La llegada a Bogotá no estuvo libre de incidentes. El papa Pablo VI iba a venir de visita a Colombia, y su avión aterrizaría en las próximas horas, de manera que el aeropuerto hervía de gente. Pero el problema no era ése, sino que Sergio había escondido sus apuntes sobre fabricación de explosivos en el compartimento de los cables de su grabadora de cinta, con tan mala suerte que eso fue lo único que decomisó la aduana; y aunque el hecho no era demasiado grave —pues, incluso si las autoridades llegaban a encontrar el documento, no sabrían leerlo—, Sergio sintió que había perdido información importante. Durmieron una noche en Bogotá y al día siguiente volaron a Medellín, donde sus padres estaban instalados desde su regreso por indicación de la Dirección Nacional del Partido. Los dirigentes habían considerado que Medellín era mejor que Bogotá, dada su proximidad con la sede de la dirección en el valle del Sinú, y que allí debía Fausto instalar lo que él llamaría su cuartel general. Para Sergio, todo era raro: que la gente hablara en español, que el español les resultara familiar, que la familia lo recibiera como si él fuera el mismo niño inocente que se había ido, y no un hombre que sabía manejar todas las armas y estaba listo para cambiar el mundo. Era raro también que sus padres llevaran una doble vida de la que Sergio no había recibido, hasta ahora, mayores noticias; pero la correspondencia, por más códigos que se utilizaran, no permitía hablar de ciertas cosas, o más bien había ciertas cosas que se tenían que explicar de viva voz y de manera directa. Pero así era: ni sus abuelos ni sus tíos tenían la menor sospecha de que los Cabrera no hubieran estado cinco años en Europa, ni de que no fueran el hombre de teatro y el ama de casa —un poco rebelde y llevada de su parecer, eso sí: vivir en Europa cambia a las mujeres— que eran en su vida visible.

Luz Elena había comenzado a trabajar desde el principio con sociedades de mujeres de los barrios populares. Les ayudaba a conseguir fondos, les servía de embajadora ante las clases más acomodadas, les sugería la posibilidad de que llenarse de hijos no fuera lo mismo que servir a Dios. Durante los últimos meses de su vida en Pekín había gastado su salario en la calle Liulichang, y al llegar a Colombia tenía suficientes antigüedades y muebles y obras de arte como para montar una exposición; y eso fue exactamente lo que hizo en el Museo Zea, no sólo como empresa cultural, sino como fachada táctica. Fausto, por su parte, había comenzado a hacer teatro desde su regreso, hacía ya más de dos años, pero ya no quería montar nada de Molière, ni siquiera de Arthur Miller o Tennessee Williams, sino que se había obsesionado con la idea de la creación colectiva. El teatro de cámara era hecho por burgueses y para burgueses, el concepto de autor era egoísta y retrógrado, y él había aprendido en China que la escena también podía ser, debía ser , un arma al servicio del cambio. Mientras tanto, el partido lo había nombrado secretario político de una célula urbana, de manera que el teatro le serviría también para camuflar sus actividades.

El detonante fue una polémica en que se vio metido poco después de regresar a Colombia, cuando Santiago García lo invitó a participar en un festival de teatro de cámara. García era aquel alumno de Seki Sano con quien Fausto había hecho un montaje maravilloso de El espía , de Brecht; ahora se había convertido en director de la Casa de la Cultura, una compañía de calidad que se había instalado en una casa bonita de la calle 13, en el centro de Bogotá, y ya comenzaba a ganarse con montajes cuidados el aprecio del público. La invitación de García era una manera de darle la bienvenida a un colega que había estado muchos años fuera, pero Fausto agarró la oportunidad al vuelo para sus propios intereses: en una carta abierta rechazó la propuesta, diciendo que el teatro de cámara no era para estos tiempos, que en Colombia se debía hacer teatro popular, que lo demás era reaccionario y elitista. Vino entonces un cruce de artículos y cartas y columnas de opinión en que directores como Manuel Drezner y Bernardo Romero Lozano defendían la misión simple, pero intolerablemente difícil, de montar obras buenas y de hacerlo bien: ¿no era ése el compromiso de un artista? El debate duró varios días. Al final, en lo que fue una curiosa manera de tener la última palabra, Fausto se embarcó en un proyecto ambicioso: el FRECAL. Detrás de esa sigla de sindicato sin gracia estaba el Frente Común en el Arte y la Literatura, que quería ser el primer movimiento de arte y literatura declaradamente marxista de Colombia.

