A comienzos de septiembre, tras más de dos meses de la vida sin orden en el Hotel de la Paz, Sergio se puso en contacto con la Asociación de Amistad Chino-Latinoamericana. Dijo que su vida estaba quieta, que la Revolución Cultural les estaba pasando de lado. Pidió que los mandaran, a él y a su hermana, a trabajar a una comuna hasta que volviera la normalidad a la escuela, pero no consiguió más respuesta que una serie de evasivas; pidió que les permitieran participar en una de las grandes marchas revolucionarias con los guardias rojos, pero las autoridades le respondieron que eso, por razones de «seguridad personal», era imposible. En general, la respuesta de la asociación fue lo más parecido a un sabotaje, pero Sergio no tenía herramientas suficientes para rebelarse o protestar. Derrotado, comenzó a buscar formas de llenar sus días. Fue por entonces cuando pensó que era el momento de recuperar la lengua francesa.

La Alianza no quedaba lejos del Hotel de la Paz. No era de los lugares que hubieran comenzado a cerrar por miedo a los guardias rojos, así que Sergio se inscribió en unos cursos baratos que empezaban a las cuatro de la tarde. Sus compañeros eran hijos de diplomáticos, sobre todo, pero también chinos de ultramar, que solían ser gente privilegiada y llevar vidas de extranjeros, y nunca se extrañaron demasiado ante frases que en la China comunista eran absurdas o imposibles: Les enfants regardent la télé , por ejemplo, o J’achète des surgelés avec maman . Luego dudaría si se había inscrito realmente por los cursos de lengua, que al fin y al cabo estaban por debajo de su nivel, o para tener derecho a asistir a la proyección de la película semanal. Aquél se volvió uno de los momentos más esperados de su rutina. Allí, en la sala de proyecciones de la Alianza, Sergio vio À bout de souffle y Tirez sur le pianiste y L’année dernière à Marienbad , que se daban y se volvían a dar cada cierto tiempo, y vio también Ascenseur pour l’échafaud , de Louis Malle, no una, sino varias veces. Después de una de esas sesiones, al salir al vestíbulo de la Alianza, le pareció reconocer a una joven que había visto sólo una vez, pero esos segundos le bastaron para quedarse con la impresión de su belleza.

Se llamaba Smilka. Era una quinceañera yugoeslava que Sergio había conocido el 1 de junio, cuando en China se celebraba el Día de los Niños y en todas partes se organizaban encuentros y celebraciones. El gran evento de la ciudad se llevaba a cabo en el Coliseo de los Deportes: una fiesta masiva a la que estaba invitado todo el mundo, y en la que había una zona especial para los extranjeros, de los huéspedes del Hotel de la Amistad a los hijos de diplomáticos. Sergio no era un niño, ni tampoco Smilka, pero allí estaban los dos, haciendo parte de las fiestas con la impericia y también la osadía de los adolescentes. Smilka estaba con su hermana, Milena, y a Sergio lo acompañaban los latinoamericanos del Hotel de la Amistad. La timidez no lo dejó hablarle: se pasó el día entero mirándola desde lejos, y después, cuando fue hora de volver al hotel, ni siquiera tuvo el coraje de despedirse. Luego vinieron meses difíciles —la partida de sus padres, las tensiones políticas en la escuela, la mudanza al Hotel de la Paz— y la chica yugoeslava desapareció de sus pensamientos. Hasta la tarde en que vieron juntos, sin saberlo, una película de Louis Malle.

Sergio tomó coraje, se acercó a ella y le preguntó, con el corazón alterado, qué le había parecido la película. Así comenzó una conversación llena de pequeñas torpezas y de sonrisas tímidas. Y todo iba muy bien: Smilka era risueña, y su francés, impecable; hablaba con aprecio de los mismos directores que Sergio admiraba y parecía dispuesta a que volvieran a verse. Pero entonces, en ese momento en que el flirteo pasa por contarse las vidas, Sergio le preguntó qué hacía en China, y Smilka, sin saber lo que estaba causando, contó que su padre era corresponsal de una agencia de prensa yugoeslava. A Sergio le sonó una alarma en la cabeza.

«¿Tanjug?», preguntó.

«Ésa», dijo Smilka. «¿La conoces?»

Como parte de la juventud proletaria, Sergio ya tenía ideas muy bien formadas sobre el manejo de la propaganda y los peligros de dar información a quien puede usarla para hacer daño. Las grandes agencias occidentales —la France-Presse, por ejemplo, o la AP— no tenían corresponsales en China, con lo cual la gran mayoría de noticias salían por dos medios: TASS, la agencia soviética, o la Tanjug yugoeslava. En esos días de tensión entre chinos y soviéticos, todo lo que apareciera en TASS era considerado propaganda, desinformación o francas mentiras, y en cambio Tanjug parecía encarnar cierta neutralidad, de manera que Sergio no se preocupó demasiado. Pero enseguida Smilka contó que su padre no sólo era periodista, sino que también hacía parte del cuerpo diplomático.

