En la pantalla de la filmoteca, una guerrilla de caricatura se enfrentaba a una policía risible, todos personajes de vodevil que parecían salidos de una comedia de Berlanga. Allí había un sargento demasiado gritón, unos revolucionarios demasiado solemnes, un gringo bobo y malo al mismo tiempo, un cura mojigato pero lúcido, un traficante de armas cínico y un andaluz de chaquetilla flamenca y sombrero de ala ancha que recorría estos territorios en guerra manejando un bus de prostitutas. Sentado en la última fila entre el pasillo y Raúl, Sergio se preguntaba lo mismo de siempre: cuánto de lo que contaba se perdería en el largo camino que va de la pantalla luminosa a la butaca oscurecida del espectador; cuánto se quedaría enredado en el vacío de las culturas. La anécdota central de Golpe de estadio , esta película enloquecida, giraba alrededor de un partido de fútbol, y en eso, por lo menos, había una suerte de lenguaje universal, de esperanto narrativo. Las selecciones nacionales de Argentina y de Colombia iban a jugar un partido de eliminatorias para la copa del mundo de 1994, pero las antenas habían sido voladas por error y el único televisor del batallón se había roto en pedazos; de manera que guerrilleros y militares acordaban una tregua para recomponer un aparato improbable, fabricar una antena de papel aluminio y olvidarse, durante noventa minutos, de la guerra en la que estaban metidos. Era una fábula con historias de amor y final feliz; Sergio había sabido desde el principio que tenía que estar en la retrospectiva, pero además la había escogido para los días de su presencia. Pocos minutos antes de que comenzara la proyección, mientras el público se acomodaba en la sala, un espectador se le había acercado para preguntarle por sus razones. ¿Por qué no Ilona llega con la lluvia o Perder es cuestión de método , que eran maravillosas? ¿Por qué Golpe de estadio ? Para responder, Sergio sólo tuvo que señalar a Raúl:
«Porque cuando la estrené, este chico tenía días de nacido», dijo. «Y claro: con los ojos cerrados, el pobre no entendió gran cosa».
Era verdad, pero sólo en parte. Sí, quería estar junto a Raúl la primera vez que su hijo viera, en pantalla grande, esta película contemporánea de su nacimiento; quería usar la película también para recordar las emociones fuertes de aquel año de 1998, cuando Raúl llegaba al mundo al mismo tiempo que Sergio comenzaba a andar en la política. Había sido un paso breve por la Cámara de Representantes de Colombia, y lo que Sergio recordaba era la convicción, mientras editaba Golpe de estadio en ratos robados a las campañas, de que éste sería su último trabajo, un testamento en toda regla. En esa época no le pareció extraño que las preocupaciones del cine y de la política, aunque tuvieran un empaque tan distinto, acabaran reduciéndose a las dos palabras testarudas y eternas del vocabulario colombiano: la guerra y la paz. La película se había estrenado el 25 de diciembre, una suerte de regalo de Navidad para un país que por esos días naufragaba en sangre. Mataban las guerrillas, mataban los paramilitares y mataba el ejército, pero en la fantasía de la pantalla los enemigos se reunían y se abrazaban porque su equipo de fútbol le había metido cinco goles al rival. En esa época, cuando todos parecían de acuerdo en que Colombia era un naufragio, los intentos por hacer la paz fracasaban uno detrás de otro, y a veces le parecía a Sergio que ese fracaso era menos un accidente que una verdadera vocación: que el país no estaba hecho para vivir sin matarse. Y hacer esta película había sido un acto de descarado optimismo. Ahora habían pasado dieciocho años desde la película, y la realidad se había encargado de venir a darle una segunda vida.
Unas semanas atrás, a finales de septiembre, cuando Octavi Martí escribió desde la filmoteca para pedirle a Sergio la lista definitiva de películas que se proyectarían con su presencia, los colombianos estaban a punto de tomar la decisión más importante de los doscientos años de vida de la república. Se trataba de la votación, en un referendo sin precedentes, sobre un documento de trescientas páginas. «Salvo que no es un documento», había dicho Sergio en una entrevista. «Es un país nuevo». Eran los acuerdos de paz de La Habana. Desde finales de 2012, el gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc, la más antigua y acaso la más perniciosa del continente, habían estado reuniéndose en Cuba para buscarle una salida a un conflicto que ya superaba el medio siglo de existencia, que había dejado unos ocho millones de víctimas —los muertos, los heridos, los desplazados— y cuyas dinámicas infernales habían producido niveles de sevicia suficientes para provocar serias dudas sobre la salud mental de todo el país. Similares intentos se habían hecho en el pasado, siempre con resultados desastrosos, y era famosa la frase de un jefe guerrillero que en 1992, después del fracaso de las negociaciones que entonces se llevaban a cabo en México, se paró de la mesa diciendo: «Nos vemos dentro de diez mil muertos». Muchos más habían muerto desde entonces en esta guerra degradada sin que el mundo se hubiera enterado de ello. Pero todo eso había cambiado ahora.