Fausto se dedicó a poner en práctica todo lo aprendido de la nueva dramaturgia china. Montó una obra larga, El invasor , que contaba la historia de Colombia desde la tesis de la explotación eterna del hombre por el hombre. Montó obras sobre la revolución de los comuneros, aquel levantamiento popular del siglo XVIII , o sobre la vida de un obrero cualquiera que traiciona a su clase en pleno siglo XX ; pero ninguna tenía éxito, en buena parte porque las convicciones ideológicas no siempre iban de la mano con el talento artístico, y a Fausto parecía importarle mucho más lo primero que lo segundo. Los actores que no se pusieran del lado del marxismo eran señalados como reaccionarios. Los dramaturgos que propusieran una exploración del amor y la infidelidad eran tachados de burgueses, de contrarrevolucionarios, de inquilinos de una torre de marfil. Cuando se le echaba en cara el sectarismo del Frente, que ya había comenzado a rechazar incluso a quien se dijera de izquierda si esa izquierda no era la correcta, Fausto se defendía con versos de César Vallejo:

Un cojo pasa dando el brazo a un niño

¿Voy, después, a leer a André Breton?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre

¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras

¿Cómo escribir, después, del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza

¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

En el fondo tenía más dudas, pero no las confesaba, pues la duda y la incertidumbre eran las peores enemigas del revolucionario. Lo que había visto en China le parecía diáfano: un pueblo que hacía unos años estaba muriendo de hambre, ahora vivía. ¿Cómo no hacer la revolución? Y si se aceptaba esta premisa, ¿cómo no ponerlo todo, incluso el arte, al servicio declarado de esa causa? ¿Quién podía pensar que la belleza de una escena o la eufonía de una frase eran más importantes que la liberación de un pueblo? Era verdad que Fausto no tenía ninguna experiencia en las tareas que el partido le ponía sobre la mesa, y era verdad que su idealismo lo estaba llevando a condenar a gente valiosa cuando no veía en ellos el compromiso que esperaba. Pero el objetivo estaba claro, y no era con medias tintas como se iba a lograr. Fausto había fundado en Medellín la Escuela de Artes Escénicas, y allí, en el mismo salón vacío donde se ensayaban las obras, empezó a reunirse su célula para largas conversaciones políticas en que se decidía la suerte de los menos ortodoxos. Después, cuando las instalaciones de la escuela se convirtieron también en sala de redacción de un panfleto con nombre ambicioso, Revolución , quedó claro que la frontera entre política y dramaturgia había desaparecido sin remedio.

Luz Elena, por su parte, aceptaba cada vez más responsabilidades. La dirección le encomendó labores de corresponsal ante los dirigentes de otros movimientos revolucionarios, y ella se encontró de un día para el otro atravesando el país en el carro de la familia, braveando carreteras de montaña completamente sola para cruzar la frontera con Ecuador y llegar a Quito, donde el partido había centralizado los dineros que llegaban de toda América Latina, pero en particular del marxismo-leninismo chileno. Empezó a llevar grandes sumas o documentos importantes, porque el partido le tenía más confianza que a nadie, pero sospechaba también que era su condición de mujer lo que provocaba esa confianza, y pensaba que cualquier día, si no fuera ella la persona transparente que había sido siempre, habría podido desaparecer con los fondos del movimiento y empezar una vida nueva en donde se le diera la gana. Estos viajes clandestinos ocurrían una vez al mes, y Luz Elena, que al principio los emprendía con aprensión, poco a poco les fue cogiendo gusto: eran momentos de soledad, de independencia y aun de silencio que nunca había tenido desde su matrimonio con Fausto, porque todas las horas del día de los últimos veinte años se le habían ido arreglando las rutinas de su marido o de sus hijos. Por fuera de esas tres personas, nadie se enteraba de sus viajes, de manera que no la agobiaba ni siquiera la culpa de dedicarse a sí misma cuando podría estar dedicándose a los otros. Decidía dónde pasar la noche, si en Cali o en Popayán, y llegaba sola a un hotel de la ciudad y soportaba las miradas del recepcionista, que eran de curiosidad cuando no eran de franca condena. «Usted puta no será, ¿no?», le dijo un hombre una vez mientras ella llenaba la ficha del registro. Sea como fuere, los dirigentes colombianos veían en ella más arrojo que en muchos guerrilleros de fusil al hombro. Después, cuando llegó el momento de escoger un alias, el secretario político hizo un pésimo juego de palabras:

«Una mujer tan valiente se tiene que llamar Valentina». Y así se quedó.

