Era una vida doble la que llevaban en Pekín: el infierno en la escuela y el cielo en el hotel. En la escuela sólo podían darse una ducha los miércoles, y el resto de los días se limpiaban como podían con toallitas que humedecían en una palangana. Luz Elena había conseguido el favor de que les sirvieran un vaso de leche, y Sergio y Marianella tenían que soportar las burlas de los compañeros que los miraban sin disimular el asco y les decían: «¿Pero tú sabes de dónde viene eso que te estás tomando?». Sergio vivió esos comienzos con verdadero espanto, como si la experiencia de la calle Wangfujing se hubiera convertido en el estado natural de las cosas, pues los compañeros de la escuela no sólo lo miraban con extrañeza y algo de repulsa (la propaganda del partido les había enseñado que los occidentales eran el enemigo), sino que disfrutaban convirtiéndolo en objeto de burlas. «¡Ojos de sapo!», le gritaban. Sergio se acomodaba en las bancas traseras, escondiéndose en su propia soledad, y se ponía a leer novelas. Estaba entusiasmado con las de Georges Simenon, y un día había estado tan absorto en Maigret y el hombre del banco que la abrió durante una clase, y, tratando de esconder el libro con su cuaderno de notas, se puso a leer. Al cabo de un rato se hizo un silencio extraño a su alrededor. Sergio levantó la cabeza y se encontró con que toda la clase lo miraba con desaprobación: el profesor se había ido dejando la puerta abierta. Su vecino de pupitre le informó: «Dice que si quieres atender a clase, y que haya clase para nosotros, puedes ir a buscarlo». El profesor le pidió que presentara sus excusas por escrito y que incluyera en ellas la ofensa que les había causado a sus compañeros, cuya educación había puesto en peligro con el egoísmo de su gesto.

La Chong Wen era, a su modo, una escuela de élite montada para los hijos de padres ausentes: altos cuadros del Partido Comunista, por ejemplo, o extranjeros asimilados que tenían trabajos importantes. Una veintena de alumnos provenía, como Sergio y Marianella, del Hotel de la Amistad, pero ellos dos eran los únicos internos: los demás volvían al hotel todas las tardes, a disfrutar de sus tres restaurantes y sus habitaciones lujosas y la compañía de sus padres. Marianella los envidiaba sin disimulo. «¿Pero qué hicimos mal?», le decía a Sergio. «¿Por qué no podemos estar con mis papás? ¿Por qué nos están castigando?». Sergio, mientras tanto, desarrolló con los internos una sólida camaradería, hecha de resentimiento y también de lenguaje político: ellos eran los verdaderos proletarios; los que se iban, despreciables pequeñoburgueses. La magia estaba en que Sergio se convirtió en el vínculo entre los dos mundos, y muy pronto se dio cuenta de las ventajas que eso tenía. Si algún compañero chino quería unos zapatos finos, Sergio podía conseguirlos en las tiendas del Hotel de la Amistad; un alumno de los últimos años se le acercó un día, en medio de una pausa entre dos clases, y le preguntó en voz baja si era cierto que él podía conseguir Maotai. Era el licor chino más apetecido; se producía en pocas cantidades, o en cantidades demasiado pequeñas para un país tan grande, y nunca llegaba al mercado (se decía que los líderes del partido se lo tomaban todo), pero el de los ojos de sapo tenía forma de comprarlo. Era como estar de vuelta en el Germán Peña y ser quien reparte los cigarrillos Lucky Strike.

Los fines de semana, cuando Sergio y Marianella tenían permiso de salir, Luz Elena los llevaba a caminar por la ciudad. Les gustaba pasear juntos por los anticuarios de la calle Liulichang, donde las viejas familias burguesas que la Revolución se había llevado por delante dejaban sus tesoros, los signos de su opulencia ya caduca. Cada tienda era un inventario de otros tiempos, un memorando de riquezas desmedidas y un testimonio melancólico de la igualdad que la Revolución había impuesto. Luz Elena miraba las vitrinas con tristeza, porque la imaginación le alcanzaba para pensar en aquellas familias rotas, pero no quería contradecir el mensaje que Fausto machacaba cada vez que podía: ¿no era maravilloso este mundo donde todos eran iguales? ¿No era maravilloso un mundo donde, caminando por la calle, no pudiera distinguirse al rico del pobre, porque todos vestían igual?

