Sergio aterrizó en París a mediados de diciembre. Según le había dicho el camarada Chou, un funcionario de la nueva embajada china lo esperaría a la salida del aeropuerto de Orly. Aquello parecía una misión clandestina: en el pasaporte de sus padres, donde estaba su nombre, también había en letras enormes una prohibición expresa de viajar a los países comunistas, incluida la República Popular China; en otras palabras, Sergio tenía que ocultarles a las autoridades consulares su aeropuerto de origen. Pero la clandestinidad le duró poco, pues un oficial de inmigración, al ver su pasaporte, lo sacó de la fila y comenzó a interrogarlo, y a las primeras de cambio ya Sergio lo había explicado todo: que venía de Pekín, que no tenía pasaporte propio y que su intención era obtener uno nuevo en el consulado colombiano de París. Fueron tres horas intensas, un interrogatorio en toda regla en una oficina sin ventanas, durante el cual el oficial francés no lograba entender por qué Sergio se negaba a llamar a su propio consulado. « Mais pourquoi pas? », le gritaba el gendarme. « Mais dîtes-moi, Monsieur! Pourquoi pas? ». Y Sergio no podía explicarle que la instrucción más clara de su padre había sido ésa: sobre todo, no decirles a los colombianos que venía de China. Cuando salió por fin del aeropuerto, el funcionario se había ido, y Sergio tuvo que pagar un taxi para llegar a la embajada china. Los camaradas que lo esperaban lo invitaron a cenar y lo llevaron al hotel que le habían reservado. Allí, en una habitación estrecha, Sergio dejó su maleta pesada y volvió a salir de inmediato, pues un conocido lo estaba esperando.

Se llamaba Jorge Leiva. Tenía treinta y ocho años, aunque las entradas de la frente le ponían más encima. Había terminado sus estudios de Derecho, pero, en el momento de volver a Colombia para ejercer lo aprendido, decidió quedarse en la ciudad donde habían escrito sus poetas predilectos y escribir allí sus propios poemas. Para sobrevivir había vendido vegetales en el mercado de Les Halles y cantado tangos en el bar Veracruz, y ahora trabajaba en las tiendas Fnac, en el bulevar de Sébastopol. Tenía con Sergio un vínculo profundo: el hecho simple de haber vivido en Pekín. De allí le venían sus convicciones políticas; su hermano mayor vivía también en París, y su nombre no era importante por ser el de un cardiólogo de prestigio, sino por sus labores clandestinas como secretario del MOEC, un movimiento obrero que buscaba la forma de armarse para hacer la revolución en Latinoamérica. De hecho, si la maleta de Sergio pesaba tanto era por razones políticas: los camaradas de Pekín les habían mandado a Leiva y a su hermano varias docenas de ejemplares del Libro Rojo. La noche de su llegada a París, después de encontrarse con Leiva en la Fnac y de caminar con él hasta su buhardilla de la rue de Lille, Sergio pensó lo mismo que pensaría durante los siguientes años. Le había tocado una época en que todo el mundo, en todas partes, por todos los medios, tenía un solo objetivo: hacer la revolución. Qué suerte era estar vivo.

Sergio pasó la noche allí, en la buhardilla de techos bajos, a medio camino entre los muelles del Sena y el bulevar Saint-Germain. El poeta Leiva le ofreció dos metros cuadrados de su apartamento, y Sergio aceptó de inmediato: era mejor ahorrarse los viáticos que gastarlos en hoteles. Al día siguiente, muy temprano, se dirigió al consulado de Colombia. Los nervios lo habían despertado; mientras caminaba, se habían hecho más intensos. Al atravesar el río, un soplo de viento le cortó la cara, pero Sergio iba pensando en todo lo que dependía de ese trámite. Le iba a pedir a la cónsul un pasaporte para volver a Colombia y unirse a su padre, que ya trabajaba para el Partido Comunista; acababa de pasar años en un país proscrito que su propio país consideraba enemigo. En ese estado llegó al consulado colombiano. Una recepcionista recibió sus documentos y le pidió que se sentara. Sergio empezó a lamentar este viaje: ¿y si le negaban el pasaporte? ¿Y si le retiraban el que ya tenía, por haberlo usado para viajar a lugares prohibidos? ¿Y si Marianella se quedaba sola en China, sin poder viajar, sin pasaporte propio pero también sin el de sus padres? ¿Y si la cónsul estaba al tanto de las actividades de Fausto Cabrera, un actor conocido que aparecía en los periódicos con frecuencia y no había ocultado nunca sus simpatías izquierdistas?

