Mientras cruzaban el parque hacia la calle Mallorca, alejándose ya de la Sagrada Familia, Sergio se atrevió a comentar que la visita lo había decepcionado. La construcción que habían visto no se parecía en nada a la que él guardaba en su recuerdo, y estaba dispuesto a apostar aunque perdiera que Gaudí, si volviera a la vida, si saliera de su tumba con las magulladuras y las cicatrices del tranvía que lo mató, se plantaría con espanto frente al proyecto más importante de su vida y diría: «¿Pero qué han hecho con mi iglesia?». Sergio sabía que en esa opinión pesaba demasiado la nostalgia de un recuerdo de juventud, aquella visita de 1975 en que pisó por primera vez el país que había echado a su padre. Ahora veía el lago que parecía salido de un pesebre, los vendedores públicos, las calles del Ensanche y sus filas infinitas de plátanos de sombra; veía a los turistas tan numerosos que bloqueaban la entrada de la iglesia y entorpecían el paso de los transeúntes, menos individuos que grandes rebaños cuyos buses descomunales proyectaban en la acera sus siluetas cuadradas. Y le dijo a Raúl:
«Es que yo me acordaba de otra cosa».
Se acordaba de caminar por las calles estrechas del Ensanche un día de 1975 y de toparse con la catedral al doblar la esquina, una figura que no se parecía a nada que Sergio, a sus veinticinco años, hubiera visto antes. Se acordaba de un día de cielos limpios, muy parecido al que tenían ahora: este cielo que les impedía meterse al metro e incluso buscar un taxi. Era verdad que tenían que volver al hotel, encontrar un restaurante para almorzar —pero no cualquiera, sino uno que celebrara el hecho de estar aquí, en Barcelona, juntos, un padre y un hijo hablando de todo y de nada— y tener un par de horas para descansar antes de la sesión de la tarde en la filmoteca. Pero la calle Mallorca conservaba todavía el olor de las lluvias recientes, o el olor que la lluvia había sacado de los árboles, y Raúl no dejaba de hacer preguntas sobre su abuelo; y Sergio, al contestarlas, se daba cuenta de haber hablado mucho de su padre en el curso de los años, de haber contado muchas veces esas historias fabulosas de una vida que no había sido como las otras, y qué raro era hacerlo ahora, cuando esa vida ya no estaba. Así, hablando de Domingo, el padre de Fausto, que había sido guardaespaldas del tío Felipe, y de Josefina Bosch, la esposa catalana de Domingo, y del perro Pilón, que se asustaba con los bombardeos, llegaron a Paseo de Gracia y empezaron a bajar en dirección a plaza Cataluña. Se estaban acercando a la plaza cuando Raúl preguntó: «¿Y dónde vivía Tato? ¿Dónde vivía su familia?». Sergio le dijo que no lo sabía: tenía que haber sido uno de los barrios bombardeados por los italianos, porque eso le tocó muy de cerca, pero Fausto nunca le había dicho con precisión dónde quedaba su apartamento de Barcelona.
«Decía que desde allí se veía Montjuic», dijo Sergio. «Pero no recordaba nada más. Normal: tenía trece años, pero era apenas un niño. Los bombardeos tuvieron que ser los del 38, eso creo yo». Entonces algo se iluminó en su memoria. «Pero yo conocí a alguien que sí estuvo en lo más serio. Bueno, lo conocí apenas, tu tía lo conoció mucho más. Porque era el padre de su novio, un novio que tuvo en China. La suya fue otra vida de ésas. Como la de Tato: esas vidas que te cuentan una historia más grande, no sé si me entiendes. O tal vez no es que te cuenten una historia, sino que la historia las arrastra. A veces se me ocurre que por eso se acercaron los dos: ser hijos de gente así marca un poco. Claro, yo no sé si uno se dé cuenta de estas cosas a esas edades. Tu tía tenía catorce cuando conoció a Carl Crook, yo tenía dieciséis, Carl tenía diecisiete: ¿qué podíamos saber de la vida? Vivíamos solos en un hotel, íbamos y veníamos a nuestro antojo, y creíamos que por eso lo teníamos todo dominado. Pero no era así».