«Igual pero feo», dijo Marianella cuando supo que su padre no la escuchaba. «Así qué gracia».

Pero era cierto: allí, en la calle de los anticuarios, todos —hombres y mujeres y niños y ancianos— llevaban las mismas ropas teñidas del mismo azul añil. Era imposible saber si habían sido ricos en otros tiempos, o tan pobres como lo eran ahora, y de esos aristócratas sólo quedaban señales perdidas: cierta elegancia inocultable al caminar, una inflexión de la voz al pedir las cosas, el comentario que dejaba entrever un cosmopolitismo culpable. Un día tuvieron un encuentro cercano con ese mundo desaparecido, y Sergio no lo olvidaría nunca. Todos los domingos, el Buró de Especialistas, la organización encargada de acoger a los huéspedes del Hotel de la Amistad, les proponía un recorrido por la ciudad. Para Sergio y Marianella, que habían pasado la semana en las estrecheces de Chong Wen, esas pocas horas en que volvían a ser turistas occidentales eran balsámicas. Sergio sabía que eran días de contaminación burguesa, por supuesto, un riesgo para la mentalidad de un joven revolucionario, pero se ponía un suéter de lana en los hombros y se subía a un bus de treinta pasajeros y se iba a visitar la Gran Muralla, o la Ciudad Prohibida, o el Palacio de Verano, y, allí, abrazado a su madre, posando para una foto junto a su padre, viéndolos unidos de nuevo y alejados del fantasma de la separación, no lograba evitar un repugnante sentimiento de felicidad.

Uno de esos domingos burgueses y culpables, fueron al Jardín Botánico. En la mañana, Luz Elena reunió a los niños y les dijo: «Hoy van a conocer a alguien especial». Les habló de Pu Yi, el último emperador de China. A Sergio le entusiasmó la idea de conocer a un hombre que había sido más poderoso que un rey, y llegó al jardín con los ojos bien abiertos. En la sala principal los recibió un funcionario igual a todos, con el mismo traje azul de todos, con la misma hospitalidad en sus maneras, pero que se movía por sus dominios con la espalda recta y la cabeza en alto, como si buscara algo en el horizonte. Llevaba gafas redondas y un rictus en la boca que sólo podía llamarse orgullo, aunque parecía extraordinariamente torpe (más de una vez en esos breves minutos tropezó con algo, y en una oportunidad, al hacer un gesto con la mano, golpeó sus propias gafas y las mandó por los aires). Les habló del lugar y sus maravillas, y así supo Sergio que el hombre no era un funcionario cualquiera, sino que era el responsable del jardín. Pero entonces entendió: el hombre, a pesar de su traje y su oficio, no era sólo un jardinero. Era Pu Yi.

El antiguo emperador no dijo una sola palabra acerca de su pasado, ni nadie le hizo una sola pregunta a pesar de que todos sabían quién era y cómo había sido su vida anterior: aquella sesión de turismo y jardinería había sido lo más parecido a un pacto de silencio sobre un pasado vergonzante. Sergio tuvo la urgencia inexplicable de volver a verlo, así que se separó del grupo y regresó corriendo al lugar donde se habían despedido. Y allí lo vio, acurrucado entre flores, con unas tijeras de jardín en la mano derecha. En la otra mano llevaba las gafas, y Sergio se dio cuenta de que se las había quitado para limpiarse la cara. Lo tenía de perfil y estaba lejos, de manera que no se veía claramente, pero Sergio imaginó que el antiguo emperador estaba llorando. Al día siguiente, de regreso en la escuela, le habló a un profesor de la visita. El profesor hizo una mueca de asco.

«Un traidor», dijo. «Pero se ha reformado, la Revolución lo ha reformado. Ha reconocido sus crímenes, ha reconocido que su vida pasada no tiene valor y se ha arrepentido de haberla llevado. Y Mao lo ha recibido, porque Mao es generoso».