En ese momento salió la cónsul. Llevaba unas gafas grandes cuya cadenita le daba la vuelta a un cuello de tortuga. Le dio la bienvenida a Sergio con una sonrisa y lo invitó a pasar a su despacho, y allí, mientras alguien traía una taza de café, miró los documentos que Sergio había traído y le hizo una sola pregunta, tuteándolo como si fuera el hijo de alguna amiga: «¿Y qué hacías en China?». Y cuando Sergio se puso de pie para explicar (nunca supo por qué había sentido que era mejor dar sus explicaciones de pie), la sangre se le fue de la cabeza, su mundo se hizo negro, y lo siguiente que vio fue un grupo de seis manos alborotadas que trataban de darle aire con revistas o pañuelos. Alguien opinó que debía ser el hambre; alguien dijo que había que darle unos francos a este pobre muchacho.

Sergio salió del consulado con la compasión de la cónsul, llevándose unos billetes en el bolsillo y una respuesta alentadora. Sí, le podía expedir el pasaporte, pero para ello no bastaba el Registro Civil de Nacimiento: era imprescindible tener una autorización expresa de su padre, autenticada ante notario. Llamó por teléfono a Colombia desde la primera cabina que encontró (y lo maravilló lo fáciles que eran las comunicaciones aquí, comparadas con el tormento de Pekín), pidió lo que tenía que pedir y dio la dirección del poeta Leiva. Luego fue a su hotel, recogió sus cosas y las llevó a la buhardilla, y a partir de ese momento se dedicó a esperar.

«Se me alargó el viaje», le dijo a Leiva.

«Mejor», contestó él. «Aquí están pasando cosas interesantes».

Pasó los primeros días caminando por el Sena, viendo libros baratos en las casetas de los muelles y aguantando una llovizna permanente. Se preguntó a menudo por qué lo miraban todos con tanta curiosidad, hasta que se dio cuenta de que sus Levi’s llamaban la atención de los parisinos como si un vaquero acabara de instalarse en la orilla izquierda. Varias veces caminó hasta el Louvre buscando pintura italiana o hasta la Orangerie para ver cuadros impresionistas mientras el frío se le iba de la piel. Se metía en las iglesias para sentarse a leer en una banca del fondo, cerca de un vitral; y así, refugiado en Saint-Julien-le-Pauvre, por ejemplo, o en Saint-Germain-des-Prés, leyendo un ensayo sobre China de Simone de Beauvoir o uno de Roland Barthes sobre muchas otras cosas, se le fueron horas enteras. El libro de Barthes se llamaba Mythologies . Sergio lo leyó en cuatro horas de una mañana fría, y le interesó tanto, y habló con tanto entusiasmo de él, que Leiva le dijo: «Pues lléveselo de regalo y no joda más». Además, el dinero que le dieron por ninguna razón en el consulado colombiano le sirvió para un par de entradas de cine, y en un teatro de la rue Racine vio Belle de jour , de un tal Luis Buñuel. Pero luego descubrió la Cinemateca, que no sólo le permitió ver películas menos recientes que sólo conocía de reputación, sino que era la más barata de todas las formas de pasar el tiempo. Y entonces recordó lo que Leiva le había dicho: «Aquí están pasando cosas interesantes». Cuánta razón había tenido, aunque las cosas interesantes a las que se refería no fueran necesariamente las que le estaban ocurriendo a Sergio en el fondo de su conciencia.

