle granjeado la simpatía del comandante Fernando, o por lo menos neutralizado su inquina. La verdad era muy distinta.

Del diario de Sol:

Sin fecha

Hay días en que no alcanzo a comprenderme del todo. Pongo en orden los planes organizativos y la táctica a seguir, pero normalmente es difícil programar el siguiente día. Entiendo que mi confusión no se aleja del cambio tan brusco que sufro no sólo físico sino, principalmente, psíquico. La verdad, no estoy preparada para esto. ¿Por qué sentir estos momentos de vacío que no logro calmar y que logran confundirme? Definitivamente hoy no es un buen día para mí.

Estamos pasando la noche en una tienda de campaña, demasiado sofisticada para estas selvas. Iré a tender mi hamaca después de que por algún hueco entre los árboles alcance a ver la luna.

Sin fecha

No hemos podido movernos de este sitio plagado de mosquitos. Maldigo las absurdas circunstancias que una tras otra venimos viviendo más por una mala dirección central que por nuestra escasa experiencia guerrillera. Y aquí estamos dándole a la comba sin obtener respuesta. Parece que esperáramos sentados la muerte .

Sin fecha

Desde hace 66 horas no descansaba. Cuando cruzamos Río Negro empecé a cojear de mi pie derecho por una leve dislocación del tobillo. Cuando empezó a bajar el sol pensamos en acampar y fue entonces cuando empezó el tiroteo y en un segundo nos dispersamos; tratando de cubrir la retirada del total que tomó selva adentro, Jaime cruzó el camino y empezó a disparar. Arturo y yo tratábamos de avanzar para tomar a la tropa por la espalda cuando una bala atravesó la quijada de Arturo mientras yo trataba de levantarme pues había tropezado con una raíz. Cuando quise ir en su ayuda sentí un proyectil que se me incrustó en el muslo derecho. Teníamos que desaparecer de allí. Jaime desde lejos me indicó con movimientos el camino para retirarnos.

He pasado la noche más larga de mi vida al lado de Arturo que se desangraba; temía que por mi inutilidad pudiera morir. Sin bajar el brazo que apoyaba en mi hombro se fue sumiendo en un sueño enfermizo, y entre mi muslo herido y el dislocamiento del tobillo, opté por no moverme y esperar que vinieran a rescatarme. Jaime fue a avisar a Fernando y llegaron por nosotros. Eso pasó cuando el sol ya había cruzado un cuarto de cielo y yo había pasado por unos momentos de angustia y llanto.

Han pasado tres días y buscamos afanosamente salvar la vida de Arturo. ¡Arturo tiene que vivir!

El acoso comenzó por esos días, mientras Sol se recuperaba de la herida en el muslo y Arturo, en cambio, era evacuado hacia una casa campesina donde se decidiría si era mejor mandarlo a la ciudad. Sol estaba sentada en la hamaca, con las piernas colgando, cuando la sombra del comandante Fernando salió de la nada, recortándose sobre la luz remota y débil de la fogata. Empezó preguntándole si estaba bien, y ella dijo que sí: cansada, con hambre, pero bien. Él le preguntó si había tenido miedo, y ella le dijo que no, miedo no, porque para estas cosas la habían entrenado. «En todo caso», añadió, «muchas gracias. Nos salvaron la vida, comandante». Entonces Fernando se le acercó y le puso una mano en la pierna. «Usté sí es muy bonita, compañera», le dijo. El avance la sorprendió tanto que no supo decir nada, y su cuerpo se encontró de repente sin asidero ni punto de apoyo, flotando sobre una hamaca sin capacidad de reacción, de manera que pasó un segundo largo antes de que Sol lograra saltar a tierra sin hacerse daño en el muslo herido. «Fernando, no diga esas cosas», le dijo, «que eso no se puede». «Sí, compañera, tiene razón», dijo él. «Le prometo que no vuelve a pasar».

Pero volvió a la noche siguiente. «¿Así trata al que le salvó la vida?», le dijo. «¿No me quiere dar las gracias?». Había llovido y el aire estaba saturado de humedad, y en todas las caras se veía el brillo de la piel; Fernando, al acercarse, impregnó el aire con el olor de sus axilas. «Fernando, esto no se puede», le dijo Sol en voz baja pero firme, tratando al mismo tiempo de que nadie la oyera y de que no hubiera en su tono intimidad alguna. «¿Usté dejó novio?», le preguntó Fernando. «¿En dónde? ¿En China o en Medellín?». La escena era idéntica a la del día anterior: las últimas horas de una larga jornada, Sol sentada en la hamaca con las botas flotando en el aire, el cuerpo del hombre demasiado cerca de sus rodillas. Ayer había alargado una mano y se la había puesto sobre el muslo; hoy se le acercó tanto que ella alcanzó a notar su bragueta en la rodilla. Volvió a rechazarlo, pero Fernando parecía no entender; o parecía juzgar sin sospecha de error que los rechazos no eran sinceros: la niña burguesa metida a guerrillera se hacía perseguir, se hacía rogar. Volvió a intentarlo y Sol lo volvió a rechazar.

