Sergio supo que algo grave estaba ocurriendo cuando sus compañeros le transmitieron la decisión de ese día: no se pondrían de pie para saludar al profesor. Aquello era romper una costumbre sagrada, ese protocolo en que el profesor cruzaba la puerta del aula, un monitor de clase lanzaba un grito con voz de mando militar y los alumnos se levantaban de sus sillas como galvanizados, saludando con la mirada al frente. El profesor revisaba su indumentaria, el corte de su pelo y el aseo de su rostro, y confirmaba que el grupo estaba en la disposición correcta para atender a clase. Dos cosas sorprendieron a Sergio el día de la rebelión: primero, que aquel ritual de respeto se fuera al diablo de buenas a primeras; segundo, que el profesor en cuestión no se atreviera, ni siquiera con una ceja levantada, a mostrar su contrariedad o su protesta. Por esos días, un compañero le dijo a Sergio:

«Se huele, está en el aire. Aquí va a pasar algo serio».

No se equivocaba. De lo mismo hablaban todos en Pekín: en la calle, en el Hotel de la Amistad, en el Instituto de Lenguas Extranjeras. Unos días después de que Marianella se encontrara con su padre en el lago del Palacio de Verano, los Cabrera llegaron juntos al Hotel de la Paz. Sergio y su hermana se acomodaron en sus cuartos, uno para cada uno, y volvieron a maravillarse de ser los únicos huéspedes de un hotel de diecisiete pisos: ¿cómo habría logrado su padre ese privilegio? Fausto les presentó a Li, la mujer que sería su tutora: una joven militante convencida de las bondades del partido y garantía de defensa o protección contra cualquier influencia burguesa. Cuando le preguntaron sobre lo que estaba sucediendo, a ella se le iluminó la cara:

«Un paso más hacia delante», dijo.

La despedida tuvo lugar unos días después. Sergio y Marianella fueron al Hotel de la Amistad para abrazar a su padre y ver llorar a su madre y escuchar consejos y recomendaciones. Luz Elena le entregó a Marianella una pequeña bolsa con los yuanes que les habían sobrado —una cantidad generosa— y Fausto sacó del bolsillo de su chaqueta un sobre de correo. Era un atado de páginas de papel delgado, casi translúcido, que Sergio recibió con las dos manos, como una ofrenda.

«No es para que lo lean ahora», dijo Fausto. «Pero pronto. ¿Prometido?»

«Prometido», dijo Sergio.

«Quiero que sepan esto», dijo Fausto: «Me siento orgulloso de ustedes».

Desde las escalinatas del Hotel de la Amistad, parados debajo de los techos verdes, los hermanos vieron a sus padres subirse al taxi que los llevaría al aeropuerto de Pekín, y supieron que el avión no los llevaría a Colombia, sino a Cantón, y que allí tomarían un tren a Hong Kong y se embarcarían en un trasatlántico italiano. No los perdieron de vista mientras el taxi se alejaba por el sendero de grandes losas blancas que llevaba a la avenida, entre cipreses enormes y algún cerezo perdido y los magnolios que Luz Elena adoraba. Luego volvieron al Hotel de la Paz, a su comedor con eco y sus corredores desiertos y su silencio espectral. Para entonces habían comenzado a hablarse en chino, y en chino dijo Marianella:

«Qué raro, ¿no te parece?».

Esa noche, después de la cena, Sergio sacó las páginas del sobre. «Se lo prometimos a papá», le dijo a Marianella. «Se lo prometiste tú», dijo ella. «Yo no hice nada». Abrieron las puertas del balcón, para que circulara el aire, y Sergio comenzó a leer.

Les escribo estas líneas con el siguiente fin: cuando tengan algún problema, alguna dificultad o contratiempo, cuando se presenten las naturales contradicciones que siempre se presentan, cuando no sepan muy bien la línea a seguir respecto a un hecho sucedido, o no sepan qué actitud asumir, o tengan alguna indecisión o alguna duda y piensen qué diría papá sobre esto, qué nos aconsejaría papá en este caso, qué piensa papá sobre este problema o cuál es su criterio respecto a este asunto, entonces recurrir a estas líneas, leer la parte que habla sobre determinadas cosas y que tengan relación con el problema en cuestión. Así, pues, esto les servirá como una simple ayuda, como un material de consulta, pero nada más. No es la vara mágica ni mucho menos, no tiene respuesta a todas las cosas, ni es donde se encuentra solución a los casos concretos o donde todo está previsto. No. Nada de eso. Escuchen bien: USTEDES TIENEN QUE APOYARSE EN SUS PROPIAS FUERZAS . Toda la ayuda que necesiten la tendrán, todos los consejos, todas las orientaciones que sean necesarias. Pero esto no deja de ser una simple AYUDA . Son ustedes principalmente quienes resolverán sus propios problemas, sus propios asuntos, sus propias decisiones, de acuerdo a los principios básicos tanto morales como políticos.