El planeta entero había seguido los cuatro años de negociaciones. En un momento o en otro habían intervenido todos los que tenían algo que decir sobre el desmonte de un conflicto enquistado: los irlandeses que negociaron los acuerdos de Viernes Santo, los sudafricanos que negociaron la paz después del apartheid y hasta los israelíes que negociaron los acuerdos de Camp David. Cuando se dio en La Habana la noticia de que las partes habían llegado a un acuerdo, Sergio no pudo dejar de pensar que había ocurrido lo imposible: un país acostumbrado a la guerra iba a pasar la página y empezar de nuevo. Sólo faltaba que el pueblo colombiano aprobara los acuerdos en las urnas. Pero era un mero trámite, por supuesto, una formalidad: ¿pues a quién se le ocurriría que un país tan adolorido podía rechazar el final de la guerra?
De manera que Sergio, esa tarde de septiembre en que se puso a escoger las películas que se proyectarían con su presencia, se dio cuenta de que la retrospectiva de Barcelona iba a tener lugar en un mundo nuevo: un mundo donde había una guerra menos. En otras palabras: pensó que allí, frente al público de la filmoteca, tendría el privilegio de pasar adelante después de la proyección de Golpe de estadio y pronunciar unas palabras que antes habrían sido impensables. Diría: «Esta comedia sobre una paz absurda se acaba de proyectar, por primera vez, en un mundo donde se ha conseguido una paz de verdad». O tal vez: «Esta película se hizo hace dieciocho años en un país en guerra. Hoy, mientras la vemos aquí en Barcelona, el país de la película ha encontrado la paz». O alguna frase similar, dulcemente efectista, idealista pero no inocente. Pensando en eso incluyó Golpe de estadio , mandó el correo y se dedicó a vivir esa semana larga que conducía al domingo del referendo.
Fueron días difíciles, pero no sólo por la importancia del momento político. De hecho, la vida parecía dejarle a Sergio poco tiempo para pensar en la magnitud de lo que se avecinaba para todos, pues apenas si tenía suficientes energías para gestionar lo que le pasaba a él mismo. Al tiempo que respondía a las peticiones de la filmoteca —consiguiendo materiales de archivo sobre su vida y su obra, aceptando algunas entrevistas y declinando amablemente otras— estaba metido de cabeza en los preparativos para la serie sobre la vida de Jaime Garzón. Era un trabajo agotador para el cual se necesitaban más horas de las que tenían los días. Sergio atravesaba la ciudad buscando las locaciones, a veces investigando arduamente para descubrir los espacios reales donde había sucedido la vida real de su personaje, a veces inventando espacios ficticios y tratando de imaginar la historia superpuesta a una casa, a una calle, a un restaurante que probablemente Garzón no había pisado nunca. ¡Qué difícil era imaginar una historia sobre un hombre real que además hemos conocido! Otra parte de los días la pasaba haciendo la audición de actores: tratando de encontrar a un Garzón niño, a un Garzón adolescente, a un Garzón adulto, a lo largo de horas interminables que se sucedían en una oficina de la productora, bajo luces blancas que al cabo del tiempo cansaban los ojos. Sergio escuchaba parlamentos que conocía demasiado como para que lo sorprendieran; buscaba en caras ajenas y cuerpos ajenos el fantasma de un viejo amigo muerto. Y mientras todo esto ocurría, no dejaba ni por un instante de pensar en Silvia, sentía el vacío de su ausencia y se preguntaba si su matrimonio habría fracasado sin remedio.
Durante esa semana habló con ella todos los días, casi siempre en las mañanas, y luego aprovechaba los tiempos muertos para escribir largos mensajes de WhatsApp que eran como las cartas de un prisionero: un prisionero que no hubiera perdido el sentido del humor. En esos mensajes parecía que compartieran una vida cotidiana, y a veces habría sido posible creer que vivían aún en la misma ciudad. Sergio nunca los escribió sin la convicción de que esto —la palabra breve que contenía la enormidad de su situación— podía arreglarse, aunque sólo fuera por la evidencia de lo mucho que se querían o, mejor dicho, porque se querían demasiado como para no acabar juntos, aunque fuera por pura testarudez. La idea de no volver a vivir con su hija Amalia lo atormentaba hasta quitarle el sueño. Hacía rato que había comenzado a odiar el silencio estúpido de las mañanas sin ella, y también para eso le servían los mensajes en mitad del día: para recibir una foto de su hija haciendo muecas, o un mensaje de audio, o incluso un video en que Amalia daba vueltas sobre el parqué del salón con una muñeca desnuda en cada mano, mientras al fondo sonaban las voces infantiles de la televisión, hablando en un portugués incomprensible.