Aquí había estado David. En los días de los disturbios de Barcelona, por aquí había pasado su larga silueta desgarbada. A Sergio, de repente, no le costaba ningún trabajo imaginárselo por estas calles, bajando por Paseo de Gracia, caminando por esta plaza: un inglés peleando como tantos ingleses en la Guerra Civil. Toda una generación que vio la sublevación del franquismo, que vio lo que pasaba en el resto de Europa y llegó a la conclusión de que la lucha contra el fascismo se perdería o se ganaría según la suerte de la República. David Crook tenía veintiséis años cuando comenzó aquello, y le pareció evidente que tenía que echar una mano. ¿Cómo podía saber que eso le iba a cambiar la vida? Lo extraño, para Sergio, era darse cuenta de todo lo que sabía ahora y entonces ignoraba sobre David Crook. Todo lo que no había sabido viviendo en China, viendo a los Crook todas las semanas, viendo a Carl y a sus hermanos Michael y Paul, oyendo hablar de David el aventurero y de Isabel, la mujer corajuda, la hija de misioneros; todo lo que había aprendido con los años, en conversaciones con Marianella y con Carl, leyendo las memorias que David había escrito y hecho públicas en su vejez: es mucho lo que se aprende en medio siglo. Lo raro era que ahora saliera todo a la superficie. ¿Era posible que la mera presencia de Sergio en Barcelona, esa banal coincidencia geográfica de un cuerpo y una ciudad, causara este regreso al pasado? No, sin duda era algo más complejo. Después de todo, esto va a ser una retrospectiva de verdad , le había dicho Sergio al director de la filmoteca. Pero no hubiera podido imaginar esta dedicación con que su memoria se pondría a recordar a esa gente desaparecida, sus historias, sus palabras. Su padre, si pudiera escuchar sus pensamientos, aprovecharía el momento para recitar a Machado, Al andar se hace camino y al volver la vista atrás , y Sergio tenía que preguntarse si eso era lo que le pasaba ahora, si estaba viendo la senda que nunca volvería a pisar. Cuando uno era hijo de Fausto Cabrera, la poesía vivía entrometiéndose en los momentos más inesperados. Y era poco lo que podía hacerse al respecto.
En el verano de ese año de 1936, David Crook asistió a una conferencia en Oxford donde un español lanzaba un discurso apasionado sobre el levantamiento fascista; en octubre, mientras trabajaba para una revista estudiantil de izquierda, conoció a un poeta comunista que se presentó en la redacción con una venda en la cabeza: acababa de recibir la herida en España y ahora había vuelto para reclutar combatientes. Por esos días sir Oswald Mosley, el aristócrata que había fundado la Unión Británica de Fascistas, que negociaba acuerdos comerciales con Hitler y se hacía fotografiar con Mussolini, montó con sus Camisas Negras una marcha antisemita en el East End. David era judío, pero además el East End había sido el barrio de su padre antes de que tuviera el dinero suficiente para mudarse a un barrio de gentiles y empezar la lenta gentrificación de su familia. De manera que se unió a las multitudes que hacían frente a los fascistas y gritó con ellos una consigna importada de los republicanos españoles, cuyos sonidos le llenaban la boca a pesar de que no entendía las palabras: «¡No pasarán!».
El padre de David, un hijo de emigrantes de la Rusia zarista, había hecho una modesta fortuna vendiendo pieles a los soldados que combatían en el frente ruso durante la Gran Guerra, pero la depresión de la posguerra arruinó su negocio. De todas formas, David creció con privilegios en Hampstead Heath, un barrio de gentiles donde la familia contaba con una institutriz y tres sirvientas, donde cada parque escondía un campo de tenis, y por cuyas calles había caminado en otros tiempos Karl Marx, que solía pasar los domingos llevando a su familia de pícnic. En marzo de 1929 llegó a Nueva York con la intención de ir a la universidad como un aristócrata británico, pero siete meses después, cuando cayó la bolsa, su mundo dio un vuelco. Al cabo de años de ver el hambre en la cara de la gente, las filas para comprar el pan y los desesperados que vendían manzanas en cada esquina, y de trabajar lavando pieles y empujando carretas por las peleterías de los barrios judíos, una lenta transformación se fue operando en él, hecha de lecturas y de encuentros fortuitos, y al final, cuando se unió a la Liga de Jóvenes Comunistas, lo único que le sorprendió fue que eso no hubiera sucedido antes. Ese joven fue el que regresó a Londres, el que participó en las manifestaciones antifascistas y el que a finales del año se presentó en Covent Garden, sede del Partido Comunista, para inscribirse en la oficina de reclutamiento de las Brigadas Internacionales.