Eso lo cambiaba todo. Yugoeslavia había sido el primer país del bloque socialista en romper con Stalin e intentar un socialismo independiente, y no sólo había tenido un éxito parcial, llegando incluso a recibir ayuda económica de Estados Unidos, sino que había estado entre los fundadores del movimiento de países No Alineados. Sergio no conocía todos los detalles geopolíticos, todas las intrigas y todos los devaneos, pero sabía lo esencial: los yugoeslavos eran malos socialistas y cómplices del capitalismo. Los yugoeslavos, en resumen, eran un enemigo venenoso.

A la semana siguiente, cuando Sergio volvió a clase, se sentó lejos de Smilka y la saludó con estudiada tibieza. Si a ella la extrañó o la entristeció ese comportamiento, no dejó que nada se le viera en la cara. Poco después, durante los días álgidos de la presencia de los guardias rojos, Sergio recibió la noticia de que la Alianza cerraba y sus clases se suspendían. Tardaría largas semanas en volver a ver a Smilka, y aquello ocurriría en circunstancias muy distintas.

Es muy importante, decisivo, escoger buenas amistades. El refrán «dime con quién andas y te diré quién eres» es muy sabio. La influencia que ejerce una amistad es decisiva. Así pues, hay que escoger amigos y amigas positivas, en lo político, moral e intelectual. Esto no quiere decir que tengan que ser perfectos, no, pero sí es indispensable que tengan un aceptable nivel político, que sean sanos moralmente y que tengan una mentalidad proletaria, aun cuando, naturalmente, tengan defectos, los cuales ustedes pueden ayudarles a corregir, y ellos los de ustedes. Cualquiera de los dos que tenga un amigo o amiga contrario a lo señalado, debe criticarlo y hacerle ver lo perjudicial y lo peligroso que es. Si persiste, debe ayudarle en todas las formas para que desista de esa compañía.

La calle del Hotel de la Paz, la Wangfujing, se había vuelto difícil. El tráfico de peatones era tan denso que a Sergio y a su hermana podía tomarles una hora entera recorrer cada cuadra. La razón era muy simple: los guardias rojos de todo el país, millones de jóvenes vestidos de verde olivo, estaban llegando a Pekín para ver a su líder y, si no podían verlo, para estar cerca de la plaza Tiananmén y de Zhongnanhai, donde quedaba la sede del Comité Central del partido. Los jóvenes no tenían donde dormir, y eso no había sido un problema en el verano, pero ahora terminaba el otoño y en las noches hacía frío. Los guardias rojos se impacientaban y ya se decía que se habían tomado un edificio desocupado de las cercanías. Sergio averiguó que era verdad, y no sólo eso: que también se habían tomado escuelas y hospitales para tener un lugar donde pasar la noche mientras declaraban su lealtad a Mao. Una tarde en que Sergio y Marianella regresaban de su mundo occidental, con las cabezas metidas en un pasamontañas grueso para esconder sus rasgos, se encontraron con que la muchedumbre había llegado hasta las puertas del Hotel de la Paz. Sergio hizo como si no entendiera cuando oyó a uno de los guardias rojos decir que el lugar estaba vacío y que deberían tomárselo también. Si no lo hacían, entendió Sergio, era porque el Hotel de la Paz pertenecía al partido, y esas cosas todavía se respetaban. Pero tuvo miedo, porque allí podía pasar cualquier cosa cualquier día. Lo habló con su hermana y entre los dos llegaron a una conclusión inapelable: no estaban bien donde estaban.

Visto que no podían contar con las autoridades de la asociación, que más parecían interesadas en proteger a los jovencitos que les habían sido encomendados que en permitirles convertirse en revolucionarios, Sergio y Marianella tomaron la iniciativa. Sus esfuerzos dieron resultados. Averiguaron que el Buró de Especialistas, que antes de la Revolución Cultural se había dedicado al turismo de extranjeros, ahora había organizado una excursión a una comuna. Se propusieron ser parte del viaje, y durante días hablaron con gente, hicieron llamadas, se convirtieron en voces insoportables, dispuestas a conseguir lo que buscaban aunque fuera mediante el agotamiento del contrario. Las comunas eran el corazón del Gran Salto Adelante y, por lo tanto, de la visión que el camarada Mao tenía de la China comunista. Eran inmensas granjas colectivas, lugares tan enormes que se organizaban como pequeños países, pero en vez de provincias tenían cooperativas. Sergio debió de mostrar tanto entusiasmo, o tanta convicción en la importancia de que su hermana y él conocieran esos escenarios de la revolución proletaria, que acabaron por vencer las resistencias de la asociación. A mediados de noviembre llegaron a la Comuna Popular de la Amistad Chino-Rumana. La organización dejó a Sergio durmiendo con los hombres y mandó a Marianella a una casa campesina. Tan grande era el territorio, tan lejos estaban el uno del otro, que Sergio no volvió a ver a su hermana durante el resto de la estadía.