En París, en las calles y en las salas de cine y en las librerías junto al Sena, Sergio descubrió un mundo del que apenas llegaban noticias al país de la Revolución Cultural. A media mañana, después de que el poeta Leiva se hubiera ido a su trabajo en la Fnac, caminaba por el bulevar Saint-Germain o por el río, dependiendo del frío que hiciera, se tomaba un café en alguna parte y se iba directo a Trocadéro. Pronto las columnas del edificio se le hicieron tan familiares como los techos de la buhardilla. Allí, en el Palais de Chaillot, vio varias películas de Hitchcock (y entre todas prefirió La ventana indiscreta ), vio varias de Kurosawa ( Rashomon, Barbarroja, Los siete samuráis ), vio Tiempos modernos y El gran dictador , vio Ciudadano Kane y vio Casablanca y vio Johnny Guitar . Salía de la Cinemateca a la explanada cuando ya la noche había caído sobre la Torre Eiffel y emprendía el camino de vuelta. Esos cuarenta y cinco minutos de soledad se le volvieron imprescindibles: seguía sintiendo una suerte de excitación mental, de electricidad que le mantenía los ojos abiertos, y no quería perder esa emoción antes de tiempo, ni que desaparecieran las imágenes luminosas que seguían viviendo en su retina mientras Sergio caminaba, nítidas como si él mismo las proyectara sobre el cielo o sobre el río.

Pasó la noche de Navidad con Leiva y con su hermano el cardiólogo y con un puñado de hombres y mujeres de pelo más largo que el suyo que lo querían saber todo, absolutamente todo, de China y de Mao y de la Revolución Cultural, y querían saber si el proletariado era tan feliz como se decía, y si era tan heroico. «¿Es verdad?», le decían. «¿Es verdad que están rompiendo con el pasado feudal, con miles de años de historia? ¿Es verdad que eso se puede?». Sergio pensó en los hombres y las mujeres humillados en público, las cabezas bajas, los sombreros de un metro de alto que acusaban a su portador de complicidad con el capitalismo, los letreros colgando de sus cuellos con otros cargos en letras grandes —déspotas, terratenientes, simpatizantes del enemigo, elementos de las pandillas contrarrevolucionarias—, y recordó los museos y los templos arrasados por multitudes violentas y las noticias de fusilamientos que llegaban del campo, de las que sólo se enteraban muy pocos. Recordó todo aquello y sintió por razones misteriosas que no podía hablar de nada, o que no le entenderían si contaba lo que sabía.

«Sí», les dijo. «Es verdad que se puede».

Los volvió a ver después del Año Nuevo, en una reunión política que Leiva había organizado en su buhardilla. Algo había cambiado. Esta vez no le preguntaban con curiosidad insaciable sobre la vida en China y las verdades del maoísmo, sino que parecían más circunspectos, o era tal vez que habían bebido menos. Hablaban de Robbe-Grillet, cuyas novelas estaban en boca de todos, y alguien recordó que en Loin du Vietnam Godard decía que Robbe-Grillet nunca le había gustado demasiado. Y se rieron, pero lo hicieron mirando a un francés callado que observaba la escena desde un cojín, sentado en flor de loto, recostado en la pared. El francés sonrió y dijo: «Qué malvado es Godard». Era Louis Malle. Sergio reunió todo el coraje del que fue capaz para contarle que había visto Ascenseur pour l’échafaud en la Alianza Francesa de Pekín. Lo que no le dijo, en cambio, fue que había vuelto a verla no menos de seis veces, y que era una de las películas culpables de que se hubiera tomado en serio la idea absurda de ser —alguna vez, en un futuro lejano— director de cine.

Tal vez era extraño, pero la ciudad le parecía más familiar porque todo el mundo estaba hablando de la guerra de Vietnam como si les ocurriera a ellos. De todas las películas que vio en París, mientras contaba los días que podía tardarse un sobre desde Colombia, la que más lo marcaría fue Loin du Vietnam , que fue a ver tan pronto pudo después de oír los comentarios y las bromas de la noche de la reunión. Era un documental hecho a coro por cinco directores de la Nueva Ola —Godard, Agnès Varda, Alain Resnais, Claude Lelouch y Chris Marker—, un fotógrafo de moda convertido en cineasta —William Klein— y un veterano documentalista holandés que se había convertido con los años en un héroe de la izquierda internacional: Joris Ivens. Sergio fue a ver la película en diciembre y quedó tan impresionado que volvió en enero, después de las fiestas, para sentir la misma indignación de antes y al mismo tiempo el mismo asombro, pues nunca se había imaginado que esto se pudiera hacer en cine, o que el cine fuera capaz de regalarnos estas maravillas. Escuchó a Godard repetir las palabras del Che Guevara, cuando pedía que en América Latina hubiera «dos, tres, muchos Vietnams»; vio a Fidel Castro sentado en el monte, vestido con su uniforme verde olivo y los rombos negros y rojos en las charreteras, diciendo que la lucha armada había sido la única opción para el pueblo cubano, y que en su opinión, dadas las condiciones de la inmensa mayoría de los pueblos latinoamericanos, no había para ellos otro camino que la lucha armada. Vietnam ha demostrado, decía Fidel Castro, que ninguna máquina militar, por más poderosa que sea, puede aplastar a un movimiento guerrillero apoyado por el pueblo. El ejército de Estados Unidos había fracasado contra el pueblo heroico de Vietnam, decía Castro. Hoy en día, nadie lo dudaba. Aquél era uno de los grandes servicios que el pueblo de Vietnam le había prestado al mundo.