No fue tan fácil como pensaba. Para el encargado de los reclutamientos, un joven de origen proletario, David no era más que un burgués aventurero, y el partido estaba haciendo grandes esfuerzos por mandar a gente preparada: se trataba, aunque muchos sólo se dieran cuenta cuando era demasiado tarde, de una guerra de verdad. Cuando supo que los brigadistas partían desde París, David empeñó las mancornas de su Bar Mitzvah en una prendería de Regent Street, y el segundo día de 1937 estaba entrando en territorio español desde Perpiñán. Pasó unas semanas en Barcelona y después se dirigió al cuartel general de las Brigadas Internacionales, en Albacete, donde alcanzó a entrenarse unas semanas en el manejo de una batería antiaérea Lewis, un trasto viejo que había conocido mejores días combatiendo en la Gran Guerra y luego en la Revolución de Octubre. A comienzos de febrero, por los días en que el gobierno republicano decretaba la igualdad de los derechos del hombre y la mujer, algo le sucedió.
Su compañía había recibido inteligencia de que los fascistas iban a cortar el camino entre Valencia y Madrid. Su intención era llegar a la carretera de Barcelona, y eso habría sido una catástrofe para el bando republicano, de manera que los brigadistas salieron hacia allá, hacia el valle del Jarama, para unirse a quienes trataban de evitarlo. Cuando pasaron los aviones, todos estaban listos, menos David, a quien las ráfagas sorprendieron mientras se aliviaba entre unos arbustos. Pensó que su vida se iba a acabar allí, en España, con los pantalones abajo, sin que hubiera tenido tiempo de hacer nada para cambiar el mundo. En ese momento tuvo suerte. Junto a Sam Wild, un camarada de clase obrera que era mucho más hábil que él, se apostó en una colina para defenderla, porque le pareció entender que de eso dependía todo. Nunca vio al enemigo, pero alguien gritó en inglés: «¡Son los moros!». Después de horas de combate que habían acabado con la vida de varios brigadistas y muchos más sublevados, David y Sam escucharon la orden de retirada y se arrastraron hacia el otro lado de la colina, recogiendo rifles abandonados y una caja de municiones en el camino. Entonces les pareció que algo se movía no lejos de donde estaban. Antes de que pudieran esconderse, una ráfaga nueva salió de ninguna parte: una bala hirió a Sam, dos se le clavaron a David en la pierna y otra le reventó la cantimplora.
Lo protegió la oscuridad. Treinta años después, hablando con Marianella en su apartamento de Pekín, a David se le quebraba la voz cuando recordaba la luna de esa noche, que todavía describía como si la pudiera ver por la ventana: una luna en forma de hoz que estaba colgada en el cielo limpio y cuya luz tímida alcanzaba a iluminar los cuerpos de los muertos. Al amanecer, tras pasar la noche medio inconsciente, acostado sobre el suelo duro de la colina, oyó que los camilleros venían a recogerlo: su amigo Sam había llegado hasta el frente para avisar. Una ambulancia lo llevó a Madrid; y ese mismo día, mientras David viajaba con un muslo destrozado por el plomo y temiendo una amputación, comenzaba la batalla del Jarama, que duró veinte días, involucró a unos sesenta mil combatientes y mató a dos mil quinientos brigadistas. Su herida en la colina —que mucho más tarde se conocería como Colina de los Suicidas— le salvó la vida. Dos terceras partes de sus compañeros murieron allí, y muchos de ellos estaban mejor entrenados que él. Siempre pensó que, si le hubiera tocado entrar en el combate, lo más posible es que no hubiera sobrevivido.