El trabajo consistía en recoger las coles de la gran cosecha del año. Comenzaba a las siete de la mañana, en medio de un frío tan intenso que las coles amanecían cubiertas de escarcha. Se cortaban con cuidado de no estropearlas, y entonces, usando los dedos índice y corazón como una pinza, se les quitaban las hojas externas, que la intemperie y los insectos habían dañado. Lo que quedaba era una figura estilizada y hermosa que se tiraba en una carretilla, y la carretilla se llevaba a la gigantesca despensa donde se guardaban las coles por millones. Sí, era verdad que los dedos se le congelaban y que era necesario lavarse con el agua tibia de un lavadero especial para que no se le rompiera la piel por el frío o se le entumecieran las manos hasta quedar inservibles, pero Sergio nunca se había sentido tan útil. De repente, frente a esta realidad que podía tocarse y sufrirse con las manos desnudas, el mundo del cine se alejaba como un artificio. Por las noches, reunido con los demás recolectores en un saloncito cálido, hablando con los latinoamericanos del Hotel de la Amistad que habían venido también o tomando turnos para leer, entre todos, las citas del Libro Rojo, Sergio sentía una camaradería inédita, y durante esos momentos se le olvidaba que la comida era horrible, que se le iba a caer la piel de las manos.

Para Marianella, mientras tanto, los días en la comuna fueron mucho más que el satisfactorio cumplimiento de un deber: fueron una verdadera transformación. La experiencia fue tan potente que lo primero que hizo al regresar al Hotel de la Paz fue escribir una carta para la Asociación de Amistad Chino-Latinoamericana. Eran diez páginas escritas en papel translúcido y con tinta verde que describían la vida en la comuna, y en ellas cada coma era una coma conmovida, y cada error de ortografía temblaba de fervor. No hay palabras para expresar , comenzaba diciendo, toda esa felicidad y agradecimiento a la gran comuna popular donde me han acogido como si fuera un miembro de la familia . Era una de las seis jóvenes huéspedes de una mujer de edad que vivía sola con su niño de diez años, pues su marido y su hijo mayor se habían enrolado en el ejército popular. Se levantaban a las seis de la mañana, y media hora después ya estaban saliendo al frío cortante del amanecer. Desde el primer día fue evidente que no tenía ropa adecuada para protegerse del frío, pero no se le ocurrió quejarse ni pedir ayuda: notaba la voluntad de las otras compañeras haciendo lao tun, sin temor a ensuciarse o cansarse , y había que ver para creer el entusiasmo en las horas más difíciles de la mañana . En esos momentos buscaba refugio en las sabias palabras de Mao: « Sin temor al sacrificio y a las dificultades, esforzarse por la victoria final ».

A las ocho volvían para desayunar ( nos peleábamos por hacer los tallarines o partir la coliflor, pero como no todas podíamos hacerlo todo, barríamos el patio y nos turnábamos para escribir en el tablero las citas de Mao ), almorzaban a las doce y a la una estaban de regreso en el campo, cantando canciones revolucionarias, reuniéndose con los comuneros, estudiando el Libro Rojo en las pausas del trabajo agotador. Por las noches, después de comer, las seis jóvenes visitaban a la suegra de su anfitriona. La abuelita era una mujer encorvada y casi ciega que se sentaba en una esquina para contar cómo era el mundo antes de la Revolución, y eran tan tristes sus historias que Marianella, aunque hacía esfuerzos por no llorar, sentía un gran odio a esa clase explotadora que se nutre del dolor y de la sangre de los hombres . Dos veces a la semana, los martes y los jueves, la comuna las llevaba a ver una película al aire libre. No retuvo una sola de las tramas ni recordó a uno solo de los personajes, pero sabía que nunca se le iba a olvidar el acto de sentarse en el suelo de tierra, sobre esteras que antes llamaría incómodas pero que allí, compartiéndolas con sus camaradas, le parecieron almohadas de plumas .