Mientras que Marianella se daba de cabeza contra la escuela —enfrentándose a su profesora y recibiendo sus dedicadas reprimendas, negándose metódicamente al aprendizaje de esas matemáticas enrevesadas—, Sergio se había convertido en un alumno modelo. Para finales del año, cuando llegó la época de los exámenes, conocía las vidas de los héroes como si las hubiera presenciado y podía repetir las consignas revolucionarias; y lo hacía con orgullo, aunque nada de eso le sirviera en los exámenes, pues sólo dos materias se examinaban: Matemáticas y Lengua. Sergio superó el de Matemáticas con relativo éxito, pero nadie esperaba que rindiera en el de Lengua a la par que sus compañeros. Supo que en su condición de extranjero recibiría ciertas ventajas —el privilegio de un diccionario, por ejemplo—, y luego se enteró de que el examen contemplaba una sola prueba: la escritura, en dos horas, de un ensayo con el título que indicara el profesor en el tablero. Era un examen nacional, con lo cual millones de chinos escribirían en todo el país sobre el mismo tema. El profesor se acercó al tablero con la tiza en la mano, preguntó si todo el mundo estaba listo y empezó a escribir. Sergio levantó la cabeza y leyó:

Yo nací bajo la bandera roja de las cinco estrellas doradas.

Su primera reacción fue: no es justo. Yo no nací aquí, yo nací en otra parte, no me pueden pedir esto. Pensó en protestar, quejarse, pedir clemencia. Y luego vio una oportunidad.

Corrigió el título: Yo NO nací bajo la bandera roja de las cinco estrellas doradas . Escribió: «No, yo no nací bajo la bandera roja de las cinco estrellas, pero ella ahora me cobija y por ello la siento tan mía como la mía propia…». Y luego contó que había nacido bajo una bandera amarilla, azul y roja: la bandera de un país muy lejano llamado Colombia. Explicó las razones por las que había llegado a este país, que lo había acogido con amor y le había permitido el privilegio de continuar su educación en una escuela como Chong Wen.

El ensayo, una versión juvenil de lo que era para Sergio el «internacionalismo proletario», obtuvo la máxima calificación en la escuela. El profesor lo leyó frente a la clase. El Diario del Pueblo lo publicó junto a otros ensayos escogidos de otros alumnos de toda China, y la Radio Nacional lo transmitió palabra por palabra. En la escuela Chong Wen, Sergio, que ya era popular como traficante de objetos codiciados, ahora se había convertido en un trofeo. La mirada de los demás, alumnos y profesores, ya no fue la misma. Sergio ya no era el de los ojos de sapo, sino que había venido a construir el socialismo. Ya nadie le preguntaba, tocándole el pelo, si tenía que ponerse rulos por las noches para que se le ensortijara de esa manera. Ya nadie le preguntaba de qué color veía el mundo a través de sus ojos verdes, porque era evidente que el mundo, en cuanto a él, era del color de la Revolución.

Desde los incidentes del mes de agosto, cuando dos barcos norteamericanos fueron atacados en el golfo de Tonkín, el presidente Johnson había anunciado el escalamiento de la guerra en Vietnam. Los bombardeos comenzaron tras el ataque a Camp Holloway, una base para helicópteros que el ejército de Estados Unidos había construido cerca de Pleiku, y su objetivo era doble: conseguir que Vietnam del Norte dejara de apoyar al Viet Cong y mejorar la deprimida moral de Vietnam del Sur. Así comenzó una nueva etapa de la guerra. Los bombardeos fueron objeto de muchas discusiones en la escuela Chong Wen, y se organizaron mítines y manifestaciones de apoyo a Vietnam del Norte, y la escuela se llenó de carteles que denunciaban las agresiones del imperialismo o exigían a los alumnos solidaridad con los camaradas, víctimas de los ejércitos capitalistas. Sergio compartía la indignación de sus compañeros. Tan pronto se creó en la escuela el Batallón Juvenil de Apoyo a Vietnam, se inscribió en él, y poco después participaba en la primera misión del batallón: llegar marchando a Hanói. Era un acto simbólico, por supuesto, en el que los jóvenes cubrirían con sus pasos la distancia que separa Hanói de Pekín, pero lo harían en la pista de atletismo de la escuela: con seis kilómetros diarios, calcularon, necesitarían unos trece meses para llegar. Y así lo hicieron.