Veo en Sergio Fausto decisión revolucionaria, ideales revolucionarios, en una palabra, cierta conciencia revolucionaria, aun cuando ni mucho menos está madura. Veo también en él gran deseo de progreso e investigación. Un sentido, en general, de lo que es justo e injusto, cierta madurez. Todo esto unido a una gran bondad. Y estos aspectos nos los ha demostrado con hechos. Tiene defectos con los cuales tiene que luchar con firmeza para poderlos superar —esto debido especialmente a su formación burguesa—, tendencias a veces al abandono en la lucha, golpes de pesimismo, tendencias individualistas, cierto egocentrismo de clase y sentirse a veces un poco superior. Una serie de costumbres pequeñoburguesas muy arraigadas.

Marianella: sensible y firmemente decidida a rechazar la maldad, la injusticia y por lo tanto la explotación y la crueldad. Esta naturaleza de ella la hace básicamente revolucionaria, siempre y cuando haya una orientación política y de clase. Es viva, inquieta, bondadosa y, cuando se lo propone, firme. No transige con lo que no es justo. Siempre he pensado, y en especial últimamente, que Marianella nos va a dar una sorpresa. Debe superar su falta de seguridad y confianza en sí misma, lo cual ya ha venido superando en forma muy clara y diciente. Tiene que superar otros problemas en los cuales debe poner en juego toda su voluntad. Estos problemas son los resultados lógicos de su formación y mentalidad pequeñoburguesa, como son su excesivo idealismo y también su individualismo y subjetivismo. Ese romanticismo burgués, decadente y degenerante. (Aquí debo aconsejarte que trates de rechazar todos esos libros y revistas que te gustan, pero que son verdaderas «hierbas venenosas» que te han causado y te siguen causando un perjuicio incalculable. No te olvides de este consejo, pues mientras no logres rechazar todo eso, te será muy difícil tu progreso, así como tu transformación ideológica). Para decir verdad, en el último mes progresó bastante en esto también.

Sumando lo positivo por un lado y lo negativo por el otro, de ambos suma y pesa más lo primero que lo segundo, teniendo en cuenta naturalmente sus antecedentes y la formación que han tenido, totalmente pequeñoburguesa. Viendo los progresos y el cambio operado desde su llegada a China y por lo anteriormente enumerado, puedo llegar a la conclusión de que se puede confiar en ustedes, que ustedes sí pueden apoyarse en sus propias fuerzas.

Ahora trataré de hablarles de diferentes aspectos que, como les dije, pueden servir como simple ayuda.

Eran doce páginas, doce largas páginas de tamaño oficio y cuarenta y cinco líneas cada una, que Sergio leyó en voz alta junto a Marianella y luego se llevó a su cuarto para volverlas a leer después. A su hermana no le habían gustado nada: «Conmigo no cuentes para volver a leer eso». Ahí estaba todo, desde cómo lidiar con los problemas familiares hasta una larga discusión sobre el objetivo de su estadía en China, pasando por los asuntos financieros y las buenas costumbres a la hora de escribir. Eran veinte puntos exhaustivos que Sergio conservaría como un manual de instrucciones, y a los cuales volvería incontables veces durante ese verano tan extraño, mientras afuera la ciudad comenzaba a bullir.

¿Cuál es el objetivo de quedarse en China? Pueden ser dos: a) Estudiar y prepararse intelectualmente para así el día de mañana ser un «hombre de provecho», como se dice. Esto significa tratar de destacarse, ganar dinero, fama, etc. Todo esto, naturalmente, a costa de la miseria y sufrimiento de los demás, de la explotación del hombre por el hombre. b) El otro objetivo es lograr una transformación ideológica y sentimental proletaria y prepararse para servir a la sociedad, al pueblo, a la revolución. No lograr entrar en el camino de la transformación significa quedarse en la mitad del camino. Ser un «revolucionario» con mentalidad burguesa significa en buenas cuentas ser un revisionista en la práctica. Llegar a Colombia antes de haber entrado en forma firme en esa transformación me parece simplemente haber perdido el tiempo en China, y no lograr el objetivo. En mi opinión, en la medida que se entre en esa transformación auténtica, bien cimentada, se está listo para un posible regreso.