En ese mes de trabajos extenuantes, la despedida fue el más difícil de todos. Esta vez, cuando la abuelita tomó la mano de Marianella entre las suyas (pequeñas, macilentas, rugosas como la arcilla mal secada), las dos se dejaron llorar sin decir una palabra. Marianella, desde su puesto en el bus que la llevaría de vuelta a Pekín, vio a la vieja sacar un pañuelo sucio para secarse las lágrimas. Me he dado cuenta de que la clase más sincera, más limpia, es la clase campesina . En el bus trató de explicárselo a su hermano, pero no encontró las palabras que ahora, frente al papel, brotaban tan rápido que su mano no era capaz de mantener el ritmo. Gracias a las labores de estos días había podido ser otra persona. ¿Qué clase de persona? La que se está preparando para servir fielmente a su pueblo. Como nos enseña Mao: «Las cosas malas, si no las golpeas, no caen. Esto es igual que barrer el suelo; por regla general, donde no llega la escoba, el polvo no desaparece solo» . Firmó la carta con su nombre en caracteres chinos, y debajo, también en chino, estas palabras: El pueblo y solamente el pueblo es capaz de crear el movimiento que pueda cambiar el futuro de la humanidad .

Al comienzo de Mis universidades , el tercer tomo de su autobiografía, Maksim Gorki está de camino a la Universidad de Kazán, después de una niñez y una adolescencia de trabajos y estrecheces. La culpa la tiene Nikolai Yevreinov, un estudiante que había alquilado durante un tiempo el ático de su abuela y acabó convirtiéndose en su amigo. Yevreinov, convencido de que Gorki tiene una mente privilegiada, lo ha convencido de que viaje con él a Kazán, su lugar natal, para presentar los exámenes de entrada a la universidad. Días después Gorki está allí, viviendo con la familia Yevreinov, en una casa de un solo piso en el fondo de una calle pobre. Los Yevreinov son tres: la madre, que vive de su magra pensión de viudez, y los dos hijos. «La primera vez que volvió del mercado», escribe Gorki, «entendí su difícil situación. Mientras extendía sus compras sobre la mesa de la cocina, vi en su rostro el problema que debía resolver: cómo convertir los residuos de carne que había comprado en comida suficiente para satisfacer a tres jóvenes en edad de crecimiento, por no hablar de ella misma».

Una mañana, pocos días después de su llegada, Gorki se presenta en la cocina para ayudarla a cocinar los vegetales. Hablan de las intenciones de Gorki; ella se hace un tajo en un dedo con un cuchillo. Entra Nikolai, el amigo de Gorki, y le pregunta a su madre por qué no hace unos de sus deliciosos dumplings . Gorki, para impresionarlos, dice de inmediato: «Pero esta carne no es suficiente para hacer dumplings ». El insensible comentario molesta a la señora Yevreinov, que empieza a soltar toda suerte de improperios, tira las zanahorias sobre la mesa y sale dando un portazo. «Es un poco temperamental, eso es todo», dice Nikolai; y Gorki, que se ha arrepentido inmediatamente, se da cuenta de que ninguno de los hijos está consciente de los trabajos que pasa su madre para poner comida sobre la mesa. Es una realidad de hambre, o mejor, el hambre es el gran problema de todos los días. «Yo entendía las hazañas químicas y los ahorros desesperados que la madre conseguía llevar a cabo en la cocina», escribe Gorki. «Yo entendía la inventiva con la que diariamente engañaba los estómagos de sus hijos y se las arreglaba para encontrar comida también para mí». Y luego: «Esta conciencia hacía que cada trozo de pan que me correspondía cayera como una piedra sobre mi alma». Pronto comienza a salir más temprano de la casa, sólo para evitar la comida de los Yevreinov, y para no morir de hambre frecuenta los muelles del Volga, donde puede comer por veinte kopeks al día.

Echado en su cama del Hotel de la Paz con las obras escogidas de Gorki entre las manos, leyendo Mis universidades con la misma pasión con que antes había leído Mi niñez y En el mundo y también Los bajos fondos y también La madre , Sergio se dio cuenta de que nunca, en sus dieciséis años de vida, había conocido el hambre. ¿Cómo era ese mundo que Gorki le presentaba con tanto realismo? ¿No había que conocer de cerca esas sensaciones para ser un revolucionario genuino? O mejor, ¿se podía ser revolucionario genuino sin conocerlas? «Y largos períodos de hambre y anhelos me hacían sentir capaz de cometer crímenes», leía, «y no sólo contra las sagradas instituciones de la propiedad». Sergio pensó que su padre había conocido el hambre y había llegado a robar cápsulas de aceite de hígado de bacalao. Él, en cambio, había llevado una vida satisfecha. ¿Era bueno eso?