Entre tanto el país, ajeno a los problemas de su matrimonio con Silvia, perfectamente desentendido de las dificultades de encontrar una casa para Jaime Garzón, avanzaba hacia la fecha del referendo. Por entonces lo llamaron de una ONG para pedirle un video de veinte segundos en defensa de los acuerdos de paz. «Estamos viviendo los últimos momentos de la guerra», dijo. «No sé si la gente se da cuenta». Pero tal vez lo normal, lo predecible, era que la gente no se diera cuenta. ¿Por qué habría de ser distinto, pensaba Sergio, si ninguna de estas personas con las que se cruzaba sabía realmente lo que era la guerra? Se había hablado mucho de eso en estos días, en las columnas de opinión y en los programas de debate: una brecha enorme se había abierto en el país entre los que vivían la guerra y los otros, los que la habían visto en los noticieros o habían leído acerca de ella en las revistas y los periódicos. Y ése no era el único desacuerdo. Bastaba salir a la calle para sentir la crispación en el ambiente, un clima de enfrentamiento que era nuevo para Sergio porque ocurría en el lugar sin lugar de las redes sociales. Él, que nunca se había aventurado en aquellos mundos de electrones, recibía de vez en cuando los reportes sobrenaturales que llegaban de un país irreconocible. Se decía que los acuerdos de paz de La Habana iban a abolir la propiedad privada. Se decía —¿pero quién decía?— que, si se aprobaban los acuerdos, Colombia caería en una dictadura comunista. Fausto Cabrera, que había perdido interés en casi todo, que desde su último viaje a China pasaba los días encerrado y sin hablar con nadie que no fuera su esposa Nayibe, salió de su mutismo una tarde en que Sergio lo visitaba.
«Lo mismo decían cuando yo tenía treinta años», dijo.
«¿Lo de la amenaza comunista?»
«Y cuando tenía quince también, ahora que lo pienso. Ese truquito parece bobo, pero sí que ha servido para mucha cosa».
Sergio escuchaba a los actores aspirantes, que trataban de imitar a Jaime Garzón, y le escribía a Silvia mensajes llenos de claves secretas como un adolescente enamorado, y mientras tanto seguían llegando los reportes sobrenaturales de ese otro país de existencia paralela. Un taxista que lo llevó al centro le preguntó cómo iba a votar el domingo. «Voy a votar por el Sí», dijo Sergio. El taxista lo miró por el retrovisor.
«No, yo no», dijo. «Porque no hay derecho, jefe».
«¿No hay derecho de qué?»
«A los guerrilleros les van a pagar el salario mínimo. ¿Y usted sabe de dónde va a salir esa plata? De nuestras pensiones. Yo llevo trabajando toda la vida, ¿y para qué? ¿Para pagarles a estos hijueputas sólo por no matarnos más? No, yo a esa vaina no le jalo».
No era cierto, pero Sergio no tuvo problemas para comprender el sentimiento. Se quedó callado, porque se dio cuenta de que no tenía herramientas para convencer al hombre. Era su palabra contra la de Facebook; era su pobre argumento de pasajero indocumentado contra la autoridad de Twitter. Algo parecido, pero mucho más alarmante, sucedió el sábado antes del referendo. Sergio tuvo que salir de la ciudad para buscar un pueblo parecido a Sumapaz, donde Jaime Garzón había sido alcalde en sus años de juventud (usar el pueblo de verdad, que quedaba a cuatro horas por carreteras de montaña, era impracticable), de manera que la productora le asignó una camioneta blanca con un logo visible en el costado y un conductor, un hombre bajito y de bigote que necesitaba un grueso cojín para elevarse lo suficiente por encima del timón. El tráfico de salida de la ciudad había tomado la densidad de los días soleados, así que Sergio, previendo un viaje largo, decidió esta vez preguntar primero: «¿Y usted cómo va a votar mañana?». Al hombre le cayó una sombra en la mirada.
«Yo sé de qué lado está usted, don Sergio», le dijo casi con lástima. «Pero yo soy cristiano. A mí no me pida que acepte esa aberración».
«No le entiendo», dijo Sergio.
«De esto se ha hablado mucho en mi iglesia. Y una cosa es la paz, pero esto no puede ser. Esto es un ataque contra la familia cristiana. Dígame la verdad, don Sergio: ¿usted quiere eso para sus hijos?»
No hubo más conversación mientras viajaban hacia el Salto del Tequendama. Tampoco en los momentos de espera, mientras Sergio caminaba por un pueblo y luego por el pueblo vecino para ver cuál se parecía más al original. Pero esa noche Sergio trataba de escribir un largo mensaje de WhatsApp para Silvia cuando tembló el teléfono. En el video aparecía Alejandro Ordóñez, que acababa de salir de su cargo como procurador general de la nación. A Sergio siempre le había parecido un fanático religioso, un verdadero ultra de corbata, que durante años había utilizado el inmenso poder de su cargo para sabotear todo lo que desafiara su moral de lefebvrista, desde el derecho al aborto hasta el matrimonio homosexual. Y ahí estaba Ordóñez en el video, acusando al gobierno de usar la paz como excusa para «imponer la ideología de género». «Piénselo bien el dos de octubre», decía el hombre con su ominosa voz nasal. «Usted decide el futuro de sus hijos. Usted decide el futuro de la familia colombiana». Nunca citaba las líneas del acuerdo que destruirían la familia; nunca se refería al párrafo exacto en que el acuerdo arruinaría el futuro de nuestros hijos. Pero eso no era necesario, aparentemente, para que el video llegara a los sermones de los pastores. Sergio pensó: Aquí está pasando algo . Con esa idea, que no alcanzó a convertirse en inquietud, se fue a dormir.
