Los Crook volvieron de Occidente a finales de noviembre: todos, salvo David, que aprovechó la estancia en Canadá para hacer un viaje por Estados Unidos, de costa a costa, con la misión de explicarle al mundo capitalista las maravillas de lo que estaba ocurriendo en China. Había sido testigo en los últimos años de la colectivización de la agricultura, de la muerte del feudalismo y del nacimiento de la República Popular, y quería llevar la buena nueva a lo largo y ancho de aquel país tan poderoso y tan necesitado de reformas, tan rico y tan injusto, tan civilizado y tan salvaje. Eso le decía Carl a Marianella: «Nadie entiende lo que está pasando aquí. Eso es parte de nuestra misión: explicarle al mundo lo que es la Gran Revolución Cultural Proletaria». Ella no podía estar más de acuerdo. Pasó el fin de año dividida entre el Hotel de la Amistad y la casa de los Crook, hablando sin parar de Mao Tse-Tung y el Libro Rojo. Más tarde, cuando David Crook volvió de su viaje de propaganda, conversaba con él y lo admiraba cada vez más.

David se incorporó de inmediato a la lucha, pero se quejaba de lo que se había encontrado en el instituto. Los profesores y los estudiantes estaban divididos en facciones rivales; David e Isabel se vieron en la obligación de escoger uno de los grupos revolucionarios. Todos estaban de acuerdo en la defensa del pensamiento de Mao, pero sus enemigos eran distintos. «Los enemigos nos definen más que los amigos», decía David. «Dime quién te ataca y te diré quién eres». Uno de los grupos había señalado y denunciado a los miembros del Batallón de la Bandera Roja, que David conocía bien: eran camaradas honestos y devotos por los cuales tanto él como su esposa hubieran puesto la mano en el fuego, así que David se dirigió a ellos, aunque sólo fuera por un sentimiento de justicia, y pidió que lo aceptaran en su grupo. No fue tan fácil como lo habría sido en otros tiempos, porque la Revolución Cultural había traído a la vida una desconfianza inédita en los extranjeros. A David le pareció inverosímil que esa palabra se usara para describirlo: ¿extranjero, él? Llevaba décadas viviendo en China, sus hijos eran chinos de nacimiento y también lo era su esposa, había trabajado por la causa revolucionaria, y cuatro años antes, cuando el mundo comunista vivió el enfrentamiento —el verdadero cisma— entre chinos y soviéticos, se puso inequívocamente del lado de Mao. ¿Cómo podían considerarlo extranjero?

Empezó a militar con el Batallón de la Bandera Roja. Denunció a los soviéticos por los que en otros años habría dado la vida; gritó consignas en la calle y recitó el Libro Rojo de Mao; compuso dazibaos que defendían Vietnam y atacaban a Liu Shaoqi. Participó en la denuncia de un antiguo trabajador convertido en ministro y, aunque nunca supo muy bien por qué lo habían señalado ni de qué se le acusaba, se unió disciplinadamente a los ímpetus del grupo. A él mismo le parecía inusual su comportamiento, pues los años lo habían acostumbrado a dudar y a cuestionar y a informarse antes de tomar una decisión, ya no digamos pasar al activismo: lejos estaban los tiempos de la fe ciega de su juventud. Pero allí, arrastrado por las emociones de la acción colectiva, pensó que era indigno o desleal tratar de encontrarle peros a un suceso que estaba sacudiendo el mundo. Frente al nacimiento de una cultura nueva, ¿quién podía quejarse de que la inexperiencia de los jóvenes cometiera ciertos excesos? Sí, le desagradaban los parlantes que escupían las últimas instrucciones de Mao durante toda la noche, pero sólo un viejo acomodado se quejaría de que la Revolución le estropeara el sueño. Y él, a sus cincuenta y siete años, no era eso. Tenía todavía varias batallas que pelear.

Mientras tanto, el trabajo en la fábrica había llegado a su fin. Sergio y Marianella, reunidos de nuevo en el Hotel de la Amistad, se preguntaban si había algún destino de trabajadores proletarios al cual pudieran llegar juntos, pues Marianella no estaba dispuesta a quedarse ociosa. La decepción fue enorme. La asociación no pudo ofrecerles nada, y Sergio tuvo la impresión de que nadie se estaba esforzando demasiado por hacerlo. Después de todo, dos jóvenes extranjeros, hijos de un especialista ausente y cómodamente instalados en habitaciones de cinco estrellas, tenían que ser la menor de sus preocupaciones. La única respuesta que recibieron fue la recomendación de no salir, pues en la ciudad los occidentales seguían sufriendo persecuciones y acosos de los guardias rojos, y de nada le valió a Sergio recordarles que ellos habían sido parte de una de esas organizaciones, si es que no lo eran todavía: nadie les había dicho expresamente que no pudieran seguir militando.

«Muy bien, pero eso habría que explicarlo», les dijo un camarada. «Y los guardias rojos no son el tipo de personas que oyen explicaciones con paciencia».