La convalecencia en Madrid no fue inútil. Leyó a Dickens y a Jack London, y también las Memorias de Lenin , de Krúpskaya, cuya opinión generosa de Trotski lo tomó por sorpresa. Alguien le habló del Hotel Gran Vía, donde los periodistas de lengua inglesa se reunían para comer, y tan pronto pudo andar —sobre muletas, por supuesto— se dirigió allí, menos buscando comida que conversación en su lengua. En el restaurante del sótano conoció a Martha Gellhorn y a Ernest Hemingway, en cuya habitación de los últimos pisos pasó una tarde bebiendo vino y filosofando sobre la guerra mientras silbaban los obuses. Conoció a Stephen Spender, que le pareció la definición del intelectual insoportable de Oxford, y a una periodista canadiense de la que se enamoró inmediatamente. La mujer vivía con sus compatriotas en el centro de transfusiones que dirigía Norman Bethune, el médico que había diseñado un sistema para recoger donaciones de sangre en Madrid y llevarlas en unidades móviles al frente de batalla. Y allí estaba David, en pleno amorío de guerra, cuando un francés que lo oyó hablar mal de Trotski una noche cualquiera se le acercó para preguntarle, en voz baja, si estaría dispuesto a llevar a cabo una misión especial. «Es por el movimiento», dijo.
«Por el movimiento», repuso David, «haré lo que se me pida».
Lo citaron en el Hotel Palace con dos camaradas soviéticos, y luego en el Gaylord’s, y luego de nuevo en el Palace, hasta que se convencieron de que podían confiar en él. David, por su parte, siempre había confiado en los soviéticos: le parecía claro que Francia y Gran Bretaña le habían dado la espalda a España con el argumento cobarde de la no intervención, mientras que Moscú había sabido reconocer la trascendencia del momento. Fue con fusiles soviéticos como se peleó en el Jarama, y fueron soviéticos los técnicos que llegaron al frente republicano para enseñarles a los españoles a manejar los tanques soviéticos. De manera que David hubiera aceptado de ellos cualquier misión. Pero los soviéticos eran reticentes, y lo despacharon con una frase breve:
«Lo mandaremos llamar cuando sea necesario».
De regreso a su batallón se enteró de la muerte de Sam Wild, cuya pierna herida se había gangrenado, y se miró en su destino como en un espejo. Durante su recuperación, tuvo tiempo de pensar: pensó en la periodista canadiense de la que se había enamorado; pensó brevemente en dejar la guerra e irse a vivir con ella; se avergonzó de su egoísmo. En el gran marco de la derrota del fascismo y la victoria de la revolución socialista, no sólo no era trágica la muerte de un individuo, sino que era la condición necesaria para la victoria. En abril lo mandaron a Albacete, a una escuela de entrenamiento donde aprendió tácticas de infantería y lectura de mapas mientras limpiaba las letrinas, y luego a Valencia, para que recibiera órdenes del cónsul soviético mientras se comía un plato de paella. Era la misión que había estado esperando, así que recibió sus órdenes y su dinero y el 27 de abril llegó a Barcelona. Era una ciudad en estado de conmoción.
«Lo recibieron en un hotel de Paseo de Gracia», dijo Sergio. Estaban frente al café Zurich, donde los turistas tomaban el sol del mediodía. Sergio movió una mano vagamente hacia la otra esquina de la plaza. «En Barcelona los republicanos estaban enfrentados, y en ese hotel David se sentó frente a seis personas que discutían en tres idiomas lo que iban a encargarle. Y luego le explicaron que sus órdenes venían directamente de la policía secreta».
«¿Y qué tenía que hacer?», dijo Raúl.
«Tenía que espiar al POUM», dijo Sergio.
El Partido Obrero de Unificación Marxista tenía la reputación de ser un nido de trotskismo, y en la guerra se había convertido en una formidable fuerza antiestalinista. David comprendió o aceptó que todo ello, sumado a su alianza con los anarquistas, representaba una amenaza para la victoria de los republicanos. Del lado del POUM estaba también un partido británico, el Laborista Independiente, que se reunía en el Hotel Continental de las Ramblas. «Y aquí entra usted», le dijeron a David. Se alojó allí. Su misión era presentarse como corresponsal de un semanario británico, hacerse amigo de los trotskistas y laboristas e informar sobre sus actividades y sus contactos.