A la mañana siguiente, Sergio no bajó a desayunar. No le dijo nada a su hermana y no dio aviso al restaurante, sino que se quedó leyendo en su cuarto. Tampoco bajó a la hora del almuerzo. Al caer la tarde timbró el teléfono: era el recepcionista, que llamaba para averiguar si el camarada Cabrera se sentía bien. «Estoy perfectamente», dijo Sergio, y se fue a dormir sin cenar. Marianella estaba extrañada. Hizo preguntas y él contestó con evasivas. Pero algo debió de entender, porque no insistió más, ni esa noche ni en la mañana del segundo día, cuando Sergio se quedó de nuevo en su habitación. En esos días sin estructura que Sergio y su hermana vivían desde el comienzo de su encierro, días sin escuela ni obligaciones ni horarios, no era demasiado raro que Sergio pasara la noche entera leyendo y luego cambiara el desayuno por más horas de sueño; pero cuando no bajó para almorzar tampoco, los encargados del hotel se preocuparon de verdad. Serían las dos de la tarde cuando subió uno de ellos, acompañado de un médico, y fue tanta la inquietud que vio Sergio en su cara que decidió explicarle la verdad: estaba leyendo un libro que describía el hambre en la sociedad capitalista, y había sentido la urgencia de conocer en carne propia una sensación que nunca había tenido en su vida. El médico y el encargado escucharon con paciencia, y Sergio pensó que había sido claro y directo. Pero una hora después volvieron a tocar a la puerta.

Esta vez era la tutora Li. Y no estaba sola: la acompañaba el camarada Chou, secretario general de la Asociación de Amistad Chino-Latinoamericana.

«Queremos pedirle», dijo el secretario, «que ponga fin a su huelga».

«No entiendo», dijo Sergio. «Yo estoy leyendo un libro, y quería sentir…»

«Su huelga de hambre», dijo el camarada Chou. «Se lo pide la asociación de la manera más cortés».

«Pero yo no estoy haciendo una huelga», dijo Sergio.

La tutora Li intervino: «Sabemos que ustedes han hecho peticiones», dijo. «Sabemos que las han hecho varias veces. Pero no es fácil para nosotros. Tienes que tener paciencia. Todo se va a arreglar».

«Entendemos las circunstancias», añadió el camarada Chou. «Tenga paciencia, por favor».

Volvieron al tercer día. Explicaron que se habían reunido de urgencia, y que el comité había aceptado la dificultad de las condiciones en que vivían Sergio y Marianella.

«¿Qué dificultades?», preguntó Sergio.

«Entendemos que la vida en el Hotel de la Paz ha cambiado debido a la situación política», dijo el camarada Chou. «Sabemos de sus dificultades para salir a la calle».

«Sabemos que los guardias rojos tienen un comportamiento hostil», dijo la tutora Li. «Ven el hotel casi vacío, claro, y saben que podrían alojarse aquí… Sí, todo eso lo entendemos».

«Y hemos tomado una decisión», dijo el camarada Chou. «El comité ha tomado una decisión».

«Es mejor que no sigan aquí», dijo la tutora. «Van a volver al Hotel de la Amistad».

A Sergio le costó un instante entender lo que sucedía: había ganado su primera huelga de hambre sin enterarse siquiera de que la estaba haciendo. Pero entonces se le ocurrió lo mismo que a su hermana: ¿qué pensarían sus padres del regreso al Hotel de la Amistad, foco de todas las malas influencias?

«La asociación es responsable de ustedes y sus padres lo saben», dijo la tutora Li. «La asociación no puede correr riesgos».

«Es», concluyó Chou, «un asunto de seguridad».

Así fue como Sergio y Marianella regresaron al Hotel de la Amistad. Los trabajadores del Hotel de la Paz, que los habían tenido como huéspedes exclusivos durante casi cuatro meses, les hicieron una despedida conmovedora, y sólo entonces se dio cuenta Sergio de cuánto cariño les habían tomado. El camarada Liu, director del hotel, les prometió que sus cuartos quedarían a su disposición para siempre. «Aquí estarán cuando ustedes quieran volver», les dijo. «Y esperamos que sea pronto». Pero pocos días después fue él mismo a verlos al Hotel de la Amistad. Llevaba una caja de cartón llena de libros que Sergio había olvidado en su habitación (ahí estaban las obras escogidas de Gorki, culpables de todo este malentendido), y traía también una noticia: los guardias rojos se habían tomado el Hotel de la Paz, de manera que las habitaciones de Sergio y Marianella ya no estaban disponibles. El camarada Liu lo sentía mucho.