El domingo amaneció nublado. A media mañana, Sergio empezó a caminar desde su apartamento de la calle 100 hasta la Hacienda Santa Bárbara, dieciséis calles al norte, el centro comercial donde estaba su mesa de votación. Decían que la ciudad viviría una fiesta, pero en la carrera Séptima, donde unos pocos padres sacudían banderas más grandes que sus niños y los pitos de los carros cortaban la quietud, era como si la fiesta no hubiera comenzado todavía. Desde lejos había alcanzado a ver, como siempre que caminaba por esa zona, la escultura de Feliza Bursztyn que se levantaba en la falda de los Cerros Orientales, y ahora, al acercarse a la Escuela de Caballería, la memoria le estaba trayendo cosas que él no había pedido, como un gato que nos deja en la puerta la ofrenda de un ratón recién cazado. Allí mismo, en alguna parte de estas instalaciones que ahora se levantaban a ambos lados de la avenida, había pasado Feliza Bursztyn las peores horas de su vida. El año era 1981. A las cinco de la mañana de un viernes (Sergio recordaba la hora y el día, pero no el mes: ¿julio, agosto?), un grupo de militares vestidos de civil, miembros de los servicios de inteligencia del ejército, entraron a la fuerza en su casa, la registraron de arriba abajo y, después de no encontrar nada, se la llevaron detenida a ella con la acusación imprecisa de colaborar con la guerrilla del M-19. El atropello duró once horas: once horas de contestar a preguntas absurdas con una venda cubriéndole los ojos, amarrada a una silla en las caballerizas de los militares: once horas con miedo. Tan pronto como la soltaron, por incapacidad de probar nada o por considerar el escarmiento terminado, Feliza corrió a refugiarse en la Embajada de México. En pocos días estaba saliendo de Colombia. Seis meses más tarde, sin haber llegado a los cincuenta años, murió de un ataque cardiaco en París. Sergio no podía decir que Feliza fuera su amiga, pues no la había visto más de cuatro o cinco veces, en exposiciones y reuniones de conocidos. Por eso lo sorprendió que la noticia de su muerte le doliera tanto. Ahora recordaba esa sorpresa, esa noticia, esa muerte.
Así que ése también era uno de los escenarios de la guerra, pensó. Bogotá era así: uno iba caminando distraídamente, ocupándose de sus asuntos, y en cualquier esquina podía saltarle a la cara la historia de violencia del país. Mientras dejaba atrás las instalaciones militares donde Feliza había sido interrogada y manoseada treinta y cinco años atrás, Sergio pensó que unas cuadras más al sur, sobre esta misma avenida Séptima, estaba el monumento a Diana Turbay, la periodista secuestrada por Pablo Escobar y muerta durante la operación que trató de rescatarla; y todavía más al sur estaba el club social donde las Farc metieron doscientos kilos de explosivos C-4 en un carro pequeño y lo hicieron estallar en los estacionamientos: treinta y seis personas murieron. Y si uno seguía caminando sin desviarse podía llegar a la esquina de la avenida Jiménez, el lugar donde Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado de tres tiros en 1948. Muchos decían que allí, ese 9 de abril, había comenzado todo realmente. Sí, pensó Sergio, la guerra colombiana era una larga avenida; y si era verdad que todo había comenzado con la muerte de Gaitán en la carrera Séptima con avenida Jiménez, ahora Sergio llegaba a un centro comercial del otro lado de la ciudad, unas cien calles más al norte sobre la misma carrera, para terminar con la guerra metiendo su voto en una caja de cartón. Presentó su cédula, puso una cruz donde tenía que ponerla y dobló el papel para meterlo por la ranura, pero en el momento de hacerlo notó que hablaban de él. La gente lo había reconocido, y cuando Sergio recibió de vuelta sus documentos y empezó a alejarse, oyó una voz de mujer madura que decía:
«Ése es de los que quieren entregarle el país a la guerrilla».
Horas más tarde, después de almorzar por su cuenta en la soledad de su apartamento sin Silvia y sin Amalia, llegó a la casa de Humberto Dorado. Era un actor que había acompañado a Sergio desde su primera película, Técnicas de duelo , donde hacía el papel de un carnicero que tiene que matar a un maestro de escuela por una cuestión de honor, y luego fue Maqroll el Gaviero en Ilona llega con la lluvia y el cura en Golpe de estadio : la suya era una amistad de casi treinta años que les daba muy pocas sorpresas, y acaso por eso era tan bonita la idea de estar juntos cuando se anunciara la aprobación de los acuerdos: eso sí que era lo más sorprendente que les había pasado.