Los primeros en reaccionar al llamado de Mao fueron los estudiantes. Un día, después de clase, un grupo recorrió las aulas con folios de papel y tinta para escribir. Los dazibaos , carteles de propaganda agresiva y grandes caracteres, habían comenzado a aparecer en las paredes de la ciudad unos meses antes, cuando los estudiantes de la Universidad de Pekín denunciaron que la institución había caído bajo el control de la burguesía contrarrevolucionaria. Mao, que ya había comprendido la fuerza que le daba el apoyo de los estudiantes, los elogió en la prensa y aportó su propio cartel, un ataque tácito a Liu Shaoqi y a Deng Xiaoping. Después de eso, los dazibaos se volvieron ubicuos. Y ahora habían llegado a la escuela Chong Wen. Los estudiantes escuchaban las consignas de los líderes y las plasmaban con trazos gruesos, a veces en argumentos de una docena de líneas, a veces en unos cuantos ideogramas. Sergio hizo varios carteles esa tarde y fue a pegarlos él mismo en las paredes. Después se enteró de que también Marianella había hecho los suyos. En la escuela se vivía un ambiente eléctrico. Pero lo más grave ocurrió al día siguiente.

El profesor de Dibujo, un hombre delgado y de gafas que todos los alumnos querían, había comenzado a discutir en su clase el concepto de aerodinámica. De eso estaba hablando cuando comparó espontáneamente el MiG soviético, un avión de combate concebido en 1939 y producido tras la guerra en pequeñas cantidades, con el F-4 Phantom II, que McDonnell Douglas había puesto en servicio en 1960. Los dos aviones, el soviético y el norteamericano, habían participado en la guerra de Vietnam, pero el profesor no tenía por qué pensar en esas implicaciones cuando elogió el diseño del Phantom II y se atrevió a decir que era mejor. En la clase se hizo un silencio incómodo. «Pero es el avión del enemigo», dijo un alumno al cabo de un instante. Sergio no supo si el profesor se había dado cuenta de su error, pero trató brevemente de defenderse: «Sí, lo es. Pero el diseño es mejor. Por ejemplo, es más rápido. ¿Por qué es más rápido?». Pero sus intentos cayeron en el vacío. La clase estaba indignada. Un murmullo de desaprobación se hizo cada vez más fuerte. Y fue entonces cuando un alumno dijo: «Si prefiere las armas del enemigo, enemigo será».

«Sí, es el enemigo», dijeron otros. «¡Traidor!», gritó una voz, y luego: «¡Contrarrevolucionario!». Ante la mirada de Sergio, los alumnos avanzaron amenazantes hacia el hombre, que agarró sus cosas como pudo y salió de la clase. Pero el grupo lo alcanzó en el corredor y lo arrinconó contra una pared. «Usted desprecia a nuestro ejército», le dijo alguien. «No, no es eso, no es verdad», empezó el hombre, pero sin éxito. «¡Sí es verdad!», le gritaban. «¡Usted desprecia a nuestros héroes!». Sergio, que había salido siguiendo a los demás, vio en la cara del profesor una mueca de miedo cuando recibió los primeros escupitajos. «¡Revisionista!», le gritaban. «¡Burgués!». El profesor se cubría la cara, trataba de decir algo, pero su voz era inaudible en medio de los insultos. Alguien lanzó entonces el primer golpe, y las gafas del profesor volaron por los aires. «No, no», gritaba el hombre. Otros golpearon también: al cuerpo, a la cara. Entonces, ante la mirada aterrada de Sergio, el profesor se desplomó. Sergio habría querido intervenir, decirles a los demás que ya basta, que ya era demasiado, pero la fuerza de la multitud se lo llevaba por delante y las palabras no se formaban en su boca. Era inverosímil: sus compañeros, sus compañeras, los alumnos con los que había compartido horas y días y conversaciones se habían convertido en una bestia feroz de muchos pies que pateaban el cuerpo vulnerable del profesor de Dibujo. Del cuerpo caído salían gritos entrecortados, quejas y gemidos, pero las patadas no cesaban. Y fue entonces cuando Sergio, que se había mantenido detrás de los otros, se vio a sí mismo abrirse paso entre los compañeros y lanzar una patada también. Fue una patada tímida, no a las costillas, sino a las piernas, y no vino seguida de otras. Sergio se retiró y al cabo de un rato vio que los demás comenzaban a retirarse también, dejando al profesor tirado en el piso, inerte, cubriéndose la cabeza con los brazos.