«La toma fue pacífica, eso sí», añadió. «Que nadie diga nada distinto».

En lo que se refiere al Hotel de la Amistad, evitar al máximo ir allá. Sólo para lo indispensable: si se va es para un objetivo concreto. De ninguna manera para reunirse o ponerse en contacto con la gente que vive allá y hacer amistades en ese ambiente. Sólo en casos excepcionales de elementos que se sabe con absoluta certeza que son positivos y en este caso reunirse en otra parte. Si se comprueba en los hechos que no se dejan llevar por el ambiente malsano del hotel y mezclarse en el mismo, pueden ir allá a determinados espectáculos o a la piscina en verano, pero tampoco cogerlo como una rutina.

A finales de diciembre, Sergio volvió a hablar con Smilka. Esta vez la cita telefónica no tuvo nada de fortuita. Sergio recordaba que en el mes de junio, cuando la vio por primera vez en las celebraciones del Día de los Niños, Smilka había cruzado un par de palabras con Ivan Cheng, un chino hijo de madre francesa que vivía en el Hotel de la Amistad, y no le costó nada pedirle a Ivan que le consiguiera el teléfono. Sergio la llamó con voz temblorosa; lo sorprendió que ella recibiera la llamada con tanta alegría, y aún más que lo invitara a su casa. Pero acercarse a ella era una cosa; acercarse a su residencia, donde vivía su padre —diplomático de un país traidor que se había apartado del socialismo—, era algo muy distinto. Sergio buscó excusas y dio evasivas hasta que Smilka terminó por proponer algo más. El sábado de la semana siguiente se encontraría con un grupo de amigos en el Club Internacional. «¿Por qué no vienes?», le dijo. Él no podía creer su mala suerte. El Club Internacional era un lugar exclusivo para los chinos más acomodados y los diplomáticos, y presentaba dos problemas: uno, Sergio no era socio; dos, era un lugar maldito, símbolo de valores burgueses, donde los extranjeros llevaban la vida que habrían llevado en Londres o en París sin que se les viera la vergüenza en la cara. Fausto siempre lo había despreciado, por ejemplo, y además en términos incluso más críticos de los que usaba para hablar del Hotel de la Amistad. En resumidas cuentas, el Club Internacional donde estaría Smilka representaba todo lo que Sergio había aprendido a detestar.

Sergio aceptó la invitación.

Cuando llegó el día, tardó más tiempo que nunca escogiendo la ropa. No tenía demasiada a su disposición, pero algunas prendas quedaban de lo que sus padres le habían traído de Colombia, de manera que se acicaló lo mejor que pudo y se fue al Club Internacional. Lo primero fue la emoción curiosa de ver su nombre en una lista de invitados; lo segundo, la extrañeza de haber llegado a un sitio prohibido: era como haberse metido en un salón de fumadores de opio. Pero todas sus preocupaciones —por su ropa, por su ideología, por sus lealtades socialistas— se fueron al carajo cuando vio a Smilka, que estaba más bella que nunca. Tenía una sonrisa diáfana y una cara pulida de aires mediterráneos; estar con ella era fácil y excitante al mismo tiempo, y a Sergio le pareció evidente que ya eran amigos, pero su timidez invencible no le permitió pensar siquiera en nada más. Smilka estaba con su hermana Milena y con una chica inglesa, Ellen, que hablaba un español notable, pues su padre había sido diplomático en Argentina. ¿Y qué hacía en China?, preguntó Sergio. Era la hija del embajador del Reino Unido, contestó ella. Y se quedó tan tranquila.

La conversación en el almuerzo giró desde el principio alrededor de los Beatles. Sergio no entendía ni podía aportar mucho, y al cabo de un rato los demás se dieron cuenta. «Yo sé que existen», explicó o se defendió Sergio, «pero nunca los he oído». El silencio cayó sobre la mesa. Pensó en Marianella, en sus amigos ingleses y en la música que le habían presentado: de su cuarto salían con frecuencia las canciones de los Beatles, y ahora Sergio lamentaba no haberles prestado más atención. Los discos que habían dejado sus padres eran los que les gustaban a ellos —Chavela Vargas, Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa—, pero nada coincidía con las preferencias de la mesa. Y entonces Smilka dijo que no era posible, que uno no podía ir por la vida sin oír un disco entero de los Beatles por lo menos una vez. Miró el reloj y allí mismo los invitó a todos a su casa para que Sergio pudiera llenar las lagunas de su cultura.