«Quién lo iba a decir», dijo Humberto. «Yo pensé que Bogotá iba a tener metro antes de que el país tuviera paz».
Sergio no había traído una, sino dos botellas de un Rioja extraordinario, regalo de un productor madrileño, que llevaban siete años durmiendo en cajas de madera mientras llegaba una ocasión propicia; Humberto, bebedor de whisky, había puesto su propia botella sobre la mesa de vidrio. Así pasaron las horas, hablando de proyectos futuros mientras el televisor encendido soltaba sus monólogos sin que le hicieran caso, como un invitado con el que nadie habla, y se mostraban imágenes ominosas de la costa caribeña, donde el paso del huracán les había impedido a cientos de miles de ciudadanos salir a votar. Hacia el final de la tarde, cuando empezaron a anunciarse los primeros partes de la votación, fue evidente que las cosas no iban como se esperaba. El cielo bogotano comenzó a ponerse prematuramente oscuro y los teléfonos empezaron a temblar con los mensajes que llegaban de todas partes. En algún momento Humberto, cuya dulzura de carácter era legendaria, tiró el control de la televisión y dijo para nadie:
«Vida hijueputa».
Esa noche Sergio no durmió bien, y al día siguiente estaba fuera con las primeras luces, tratando de despejar la cabeza en el aire frío de la madrugada bogotana. Las calles estaban desiertas. Sergio subió hacia la Séptima, le tomó una foto a la escultura de Feliza y se la mandó a Silvia: «Este país no tiene arreglo», le escribió con rabia. Las primeras noticias decían que los acuerdos habían sido derrotados por un margen de unos cincuenta mil votos: la cantidad de gente que va a un partido de fútbol en el estadio El Campín. A Sergio le pareció que lo que había sucedido era mucho más misterioso, y sobre todo más grave, que una derrota política. ¿Pero qué era? ¿Qué decía de los colombianos el rechazo de los acuerdos? ¿Qué futuro se les venía encima en el país dividido y enfrentado que dejaba el referendo, un país donde las familias se habían roto y se habían roto las amistades, un país donde la gente parecía haber descubierto razones nuevas y poderosas para odiarse a muerte?
Las mismas preguntas lo siguieron agobiando días después, al llegar a Barcelona, mientras se iba dando cuenta poco a poco de que lo sucedido en Colombia no se había quedado en Colombia. Todos los periodistas le preguntaban al respecto, todas las conversaciones trataban de tocar el tema, porque nadie lograba entender que un país que lleva medio siglo en guerra hubiera votado en contra de acabarla. Así se lo dijo a la periodista de La Vanguardia , que le había preguntado sobre los años remotos de su incursión en la política. Sergio se justificó: «Si uno desprecia la política, acaba gobernado por los que desprecia», dijo. «¿Y por qué la abandonó?», preguntó la periodista. «Por amenazas», dijo Sergio. «Empecé a preparar un debate. Yo estaba en la Comisión de Asuntos Militares. Pero había estado en la guerrilla, aunque fuera casi treinta años antes, y eso no le hizo gracia a la extrema derecha, que por esos días mataba a diestra y siniestra. Y así acabé amenazado de muerte». «El no a la reconciliación le ha debido de doler», dijo entonces la periodista. «Bueno, es que ganó la mentira», dijo Sergio. «Hace unos días, uno de los estrategas de la campaña explicó cuáles habían sido las herramientas que utilizaron. Y da mucha tristeza». Se refería a una noticia que había sido como un terremoto, una razón más para el enfrentamiento de un país que ya se encontraba peleado consigo mismo. Delante de la grabadora encendida de un periódico nacional, durante una entrevista con todas las de la ley, el gerente de la campaña de oposición a los acuerdos había declarado, sin que se le moviera una ceja, que su estrategia había sido diseñada para explotar la rabia, el miedo, el resentimiento y las angustias de los colombianos. Puso en palabras breves su objetivo: «Queríamos que la gente saliera a votar berraca».
«¿Qué es berraca ?», preguntó la periodista.
«Enfadada, pero mucho más», dijo Sergio. «Como estamos todos en este momento».
Ahora, en la pantalla de la Filmoteca de Catalunya, Golpe de estadio —su guerra de vodevil y su paz de cuento de hadas— estaba llegando a su fin. A Sergio lo embargó una extraña melancolía. Tal vez fuera la coincidencia de los dos sucesos, el rechazo de los acuerdos y la muerte de Fausto, o tal vez la circunstancia añadida del naufragio de su matrimonio; en cualquier caso, allí, en el auditorio de la filmoteca, sentado junto a Raúl tan cerca que sus hombros se tocaban, Sergio sintió fugazmente que el cariño de sus hijos era lo único firme que le quedaba en la vida, pues todo lo demás —su padre, su matrimonio y su país— se había descompuesto de repente, y lo que se veía era un paisaje en ruinas: la ciudad después del bombardeo.