Tenía razón. De manera que Sergio y Marianella se enfrentaron a otra temporada de ocio forzado, pero esta vez, al contrario de lo que había sucedido en el Hotel de la Paz, no estaban solos: como las escuelas habían cerrado durante los desmanes de la Revolución Cultural y todos los muchachos del Hotel de la Amistad estaban igual de ociosos, sus padres no vieron otra solución que improvisar una escuela para ellos en una de las salas de conferencias. La llamaron Bethune-Yenan. Sus profesores eran filólogos, historiadores, filósofos y hasta un matemático; también sus actividades habían quedado en pausa con la Revolución Cultural, de manera que no les fue difícil repartirse las materias para continuar con la educación de sus hijos, como si se tratara de una medida de emergencia en medio de una pandemia. Uno de ellos, un historiador colombiano llamado Gustavo Vargas, se tomó por esos días una de las salas del hotel para organizar una exposición sobre el Ejército de Liberación Nacional, la guerrilla en la que había muerto el cura Camilo Torres. Marianella pasó por la exposición con curiosidad, pero no se permitió nada más: pues el ELN había escogido ya su lado en la revolución, y no era el de Mao Tse-Tung. Después, durante una tarde con los Crook, habló de la escuela y mencionó su nombre. Isabel se lo contó a David; David sonrió con la sonrisa de quien recuerda algo. Esa noche fue especial para Marianella. Isabel le enseñó a tejer y David le contó anécdotas; los Crook le celebraron sus quince años con unos raviolis de carne; Carl la besó y le dijo que la quería, y ella le dijo que lo quería también.

Poco a poco, los jóvenes alumnos de la escuela Bethune-Yenan, todos residentes occidentales del Hotel de la Amistad, decidieron llevar su compromiso un paso más allá. Así nació el Regimiento Rebelde, que era, para todos los efectos prácticos, una organización de guardias rojos de origen foráneo, todos vestidos de verde, todos con sus brazaletes rojos de luminosas letras amarillas, que se fueron agrupando bajo la autoridad de los padres de familia más radicales o comprometidos. David Crook, por supuesto, era uno de ellos. A veces con él y a veces por su cuenta, los jóvenes del Regimiento Rebelde se reunían en una sala que el Hotel de la Amistad les facilitó sin poner peros, un espacio oscuro y pequeño pero equipado con un mimeógrafo listo para producir panfletos revolucionarios, donde el regimiento se reunía para planear el futuro y oír música y tener largas discusiones ideológicas en las que Marianella era mucho más fogosa que su novio. En una de esas reuniones, sin embargo, Carl fue escogido para representar al grupo en un evento masivo de apoyo a la Revolución Cultural. Entre todos escribieron un discurso de condena y repudio a Liu Shaoqi; lo llamaron traidor, contrarrevolucionario y escoria capitalista, y lo acusaron de aliarse con Deng Xiaoping para buscar el fracaso de la República Popular. Carl dio el discurso a cielo abierto, en un estadio donde diez mil personas gritaron y aplaudieron y abuchearon cuando se pronunciaban los nombres de los enemigos, y Marianella, a pocos pasos del micrófono, nunca se había sentido tan enamorada de Carl ni tan orgullosa de su regimiento.

Por esa época hubo una gran discusión en el salón del Hotel de la Amistad. El centro del conflicto eran las luces de los semáforos. Habían cambiado; fue una decisión de los guardias rojos, y el Regimiento Rebelde no podía mantenerse al margen. Se trataba de reconocer que el color rojo, símbolo de los guardias y de la Revolución, no podía seguir indicándole a la gente que se detuviera, pues para todos ellos era el color del progreso. De ahora en adelante, el rojo significaría la acción de avanzar; inversamente, el verde sería la señal para detenerse. Los grupos de guardias se dividieron las calles, destornilladores en mano, para hacer los cambios necesarios. En momentos de tedio, Sergio salía a la calle y buscaba una esquina sólo para ser testigo de esa inusitada inversión cromática, sintiendo un escalofrío cada vez que un carro aceleraba para pasar en rojo, cada vez que los jóvenes revolucionarios aprovechaban el verde para enseñar sus pancartas o cruzar la calle, en medio de una de sus marchas, rodeando a los acusados. Le habría gustado salir con una cámara y documentar todo el asunto, pero sabía perfectamente que era una pésima idea: en el mejor de los casos, un occidental sacando fotos sería considerado una provocación y el incidente terminaría con el decomiso del rollo y acaso de la cámara; en el peor, con peligrosas acusaciones de espionaje y una noche gratis en alguna oscura comisaría del Departamento de Seguridad Pública. En cierta ocasión se burló de todo el asunto frente a la tutora Li. Pensó que ella se reiría con él, pero se encontró con la cara adusta de quien ha recibido un insulto.

«¿Qué sentido tienen los colores?», preguntó ella. «Tú sabes que el rojo de nuestra bandera simboliza la sangre de nuestros héroes, ¿no es cierto? La sangre de millones de camaradas que dieron la vida por la república. Ponte a pensar en lo que siente un revolucionario cuando ve que alguien más, en otro país, ha decidido por un capricho que el color rojo, el color por el cual estamos dispuestos a dar la vida, se convierte en una orden para detenerse. Y si lo aceptáramos, si aceptáramos que el rojo sea la señal para que los carros se detengan, también tendremos que aceptar que ante el rojo se detengan los peatones… en los semáforos para peatones. ¡Y nosotros no sólo somos peatones, somos luchadores revolucionarios! ¡Y no podemos aceptar injerencias extranjeras en la revolución!».

Así pasaron tres meses. Tres meses de discusiones teóricas en la sala del Hotel de la Amistad, tres meses de clases con grandes antropólogos y matemáticos y traductores que a Sergio le dejaban la sensación de que la vida le pasaba de lado, tres meses de ocupar el tiempo libre con partidos de ping-pong o chicos de billar. Durante ese tiempo Smilka trató varias veces de ponerse en contacto con él: lo llamó por teléfono (pero Sergio pidió a la telefonista que no le pasara llamadas de esa chica), le escribió una carta (que Sergio no contestó, a pesar de sentirse injusto) y llegó incluso a acercarse al hotel y preguntar por él en la recepción. «Dígale que no estoy», le pidió Sergio al recepcionista. Al cabo de unas semanas, Smilka se dio por vencida. La última vez que se vieron fue un momento triste. El Regimiento Rebelde Bethune-Yenan había organizado una jornada de protesta frente a la embajada británica, y allí estaban Sergio, Marianella y Carl gritando consignas contra la guerra de los Seis Días (que en los dazibaos aparecía como «agresión a los países árabes de Gran Bretaña, Estados Unidos e Israel»), cuando un carro lujoso pasó entre las rejas de la embajada y el grupo de guardias rojos. Avanzaba a velocidad suficiente como para evitar que a los manifestantes se les ocurriera detenerlo, pero aun así Sergio alcanzó a ver, pegada a la ventana trasera, la cara hermosa de Smilka, en la cual se tropezaban la aprensión, la decepción y la tristeza. Nunca volvieron a verse. Mejor así, pensó Sergio, y acaso lo creía de verdad.