«Vamos, te lo muestro», dijo Sergio.
Cruzaron la calle, rodearon la entrada del metro y pasaron frente a la fuente de Canaletas. De repente Sergio había acelerado el paso, y cuando se detuvo, pocos metros más abajo, estaban frente al Hotel Continental. La puerta estrecha, el toldo de hierro y vidrio blanco, los balcones modestos: al contrario del resto de los edificios de la zona, con sus almacenes de carteras de lujo y sus iluminaciones doradas, la fachada del Hotel Continental parecía parte de otra ciudad, más franca o menos ostentosa: una ciudad desaparecida. Cambiaron de acera y entraron al vestíbulo, donde colgaba una lámpara de cristal demasiado grande, como si el edificio que la rodeaba se hubiera reducido misteriosamente.
«Aquí estuvo», dijo Sergio. «David Crook estuvo aquí».
«Bueno, no sería aquí exactamente», dijo Raúl.
«Claro que no era el mismo lobby », dijo Sergio. «Pero imagínatelo. Imagínatelo entrando desde las Ramblas, en una ciudad en guerra, a un sitio que se había convertido en una especie de cuartel general de los ingleses. Gente yendo y viniendo, camaradas saludándose, dándose noticias buenas y noticias malas».
Entre los huéspedes estaba un escritor alto y desgarbado que les parecía sospechoso a los camaradas, pues se sabía que su nombre, George Orwell, no era el verdadero. David lo veía ir y venir junto a su esposa, Eileen Blair, y así, mientras tomaba nota de sus movimientos, empezó a frecuentar las oficinas de los laboristas. En pocos días ya había logrado aprovechar la hora de la siesta para robar documentos, fotografiarlos y regresarlos a sus carpetas antes de que nadie se diera cuenta. A mitad de mayo, la policía arrestó a un grupo de poumistas entre los cuales estaban Georges Kopp, un militar belga que se había unido a la causa, y la esposa de Orwell. Los soviéticos vieron una oportunidad: fingieron el arresto de David, cuya misión en la cárcel era conseguir toda la información posible de los arrestados.
«Se pasaba los días en la cárcel tratando de oír algo de interés», dijo Sergio. «David habló con Kopp, pero no logró nada. Habló con Eileen Blair y se sorprendió de que alguien tan equivocado pudiera caerle tan bien. A los nueve días lo soltaron y David volvió aquí, al hotel, a mirar a Orwell desde la distancia mientras afuera, en la ciudad, la gente había comenzado a matarse. Aquí, en plaza Cataluña. Y ahí fue cuando David volvió a entrar en el cuadro».
Los anarquistas se habían tomado el edificio de Telefónica, y espiaban o cortaban o intervenían las comunicaciones entre los comunistas y el gobierno republicano; cuando éste trató de recuperar el edificio, estalló una verdadera batalla campal en plena plaza, y en pocas horas las calles de Barcelona se convirtieron en el escenario de enfrentamientos que habrían parecido riñas de borrachos si no hubiera sido cuestión de barricadas y gente muerta en las calles. Tras aquellos días de violencia, un austriaco de nombre Landau, líder del anarquismo internacional, había conseguido aprovechar la confusión para ponerse en paradero desconocido. David lo había conocido: era rubio y simpático y culto, un hombre que en otras circunstancias hubiera podido ser su amigo genuino y no sólo su objetivo o su presa. Encontrarlo se convirtió para los soviéticos en la prioridad número uno. David nunca supo realmente por qué era tan importante ese hombre, pero se vio de un día para otro contactando a los demás anarquistas, cuya confianza se había ganado en la cárcel, para conseguir el teléfono del hombre perdido.
No fue difícil. Con la ayuda de la central de comunicaciones, a los soviéticos les bastó ese número para encontrar la dirección de su víctima, que resultó ser una villa lujosa en el mismo barrio de su consulado. Sólo faltaba que alguien lo identificara. David averiguó que Landau salía todas las tardes al jardín y leía durante horas, a la vista de cualquiera que pasara por la calle, y decidió hacer exactamente eso: de la mano de otra espía, simulando ser una pareja, pasó frente a la villa, vio a Landau y lo reconoció más allá de toda duda. En cuestión de días, el hombre había desaparecido. Cuando David preguntó qué le había pasado, su superior inmediato le explicó lo predecible: lo habían secuestrado y metido en uno de los barcos soviéticos que traían comida para los republicanos. Nunca se volvió a saber de él.