En eso estaba pensando cuando la gente empezó a aplaudir y llegó su turno de pasar adelante. Descubrió que no estaba de ánimo para la sesión de preguntas y respuestas; deseó que todo hubiera pasado ya: quiso cerrar los ojos y encontrarse al abrirlos en su cuarto de hotel, encendiendo el televisor, buscando con Raúl una película vieja. Para cuando se acomodó en una silla alta, frente a un micrófono negro que se había materializado en el tiempo que le tomó llegar desde su fila, ya un hombre de chaqueta roja —una de esas chaquetas nuevas, hechas de burbujas como un edredón de plumas— esperaba de pie en medio de la gente como una amapola extraviada en su campo. Un moderador saludó en catalán y presentó brevemente a Sergio, cuya presencia los honraba, y habló con gratitud de los grandes sacrificios que Sergio había hecho para estar en esta retrospectiva de su obra. Sergio reconoció al joven que lo había recogido en el aeropuerto el día en que llegó de Bogotá: el flaco barbudo que ese día llevaba una camiseta de presidiario, y esta noche, en cambio, una camisa de leñador mal planchada. Sergio saludó, agradeció la invitación de la filmoteca, abrió la botella de agua que lo esperaba sobre una mesita redonda y bebió un sorbo. Iba a señalar al hombre de la chaqueta roja, pero el moderador le había dado un micrófono inalámbrico a alguien más. Era una mujer de unos sesenta años, de pelo gris y gafas de marco rojo, que comenzó a tutearlo desde la primera palabra, como si continuara una conversación de amistad que la película había interrumpido.
«Tu padre acaba de morir, Sergio», dijo. «Lo siento mucho».
«Gracias», dijo Sergio.
«Quería preguntarte: ¿fue una figura importante para tu cine? ¿Y qué le pareció Golpe de estadio ?»
«Le gustó», dijo Sergio, soltando la breve risa de su timidez. Era un gesto nervioso que lo había acompañado siempre: esa risa cortada encabezaba sus frases como los nudillos que golpean en la puerta antes de entrar. «Y le gustó su papel, cosa que no era fácil. A la otra pregunta: sí, fue muy importante para mí. Sin mi padre, nunca me habría dedicado al cine. Él me enseñó a actuar, allá por los años cincuenta. Él me enseñó a dirigir a un actor. Ha estado tan presente en mi vida que sale en casi todas mis películas».
«En estos días leí una entrevista que diste», dijo la mujer. «Allí contabas que estuviste en la guerrilla de tu país. ¿Eso te sirvió para la película?»
«Bueno, me sirvió para saber de qué estaba hablando. Esta película es una caricatura, pero para hacer caricaturas conviene conocer el modelo real. De todas formas, la guerrilla que yo conocí no se parece a la de la película. Yo entré a la guerrilla en 1969. Todo era distinto. Creíamos de verdad que la lucha armada era la única manera».
La mujer iba a decir algo más, pero Sergio miró hacia otra parte y su gesto bastó para que el moderador buscara la siguiente pregunta. Sergio se dio cuenta de que el hombre de la chaqueta roja no se había sentado durante el intercambio: escuchaba el diálogo de pie en su sitio, como si no quisiera que se olvidaran de él. Pero su turno no llegó todavía: el micrófono pasó de mano en mano en la dirección opuesta, alejándose de él como flotando sobre las olas de la gente, y fue a parar a un extremo del auditorio. Sergio se puso la mano en la frente, como una visera, porque la silueta estaba justo debajo de una luz potente que lo deslumbraba. El efecto era bellísimo: la luz formaba una corona sobre la cabeza de la mujer —era nuevamente una mujer— como el aura de una virgen de Da Vinci.
«Sólo tengo una pregunta: ¿tú disparaste? ¿Tú usaste armas de fuego?»
Sonó un murmullo.
«Bueno, sí», dijo Sergio. «Eso es lo que pasa en esas situaciones: uno dispara o le disparan». Se hizo un silencio duro. «Mire, yo no soy una persona que crea en la violencia, pero en esa época la vida nos llevó a pensar que la lucha armada era el único camino. Ahora el país ha cambiado, claro. Sí, ahora es posible participar en política sin necesidad de recurrir a la lucha armada. Y sin embargo sigue siendo un país profundamente injusto».
«¿Puedo hacer otra pregunta?»
El público volvió a murmullar. «Claro», dijo Sergio.
«¿Hoy harías la misma película? Quiero decir, ¿qué película harías hoy?»
Sergio se acomodó en su silla.