Sergio salió a la noche pensando todavía en las últimas palabras del documental, que le anunciaban exactamente esto: iba a salir a un mundo sin guerra, lejos de Vietnam, donde era fácil olvidar que esa realidad existía. En esas breves palabras, en su melancolía y su aparente resignación y su denuncia de un mundo insolidario, Sergio encontró la protesta más elocuente que había visto jamás, incluidas las marchas en las que había participado como estudiante de la Chong Wen. Y al parecer era también la más eficaz, si uno juzgaba la eficacia de una protesta por el grado de violencia que provocaba. La segunda vez que fue a ver el documental, Sergio sintió algo raro al sentarse en su silla, y se dio cuenta de que no sólo la suya, sino todas las que lo rodeaban habían sufrido un salvaje ataque con arma blanca. Luego averiguó que los responsables eran los muchachos de Occident, un grupo fascista que paseaba por París enfrentándose a los manifestantes, y parte de sus happenings era entrar en los teatros donde se había proyectado Loin du Vietnam y destrozar la cojinería a golpes de navaja.

La película no le pareció menos admirable por el hecho de verla en una pantalla rasgada, y era evidente que no estaba solo en su admiración: las calles del Barrio Latino, en ese enero frío, se llenaban todos los días de manifestantes contra la guerra que parecían recién salidos de la misma sala de cine. Gritaban sus eslóganes y hacían eco de sus protestas. Casi siempre eran estudiantes, y con frecuencia lo eran de la Sorbona, de manera que Sergio no pudo sorprenderse cuando, acompañando a Leiva, llegó a una manifestación frente a la Mutualité y distinguió, entre la gente, varias caras conocidas. Ahí estaban los amigos franceses que lo habían interrogado sobre la Revolución Cultural, levantando pancartas que Sergio no alcanzaba a leer, gritando consignas con sus compañeros. Toda la escena tenía algo familiar. Sergio había visto cuadros similares en Pekín: jóvenes iracundos protestando contra las viejas autoridades. Se preguntó si aquí podía pasar algo parecido a la Revolución Cultural. Meses después, cuando le llegaron las primeras noticias de lo ocurrido en mayo, sentiría el orgullo confuso de haber detectado el porvenir de aquella situación, y de haberlo hecho gracias a sus años en China.

El poeta Leiva lo invitó después a otra manifestación. Era exactamente igual que la anterior: en el mismo sitio, con los mismos estudiantes que gritaban las mismas consignas, con la misma policía observándolos sin parpadear desde detrás de sus escudos. Había acabado de llover y el cielo seguía nublado, y en la calzada brillaban charcos que parecían de mercurio hasta que una bota los pisaba. Los manifestantes sostenían pancartas en el aire: Paix au Vietnam héroïque y Johnson assassin , se leía en sábanas o cartones. Delante de la farmacia Maubert, la policía parecía esperar que los otros atacaran primero. Y entonces sucedió: una piedra golpeó uno de los escudos, y luego otra, y luego otra, y un escándalo de batalla ensordeció a Sergio. La policía cargó contra ellos y la multitud se revolvió en un movimiento de látigo, y alguien que estaba junto a Sergio cayó herido, acaso por fuego amigo. Sergio y el poeta Leiva tuvieron la suerte de haber llegado tarde, porque los heridos estaban cayendo sobre todo en el centro de la manifestación. Los dos salieron corriendo, tratando de cubrirse la cabeza, y se perdieron en la huida. Se volvieron a encontrar más tarde, en la buhardilla de la rue de Lille. A Leiva, notó Sergio, le brillaban los ojos.