Ésta fue la escena que Sergio se encontró al llegar de Pekín. Dos días después de su regreso, ya Fausto le estaba pidiendo que se presentara en la Escuela de Artes Escénicas para trabajar como asistente de dirección, y a veces como director ocasional. El agotamiento del viaje todavía le pesaba en el cuerpo y tenía las horas del sueño descuadradas en la cabeza, pero Fausto le exigía que se levantara temprano para comenzar el trabajo. Una tarde, después de un almuerzo pesado, Sergio se quedó dormido en plena reunión de la compañía, y Fausto lo acusó frente a todos de falta de compromiso y le preguntó si bastaba con volver a Colombia para aburguesarse de esa manera. Estaban montando una creación colectiva con el título La historia que nunca nos han contado , que alguien había sugerido sin miedo de que la puesta en escena no estuviera a la altura. Para Sergio era evidente que la obra no tenía interés, o que sólo lo tenía como propaganda, pero no fue por eso por lo que se quedó dormido. En todo caso, el de su padre fue un señalamiento injusto, más debido al nerviosismo del momento que a otra cosa, pero a Sergio se le quedó metido como una irritación en la piel: ya había comenzado a militar, él también, en una célula urbana, y el altercado, que parecía girar alrededor del teatro, en el fondo era un cuestionamiento revolucionario. Y eso no lo iba a permitir. Ya le demostraría a su padre que su vocación revolucionaria estaba intacta.

Cuando se veían, casi siempre alrededor de la mesa del comedor, los Cabrera no se contaban sus días. Luz Elena había estado en los barrios más despojados de Medellín, en el Pedregal o en las comunas del nororiente, donde una mujer como ella podía correr más riesgos de los que imaginaba. Sergio había estado trabajando en el Teatro Popular de Antioquia o en alguno de sus grupos satélites, escribiendo junto con todos los actores la obra de turno, y secretamente imprimiendo folletos para el partido en un mimeógrafo Gestetner, muy distinto del que tenían en el salón del Hotel de la Amistad donde se reunía el Regimiento Rebelde, pero que Sergio aprendió a manejar como si fuera el torno de una fábrica china, haciendo él mismo las bandas como si se tratara de serigrafía. Pero tampoco de eso se hablaba entre los Cabrera. Era como un acuerdo de silencio, pero extraño, porque a todos les habría servido mucho compartir la vida nueva por la que estaban pasando. A partir de un momento esas reuniones ocurrían cada vez con menos frecuencia, no sólo por la obligación del secreto o de la prudencia, sino porque ya Sergio se había ido a vivir a otra parte con un grupo de compañeros de célula.

Lo que no le confesaba a nadie era que sus ratos libres —y aun algunos ratos que no lo eran— se le iban buscando películas en las salas de cine. Se escapaba de sus obligaciones para ir a ver cualquier cosa, sólo por el placer que había encontrado siempre en la oscuridad de las salas, frente a la pantalla luminosa donde ocurría el mundo entero. Por esos días descubrió una película de Luchino Visconti, El extranjero , y se pasó cuatro días seguidos inventando misiones clandestinas para volver a verla. Un mediodía de sol, al regresar de una misión que no era inventada sino genuina, se encontró con una cartelera que anunciaba su matiné con una imagen donde dos jóvenes amantes se abrazaban. Era Dios, cómo te amo , un melodrama absurdo cuya única virtud, en ese momento, fue el hecho simple de tener las canciones de Gigliola Cinquetti, que tanto le gustaban a Marianella. Llevado por esa nostalgia transitoria, agobiado por la culpa (un revolucionario como él no podía interesarse en aquellas cursilerías), Sergio compró una entrada. El entusiasmo le duró poco: en veinte minutos, después de que Cinquetti hubiera cantado su primera canción, ya se había desesperado. Pero al salir a la calle, mientras esperaba a que sus ojos se acostumbraran de nuevo a la intensa luz del día, oyó que lo saludaban: «¿Y vos qué hacés aquí?». Eran dos de sus compañeros de apartamento.

«Hablando con un contacto, compañero», dijo Sergio. «Ahora no le puedo decir nada más».