«Tal vez no haría una comedia», dijo. «Todos los cineastas sabemos que el público prefiere las comedias: tienen más posibilidades de tener éxito de taquilla. Pero la filmografía colombiana de los últimos años no ha ido por ahí. Es un país que vive una guerra dramática, con problemas de corrupción, de narcotráfico, y sería sospechoso que los colombianos hicieran un cine complaciente… Siempre me ha llamado la atención lo que sucedía con el cine de los países socialistas. Nos mostraban lugares maravillosos, verdaderos paraísos, y el día que cayó el Muro de Berlín descubrimos que todo eso era una farsa: que tenían los mismos problemas que nosotros, incluso más graves. Ese cine de propaganda, ese cine al servicio del Estado, camuflaba la realidad. Yo creo que el cine colombiano no lo hace. Tal vez creemos que la única forma de que las cosas cambien es mostrándolas. Es lo que sucede ahora con el proceso de paz: la única manera de hacer la paz es así, raspando las heridas».
Se arrepintió tan pronto lo dijo. No era lo más sabio del mundo poner el tema sobre la mesa, pero ya era demasiado tarde para echar marcha atrás: la mujer había agarrado la oportunidad al vuelo.
«Ahora que lo mencionas», dijo, «yo quisiera saber qué opinas de lo que acaba de pasar en tu país. Con el fracaso de la paz, quiero decir. ¿No puedes hablar un poco de eso?»
«Prefiero darle la palabra a alguien más, si no le importa», dijo Sergio. El hombre de la chaqueta roja seguía en su sitio con una indiferencia casi vegetal. El moderador también se había fijado en él, y ahora le daba la palabra. El hombre esperó a que le llegara el lento micrófono viajero. Parecía tener todo el tiempo del mundo, y mostraba su paciencia con esa expresión singular que adopta la cara de quienes están tan convencidos de tener la razón que soportan sin chistar cualquier agravio. Era joven, a pesar de la calva, pero bastó que comenzara a hablar para que Sergio reconociera la misma solemnidad que había visto tantas veces en tantos lugares.
«Señor Cabrera», le dijo, «usted fue guerrillero, y, como usted dice, “disparó para que no le dispararan”. Pero en esta película decidió burlarse de la guerra. ¿Por qué?».
Sergio tomó otro sorbo y soltó su risa breve.
«Bueno, no estoy de acuerdo», dijo. «Mi intención no fue nunca burlarme de nada. La película es una comedia».
«Pero también es una burla», dijo el hombre. «Se burla de cosas muy dolorosas. ¿Para eso hace cine usted, para burlarse de cosas que son dolorosas para mucha gente? Colombia tiene muchos problemas, y uno de esos problemas es la guerrilla. Y usted parece que se lo toma a la ligera».
«Sí, la guerrilla es un problema», dijo Sergio. «Pero también es un síntoma: un síntoma de los muchos problemas que tiene el país. Es que Colombia sigue siendo un país injusto, a pesar de que haya progresado».
«Pues perdóneme», dijo el hombre, repentinamente altanero. «Pero si el país es tan injusto, ¿usted por qué no se vuelve al monte?»
«¿Cómo?»
«¿Por qué no vuelve a agarrar las armas? ¿O no está dispuesto a arriesgar la vida por esas ideas que tiene?»
Sergio suspiró y esperó que nadie lo hubiera notado. No era la primera vez que recibía ataques parecidos. ¿Por qué estaba tan molesto de repente? Sí, habían sido días largos de emociones fuertes, pero todo aquello había quedado atrás: el entierro de su padre, las condolencias que había contestado con breves mensajes telefónicos y las que había dejado de contestar. Sergio comenzó a contar una historia, o a hablar en el tono de quien cuenta una historia, no de quien se defiende de una pregunta maliciosa.
«No saben ustedes lo difícil que fue hacer Golpe de estadio », dijo. «¿Saben por qué? Porque a unos amigos se les ocurrió por esos días formar un partido político. Y me pidieron, no, me rogaron que me presentara a las elecciones. A mí lo que me interesaba era seguir haciendo cine, seguir haciendo mis películas. Era lo que había querido hacer toda la vida, y por fin me estaba saliendo bien. Pero los amigos tienen esa capacidad para convencerlo a uno. Y no es porque sean amigos, sino porque conocen nuestros puntos débiles. Conocían los míos: me hablaban del sentido del deber, de la responsabilidad como ciudadano, esas cosas. Y entonces me encontré con un problema: mis amigos tenían razón. Así que acepté. Filmaba mi película lejos de Bogotá, en sitios de difícil acceso, porque la historia ocurre en la selva, como han visto ustedes. Y el sábado cogía una avioneta con un miedo horrible a que se cayera, y me iba a hacer campaña en los barrios pobres de Bogotá. Tuve tan mala suerte que me eligieron».
Sergio rio y la gente rio con él. Miró hacia las primeras filas: encontró a Octavi Martí, no recostado en el respaldo de su silla sino echado hacia adelante, siguiendo sus palabras con cejas levantadas. Continuó:
«Fui vicepresidente de la Cámara de Representantes, imagínese. ¡Yo, que sólo quería hacer películas! El cine quedó interrumpido, y sí, fue como si me hubieran cortado una mano. Pero el sentido del deber… La responsabilidad ciudadana… Todo eso es un chantaje».