A finales de junio, pero no como respuesta a esas peticiones, la asociación organizó un viaje revolucionario. Los beneficiarios eran los hijos de los dirigentes comunistas internacionales —los hijos, en otras palabras, de altos mandos guerrilleros de Laos, Camboya y Vietnam—, pero Sergio y Marianella hacían parte de la lista desde el principio, como si su padre, al otro lado del mar, siguiera moviendo los hilos de sus vidas. Aquello no era trabajo proletario ni les ayudaba a avanzar en su intención de vivir como el pueblo verdadero, pero estaba más cerca de la Revolución que la rutina burguesa del hotel. Eran dos buses que partieron hacia el sur, y cuyos pasajeros cantaron consignas y caminaron por el pasillo y soltaron carcajadas groseras durante kilómetros, como en cualquier paseo de adolescentes. Hicieron paradas en Ruijin, el lugar donde en 1934 comenzó a marchar el Primer Ejército Rojo, liderado por Mao y Zhou Enlai, y luego visitaron Shaoshan, la aldea de Hunan donde nació el presidente Mao en 1893, y en el recorrido tuvieron tiempo de visitar las bases de la Guerra de Liberación.

No fue un viaje sencillo, pues los guardias rojos les cerraron el paso con frecuencia, alarmados por el espectáculo de un bus lleno de jovencitos privilegiados: todos potenciales contrarrevolucionarios. Los bajaban del bus con insultos y a veces llegaron a agredirlos, y las cosas habrían sido peores si los hijos de los dirigentes no hubieran intervenido. Les pidieron a Sergio y a Marianella que bajaran del bus y los señalaron como si fueran delincuentes en una fila, pero no para acusarlos de nada, sino todo lo contrario: los usaron para defenderse. «Son camaradas latinoamericanos», dijeron. Y eso, aparentemente, era la prueba incontrovertible de que aquél no era un paseo de chinos burgueses sino una reunión internacional de revolucionarios, aunque algunos fueran niños todavía.

El viaje duró poco más de un mes. Cuando regresaron a Pekín, avanzando por calles de semáforos en rojo, Sergio y Marianella se encontraron con un hotel desierto. Era el mes de agosto más húmedo en muchos años, y las familias del Hotel de la Amistad se habían ido a pasar el calor en otra parte. El lugar era como un pueblo fantasma. Sergio comenzó a pasar los días encerrado en su cuarto, leyendo y releyendo Así se templó el acero , una novela de Nikolái Ostrovski que se convirtió en el único contacto con el inalcanzable futuro proletario. Marianella le reprochaba su quietud. «La revolución es para la gente que actúa», le decía. «¿Qué hacemos nosotros aquí metidos?». Una noche lo sorprendió leyendo su libro de Ostrovski y lo vio tan absorto, tan ajeno al mundo que lo rodeaba, que le tomó una foto como si quisiera conservar la prueba de un delito. Sergio ni siquiera se dio cuenta, porque su música estaba sonando a todo volumen: había encontrado en la tienda del hotel una versión vieja de Don Giovanni y una más reciente de La traviata , y las había comprado sin pensarlo dos veces, pues Mozart y Verdi ya eran nombres proscritos por la Revolución Cultural.

Encerrado en su cuarto, Sergio dejó de darse cuenta de las horas a las que Marianella recibía a Carl en su habitación. A veces se quedaba a pasar la noche; Sergio se lo encontraba cuando bajaba para desayunar, y entonces, en conversaciones tensas, se enteraba de todo lo que había ocurrido con el Regimiento Rebelde durante su ausencia. Mientras los Cabrera viajaban en bus con otros adolescentes revolucionarios, el regimiento había organizado manifestaciones para protestar por los arrestos de periodistas chinos en Hong Kong y por las acciones antichinas del gobierno de Birmania, se puso de acuerdo en mandar un telegrama de apoyo a los proletarios de Wuhan y ahora estaba preparando la celebración por los cien años de El Capital de Marx, que se cumplirían en septiembre. Marianella sentía que se habían perdido de muchas cosas por estar de viaje y, al mismo tiempo, que no había pasado nada de importancia. En medio de las convulsiones que comenzaban en la puerta del hotel, su vida había quedado paralizada. Carl parecía cada vez más enamorado de ella; para ella, en cambio, era como si estuviera esperando a que le sucediera una vida que no aparecía por ninguna parte.

Una tarde calurosa, el Regimiento Rebelde se reunió para examinar lo conseguido durante el verano. No estaban allí los adultos, pero sí todos los jóvenes: Carl, Marianella, Sergio, y también los extranjeros más activos: Shapiro, Rittenberg, Sol Adler. Fue Adler quien leyó un informe sobre los ataques que el regimiento había comenzado a recibir de otros guardias rojos. Era una lista precisa que pasó, mimeografiada, de mano en mano:

El liderazgo del Regimiento es conservador

El Regimiento ha bloqueado la Revolución Cultural entre los extranjeros durante un año y medio

El Regimiento (viejas autoridades) quiere controlar los movimientos de mujeres asiático-africano-latinoamericanas

El Regimiento escribió poemas contra sí mismo para ganar simpatía

«Todo esto es ridículo», dijo Marianella. «Afuera los camaradas están trabajando por la Revolución, y nosotros estamos peleando por estupideces frente a una piscina olímpica».