Sergio era uno de los miembros más activos de su grupo. En ese tiempo llegó a hacer un viaje mensual a Bogotá para recoger municiones, medicinas o documentos: eran viajes encubiertos, como los de su madre, en los que no corría pocos peligros. Se quedaba en la casa de su tío Mauro, que no era militante, aunque simpatizara con las ideas de su hermano; y en esas horas compartían el entendimiento formidable de que había algo de lo que no se podía hablar y por lo tanto había preguntas que más valía no hacer. Tanto mejor: Sergio se daba cuenta de que no sabía gran cosa de lo que estaba ocurriendo, como si se moviera a ciegas en una selva. No sabía, por ejemplo, que en esos días voces anónimas estaban teniendo conversaciones secretas sobre su futuro y el de su hermana Marianella, y su destino se fue decidiendo sin que ellos supieran muy bien cómo. En algún encuentro informal, alguien le había dicho a Sergio que ya era tiempo de que entrara a la guerrilla, y él había contestado: «A eso vinimos». Pero en ese momento la conversación no tuvo consecuencias, y no se volvió a hablar del tema hasta un martes en la mañana, cuando entró una llamada que Sergio contestó como si le hablaran de alguien más. Fue una conversación en clave, porque todo el mundo sabía por esa época que los teléfonos estaban intervenidos, pero lo que Sergio oyó le pareció claro como el agua. Lo citaron en una cafetería del centro de Medellín advirtiéndole, eso sí, que no le hablara de la reunión a nadie: ni siquiera a sus padres. Sergio diría mucho después que la reunión había durado lo que dura un café, pero sus consecuencias, en cambio, durarían el resto de la vida.

Llegó a la cafetería, a la vuelta del Hotel Nutibara, y esperó unos minutos en los que tuvo la convicción de que la persona con la que se iba a ver ya lo estaba observando desde alguna parte. Al cabo de un rato se sentó frente a él un dirigente sindical con el que había cruzado alguna palabra, pero del cual no sabía gran cosa, y que antes de tres frases de cortesía ya le estaba dando instrucciones, pocas y muy concretas: tenía que comprar una hamaca, un machete y un par de botas de caucho; tenía que empacar una muda de ropa; y luego tenía que esperar la llamada.

«¿Ya me voy?»

«Se va mañana, compañero», dijo el hombre. «Porque creemos que está listo».

Sergio se sintió emboscado: estúpidamente, porque no había nada imprevisto en esa cita. Entrar a la guerrilla estaba en su destino desde mucho tiempo atrás —como si alguna fuerza hubiera tomado la decisión en su lugar, como si su consentimiento no hubiera sido necesario—, pero nunca pensó que fuera a suceder tan pronto. Escuchó como en un sueño las demás instrucciones: la estación de bus a una hora precisa, el nombre de la población de Dabeiba, la importancia de que no le hablaran a nadie de su partida. Salió de la cafetería sintiendo que se le mezclaban en el vientre la frustración y el contento, y con la intuición molesta de que la decisión no le había pertenecido sólo a él. Caminó hasta la esquina del Nutibara, donde había visto una tienda de artesanías para turistas, y entró sin meditarlo, pensando que una hamaca era igual que cualquier otra. Encontró una de líneas de colores vistosos, cómoda y grande, y no tuvo la lucidez para darse cuenta de que una hamaca doble era una pésima idea, pues no sólo era doble su tamaño, sino también el peso que le tocaría cargar sobre la espalda. Increíblemente, allí también encontró el machete adecuado, y en el local contiguo pudo comprar las botas La Macha, negras y brillantes y olorosas a caucho nuevo. Todo lo compró dos veces, porque tenía que pensar también en Marianella. Esa tarde la llamó.

«Mañana nos vamos», le dijo.

«¿Adónde?»

«Adonde tenemos que irnos».

Hubo un segundo de silencio en la línea.

Marianella dijo: «¿Y tiene que ser ya? ¿No podemos hablarlo una vez más?».

Sergio tuvo miedo, porque aquélla no era la voz de su hermana, la militante convencida, la Monja de la Revolución. Era la voz de una niña.

«No, no podemos hablarlo», dijo con firmeza. Y creyó que daba el argumento definitivo cuando añadió: «Y además ya está todo comprado, y no se puede devolver».

Pasó una noche difícil en la casa clandestina. Ni siquiera a sus compañeros de célula podía hablarles, a ellos que lo habrían entendido mejor que nadie e incluso habrían podido aconsejarle qué hacer. Pero la orden de sus superiores era clara.