Se sintió tan culpable que al día siguiente colgó en las paredes del colegio su propio dazibao , con un mensaje de contrición: Esto no se debe hacer . Supo que sólo su condición de extranjero le granjeaba un poco de tolerancia, y que de otra manera habría sido considerado disidente o traidor a los suyos, y humillado y golpeado igual que el profesor. Sí, eso no se debía hacer; pero Sergio lo había hecho. Su cartel fue ignorado. En cualquier caso, la culpa quedó; y el recuerdo de la injusticia cometida fue tan doloroso, y el de la impotencia ante la injusticia fue tan incómodo, que Sergio no le habló del asunto a nadie: ni a sus padres, que por fortuna no estaban, ni mucho menos a su hermana, que tal vez había sido testigo de todo desde lejos. Sergio lo confirmó después. Marianella se había enterado, como todos en la escuela, de lo sucedido con el profesor de Dibujo, y cuando Sergio se lamentó en voz alta de lo sucedido —«Pobre tipo», dijo—, su hermana endureció el gesto.

«¿Pobre?», dijo casi con asco. «¿Por qué pobre? Era un enemigo y se lo merecía».

Marianella había comenzado a pasar los días del fin de semana en casa de los Crook. Salía a media mañana y recorría en su bicicleta las calles atiborradas de simpatizantes de Mao, y llegaba a las residencias del Instituto de Lenguas Extranjeras como quien vuelve a su casa. La conocían por ser la hija de un especialista que había enseñado allí mismo, pero todo el mundo sabía que Fausto Cabrera había vivido en el Hotel de la Amistad, y no todo el mundo se guardaba su opinión negativa al respecto. Los Crook, por suerte, no la juzgaban. Acogieron a Marianella no como la amiguita de su hijo mayor, sino como si fuera la hija que nunca tuvieron, y le abrieron un espacio junto a los hermanos de Carl, de manera que aquel apartamento se convirtió en su hogar de los fines de semana. Quedaba en la primera planta de las cuatro que tenía el edificio cuadrado, oscuro y feo, donde vivían los profesores. Era un lugar demasiado estrecho para una familia de cinco personas, o tal vez ésa era la sensación que producían las paredes cubiertas por completo de bibliotecas. Marianella nunca había visto tantos libros juntos en tan poco espacio, y en tantas lenguas, y lo primero que pensó fue que su hermano sería feliz aquí; a ella, en cambio, los libros le habían interesado hasta ahora únicamente para lograr que Carl la tomara en serio.

Las paredes sólo dejaban espacio para una ventana pequeña, pero eso le bastaba a David. Contaba que antes, durante los primeros años de su cátedra, por la ventana se veía un paisaje de campo que le refrescaba la vista, pero ahora habían construido un edificio que apenas dejaba ver el cielo. La ventana daba al oeste, y en las tardes de verano le entraba el último sol durante un par de horas, como si hubiera sido hecho para él. «No necesito nada más», decía. Sentado junto a la ventana, en una silla rusa, saludaba a Marianella: «Ah, la hija del republicano». A veces la dejaba libre para que Isabel le enseñara a bordar; otras veces, sobre todo si era domingo, la invitaba a ocupar la silla libre para preguntarle acerca de su familia y la guerra civil española. Marianella hablaba del tío Felipe, de quien lo ignoraba todo, salvo lo que su padre le había contado a Sergio, no a ella, en conversaciones de sobremesa, y David la escuchaba con una fascinación que no parecía impostada ni paternalista. Y uno de esos días, un domingo de comienzos de aquel verano violento, comenzó él mismo a hablarle de sus propios años en la guerra. En realidad no hablaban de España, sino que David le había hecho a Marianella la primera pregunta que se hacían todos los occidentales en Pekín.

«Y a ustedes ¿qué los trajo a China?»

Marianella explicó lo que sabía, y lo hizo con plena conciencia de que no contaba con toda la información. Habló del trabajo de su padre en Bogotá: su vida en el teatro y luego en la televisión, su encontrón con el mercado o lo que Marianella llamaba el mercado: las fuerzas que habían querido convertir un medio artístico en una máquina de vender detergentes. Habló de la rebeldía de su padre; de su negativa a rebajarse haciendo telenovelas baratas; de las acusaciones de comunismo en un país de alma reaccionaria, víctima del imperialismo norteamericano. Habló, por fin, de los Arancibia, instrumentos del azar, y del trabajo que su padre había hecho en Pekín hasta el momento en que decidió volver a Colombia. Fue entonces cuando intervino Isabel.

«Espera un momento. ¿Los dejaron aquí? ¿Tus padres no piensan volver, y los dejaron solos aquí?»

Marianella nunca había sospechado que la decisión de sus padres pudiera ser cuestionable, mucho menos mirada con malos ojos. Volver al propio país y hacer la revolución: ¿qué podía ser más comprensible para una familia de comunistas convencidos como los Crook? Pero en el aire del apartamento quedaron los juicios silenciosos de Isabel, y fue tan incómodo el momento que Marianella buscó ágilmente la forma de hablar de otra cosa. Lo más a la mano fue la pregunta recíproca.