Durante todo ese año, la vida diaria en la escuela cambió. El curso de Sergio —muchachos que andaban todos por los quince años— había comenzado a recibir adiestramiento militar. Dos veces por semana, Sergio pasaba por un entrenamiento exigente en el manejo de armas de fuego y el uso de granadas, y aprendía a luchar cuerpo a cuerpo y a cargar con la bayoneta. Practicaba tiro al blanco en un polígono cercano, donde, dependiendo del clima político que se respirara en la ciudad y en la escuela, las dianas eran caricaturas grotescas o fotografías ampliadas de Lyndon Johnson o de Brezhnev o de Chiang Kai-shek. Durante ese año —es decir, durante la caminata larga entre Pekín y Hanói— Sergio descubrió un fervor que no había sentido hasta entonces. ¿Era uno de ellos? Sí, se había convertido en un estudiante sobresaliente, y pasaba largas horas metido en la gramática y la caligrafía de su nueva lengua, escrutando sus secretos, investigando sobre su historia; y su historia era también la de la cultura que lo había recibido, que poco a poco dejaba de ser impenetrable. Sí, todo eso era cierto, pero Sergio se daba cuenta de que los estudios y las maniobras, la gramática y el polígono eran sólo medios para otra cosa. Por esos días escribió en unas notas privadas: El futuro es tangible. Lo respiramos, lo soñamos, le ponemos nombre. El futuro es de todos y entre todos lo hacemos. El futuro comienza ahora .

Poco antes del verano, cuando ya los estudiantes habían llegado caminando a Hanói, Fausto y Luz Elena viajaron a Colombia. Era uno de los privilegios establecidos en el contrato de profesor: el especialista podía volver a su país cada dos años, y hacerlo además con su pareja, aunque no con sus hijos. De manera que Sergio y Marianella acabaron inscritos en un campamento de verano en las playas de Beidaihe, que habían sido en otros tiempos balnearios de burgueses y ahora eran la sede de verano del Comité Central del Partido Comunista. La ausencia de sus padres no fue larga: apenas tres semanas. Pero fueron tres semanas activas que marcarían a toda la familia para siempre.

Lo primero que hizo Fausto al llegar a Colombia fue ponerse en contacto con los fundadores del partido. Por supuesto, lo que él llamaba «el partido» tenía a estas alturas un nombre más largo: Partido Comunista Marxista-Leninista Pensamiento Mao Tse-Tung. Sus fundadores eran, entre otros, dos viejos conocidos: Pedro León Arboleda, aquel hombre alto que había elogiado el talento poético de la gente de Medellín (y que era de alguna manera responsable de los cuatro años felices que Fausto había pasado allí), y un tal Pedro Vásquez, que se había unido a un grupo de disidentes del Partido Comunista cuando las diferencias ideológicas entre Pekín y Moscú empezaron a hacer imposible la convivencia. Una brecha se abrió entre la línea moscovita, los llamados mamertos , y la línea pro-China, de la que Fausto se había convertido en embajador involuntario. Fausto había vivido la vida revolucionaria durante dos años, sí, y había visto de cerca los éxitos de la Revolución (y estaba dispuesto a callar los fracasos), pero además traía dos misivas de importancia: por un lado, una invitación para que Camilo Torres, el sacerdote de la Teología de la Liberación que se había acercado a las guerrillas guevaristas, visitara la China comunista y la viera de primera mano; por el otro, un documental sobre China cuyo doblaje al español había hecho él mismo, Fausto Cabrera. En el documental, Fausto se encargaba también de leer con su voz profunda los escritos del camarada Mao —la célebre carta de 1934, por ejemplo: «Una sola chispa puede incendiar toda una pradera»— y de recitar sus poemas con los mismos tonos conmovidos que años antes habían dicho los versos de Machado y de Miguel Hernández.

Muy pronto en el oriente nacerá la alborada.

No digan que aún no es hora de marchar.

No envejecimos recorriendo tantas verdes colinas:

bebemos este hermoso paisaje sin igual.

O aquel otro, Monte Liupan , que Mao escribió tras llegar con el Ejército Rojo al final de la Gran Marcha:

Veinte mil leguas llevamos recorridas.

¡Llegaremos a la Gran Muralla o no somos héroes!

Sobre la cumbre de Liupan ondeamos

al viento del oeste nuestro rojo pendón.