Por los días en que llegaron los papeles de Colombia, con miles de sellos y autenticaciones y hasta la firma del ministro de Relaciones Exteriores, Leiva le enseñó a Sergio un poema nuevo.

El Gran Sun Tzu jefe de la guerra

movió a combate a sus pusilánimes

Brava fue su cimitarra

Un día

hizo luchar a las concubinas del Dinasta

hasta quedar estáticas

Grande fue su valor

al ser atravesado por un grueso venablo

se incorporó diciendo:

«Dejen que en mí eche raíces»

Después

un árbol nació de sus entrañas

y el guerrero ahora

da sombra al caminante.

«No sé qué título ponerle», le dijo. «Pero va por buen camino, ¿no le parece?»

Sergio voló de vuelta a Pekín a mediados de febrero. Le parecía un milagro haberlo conseguido, pero allí, en el bolsillo de su abrigo, estaba su pasaporte; más incomprensible todavía era que la cónsul también le hubiera dado el de su hermana. Llevaba además dos litros de Coca-Cola, cuestión de compartir con Marianella lo que no se podía encontrar ni siquiera en la Tienda de la Amistad (era la bebida del enemigo). Al llegar a Pekín, no se fue directamente a la Fábrica de Relojes Despertadores, donde las botellas habrían causado escándalo, sino que hizo una parada en el Hotel de la Amistad con la intención de meterlas en la nevera de su habitación. Iba pensando en su hermana, que había llevado mal el arresto de David Crook, y preguntándose cómo estaría ahora. Pensó que aquellos días no habrían sido fáciles para ella, compartiendo con Carl la ansiedad por la incertidumbre de las acusaciones, y tal vez por eso lo sorprendió encontrarse con las paredes de su cuarto forradas de carteles dibujados por Marianella. Viva el curso militar del Partido Comunista , se leía en ellos. Viva el Ejército Popular de Liberación de China. Viva la revolución en América Latina .

Se acostó con la intención de dormir una siesta breve antes de ir a buscar a su hermana a la fábrica. En los últimos meses pasaba tanto tiempo acostado que había decidido usar el techo como otros usan las paredes, y había pegado allí sus mapas de Colombia, de China y del mundo, para aprenderlos de memoria durante sus horas de ocio, señalando con chinchetas de colores los lugares donde había estado, aunque fuera fugazmente. Encontró Pekín con la mirada y luego Bogotá, y trató de trazar una línea invisible que recorriera el trayecto que cubrirían para llegar adonde estaban sus padres, no por el oriente, lo cual parecía más sensato sobre el mapa, sino por Moscú y Europa. Pero los carteles que había dibujado su hermana dominaban su atención dispersa, y Sergio los recordaría días después, cuando supo del mote, no del todo amable, que los amigos del Hotel de la Amistad le habían puesto a Marianella durante su ausencia: la Monja de la Revolución.

Del diario de Marianella:

1968.1.11

Hoy me enteré de que el Diario del Pueblo quiere hablar conmigo sobre la participación en una producción de una película con otros extranjeros. Siento que no debería participar porque mi padre está haciendo un trabajo clandestino en Colombia y mi tarea en China es estudiar el Pensamiento Mao Tse-Tung para que cuando regrese pueda asumir la tarea de mi padre y otros compañeros; en China debería estar aprendiendo del gran pueblo chino, para ser leal al pensamiento de Mao Tse-Tung, para llevar el pensamiento de Mao Tse-Tung a Colombia. Mi padre se encuentra actualmente en una situación muy peligrosa en Colombia, los americanos nos están buscando a mi hermano y a mí, por lo que no debería participar en la realización de esta película. Quizás el propósito de la película sea de propaganda, pero creo que todavía no he estudiado lo suficiente las obras del presidente Mao. Creo que la razón por la que tengo una relación tan buena con los trabajadores es porque he aprendido del presidente Mao, pero esto no es suficiente. Todo el progreso que he logrado es el resultado de la ayuda de mis compañeros. Debo ser siempre honesta, no demasiado orgullosa sólo de hacer este pequeño progreso. ¡Siempre aprenderé de las masas con humildad, siempre seré la pequeña alumna de las masas y me esforzaré por progresar más!