«¿Y usted, David? ¿Por qué está aquí? ¿Por qué vino a China?»

«Ah, pues eso le gustaría a usted, la hija del republicano», dijo David. «Yo vine por culpa de España».

«¿De la guerra?»

«Papá, a ella no le interesa eso», dijo Carl.

«Claro que me interesa», dijo Marianella. «Me interesa mucho».

«En todo caso, son cuentos viejos», dijo David.

«Igual que los de mi padre», dijo Marianella. «Yo he estado oyendo cuentos viejos desde que nací».

«Bueno», dijo David. «Pues tal vez un día hablemos de eso. Tenemos tiempo, ¿verdad? Me parece que usted va a seguir viniendo por acá».

Esa noche la conversación se trasladó del apartamento y sus sillas rusas al restaurante del instituto. Marianella había comprendido —el instinto le había comunicado— que interesarse en David frente a su hijo era como recitar a Mao, como haber leído el Manifiesto del Partido Comunista . Se dio cuenta de que la mirada de Carl ya no era la misma de antes: era como si cambiara de temperatura. En eso estaba pensando cuando, al regresar al hotel, montando su bicicleta por las calles nocturnas donde dormían los guardias rojos, se encontró con que Sergio la esperaba en el vestíbulo como un padre preocupado y, como un padre preocupado, le dijo que esto no podía volver a pasar.

«Va a pasar cuando yo quiera», dijo Marianella.

«Pero es peligroso», dijo Sergio. «Les están cortando las trenzas a las mujeres. A cualquiera le quitan los zapatos si no les gustan».

Se refería a los guardias rojos, una extensa organización de estudiantes que reconocían a Mao como su comandante supremo y se habían echado sobre los hombros la defensa o la estricta aplicación de la Revolución Cultural. Mao les había dado la bienvenida unas semanas antes, en la plaza Tiananmén, cuando apareció para saludarlos con un uniforme verde olivo que no se había puesto en muchos años. Se decía que ese día saludó personalmente a más de mil de sus guardias, e incluso dejó que le pusieran un brazalete rojo que se había convertido en insignia del movimiento. En Pekín los guardias rojos eran una serpiente de muchas cabezas, y nunca resultaba fácil para los jóvenes —impulsivos, inexpertos— saber a quién obedecerle. No importaba: obedecían a Mao; cargaban siempre en un bolsillo los discursos de su líder, que habían comenzado a llamar con simpleza el Libro Rojo. Eran de violencia fácil cuando se trataba de castigar a un disidente, a cualquiera que hubiera sido acusado de revisionismo o de comportamientos contrarrevolucionarios; y, sobre todo, eran muchos, y habían comenzado a llegar a Pekín desde todos los rincones de China, llevados por la idea de ver a Mao, aunque fuera desde lejos. Y cuando se reunían en la plaza Tiananmén, eran tan fuertes sus cánticos revolucionarios y el sonido de sus pasos en la calle que Sergio, si abría la ventana, alcanzaba a oírlos desde el Hotel de la Paz.

«A mí no me van a hacer nada», dijo Marianella.

«¿Y por qué estás tan segura?»

«Porque yo soy como ellos. No tengo el pelo largo, no tengo trenzas, porque soy como ellos. No tengo zapatos burgueses porque soy como ellos. Yo soy de aquí, aunque no parezca. Igual que mi novio, por ejemplo, igual que sus hermanos, igual que su papá».

«¿Qué dijiste? ¿Tu novio?»

«Pues sí», dijo ella. «Carl va a ser mi novio». Y añadió: «Es que él vive en mi mundo. El mundo donde vive él, ese mundo, es también el mío».

En un ambiente capitalista a la edad de ustedes es corriente y hasta natural tener novios o novias. ¿Por qué? En primer lugar la juventud no tiene ningún ideal, ninguna inquietud verdadera, sólo vive pensando en eso, pendiente de eso. Es su foco de interés. Es una sociedad corrompida que cifra sus mayores anhelos en la pasión y en el sexo. Los resultados ya los conocemos, la desgracia, la soledad, la angustia, el temor, etc. ¿Cuál es el paso siguiente? O bien meter las patas y casarse joven sin ninguna madurez, atándose a unos deberes que les impedirán realizar su vida, sus ideales, además de los problemas posteriores ya conocidos, o bien entrar en un ambiente alrededor del cual lo básico en la vida es eso, hasta caer poco a poco en una degeneración donde lo único importante en la vida sea el sexo.