«No son estupideces», le dijo Carl. «Los ataques son serios. Están poniendo dazibaos en las paredes de la universidad, Lilí. Están atacando a los judíos, así, a todos los judíos. No podemos dejar…».

«Pero eso es aquí, Carlos», le dijo Marianella, que a veces lo llamaba por la traducción española de su nombre. «Eso sucede en el Hotel de la Amistad».

«Pues aquí mismo atacaron a mi padre», dijo Carl. «Con nombre propio, además».

Se refería a un dazibao que había aparecido en días pasados a la entrada del comedor internacional del Hotel de la Amistad. Los autores, al parecer, eran un grupo de árabes que no veían con buenos ojos la participación de tantos judíos en la Revolución Cultural. David había defendido la presencia de los occidentales, y los árabes respondieron con una pregunta que era un juego de palabras sobre un viejo refrán inglés: By Hook or by Crook? Marianella no entendió.

«Quieren decir que mi padre es un inescrupuloso», dijo Carl. «Que está dispuesto a lo que sea para lograr lo que quiere. No se puede decir que no sean ingeniosos, pero es un ataque, y es personal, y es serio».

«Puede ser», dijo Marianella, «pero da igual. Aquí estamos nosotros, en un hotel con piscina y salón de bailes. Aquí no es donde pasan las cosas. Aquí no es la vida proletaria, Carlos, aquí no es la vida de verdad».

El primer día de septiembre, Sergio perdió la paciencia. Había dejado de contar las veces que escribió a la asociación, pero podía hacer un inventario de las visitas de los camaradas, siempre muy simpáticos, siempre muy comprensivos, que tomaban atenta nota de sus agravios —acerca del estudio frustrado, acerca del contacto con el mundo de los trabajadores— y luego pedían unos días para darles una respuesta que nunca llegaba. Ahora ya no podía esperar más. Sacó de su armario el maletín gris con la máquina de escribir que le había dejado su padre, una Olivetti cuyas mayúsculas se saltaban, y se acomodó en la mesa del comedor. Metió un papel en blanco en el rodillo y escribió: Camaradas . Luego, en otro renglón: Asociación de Amistad Chino-Latinoamericana . Y luego se despachó.

En vista de las dificultades que hemos encontrado para poder comunicarnos con ustedes, hemos tenido que optar por escribirles una carta por medio de la cual queremos plantearles algunos puntos que consideramos necesario repetir, así como también unas críticas a ustedes respecto al tratamiento que se ha adoptado hacia nosotros. Consideramos que lo mejor sería empezar por la raíz del problema. Por lo tanto, queremos recordarles el objetivo que hemos perseguido al quedarnos en China. Por lo que hemos observado respecto a este problema, ustedes tienen un punto de vista erróneo. Esto se puede ver por el tratamiento que nos han dado.

Sí, eso estaba bien, pensó Sergio. Enseguida enumeró las razones que los habían llevado, a él y a su hermana, a quedarse en Pekín. Eran varias, pero se resumían en una: lograr un cambio radical en su concepción pequeñoburguesa del mundo y conseguir su remodelación ideológica —esa palabra usó Sergio: remodelación — para adquirir la conciencia de clase del proletariado y, al regresar a su país, hacer un mayor aporte a la lucha revolucionaria del pueblo colombiano.

Y nos hemos quedado a estudiar precisamente en China porque ella es el centro de la revolución proletaria mundial, porque es la vanguardia marxista-leninista del mundo en la época actual, y por lo tanto el lugar más indicado para que jóvenes como nosotros se puedan educar y nutrir con el pensamiento de Mao Tse-Tung, el marxismo-leninismo en su más alto nivel en nuestra era.

Eso también estaba bien: «En su más alto nivel en nuestra era». Pero ahora, después del elogio, tenía que levantar el tono.

Nosotros somos conscientes de la siguiente enseñanza del camarada Mao Tse-Tung, y creemos que ustedes también deben ser conscientes de ella: «Los pueblos que hemos conquistado la victoria en nuestra revolución debemos ayudar a los que están aún luchando. Éste es nuestro deber internacionalista». ¿Consideran ustedes que con su tratamiento hacia nosotros están cumpliendo con esta enseñanza del camarada Mao? El simple hecho de que estemos aquí no significa que estemos cumpliendo el objetivo expuesto anteriormente en esta carta. El hecho de que estemos aquí, bajo el cuidado de ustedes, es de por sí un acto internacionalista. Pero ¿satisface las exigencias de la ayuda expresada por el camarada Mao Tse-Tung en el pasaje citado anteriormente? Creemos que no. ¿Cómo se adquiere una formación política? ¿Se adquiere permaneciendo encerrados entre cuatro paredes, sin participar activamente de la vida y luchas políticas de las masas del pueblo? No. ¡En absoluto! ¿Cómo se pueden adquirir una consciencia y una posición de clase proletarias sin fundirse con las masas del proletariado?

Luego siguió citando a Mao: Para adquirir una verdadera comprensión del marxismo, hay que aprenderlo no sólo de los libros, sino principalmente a través de la lucha de clases, del trabajo práctico y del contacto íntimo con las masas obreras y campesinas. ¿Han satisfecho ustedes este deseo? ¿Han ustedes contribuido en lo más mínimo a iniciar nuestra formación política en la forma como lo enseña el camarada Mao Tse-Tung? La respuesta era negativa. Sergio enumeró los varios momentos en que había acudido a la asociación para pedirles ayuda sin conseguir nunca nada más que negativas, evasivas o silencios, y en el mejor de los casos el argumento cansado de la «seguridad» (Sergio usaba aquí unas comillas que parecían doblarse de ironía). Todas estas negativas de parte de ustedes fueron aplastando poco a poco nuestra confianza en que ustedes nos pudieran ayudar a conseguir el objetivo buscado con nuestra estadía aquí . Esto ya era una acusación, y bastante seria. En lugar de calmar la retórica, Sergio decidió presionar todavía más.