«En ese momento, David no tenía dudas: los antiestalinistas eran el enemigo», dijo Sergio. «Se demoró muchos años en darse cuenta de que no todo era como él creía que era».
Durante el año siguiente, David fue testigo del lento fracaso de la República. A veces le parecía apenas perceptible —el agua que se retira de una ribera— y a veces le llegaba en duros golpes, como cuando se enteraba de que los nacionales habían entrado en Bilbao o de que los obispos españoles, en carta abierta, se declaraban a favor de Franco y llamaban cruzada a la sublevación. El POUM fue derrotado, y su líder, Andreu Nin, capturado y encarcelado, y la fuerza pública comenzó en Barcelona la persecución de sus miembros; mientras tanto, David siguió haciendo labores de espionaje, casi siempre intrascendentes, y sus convicciones estalinistas se fueron afirmando más cada vez, pues le parecía claro que el compromiso de la Unión Soviética era la única manera de salvarse de la derrota. Por esos días cayó en sus manos el libro de un tal Edgar Snow, Estrella roja sobre China , donde se hablaba de la revolución que estaba teniendo lugar en ese país remoto. Fue una verdadera epifanía: durante días, moviéndose por Barcelona, David soñaba despierto con el hombre llamado Mao Tse-Tung, con su Gran Marcha comunista, con los veintitrés héroes que se habían enfrentado al enemigo en el puente de hierro. Allá estaba sucediendo algo importante, pensó, mientras aquí las perspectivas no eran alentadoras: se había perdido Zaragoza; el norte había caído. Uno de esos días, caminando por las Ramblas, David vio a Sam Wild, su compañero en la víspera de la batalla del Jarama, y le pareció evidente que se trataba de una alucinación hasta que Sam lo reconoció también. La noticia de su muerte había sido un malentendido. David se alegró, pero la relación estaba contaminada: el espía se había echado encima demasiadas máscaras como para hablar con normalidad.
Así pasaron los meses. En marzo de 1938, mientras los aviones italianos bombardeaban Barcelona, David fue convocado al piso franco de la calle Muntaner donde los soviéticos concentraban sus labores de inteligencia. Era una noche lluviosa. Antes de que tuviera tiempo de sentarse, los soviéticos llevaron a David a una limosina que los esperaba del otro lado de la calle, y estuvieron dando vueltas sin rumbo por una ciudad inhabitada mientras dos rusos gordos lo felicitaban por el trabajo realizado hasta ahora. En el cruce de la calle Mallorca, uno de ellos le preguntó:
«¿No le gustaría seguir con su labor en Shanghái?».
Desde luego, ninguno de esos hombres tenía por qué saber que David había leído Estrella roja sobre China , ni que seguía pensando en la capital comunista de Yenan, pero aceptar no le costó más que una cuadra. En mayo estaba llegando a París; pasó unas semanas aprendiendo ruso en la escuela Berlitz, pues su viaje se haría por Moscú. La ilusión de conocer la ciudad de sus pasiones ideológicas no le duró mucho: los planes cambiaron por razones que nunca le explicaron bien, y David viajaría semanas más tarde de lo previsto, y no lo haría a través de la Unión Soviética, sino en barco desde Marsella. Tuvo tiempo de volver a Londres para despedirse de su familia, y aunque no les confesó las verdaderas razones por las que se iba al otro lado del mundo, se alegró de haber hecho esa visita, porque fue la última vez que vio a su madre. La mujer murió poco después, a los cincuenta y seis años, convencida de que su hijo había sido contratado en China para enseñar Literatura en la universidad misionera de St. John’s.