Pasaron los días y la escuela Chong Wen no recuperaba la normalidad. Después del profesor de Dibujo siguieron otras víctimas de la Revolución, o, en otras palabras, otros contrarrevolucionarios que recibieron su merecido castigo. Primero fue la doctora jefe de la enfermería, quien, según las acusaciones de los estudiantes, había llevado en los últimos tiempos una pequeña bodega de medicinas con la intención única de proveer a los burgueses. Luego le llegó el turno al rector, un hombre mayor cuya lealtad al partido nunca había sido cuestionada, pero entre cuyos papeles alguien —nunca se dijo quién— había encontrado títulos de propiedad. Eran títulos antiguos sobre tierras que ya habían pasado a ser del Estado, y no tenían ningún valor. El rector alegó que los guardaba como recuerdo, pero los estudiantes estuvieron de acuerdo en que el hombre estaba esperando el regreso del sistema capitalista y feudal, y fue expulsado de la escuela. Los estudiantes no lo dejaron irse sin más. Le hicieron un sombrero de papel en forma de cono donde se leía Amo el feudalismo , lo obligaron a ponérselo para salir de la escuela y lo acompañaron durante varias cuadras, para que otros guardias rojos lo señalaran, se rieran en su cara (pero era una risa contraída, llena de odio) y se acercaran a insultarlo.

Para este momento, ya Sergio era uno de ellos. Al principio de la Revolución Cultural, la escuela Chong Wen había llegado a contar con tres grupos distintos de guardias rojos, separados por leves diferencias ideológicas, pero uno de ellos —más numeroso y cuyos líderes eran jóvenes más respetados o temidos— acabó devorando al segundo, y la rivalidad con el tercero no hizo más que acentuarse. En medio de estas luchas de poder, Sergio comprendió que no podía quedarse aparte; escribió una carta larga y animosa para solicitar la entrada a la organización más potente; al cabo de una semana recibió la noticia de su aceptación y fue citado para una breve ceremonia en un salón de clases cubierto de dazibaos . Allí le entregaron un brazalete rojo donde parecía brillar un número de seis cifras, su código personal, debajo del nombre del grupo. Sergio se lo puso en el brazo (le quedó demasiado grande: habría que hacer arreglos) y se sintió mágicamente poderoso, o respaldado por un poder invisible pero omnipresente.

En junio se suspendieron los cursos. Sergio empezó a ir a la escuela Chong Wen sólo para hacer algún dazibao o para redactar una proclama o para unirse a una manifestación de rechazo a cualquier cosa. El centro de Pekín era otra ciudad, más ruidosa, más agitada, donde era corriente encontrarse con marchas de guardias que rodeaban a un grupo de acusados, hombres y mujeres tristes que caminaban mirando al suelo roto con gorros en forma de cono y carteles colgando del cuello. Soy un enemigo de clase. Soy un capitalista infiltrado. Llevo este cartel por vivir al servicio de la burguesía . Se supo que los guardias estaban entrando en los museos para saquearlos, y que también saqueaban los templos y las bibliotecas para avanzar en la destrucción de lo que llamaban «los cuatro viejos»: viejas costumbres, vieja cultura, viejos hábitos, viejas ideas. Las calles por las que Sergio pasaba para ir a la escuela Chong Wen (siempre montado en su bicicleta, casi siempre con su uniforme verde olivo) comenzaron a llenarse de retratos de Mao y de carteles con frases del Libro Rojo. A veces el nombre que toda la vida había estado en una esquina cambiaba por uno nuevo y revolucionario, y Sergio tenía que poner atención especial para no tomar por una ruta equivocada.

Uno de esos días, Sergio se dirigía a la escuela cuando escuchó tiros que venían claramente de esa zona. Se bajó de la bicicleta para oír mejor y para decidir si era peligroso avanzar. Sí, eran disparos, y sí, venían de la calle de la escuela Chong Wen, pero Sergio siguió adelante para tratar de medir la situación desde más cerca. Al doblar una esquina se encontró con un grupo de soldados del ejército chino que lo detuvieron con malos modos y le ordenaron que los acompañara. A Sergio, igual que le pasaba en otras situaciones, le costó un instante recordar que no era chino, y comprender que a los soldados pudiera parecerles sospechoso que un occidental anduviera por ahí con tanta tranquilidad y además vestido de guardia rojo. «¿Es alumno de la escuela Chong Wen?», le preguntaron. «¿Por qué? ¿Desde cuándo?». Le pidieron su identificación y le preguntaron dónde vivía y con quién y por qué estaba en China, y Sergio contestó como pudo.

«¿En el Hotel de la Paz?», dijo un soldado. «Pero ese lugar está vacío».

«No está vacío. Estamos nosotros».

«Pero ahí no hay huéspedes».

«Hay dos. Mi hermana y yo. Pueden acompañarme si quieren y verlo ustedes mismos».