Así pasaron los días. El muslo herido se recuperó por completo: el cuerpo tenía ese talento increíble. Sol se dio cuenta de que Fernando había dejado de acercarse, como si la hubiera olvidado por completo.

Una tarde, mientras enseñaba el alfabeto a una clase de niñas campesinas, Sol sintió un calor que no era el del trópico. Esa noche, en cambio, la despertó un frío intenso, y necesitó varios segundos para darse cuenta de que no era frío lo que la agobiaba allí, en medio de la selva húmeda, sino unos estremecimientos del cuerpo tan fuertes que estaban sacudiendo la hamaca. Era la fiebre más alta que había sentido jamás. Se pasó días enteros acostada, sin poder levantar una mano para recibir el agua que le ofrecían sus compañeras, llorando un llanto callado por la violencia del dolor de cabeza, que no venía en punzadas, sino que era como si toda la sangre del cerebro la martillara desde dentro. Sudaba tanto en las noches que tenía que cambiarse de camiseta, y una vez fue necesario poner la hamaca al sol durante todo un día para secarla. Nunca se le ocurrió pedir remedios de ningún tipo, pero alguien buscó en la caleta las pastillas de cloroquina y volvió con la noticia de que se habían agotado. Pasaron dos semanas febriles antes de que llegara otra dosis, y Sol las atravesó como vadeando un río, yendo de la vulnerabilidad a la rabia y del desconsuelo a la paranoia, perdiendo la noción del tiempo y también la confianza en los que la rodeaban. Cuando empezó a recuperarse, le dijeron: «Por aquí estuvo visitándola el comandante Fernando. Usted estaba tan enferma que ni se dio cuenta».

«¿Y se acercó?», dijo Sol. «¿Se acercó a la hamaca y ustedes lo dejaron?»

Nadie entendió de dónde salían esas preguntas, y tal vez era mejor así. Habían sido ya muchas semanas de rechazar a Fernando con palabras amables, para que no se fuera a ofender, y, sobre todo, para que las demás mujeres no se dieran cuenta de lo que ocurría, porque las reacciones de todo el mundo eran impredecibles. Pero ahora, recién recuperada de la enfermedad, la idea de ese hombre acercándose a su cuerpo inerme le producía algo muy parecido al asco. Habría podido tocarla si hubiera querido; tal vez, pensó Sol, lo había hecho: ¿cómo saberlo? ¿Se notaba en un cuerpo el paso de una mano intrusa? Asco, sí, eso era.

La última intrusión tuvo lugar poco después de la convalecencia, cuando Sol había recuperado la vida activa. Una compañera cuya cara no retuvo, pero que había venido haciendo labores de enfermería, le trajo la noticia de que estaba anémica; a veces tenía dificultades para respirar, pero cada día la mejoría era sensible, y Sol pensó que estaba recuperando cierta normalidad. Entonces vino Fernando: de noche, con el fondo luminoso de la fogata, con la voz cambiada por lo que había venido a buscar. «Bueno, ¿y cuándo es que me va a regalar un besito?». Después le parecería curioso que en ese momento de debilidad extrema se sintiera más fuerte que nunca. «No me joda más o me voy», le dijo, «no se lo vuelvo a decir». Fernando dio un paso atrás. «Ay, se me puso bravita», dijo. Ella le dio la espalda y se alejó, y durante un par de segundos tuvo la seguridad de que el hombre la estaba siguiendo. Pero cuando llegó a la hamaca, medio esperando darse la vuelta y encontrarse con su cara desfigurada por el deseo, una inercia que no había anticipado se hizo cargo de sus manos, y en minutos había empacado su mochila con comida suficiente para el día siguiente. Era curioso que hiciera esas cosas sin darse cuenta del todo, movida por el repudio y no por la razón, y al mismo tiempo se sintiera más que nunca dueña de sí misma.

Caminó durante un día entero sin saber muy bien adónde iba, sólo movida por la urgencia de poner tierra de por medio entre Fernando y ella. Llegó a la casa de unos campesinos conocidos y pasó allí la noche, y la noche siguiente la pasó en otra casa: y así fue avanzando, casa campesina tras casa campesina, hasta que llegó a un pueblo de Tierralta donde podía encontrar un bus a Medellín. Tuvo que acudir a la caridad de los campesinos para completar el precio del pasaje, y ya en la montaña consiguió que un hombre le recibiera su cantimplora china a cambio de una mulera grande que le sirvió para esconder el uniforme. Cuando llegó al apartamento de los Cabrera en Medellín habían pasado tres días, y su madre tuvo que ayudarla a subir las escaleras porque a Sol no le daban las piernas. El médico que Luz Elena trajo de urgencia, un amigo de la familia, la vio y se maravilló de que siguiera viva.

«Tiene 4 de hemoglobina», dijo. «Es un milagro que esté caminando».

«Si supiera de dónde vengo», dijo Sol.

«¿De dónde?»

«De muy lejos», dijo Sol. «De lejísimos».