Así, como agente al servicio de la Unión Soviética, llegó a Shanghái. Su primera misión fue espiar a Frank Glass, un periodista inteligente, simpático y bien leído, admirador de Trotski y antiestalinista convencido, que se reunía con sus colegas en un pub para occidentales al que todos se referían por el nombre del callejón donde quedaba: Blood Alley. Con el tiempo, David Crook llegaría a pensar que esos días de residencia en la YMCA, de labores de espionaje, de falsa identidad como profesor de Literatura, sólo habían sido el accidente que le permitió descubrir su verdadera vida. Haber leído a Malraux y a Pearl Buck no bastaba para asomarse siquiera a este país que se iba desenvolviendo ante sus ojos, y Glass aprovechó la oportunidad para adoctrinarlo. Le sugirió a David que escribiera un artículo sobre las similitudes entre China y España; David aceptó, más que todo para conservar su coartada, pero en el proceso descubrió o creyó descubrir que este país, en medio de la guerra con Japón, no era tan distinto de la República: los dos estaban sufriendo amargas derrotas a manos de agresores fascistas mientras el resto del mundo parecía mirar hacia otra parte. Por recomendación (o adoctrinamiento) de Glass leyó los escritos antiestalinistas de Arthur Koestler y los testimonios de espías soviéticos rebeldes o desencantados. En su vida diaria se fue acercando a China y alejando de la Unión Soviética, y sus responsables debieron de darse cuenta, pues un día, al llegar a la casa de la Concesión Francesa donde presentaba sus informes, David la encontró vacía. Los rusos se habían ido: lo habían abandonado. Nunca nadie le explicó por qué.
Sin su salario de espía, David se encontró de repente en una precaria situación económica. Pidió un aumento; el rector de St. John’s le dijo que sólo podría dárselo si se unía a la Misión. «Me temo que eso es imposible», dijo David. «Verá usted, yo soy ateo». Empezó a buscar opciones: tomó un segundo trabajo en la universidad de Suzhou, en una zona de la ciudad que por las noches se convertía en prostíbulo, pero después de unos meses le cayó en las manos la oportunidad que estaba esperando: un puesto en la universidad de Nanking, en el interior del país, que le permitiría por fin salir de aquella ciudad de artificios que era Shanghái y aventurarse por la China de verdad. Cuando St. John’s le ofreció la posibilidad de dictar un curso de verano, pensó que le vendría bien reunir algo de dinero para el viaje a Nanking, y en cuestión de días había montado un seminario sobre Literatura Satírica. Les habló a sus alumnos de Aristófanes, de Rabelais y de Don Quijote , y soportó las quejas de los más puritanos, que preguntaban, en medio de una sesión sobre Gargantúa y Pantagruel , si leer aquello era obligatorio, si era realmente necesario que el libro fuera tan vulgar.
Al final del verano, David estaba llegando a Nanking. Eran días extraños: todas las mañanas, a las once y media, los japoneses bombardeaban la zona, y el horario era tan riguroso que la universidad había implementado un sistema de alarmas para avisar de los bombardeos con una hora y media de anticipación. Las clases se daban en función de las bombas, lo cual no era más arbitrario que cualquier otra rutina. Por esos días empezó a asistir a las reuniones de un grupo de estudio que le enseñaba la realidad china, y luego se enteraría de que algunos de ellos eran miembros del Partido Comunista. También se enteró de que Norman Bethune, aquel médico que había servido con los republicanos en Madrid, había llegado a la provincia de Shanxi a comienzos del 38; se había unido a los comunistas liderados por Mao, pero a finales del 39 se cortó un dedo mientras operaba a un soldado y murió de septicemia en Yenan. David consideró la posibilidad de ir a ver lo que allí sucedía, pero todos los amigos le aconsejaron que no lo hiciera: el bloqueo del Kuomintang, el Partido Nacionalista Chino, era inexpugnable. Habría sido un viaje suicida.