Pero no lograba que le creyeran. Y Sergio, por su parte, no lograba entender lo que estaba sucediendo en la escuela, más allá de los evidentes disturbios. Fue sólo después, al hablar con su grupo de guardias rojos, cuando pudo hacerse un retrato completo de lo que había sucedido. Esa mañana, sus compañeros de organización habían decidido tomarse el poder en la escuela: llevar a cabo un golpe de Estado contra el tercer grupo, al que consideraban meros títeres que defendían a las viejas jerarquías. Todo no habría pasado de una escaramuza entre adolescentes si los dos grupos de guardias rojos no hubieran asaltado el cuartel general de milicianos de la Revolución, llevándose más de cien fusiles y munición suficiente para varios días. Así, armados, habían comenzado una batalla sin misericordia en el campo de fútbol. Las balas volaban en todas las direcciones. Y por eso estaba el ejército en las cercanías: habían llegado para tratar de pacificar la escuela. Y Sergio, por supuesto, les había parecido sospechoso. Él alegaba que ni era espía ni era infiltrado, que era un guardia rojo como los demás, pero los militares parecían hacer esfuerzos por no entender nada. Sergio estuvo detenido durante horas, sin saber dónde estaba Marianella y sin poder avisarle dónde estaba él. Fue necesario que cesara el enfrentamiento y los guardias descarriados entregaran las armas para que se acercara un grupo de ellos, reconociera a Sergio y les explicara a los militares de quién se trataba. Era un revolucionario internacionalista, les dijeron, igual que sus padres. Los guardias llamaron a la asociación. Sólo entonces lo dejaron libre.

Aquélla fue la última vez que estuvo en los predios de su escuela. Esa tarde, cuando volvió en bicicleta al Hotel de la Paz, lo esperaba su tutora, la señorita Li, con una notificación: a partir de ahora, y debido a su condición de extranjero, tenía prohibido el ingreso a la escuela Chong Wen. Lo mismo ocurría, por supuesto, en el caso de su hermana. Sergio protestó, en su nombre y en el de Marianella; preguntó dónde quedaba el internacionalismo proletario, de qué servía entonces portar el uniforme de los guardias rojos, y se quejó de que las autoridades no tomaran en cuenta su integración perfecta en la sociedad china, su dominio de la cultura y su conocimiento de la lengua. «Pues precisamente», le dijo la tutora Li. «Es tu dominio de la lengua lo que te cierra las puertas».

«No entiendo», dijo Sergio.

«Eres un occidental que habla chino. Eres una fuga de información con cara y ojos. Y aquí todo el mundo sabe que lo más importante es cuidar el mensaje».

Tenía razón, por supuesto. Sergio se preguntó si alguna vez dejaría de ser sospechoso, si era posible realmente pertenecer a ese lugar que no era suyo. Comenzó a retraerse, también escondiéndose de la hostilidad de la ciudad revuelta. Pasaba el tiempo encerrado en su cuarto, examinando los libros que Fausto había dejado. Así leyó las dos mil doscientas páginas de las obras completas de Shakespeare en la traducción de Luis Astrana Marín: leyó una tras otra, desde Trabajos de amor perdidos hasta La tempestad , y luego Venus y Adonis, El rapto de Lucrecia y cada uno de los sonetos, y después de todo regresó al principio para leer la «Introducción al mundo de habla castellana». Los días eran largos. En agosto, el Comité Central del Partido Comunista anunció los famosos Dieciséis puntos, cuyos mandatos se regaron por el país en cuanto medio de comunicación encontró el maoísmo, del Diario del Ejército Popular de Liberación al Diario del Pueblo , pasando por los micrófonos de la radio masiva, las historietas y hasta los volantes entregados de mano en mano. La burguesía había perdido la guerra, pero todavía trataba de infectar al pueblo con sus costumbres y sus hábitos mentales. Era necesario cambiar la mentalidad y aplastar al enemigo ideológico infiltrado entre nosotros; era necesario transformar la literatura y el arte, bastiones de la ética burguesa; era necesario desterrar a las autoridades académicas de la reacción y defendernos a muerte de los antiguos modelos intelectuales. Pero eso pasaba allá, en la calle, mientras Sergio disfrutaba con la obra de un inglés muerto hacía tres siglos y medio. Con la escuela cerrada, dejando que los días pasaran ociosamente en el Hotel de la Paz, Sergio comenzó a intuir que estaba perdiendo tiempo valioso en su formación como revolucionario.