Su casa quedaba cerca y se fueron caminando. Para esa época todos sabían que un occidental no camina impunemente por las calles atiborradas de guardias rojos, y que, cuando no hay más remedio, se deben seguir ciertas instrucciones. Las más importantes eran dos: avanzar de prisa y no llamar la atención. Sergio echó de menos su brazalete; al mismo tiempo, pensar en su uniforme le dio vergüenza. Pero estaba resignado: ya que había pasado por el Club Internacional, visitar la casa de un diplomático yugoeslavo era sólo descender un círculo más en el infierno. Así conoció la casa de Smilka, conoció a su padre y a su madre, conoció a los Beatles — Please Please Me y A Hard Day’s Night — y a los Rolling Stones, y vio a Ellen cantando cada una de las canciones. Y sólo entonces, cuando Smilka puso un disco nuevo con ademanes de ceremonia y todos dejaron de hablar y atendieron a esa música de esquinas duras, a esas voces que gritaban letras incomprensibles, Sergio se enteró de que el objetivo de esta reunión de amigos, desde el encuentro en el club hasta este momento, había sido llegar juntos a la Embajada del Reino Unido para ver la película que se había hecho sobre las canciones de ese último disco.

«¿Querés venir a verla?», le dijo Ellen. «Es en mi casa. ¿No querés venir?»

La situación no podía ser más comprometedora: todos los días se hablaba en la prensa china de las agresiones de la policía inglesa en Hong Kong. Con frecuencia se armaban manifestaciones ruidosas de guardias rojos frente a la embajada. ¿Cómo podía Sergio llegar a la embajada de los represores capitalistas como invitado de la hija del embajador? ¿No era eso caer muy bajo? ¿Podía Sergio con buena conciencia aceptar la invitación, simplemente por pasar unas horas más en compañía de Smilka?

Sergio aceptó la invitación.

El chofer de la embajada británica fue a buscarlos a casa de Smilka. Pronto Sergio se dio cuenta, con gran alivio, de que la proyección de la película no tendría lugar en la embajada misma, sino en la residencia del embajador, y esto, por lo menos, le evitaría las probables manifestaciones. Y allá llegaron todos, a una casa enorme de lujos que Sergio nunca había conocido y cuya sala de proyecciones —provista de un proyector de 35 milímetros y sillas cómodas para unas treinta personas— no tenía nada que envidiarle a la del Hotel de la Amistad. Se trataba de una recepción en toda regla, llena de hombres de esmoquin blanco y mujeres de sombrero y collares de perlas, con el embajador y su esposa recibiendo a los invitados uno por uno, él estrechando manos y ella dejándose besar la suya. Sergio supo en ese momento que había hecho un pacto con el diablo. Pero siguió adelante, ocupó su silla en la sala, teniendo cuidado de sentarse junto a Smilka, y atravesó la película como quien guarda un secreto y está a punto de ser descubierto. Tiempo después comprendería que la película de los Beatles le había gustado mucho —le gustaron los colores y las risas, tan diferentes del cine francés que había visto hasta entonces, y admiró el trabajo de Richard Lester antes de saber quién era Richard Lester—, pero que la había visto distraído por la presencia de Smilka y la tentación constante de cogerle la mano.

No se atrevió. Y luego, en el jardín, mientras los demás tomaban una copa, Sergio aceptó un cigarrillo 555 y se lo confesó a Smilka: que no se había atrevido.

«Qué tonto», dijo ella. «Pues entonces me atrevo yo».

Así empezó un romance inocente, hecho de besos robados y de manos que se toman cuando nadie está mirando, pero nada más. Se encontraban siempre en grupos grandes donde estaban Milena y Marianella, y a menudo en la Tienda de la Amistad, que era lo más cerca que tenían a un territorio neutral. Como todos los hijos de diplomáticos, sin embargo, Smilka se moría de curiosidad por el Hotel de la Amistad, ese lugar legendario donde sólo vivían extranjeros y se necesitaba un carnet plastificado para traspasar la puerta vigilada; a Sergio le bastaba con proponer una visita para una fecha futura —una visita para jugar ping-pong , por ejemplo, o para ver una película en el teatro, o aun para cortarse el pelo en una peluquería más sofisticada— y a Smilka se le iluminaban los ojos como si la hubieran invitado a un parque de diversiones. Se veían únicamente los fines de semana, no sólo porque Smilka tuviera quince años y padres en ejercicio, sino porque Sergio había comenzado, después de pedirlo con insistencia, un trabajo de verdad, proletario y socialista, en la Fábrica de Herramientas Número 2 de Pekín.