Así que se quedó dando clases en la universidad. Una tarde estaba corrigiendo unos papeles cuando entró Julia Brown, una hija de misioneros canadienses que era su colega en el departamento de Inglés. «Julia, te cambiaste el peinado», le dijo David. Pero Julia no era Julia, sino su hermana Isabel, una mujer tan hermosa que tenía siempre varios pretendientes, pero de tal carácter que todos acababan dándose por vencidos. David compró una bicicleta de segunda mano sólo para dar paseos con ella, y en el verano del 41, junto con otros cuatro amigos, hicieron un viaje por las montañas que los llevó a la provincia de Xikang, y que durante varios kilómetros se solapó con el recorrido de la Gran Marcha de Mao. El viaje duró seis días. Hablaron de la religión judía que él había rechazado y del cristianismo que ella comenzaba a cuestionar. Ella había nacido en Sichuan de padres occidentales, y en seis días de caminos montañosos lo condujo por los laberintos de la mentalidad china mejor que cualquiera de las personas que había conocido en estos tres años. Cuando regresaron, David se afeitó y fue a buscar a Isabel para pedirle matrimonio. Siempre le parecería increíble que ella hubiera dicho que sí.
Raúl dijo que iba a caminar por las Ramblas hacia abajo, hasta la estatua de Colón: quería ver cómo llegaba el mar a Barcelona. Sergio subió a la habitación para descansar un poco, pues en cuestión de media hora pasarían a recogerlo para llevarlo a una entrevista en la radio; sin embargo, en lugar de cerrar los ojos y tratar de hacer una siesta, que era lo que le pedía el cuerpo, acabó aprovechando la conexión de internet para llamar a Marianella. Eran poco más de las nueve en Bogotá, y ella llevaba ya tres horas trabajando. Por esos días había comenzado a darle forma a un viejo proyecto: un método para aprender chino. A Sergio lo entusiasmaba la idea, así que estuvieron hablando de eso un buen rato, y luego Marianella quiso saber cómo iba todo en Barcelona: cómo iba el reencuentro con Raúl; cómo estaba saliendo lo de la filmoteca. «Estuvimos hablando de los Crook», dijo Sergio. «Han sido días raros, ¿sabes? He pensado mucho en papá, claro, pero luego acabo hablando con Raúl de David Crook. Yo no me imaginé que este viaje me fuera a hacer esto. Yo no vine para esto, mejor dicho. Vine para mostrar mis películas, vine para ver a mi hijo, pero no vine para esto. No vine para hablar de cosas que le pasaron hace ochenta años a alguien que conocimos hace cincuenta. No vine para hablar de todo lo que es incómodo, todas estas cosas de las que a ti no te gusta hablar. Pero aquí estamos, y papá acaba de morir, y Raúl está conmigo y hace preguntas, y tú dime: ¿cómo no se las contesto? Esta noche vamos a ver Golpe de estadio , por ejemplo. Es imposible que no salga con más preguntas. Yo a eso nunca le he tenido miedo, tú sabes. Pero hay cosas que uno quiere olvidar, ¿no?».
«Me lo vas a decir a mí», dijo Marianella antes de colgar. «A mí, que me he pasado la vida tratando».
Tras terminar la llamada con Marianella, abrió el WhatsApp y buscó la conversación con Silvia.
Escribió:
Me siento incómodo insistiendo tanto en recuperar tu amor. No es mi estilo y tú lo sabes mejor que nadie. Siento que te estoy forzando a actuar en contra de tus emociones y no me parece correcto, y aunque sé que, como me dijiste la otra noche, podrías decirme que me olvide de reconquistas y romanticismos, me siento andando en la oscuridad. Y afortunadamente no lo has hecho, porque es verdad que yo estoy dispuesto a tener mucha paciencia, pero también es verdad que necesito de la tuya, para que cada día, cada noche, cada segundo, cada palabra puedan jugar a mi favor.
Escribió:
Espero no incomodarte, quiero que sepas que todo lo que hago, lo hago con toda la emoción que me queda, porque no quiero que, si estos intentos de reconquista fracasan, me quede el remordimiento de no haber sido lo suficientemente convincente, agresivo, dramático. En fin: no haberlo intentado todo antes de rendirme. Pero si yo no me pongo insistente, ¿quién lo va a hacer?
Escribió:
Quiero que sepas que hay momentos en que pierdo las esperanzas y pienso que jamás recuperaré tu amor, tus caricias, tus cuidados… Y hay otros en que tengo rabia y pienso que todo esto es injusto, que el castigo que recibí fue desproporcionado con mis pecados, y me dan ganas de pedir rebaja. Como si estuviéramos en la plaza de Paloquemao de Bogotá o en la Ruta de la Seda de Pekín.
Y entonces: Send .