Todo nos indica que la línea que se nos ha aplicado es errónea en extremo y que no es la línea revolucionaria proletaria del camarada Mao Tse-Tung. Todo nos indica una obstrucción a nuestra formación política en lugar de ser lo contrario. ¿No se dan cuenta acaso ustedes de la importancia que tiene para nosotros el poder iniciar nuestra transformación ideológica y nuestra formación política? ¿No ven ustedes la necesidad que tiene la revolución colombiana de jóvenes políticamente firmes en su posición política de clase proletaria? ¿No se han dado cuenta ustedes de nuestro deseo de llegar a ser esa clase de jóvenes? ¿Quieren acaso vernos tomar el camino erróneo? ¿Desean acaso vernos degenerar hacia el revisionismo?

Lo que pedimos es concreto: pedimos que se nos dé la oportunidad para integrarnos con las masas revolucionarias chinas para aprender de ellas, ya sea en una fábrica, una comuna popular, una escuela o una institución de traducciones hasta cuando se inicien las clases. Aunque nuestro mayor deseo —el cual les pedimos hagan todo lo posible por cumplir— es el de recibir entrenamiento político militar en unidades del Ejército Popular de Liberación.

Ya está, pensó, ya lo dije. Ahora era el momento de sacar toda la artillería.

¡ Nos rebelamos contra la aplicación de la línea reaccionaria burguesa en el trato hacia nosotros! ¡Protestamos por el trato recibido hasta ahora de parte de la asociación! ¡Exigimos el cumplimiento de los principios marxista-leninistas del internacionalismo proletario, como lo enseña el camarada Mao Tse-Tung! ¡Exigimos respuesta concreta a la mayor brevedad posible !

Sergio firmó la carta con la certidumbre de haber dado un paso al vacío. Semejante memorial de agravios sólo podía tener dos resultados: o les hacían caso y les daban lo que pedían, o se ponían en contacto con sus padres para mandarlos de vuelta a Colombia por haberse convertido en una carga. Durante la siguiente visita de la tutora Li, Sergio le puso el sobre en la mano sin decir ni una palabra, más bien con la solemnidad de quien entrega una urna llena de cenizas, y se puso a esperar.

Cuatro días después estaba mudándose, junto con Marianella, a la Fábrica de Relojes Despertadores de Pekín.

Llegaron en horas de la mañana, cuando todavía el aire estaba fresco. El camarada Chou, secretario de la asociación, los había recogido en el Hotel de la Amistad, y en el trayecto les explicó dos o tres cosas sobre el lugar donde vivirían a partir de ahora. Era una fábrica importante: a pesar de su nombre modesto, allí se producían sofisticadas maquinarias de explotación de petróleo y dispositivos de alta precisión para la industria aeronáutica (y Sergio, al oír esto, pensó brevemente en el profesor de Dibujo de la escuela Chong Wen). Para el partido, decía el camarada Chou, la Fábrica de Relojes Despertadores era de importancia estratégica, y los hermanos Cabrera debían sentirse afortunados. No todo el mundo tenía el privilegio de trabajar en un lugar así.

El Comité de Dirección los recibió con una pequeña reunión de bienvenida. Allí estaban los miembros de la asociación, saludando a la gente con orgullo de mentores, y varios trabajadores, representantes de cada uno de los talleres. Un fotógrafo documentaba el momento: movía a Sergio y a Marianella como si fueran siluetas de cartón, llevándolos de grupo en grupo, asegurándose de fotografiarlos junto a todos los presentes. Sergio agradeció en silencio la breve ceremonia, cuya única utilidad era darle algo de brillo a su llegada. Mao decía en alguna parte que no debería haber diferencia alguna entre los chinos y los extranjeros revolucionarios, y era esto lo que Sergio esperaba. Quería ser uno de ellos. Quería ser uno más.

En breves discursos, los directores les agradecieron por venir a China para ayudar en la construcción del socialismo. Otros elogiaron la solidaridad entre los pueblos y el espíritu internacionalista de este momento. El camarada Chou se dirigió a los directores de la fábrica para contarles que los jóvenes Cabrera eran hijos de revolucionarios colombianos, que sus padres habían sido especialistas en el Instituto de Lenguas Extranjeras y que ya habían regresado a su país para hacer la revolución. «Por eso delegaron en el pueblo chino la enorme responsabilidad de educar a sus hijos», dijo, evidentemente emocionado, el camarada Chou. «Y el pueblo chino ha cumplido con dedicación y compromiso». Hizo una pausa y continuó: «En los próximos días, los recién llegados harán un recorrido itinerante por toda la fábrica. Pido a todos los jefes de sección, a los responsables de todos los talleres, que los acojan con camaradería, y que dediquen su tiempo a apoyarlos y enseñarles su oficio». Acabada la reunión, Sergio se acercó a uno de los directores de la fábrica y explicó que en la otra fábrica había aprendido a manejar el torno, que lo había aprendido bien, que eso era lo que le gustaría hacer aquí. Pensó que estaba haciendo lo correcto, dejando constancia de un oficio y dando muestras de entusiasmo, pero el director lo miró con severidad.

«Usted no está aquí para hacer lo que más lo divierta», le dijo. «Usted está aquí para hacer lo que sea necesario».