Aunque fue una estancia breve, de poco más de un mes, para Sergio fue un aprendizaje fundamental. Las fábricas eran las universidades de la vida, según lo explicaba maravillosamente Gorki, y Sergio por fin estaba en una de ellas. Aprendió a usar una fresadora y después un torno, y descubrió que el torno se le daba mejor: era un monstruo de un color verde intenso como el hierro de los naufragios, y Sergio llegó a conocer tan bien sus rincones y sus manivelas y sus timones y sus palancas (cada una de sus partes móviles y cada uno de sus peligros ocultos) que habría podido manejarlo con los ojos cerrados. Aprendió a convivir con los trabajadores, tal como había hecho durante menos tiempo en la comuna, pero sin que las manos se le congelaran en la madrugada y sin la tortura de la mala comida: allí, en la Fábrica Número 2, los almuerzos y las cenas se preparaban en el acto con buenos ingredientes. El frío se pegaba al hierro del torno en esos últimos días de invierno, y a Sergio lo obligaba a trabajar con gorro; y si la calefacción fallaba, como fallaba todo a menudo en esos días de Revolución Cultural, no era infrecuente que le tocara dormir con guantes, a pesar de que las otras presencias humanas calentaban algo el aire de la barraca. Los fines de semana regresaba a la vida occidental y a los encuentros con Smilka, a los besos inocentes, a las bromas ingenuas. Y uno de esos sábados, por fin, la invitó al Hotel de la Amistad. Subieron a las habitaciones y salieron a los campos de tenis y pasearon por los jardines hablando de tonterías, y terminaron en el club del hotel, que a Sergio le pareció un espacio vulgar comparado con el Club Internacional. Pero fue un día memorable, al fin y al cabo, por el hecho simple de haber visto a Smilka —su sonrisa de niña, sus manos alegres— emocionada con ese mundo de puertas para adentro que había imaginado tantas veces.

Así pues, debido a muchas circunstancias y aspectos que hemos analizado, vemos lo inconveniente de este asunto de los noviazgos. Si se quiere lograr el objetivo de no perder el tiempo en China, no hay que meterse en ese problema. Mientras no se tenga una madura formación no es nada conveniente este asunto. Repito: amistades sí, buenos amigos y amigas, pero no complicarse. A las amistades no se las debe tratar de absorber, ni ser absorbido por ellas. No entregarse apasionadamente a la amistad, sino en una forma natural.

Al día siguiente, lunes, Sergio estaba de vuelta en la Fábrica de Herramientas Número 2, trabajando en el taller, cuando lo llamó un camarada para decirle que una mujer lo esperaba en la puerta. Alcanzó a fantasear con la posibilidad de que fuera Smilka, pero al salir se encontró con la tutora Li. «Necesito hablar contigo», le dijo ella, y lo tomó de la manga y lo llevó a un cuarto de conferencias, pequeño e incómodo, idéntico al que tenían todas las fábricas chinas. «Siéntate», le dijo la tutora Li, y enseguida le preguntó: «¿Tienes algo que contarme?». Sergio supo de inmediato de qué estaban hablando, aunque no hubieran comenzado a hablar, pero no estaba dispuesto a revelar más de lo necesario. Así que esperó. Sintió por primera vez lo que sus compañeros del hotel le habían descrito con frecuencia sin que él les diera crédito: la paranoia, la necesidad de mirar por encima del hombro, la convicción de que alguien escuchaba las llamadas. No, había dicho Sergio siempre que hablaba del tema, eso no es posible: nadie puede vigilar a mil quinientos extranjeros que hablan todos los idiomas. Y en eso estaba pensando cuando la tutora Li empezó a hablar de Smilka, añadió su apellido y la ocupación de su padre, y le dijo a Sergio que esa chica no podía volver al hotel.

«Vergüenza debería darte», le dijo a Sergio con un tono casi maternal. «Su padre es un calumniador. Ha calumniado a la Revolución en la prensa. Ha calumniado a nuestro presidente».

Sergio trató de quitarle hierro al asunto: «Pero si es una amiga. Vino una tarde al hotel».

«No», dijo la tutora. «Esto no se va a repetir. Espera aquí».

Sergio la vio salir. No supo cuánto tiempo se quedó solo en esa sala de reuniones, mirando la papada generosa del presidente Mao; cuando regresó, la tutora Li parecía arrastrar a Marianella. Sergio entendió que la tutora la había recogido en el hotel y ya le había explicado todo el asunto, pero quería que Sergio estuviera presente en el momento en que la reprendía de nuevo por su negligencia, por no haber vigilado a su hermano, por haber permitido que se metiera con personas equivocadas. A Sergio le ordenó que no volviera a ver a esa chica; a Marianella la acusó de faltar a su deber revolucionario. Cuando ella quiso saber cuál era su falta, la tutora contestó:

«Tu deber era denunciar a tu hermano, y no lo hiciste. Y el partido no sabe si puede seguir confiando en ti».