Las comidas del Hotel de la Paz, en las que Sergio y Marianella se sentaban solos en un comedor gigantesco para recibir las atenciones bochornosas de un pequeño ejército, eran lo único que se repetía todos los días. O casi: pues cada noche, antes de dormir, Sergio leía algún trozo de la carta de Fausto como una especie de ritual privado, tratando de darles algo de forma a sus días, buscando respuestas para su situación presente. Salía poco. Visitaba la Tienda de la Amistad (que no tenía ninguna relación con el hotel, pero la idea de amistad era importante para la Revolución), un lugar del barrio diplomático donde los extranjeros solían encontrarse para comprar cosas que no se pudieran adquirir de otra manera, o invitaba a Marianella para hacer incursiones furtivas en sus antiguos dominios del hotel, por cuyos corredores todavía se movían sus amigos latinoamericanos, todos instalados en su realidad paralela, ajenos a las verdades más duras de la Revolución Cultural. El pasmo de los amigos no tenía límites cuando Sergio les enseñaba los periódicos internos de las organizaciones de guardias rojos, donde se contaba lo que realmente estaba ocurriendo en el país, y les traducía el contenido palabra por palabra.

«¿Todo esto está pasando?», le preguntaban.

«Y más cosas que ustedes no saben», les decía Sergio.

Sergio entendía bien que los militares prefirieran guardar el secreto de esos asuntos, pues todo lo que traducía para sus amigos era un ataque directo a los oficiales más destacados del Partido Comunista y un testimonio de las profundas divisiones que lo rompían por dentro. Todo eso era miel para la propaganda anticomunista de cualquier parte del mundo, y allí, en el Hotel de la Amistad, las paredes tenían oídos. Fue por esos días cuando Marianella empezó a mirar con ojos de condena la vida en ese mundo irreal de piscinas olímpicas y tiendas donde se compraba licor y orquestas que tocaban boleros para latinoamericanos nostálgicos. Repetía los consejos que había dejado su padre: el hotel era una mala influencia, la gente de verdad no vivía así. Pero el Hotel de la Paz tampoco la dejaba conforme, no sólo por sus lujos, que no eran tantos, sino por el hecho de que ellos fueran los únicos clientes de tanta gente. «Es como tener una servidumbre», decía. Uno de esos días Sergio la sintió llegar de la calle —había comenzado a salir sola con más frecuencia— y cuando fue a saludarla, se la encontró vestida con el uniforme de los guardias rojos. ¿En qué momento había pedido el ingreso, qué grupo la había aceptado? ¿Había recibido la autorización de la camarada Li? En su brazalete se leía una fecha: 15 de junio. ¿El nombre del grupo, el momento de su constitución? Viendo a su hermana ahora, Sergio pensaba en un poema de Mao que le gustaba a su padre. Se llamaba «Milicianas»:

Sublimes aspiraciones tienen las hijas de China.

Desdeñan oropeles, pero aman su uniforme.

De un día para otro, Marianella había entrado en la Revolución Cultural, o la Revolución entró en Marianella. Se volvió cada vez más crítica con la vida que llevaban, y no faltaba nunca el momento en que pusiera sobre la mesa el ejemplo de Carl. «Eso sí es una persona coherente. Él y toda su familia. Podrían vivir como burgueses en el Hotel de la Amistad. David ha recibido ofertas del instituto. Pero ellos han preferido seguir viviendo como los demás chinos, sin privilegios. Tenemos mucho que aprender de ellos, nosotros que estamos aquí, con todo un hotel para los dos, como unos señoritos. Debería darnos vergüenza». Lo único que Sergio podía contestar era: «¿Y entonces por qué no están aquí? ¿Por qué se van en el momento más importante, en lugar de quedarse a luchar como todos nosotros?».

Era verdad. A principios del verano, Carl le había dado la noticia a Marianella: la familia se iba de viaje a Inglaterra y Canadá. Desde 1947, cuando regresaron del largo periplo de la guerra para instalarse en China de manera definitiva, David e Isabel sólo habían salido una vez. Ahora el Instituto de Lenguas le había ofrecido a David unas vacaciones pagadas, y los tres hijos, en edad de aprovechar mejor el viaje a sus orígenes remotos, habían recibido la idea con tanto entusiasmo que nadie hubiera considerado en serio la posibilidad de no aceptarla. Para Marianella fue un golpe. «¿Y cuánto tiempo te vas?», preguntó.

«No lo sé», dijo Carl. «Cuatro, cinco meses. No se hacen estos viajes tan lejos para quedarse apenas unos días».

«¿Y lo que está pasando aquí?», dijo Marianella. «Aquí estamos cambiando el mundo. ¿Eso no te importa?»

«Claro que sí», dijo Carl. «Pero el viaje es ahora».

Marianella lloró lágrimas de adolescente enamorada, pero se dijo que no había nada más contrarrevolucionario que dejarse distraer por el amor.