Se dio la vuelta y se fue. Era el camarada Wang. No sólo era uno de los directores de la fábrica, sino un hombre respetado entre los obreros: tenía una suerte de autoridad natural que no hubiera podido ocultar aunque quisiera, y hablaba con palabras breves y refranes oscuros que no repetían los usos de la jerga revolucionaria y que habrían despertado sospechas o recelos en boca de otra persona. Era obvio que no le había hecho gracia la llegada de dos jóvenes occidentales que de buenas a primeras le estaban diciendo qué hacer, y durante los días siguientes pareció que los evitaba. Para Sergio fueron días agotadores: no sólo por el trabajo físico con máquinas que nunca había visto, ni por la tensión de hacer correctamente lo que le pedían, sino por el esfuerzo de entender una lengua que no era la de la escuela ni la de la calle. No dormía bien, además, porque ya la temperatura de los días comenzaba a bajar, y las noches se hacían tan frías que era necesario llevarse a la cama botellas llenas de agua caliente. Los primeros días recorrieron la fábrica entera, visitando cada galpón y cada taller, haciendo una especie de misión de reconocimiento. Luego visitaron la sección de diseño y fue como estar de regreso en la Chong Wen (las mesas de dibujo, las reglas y los compases, los lápices de mina delicada). Al final llegaron a los talleres de mantenimiento, donde Sergio se sentía más cómodo: era un inmenso galpón lleno de fresadoras y taladros y prensas y tornos donde apenas se podía hablar por el ruido, y en cuyo aire flotaba el olor denso de los metales limados. Sí, ése era su ambiente, pensó Sergio, allí se movería como pez en el agua. Pero entonces le presentaron al jefe del taller: era el camarada Wang.

«Ya veo que conseguiste lo que querías», le dijo. Sergio notó el tuteo; también notó la voz grave, que no era usual entre los chinos. «¿Te gusta lo que ves?»

«Me gusta», dijo Sergio. «Pero le prometo que no voy a divertirme».

Wang no sonrió. Con mirada seria, pero sin el menor rastro de solemnidad o arrogancia, dijo:

«Mientras más alto el bambú, más flexible debe ser su tronco para tocar con sus hojas las aguas del río».

Rodeó a Sergio con un brazo —sólo entonces se dio cuenta Sergio de que le llevaba al hombre media cabeza de estatura— y lo condujo por los corredores del taller. A todos los obreros que se encontraba les iba diciendo que éste era el camarada colombiano, que su nombre en chino era Li Zhi Qiang, que el deber de todos era convertir su estadía en el taller en un tiempo feliz, y todos respondían con venias más o menos pronunciadas y sonrisas que parecían sinceras. Finalmente llegaron frente a un torno que no tenía operador: era más grande que el de la Fábrica de Herramientas Número 2; también era de mecanismo más complejo. El camarada Wang puso una mano en la manivela, grande como el timón de un carro, y con la otra acarició la máquina como si se tratara de un caballo fiel.

«De ahora en adelante, y hasta que tú quieras, yo seré tu maestro», dijo. «De ahora en adelante, y hasta que él quiera, éste será nuestro torno. Vamos a cuidarlo mucho».

Y luego empezó la lección.

La actitud hacia China, por lo menos, debe ser de agradecimiento. Deben pensar que es China quien les está dando todo lo necesario para lograr que ustedes sean unos revolucionarios que puedan servir a su pueblo. Esto lo hacen por su extraordinario espíritu internacionalista proletario. En realidad, ustedes no tienen derecho a exigir nada. Solicitar sí, lo que necesiten, pero siempre en forma muy cordial y con gran camaradería. Cuando comprueben que alguna cosa no anda bien (y siempre y cuando tengan una absoluta seguridad de que es así) y puedan indicar cuál es la solución, deben hacer las observaciones necesarias, pues este tipo de crítica representa también una ayuda al pueblo chino. Hay que tener en cuenta que es natural que todavía existan cosas que no marchen bien, que tengan defectos y errores, pero en lo principal, en lo fundamental, en lo básico, existe una correcta política marxista-leninista.

Todas las mañanas, después del desayuno y antes de comenzar la jornada, los trabajadores se reunían en un salón sin muebles, delante de una enorme foto del presidente Mao adornada con banderas y guirnaldas de flores artificiales. Y entonces le hacían peticiones en voz alta: que los guiara por el camino correcto para que la producción fuera buena; que les permitiera cumplir los planes diseñados por los directores; que los protegiera de los accidentes de trabajo. La misma escena se repetía al final de los días, antes de la cena, con los mismos trabajadores de la mañana, y terminaba con el mismo grito combativo: «¡Viva el presidente Mao!». Un día, durante el almuerzo, Sergio habló al respecto con Marianella. Le preguntó si aquellos rituales no le parecían raros o incluso un poco incómodos: si no se le parecían demasiado a la misa católica. Resultó que Marianella ya le había dicho algo similar a su maestro.

«¿Cómo?», dijo Sergio. «¿Y no te metiste en líos?»

Al contrario. Su maestro era un hombre mayor que la había acogido como si tuviera que protegerla de algo. Al principio, Marianella había sido destinada a la sección que cerraba los relojes ya armados, y durante días se especializó en apretar un tornillito, siempre el mismo y siempre con la misma herramienta, hasta que se hartó de todo: del tornillito, de la herramienta y de los relojes. Y lo dijo: estaba harta. Su maestro, en lugar de reprochárselo, la trasladó de inmediato al galpón donde se fundían las bases para los relojes. Eran máquinas lentas que no exigían mucha atención, de manera que Marianella aprovechó el tiempo (y su desparpajo) para conocer mejor a su maestro. Por eso después, cuando se encontró repitiendo de memoria las frases de Mao frente al retrato, no tuvo problema en decir:

«Esto es como el Sagrado Corazón de Jesús».