Para mejor cumplir con la obligación de la partida, acordó con Marianella que llegarían por separado a la estación del bus. No supo en qué momento salió ella de la casa de sus padres, ni cómo ocupó las horas dilatadas que se abrían ante ellos hasta la hora del viaje, pero Sergio vivió esa mañana como una primera puesta a prueba de su disciplina revolucionaria. Desayunó con sus compañeros y se duchó y se vistió como si fuera un día cualquiera, guardando el silencio que le habían ordenado, y después empacó sus cosas. Incluyó en el equipaje las botas que había traído de China —altas y de buen cuero—, pensando que de algo le servirían: si eran buenas para el EPL de allá, que dominaba el país, ¿por qué no lo iban a ser para el de aquí? Almorzó sin hambre y luego se fue a la estación. En el trayecto tuvo la impresión de que se le había olvidado algo, y le costó un buen esfuerzo comprender que ese vacío, palpable como la ausencia de las llaves de la casa en el bolsillo, era simplemente la tristeza de no haberse despedido de su madre, la infinita tristeza de no haberla abrazado para compartir con ella la posibilidad de que nunca más se volvieran a ver.

Del diario de Marianella:

Marzo, 1969

Todo está definido. Escribí a mi mamá, se me ha quedado su sonrisa y sus besos al despedirme. Yo sé que por dentro lloraba, pero mamá es el ser más comprensivo de la tierra, más noble, más justo. Le digo que estoy contenta, que ya pronto estaré fuera totalmente de las manos de los esbirros cumpliendo con orgullo en mi nuevo frente en la guerrilla. Siento que entonces habré aminorado la distancia que me separa de ella y de papá porque cumplimos la misma causa.

El compañero Juan ha traído consigo una gran cantidad de medicinas que debo llevar siempre conmigo. Se llaman Aralen. Dice que son contra el paludismo y que sin falta debo tomarme una diaria, pues es la zona en el país más brava para esta enfermedad. Me ha sonado terrible su nombre, pero no quise enterarme de cómo era.

7 de marzo

Como la clandestinidad es absoluta, me he dedicado exclusivamente a leer. Ayer hacía el intento de entablar diálogo con Ester, la compañera de Juan, pero fue inútil. Hablamos un castellano muy distinto. Le dije que prefería llevar el pelo corto porque tal vez era más cómodo e higiénico en las futuras circunstancias, entonces amablemente se ofreció a cortármelo y yo acepté. Mientras se producía el asesinato a mi pelo largo tuve que franquear un poco la vanidad ante la razón objetiva y luego, al mirarme al espejo, sonreí.

Faltan unas horas solamente y a ratos me siento en un abismo. Hay algo que me asusta. Cuántas veces mamá y yo acompañamos al ingreso de otros compañeros. Las madrugadas cerradas por aquellos precipicios por donde a duras penas pasaba el carro. Comentábamos luego lo terrible pero admirable que era; y ahora es mi hora. ¡Y decidida, sigo adelante!

El bus salió poco después de las cinco de una tarde lluviosa. Sergio no conocía bien esa zona de la ciudad, y no logró saber qué dirección habían tomado ni por dónde estaban saliendo. Iba pensando en otras cosas, además: le habían dicho que allí, en el mismo transporte, viajaban otros dos militantes por las mismas razones que ellos, y estuvo un buen rato tratando de aprovechar los golpes de claridad del alumbrado público para averiguar quiénes eran. ¿Se veía la revolución en la cara de un joven? ¿Se dibujaban en sus rasgos las ganas de cambiar el mundo? Tres filas más atrás estaba Marianella, pues les habían dado instrucciones perentorias de no sentarse juntos, y al mirarla Sergio pensó que tal vez los otros dos los estaban buscando también. Pensó brevemente que este viaje significaba el aplazamiento indefinido de una vida en el cine, pero sintió vergüenza de esas preocupaciones burguesas; pensó que de este viaje era muy posible no volver nunca, y se preguntó dónde quedaban los proyectos que mueren antes de empezar, y volvió a sentir una tristeza sorda, pero esta vez se había contaminado de culpa. ¿Cómo estaría Luz Elena? ¿Cómo habría recibido la noticia de que sus hijos se habían ido a la guerrilla sin decirle adiós? ¿Y su padre, qué habría pensado? Estaba en esas meditaciones cuando se hizo de noche cerrada. Buscó discretamente a Marianella, que ya dormía recostada en la ventana, y cerró los ojos, pensando que más le valía descansar un poco también. Y entonces se quedó dormido.