Sergio calló un instante. Tomó un trago de agua, luego otro. Después dijo:
«Las amenazas comenzaron a llegar a los pocos meses. No estoy hablando de cartas antipáticas, no: estoy hablando de sufragios de condolencia que me llegaban a mi casa con mi nombre escrito, regados con tinta roja como si fuera sangre. Venían con ataúdes pequeñitos, pequeños como un juguete de niño, si es que hay niños que jueguen a los ataúdes. Y en los ataúdes, adentro de los ataúdes pequeños, venía un pedazo de carne que había comenzado a oler a podrido. No fui el único que recibió amenazas: también mi madre las recibió, y mi hermana. Aquí en el público está mi hijo Raúl, que vive en Marbella y ha venido para ver estas películas: se ve que no tiene nada mejor que hacer». La gente rio de nuevo. Algunos miraron a izquierda y derecha, tratando de identificar al hijo de Sergio Cabrera. «Pues Raúl no se acordará de esto, pero sus primeros dos años los pasó jugando con los guardaespaldas armados que me asignó el gobierno. Yo tengo esas fotos: mi hijo montando en un triciclo mientras un hombre de corbata que se ha quitado la chaqueta lo persigue sonriendo, con una pistola en su cartuchera… En fin: después de las amenazas, todo quedó en manos del departamento de inteligencia de la policía, que se portó muy bien con nosotros. Un día nos llamaron a la oficina de un ministro. Mejor dicho: me llamaron a mí, y al llegar me encontré con que no era el único. Ahí estaba Jaime Garzón, un humorista maravilloso. Tenía el mejor programa de sátira política de la televisión de esos tiempos, y resultó que también había estado recibiendo amenazas. No me sorprendió del todo. Hablamos del asunto. Nos explicaron que en el país nos querían mucho, que era poco probable que alguien se atreviera a hacernos daño. Pero un día, poco después de eso, se atrevieron. Mataron a Jaime Garzón».
Tomó un trago de agua. El silencio era total.
«Entonces me citaron otra vez y me dijeron, en más palabras, que las cosas habían cambiado. Que me olvidara de todos los mensajes tranquilizadores: mi vida estaba en peligro y era mejor que me fuera del país. Mi hermana y mi madre se tuvieron que ir también. Ellas se fueron a Guyana y yo estuve viviendo varios años en Madrid. El cine se fue a la mierda, claro, y perdí dinero, y perdí mi lugar como director de cine y tuve que reinventarme como director de televisión. Lo pude hacer, y haber dirigido Cuéntame cómo pasó es una de las grandes satisfacciones que he tenido. Y por eso siento que le debo tanto a España».
Aquí dejó de hablar, y fue como si alguien hubiera interrumpido una transmisión. El hombre de la chaqueta roja, confundido, dijo:
«Sí, pero yo le preguntaba…».
«Yo sé lo que me preguntaba usted», lo cortó Sergio con la voz cambiada. «Y mi respuesta es ésta: yo creo en la paz, aunque no esté saliendo bien, y creo que hay que seguir buscándola. Si les he contado todo esto es para que vean, para que usted vea, que siempre he defendido mis ideas con mi vida. Dígame una cosa, señor: ¿usted puede decir lo mismo?»
«Vale, dejémoslo así por hoy», intervino el moderador, entrando afanado en escena. En todas partes del auditorio empezaron a hablar las voces. Alguien dijo que tenía una pregunta, pero en vano, porque el moderador ya había pasado al catalán y estaba recordándoles a todos que durante los días siguientes se proyectarían cinco obras más de Sergio Cabrera. Esperaba que hubieran disfrutado Golpe de estadio y les deseaba, en nombre de la Filmoteca de Catalunya, una feliz noche. Muchas gracias.
Aquí y allá sonaron, esparcidos, reticentes, los últimos aplausos de la jornada.
Esa noche, cuando Raúl se había dormido en la cama vecina, le escribió a Silvia. Creo que el mostrarme agradecido nunca ha sido una de mis características , le dijo, pero soy agradecido, siempre lo he sido aunque en silencio, en secreto, como si me avergonzara de ello. Y no sé por qué, si a viva voz podría gritar muchísimos agradecimientos por todas las cosas que me han sucedido a lo largo de mi vida: por mis hijos, a los que adoro y porque me siento adorado por ellos, por mis éxitos profesionales que han sido numerosos y frecuentes, por mi suerte, sin la cual esas y otras cosas quizás nunca habrían sucedido . Levantó la cabeza, porque un ronquido leve salía de la almohada de Raúl. Pero sobre todo, me siento agradecido con el destino por haberte conocido. Y esto no es algo que se me ocurre ahora en medio del vendaval por el que estamos pasando, no, y tú lo sabes, esto es algo que te he repetido mil veces. Te lo he dicho suavemente al oído, en voz alta, en mis cartas y en mis notas, y te lo digo ahora con todo mi corazón: he sido un hombre muy afortunado. Y quiero seguir siéndolo .