«¿Qué dice, compañera Lilí?»

«En mi país, esto se hace con Dios. Y a mí nunca me ha gustado».

Por toda respuesta, el maestro la invitó una tarde a su casa, dos cuartos pobres en un edificio de cemento gris. Vivía con su mujer, cuya cara arrugada le trajo a Marianella la imagen de la abuelita de la comuna, que cocinaba sin hablar mientras él le mostraba a Marianella las paredes del lugar diminuto. En ellas no cabía un retrato más del presidente Mao, y donde no había un retrato había una frase enmarcada, como un dazibao más pequeño y venerable.

«Si se me caen las paredes por el peso, que se me caigan», dijo el maestro. «Mao me lo ha dado todo. Tengo trabajo y comida gracias a él. A mis padres los mataron los japoneses en la guerra. Eso fue hace menos de veinte años, pero parece otra vida. Yo, en cambio, sé que no voy a morir en una guerra, porque ahora China es poderosa. Y si tuviera que morir por mi pueblo, lo haría con gusto. Si Mao me pidiera morir por la patria, no lo pensaría dos veces. Mire, señorita, la diferencia es muy clara: ustedes, en su país, tienen un Dios muerto. Nuestro Dios está vivo. ¿Por qué no vamos a hablarle?»

Marianella pensó que tenía toda la razón.

Sergio, mientras tanto, se daba cuenta de que el camarada Wang no participaba con el mismo entusiasmo en las sesiones, ni lanzaba las consignas con la misma reciedumbre. Después de unas semanas notó que el saludo de las mañanas se había transformado: «¡Viva, viva muchos años el presidente Mao!», gritaban ahora los trabajadores; pero la voz gruesa del camarada Wang no se escuchaba claramente. Sergio puso el tema en una pausa entre dos trabajos intensos. Su maestro, que para entonces había comenzado a pedirle que lo llamara Lao Wang (era como decir «viejo Wang»: un apelativo de confianza), le hizo señas de que hablarían después. Y al salir del taller, cuando estuvo seguro de que nadie lo oía, comenzó a referirse a lo que estaba sucediendo con el presidente Mao. Habló de los retratos que colgaban en todos los talleres, en todos los comedores, en todos los dormitorios; habló de las fotos que todos los trabajadores cargaban en el bolsillo; cuando no llevaban fotos, llevaban escudos con la efigie del presidente, y las fotos o las efigies iban invariablemente dentro del Libro Rojo, que los trabajadores consultaban durante el menor momento de descanso. Lao Wang resumió la situación con pocas palabras:

«Lo están convirtiendo en un Buda».

Sergio había visto a los guardias rojos durmiendo en la calle y aguantando frío para tener la posibilidad de divisar a Mao en su balcón de la plaza Tiananmén. Los había visto llegar por millones de toda China para estar más cerca del líder, aunque fuera a cinco cuadras de distancia y aunque el único contacto que tuvieran con él fuera el de los himnos que le cantaban durante horas. Había algo descoyuntado en esos excesos. El mismo presidente Mao había criticado duramente el culto de la personalidad de Stalin, que contaminó el socialismo soviético durante muchos años, y señalado lo nocivo que podía ser para el desarrollo de la revolución proletaria. A Sergio, los rituales de la mañana y de la tarde le provocaban un franco fastidio, pero nunca dejó que nadie se diera cuenta. Para principios de noviembre la consigna había vuelto a cambiar: «¡Que el presidente Mao tenga una vida infinita y sin fronteras!», decían o gritaban a coro los trabajadores reunidos frente al retrato a todo color del presidente. Un día Lao Wang le dijo a Sergio: «El saludo al Emperador no era muy distinto». Había en su voz un lamento genuino, y Sergio entendió bien el sentimiento. Ya se había dado cuenta de que otras cosas funcionaban mal en la Revolución, y el culto de Mao no era el único síntoma.

Había estado hablando con los obreros. En ratos muertos, a la hora de las comidas, en el trayecto que se hace a pie desde un taller al otro o entre los dormitorios y el trabajo, le contaban cosas que parecían conversación espontánea, pero que siempre se decían en voz baja. Ahora Sergio entendía por qué a la asociación le había costado tanto encontrar un lugar de trabajo para los hermanos Cabrera: la fábrica era una de las pocas que no habían cerrado en estos tiempos críticos. Los obreros le hablaban de huelgas en todas partes del país, de sabotajes constantes de parte de los mismos trabajadores, de falta de materia prima tan dramática que a veces no había ni siquiera carbón para calentar las barracas donde dormía la gente mientras afuera hacían diez grados bajo cero. Al oírlos era imposible distinguir un tono de queja: todo lo contaban como quien cuenta un accidente de la naturaleza. ¿Qué podían hacer ellos? Sí, camarada Li Zhi Qiang, el país estaba sufriendo: sufría hambrunas en Heilongjiang; sufría los desmanes de Daoxian, donde los guardias rojos, nuestros camaradas, habían asesinado a miles de compatriotas. En todo caso, le pedían al camarada Li Zhi Qiang que no repitiera lo que acababan de contarle. Por favor, camarada, ¡nunca diga a nadie que le hemos dicho esto!

Le hablaron entonces del camarada que había hecho un comentario imprudente criticando las huelgas; lo habían acusado de capitalista, y su castigo, como el de todos los sospechosos de capitalismo, había sido limpiar los retretes de la fábrica sin ayuda de nadie.

El camarada Li Zhi Qiang prometió que nunca diría nada.