Fue un trayecto de ocho largas horas. Su memoria recordaría mal lo que ocurrió hasta la llegada y también la llegada misma, cuando salieron a recibirlos un hombre y una mujer que nunca se presentaron por su nombre ni preguntaron cómo había estado el viaje, pero que fueron solícitos a la hora de bajar del bus las pesadas bolsas. Entonces se revelaron los otros dos camaradas. Uno era un joven negro de huesos duros y pelo cortado al rape; el otro tenía una suerte de autoridad natural, y cuando saludó a Sergio y a Marianella fue evidente que ya sabía quiénes eran. Para cuando se pusieron en marcha, rodeando el pueblo como si no se decidieran a entrar, eran las once de la noche. Se cruzaron con una manifestación nocturna, o se dejaron alcanzar por ella, pero conforme se acercaron a la gente, Sergio se dio cuenta de que no se trataba de manifestación ninguna, sino de una procesión religiosa.

«Claro», le dijo a su hermana. «Si es que es Jueves Santo».

No se habían dado cuenta de eso hasta entonces. Los guerrilleros les indicaron que se unieran a la procesión, para mejor esconderse, y con la procesión caminaron un buen rato. El Cristo estaba adelante, lejos, pero se alcanzaba a ver su cabeza esmaltada que relucía cuando pasaban debajo de un poste de luz. Entonces alguno de los anfitriones, el hombre o la mujer, les hizo una señal: «Aquí, aquí». Todos se salieron de la procesión como quien se baja de un tren en marcha, y comenzaron a internarse en los rastrojos de un cultivo reciente donde era difícil mover los pies sin enredarse con restos de tallos. Así salieron a un camino que parecía abierto por las bestias a lo largo de muchos años de tráfico secreto. Un hombre los esperaba para servirles de guía. Detrás de él empezaron a moverse: siete siluetas avanzando, sin decir palabra, en medio de la oscuridad.

Caminaron toda la noche. Se hizo de día sin prisas, bajo una llovizna delicada, pero el cielo se despejó de repente cuando el sol superó las montañas, y una vegetación que Sergio nunca había visto estalló en las orillas del sendero. Nadie más se fijó en las bromelias, ni en el color de mercurio de los yarumos, ni en el tamaño de algunas hojas por las que el agua bajaba como una regadera, y Sergio se dio cuenta de que sorprenderse en voz alta estaría fuera de lugar, y todavía más ridículo sería contar que todo aquello le recordaba la visita al Jardín Botánico de Pekín, donde había visto al último emperador de China como ahora veía a sus compañeros. No, nada de eso podía ponerse en palabras; pero Sergio supo que nadie le quitaría la sensación de descubrimiento que tuvo esa mañana. Tal vez por eso estaba de buen ánimo cuando llegaron al campamento, donde una docena de guerrilleros comenzaban a descolgar las hamacas de los árboles. Los mismos doce se hicieron presentes un rato después, convocados por una figura de autoridad. Era el comandante Carlos, que no sólo pasaba por ser el mejor médico cirujano con que contaban, sino que era también miembro del Comité Central y del Estado Mayor de la guerrilla. Carlos reunió a los guerrilleros y propuso que les dieran la bienvenida a los cuatro compañeros nuevos. Antes de comenzar, le preguntó a Sergio cómo quería llamarse.

«Sergio», dijo Sergio.

«No, no», dijo el comandante Carlos. «Le pregunto por el nombre que va a tener aquí. Su hermana se va a llamar Sol».

Era el primer nombre de pila de Marianella. De niña, cuando su padre quería castigarla, la llamaba así, Sol Marianella, y ése era el nombre que había escogido para esta nueva vida revolucionaria. Pero Sergio, por timidez o por sorpresa, no logró dar con un nombre adecuado para él mismo, y el comandante Carlos no quiso esperar a que se decidiera. Habló de los recién llegados con palabras que le habían comunicado, seguramente, apenas unos minutos antes, y luego los presentó. El joven negro era el compañero Pacho; el otro, el que le había inspirado a Sergio cierto respeto inasible, era el compañero Ernesto, que había sido un líder popular en el departamento del Quindío y luego recibió su entrenamiento militar en Albania. Enseguida Carlos señaló a Marianella y dijo su nuevo nombre, y casi en el mismo aliento, como si lo hubiera decidido desde antes, presentó a Sergio con tres palabras breves:

«El compañero Raúl».