Sergio había olvidado esas conversaciones un par de semanas después, cuando llegó con su hermana al Hotel de la Amistad y se encontraron con un recado de la asociación: sus padres querían hablar con ellos; tenían que llamar a Colombia. Pidió la llamada a la operadora del hotel en la mañana del sábado, a eso de las diez, y al día siguiente timbró el teléfono de su habitación. Era su padre. «¿Cómo están?», preguntó Fausto. «¿Cómo va todo?». Fausto explicó que había estado hablando con Luz Elena, y que entre los dos habían llegado a la conclusión de que ya era tiempo de que Sergio y Marianella volvieran a Colombia. «Claro está», añadió, «que eso será cuando hayan terminado todo. Pero nos parece que ya es hora de que vuelvan. ¿Estás de acuerdo?». Sergio se quedó pensando un instante, escuchando la estática de la línea. Cuando hayan terminado todo . La frase era críptica, pero habría sido una imprudencia mencionar por teléfono el plan que habían trazado: hacer el entrenamiento militar del Ejército Popular de Liberación. Era un privilegio reservado a muy pocos, y la participación de extranjeros se mantenía en secreto estricto, pues a ningún camarada chino le habría caído en gracia que un occidental ocupara el puesto que podría tener uno de ellos.

«Sí», dijo Sergio al fin. «Si no la hacemos ya, la revolución la van a hacer otros».

«Pues ya está», dijo Fausto. «Comiencen a preparar el viaje. Ahora vas a tener que encargarte de algunas cosas. ¿Tienes papel y lápiz?»

Entonces le dio una serie de instrucciones. Ni Sergio ni Marianella tenían documentos para viajar, pues cuatro años atrás, al llegar a China, Sergio y Marianella eran todavía niños que viajaban inscritos en el mismo pasaporte de sus padres; ahora necesitarían sus propios pasaportes individuales, y para obtenerlos tendrían que tramitarlos en un consulado colombiano. Recientemente se habían reanudado las relaciones diplomáticas entre Francia y China, y Air France tenía un vuelo semanal entre Pekín y París. De manera que Fausto mandaría los pasaportes por correo, junto con el Registro Civil de Nacimiento, y Sergio viajaría a París para cambiarlos por unos nuevos. La asociación, dijo Fausto, se haría cargo de la compra de los pasajes y la reserva del hotel, y añadiría viáticos suficientes. Como a Sergio le faltaba la ropa (había crecido mucho desde su llegada, y la ropa que había adquirido en estos años era toda china), Marianella le pidió a Carl que le prestara un par de pantalones a su hermano, y Carl llegó un día al Hotel de la Amistad con unos jeans que había traído del viaje a Canadá. Levi’s , decía la etiqueta. A Sergio le pareció curioso que una prenda de origen obrero estuviera haciendo furor entre los burgueses de Occidente. «Feliz Navidad», dijo Carl. «Con dos meses de anticipación».

Se acordarían de esa frase —de esa fecha— por lo que vino después.

Una de esas mañanas de otoño, David Crook cruzaba el campus del instituto hacia la oficina donde recogía su correo. El suelo estaba cubierto de piedras, pues los enfrentamientos entre las distintas facciones se habían recrudecido en esos días, y un grupo de guardias rojos vigilaban los alrededores del salón de clases que habían convertido en su lugar de operaciones. En ese momento, otros estudiantes salieron de las sombras, las cabezas cubiertas con cascos que parecían militares, y agresivamente le pidieron a David que les entregara su cámara. «¿Cámara? No llevo cámara», dijo él. «Mentira», respondió uno de ellos. «Usted es un espía. Un espía extranjero». Lo llevaron al salón del segundo piso, le quitaron su maletín, le pidieron que vaciara los bolsillos. «No tienen derecho a detenerme», les dijo David. Era de noche cuando lo bajaron, siempre escoltado, y lo metieron a la fuerza en el asiento trasero de un carro demasiado pequeño para él y los dos guardias que lo acompañaban. Después de media hora de trayecto llegaron al cuartel general de la guarnición de Pekín. Para entonces, David se había dado cuenta de que estos chicos no estaban jugando.

Al cabo de dos horas, un joven con aspecto de oficial llegó para decirle que tendría que pasar la noche detenido: habían encontrado material sospechoso en su maletín. Pensó en los textos que traía: eran dos de las últimas instrucciones de Mao, que el Batallón de la Bandera Roja había conseguido pero que no se habían transmitido por radio todavía. ¿Sería eso lo que les parecía sospechoso? Sí, eran documentos de uso oficial, y sí, estaban en manos de un extranjero: no era improbable que eso despertara sospechas. David protestó, pero fue nuevamente en vano. El guardia lo condujo a una celda en la que apenas cabía un camastro. Allí pasó la noche, y el día siguiente, y la noche siguiente también. Cuando trató de mirar a través de la ventana abarrotada, el guardia le gruñó: David entendió que sólo debía mirar hacia adentro, para mejor meditar sobre sus culpas. Al tercer día un campero verde lo trasladó a otro lugar, cruzando la ciudad, y después de dos semanas, en la mitad de la noche, volvieron a meterlo en un vehículo para volver a cruzar la ciudad en el sentido opuesto. Lo que se encontró al llegar fue descorazonador: una celda diminuta, oscura y húmeda, adornada solamente con un afiche que llamaba a la supresión de los elementos contrarrevolucionarios. Al día siguiente, cuando pidió permiso para ir al baño, un guardia lo acompañó al otro lado de un patio de cemento, y así David descubrió que se encontraba en una suerte de complejo de edificios de ladrillo que evidentemente no habían sido siempre la prisión improvisada que eran ahora. A lo lejos se veía la estrella roja del Museo Militar, que se iluminaba en las noches, y David se acostumbró a buscarla con la mirada cada vez que salía al baño, cada noche de cada semana de cada mes, para recordar que allá fuera seguía existiendo el mundo.