Después de varias entrevistas con los dirigentes, el partido encomendó a Fausto una misión especial: desarrollar un material didáctico, artístico y literario, que usara los principios de su ideología (el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tse-Tung) y los aplicara a la realidad colombiana. Así comenzó su militancia. Contactó a Camilo Torres. Le explicó las intenciones de los chinos y consiguió que Torres lo recibiera en su propia casa, en el lado sur del Parque Nacional. Fausto llegó a verlo en compañía de un periodista, el corresponsal de un medio chino en Colombia, pues su intención era grabar un reportaje con el cura y llevarlo de regreso a China. Hablaron de marxismo y de cristianismo y de Fidel Castro y de Mao Tse-Tung, y Torres estuvo siempre a la altura de lo que le había pedido Fausto: una entrevista a sotana quitada . «Sí, ya sabía que usted estaba en China», le dijo Torres después de la grabación. «Tiene que contarme cómo es eso». Pero añadió que no podía aceptar la invitación que le hacían, lamentablemente: sus compromisos en Colombia, tanto con los fieles como con la revolución, eran urgentes e ineludibles. «Le propongo más bien otra cosa», le dijo. «Sea usted mi enlace en Pekín. Me interesa mucho tener contacto con China. Eso sí, agradézcales la invitación y dígales que me gustaría mucho ir a visitarlos. Que será después, cuando las cosas hayan avanzado un poco por aquí. Sí, dígales eso», terminó. «Que apenas pueda iré a visitarlos».

Pero no llegó a hacerlo. Fausto y Luz Elena habían regresado a Pekín y recuperado su vida en el Hotel de la Amistad, y Fausto estaba ya metido de cabeza en las misiones que le había encargado el partido desde Colombia, cuando recibieron la noticia: Torres había muerto en combate —una emboscada guerrillera a una patrulla del ejército— en San Vicente de Chucurí. Era el 15 de febrero de 1966. Sergio lo recordaría bien, pues apenas había oído hablar del cura guerrillero, y el desconsuelo de su padre lo tomó por sorpresa. No lo había visto tan triste desde la muerte del tío Felipe, y ésa fue la primera pista de que algo invisible, pero muy poderoso, le había ocurrido en Colombia.

Fausto había llegado con la vocación revolucionaria más fuerte que nunca. Sergio lo vio empezar un curso político-militar, como lo llamaban los dirigentes chinos, y pasarse el día estudiando la historia de la revolución y el pensamiento de Mao. Los sábados por la noche solía esperar a Sergio con un texto en la mano. «Necesito que me traduzcas esto», le pedía, y Sergio notaba en su mirada una intensidad que no había visto jamás. No había comida de los sábados ni almuerzo de los domingos en que no se hablara de lo que estaba ocurriendo en Colombia, de la guerrilla de las Farc, de la guerrilla del ELN y de Camilo Torres, y también de los desacuerdos que con esas guerrillas tenía el Partido Comunista Marxista-Leninista Pensamiento Mao Tse-Tung. Sí, su padre seguía levantándose a las cinco de la mañana para su sesión de tai chi chuan , y seguía reuniéndose con los amigos que tenía en el Hotel de la Amistad —los Arancibia, el poeta Cabrera y el viejo Castelo, un español cascarrabias cuya profesión era preguntarse cuándo caería Franco—, pero era evidente que su cabeza estaba en otra parte. Después, cuando les anunció a sus hijos la decisión que Luz Elena y él acababan de tomar, Sergio se dijo que habría debido verlo venir.

Era un domingo de marzo. Luz Elena había recibido en el Hotel de la Amistad a unos dirigentes de la escuela de idiomas de la Universidad de Pekín. Sergio estaba presente en el hotel, como todos los domingos, y también su hermana. Luz Elena les ofreció café a sus invitados y ellos se negaron con más rotundidad de la necesaria, y enseguida explicaron que el café era un estimulante y por lo tanto una droga, y que un comunista verdadero no se drogaba nunca. Uno de ellos, más joven que los otros y con aspiraciones literarias, habló del escritor Lu Xun, cuya obra admiraba, y contó que Lu Xun había sido un camarada muchos años antes de la Revolución, un socialista genuino, y sin embargo era famoso por haber consumido café.

«Una prueba», decía el joven, «de que las influencias burguesas llegan a los más comprometidos».

Sergio estuvo con ellos, oyéndolos hablar y participando en la conversación de vez en cuando, y los vio despedirse y se despidió de ellos en perfecto chino. Y cuando los invitados se hubieron ido, Sergio le dijo a Luz Elena que iba a salir un rato para buscar a sus amigos y jugar ping-pong . «Bueno, eso será más tarde», le dijo su madre. «Tu papá quería hablar con ustedes». Fueron a buscar a Marianella, que oía música en su cuarto, y unos segundos después estaban abajo, en uno de los muchos jardines, donde Fausto los esperaba con unos papeles en la mano. Les dijo que había llegado el momento de tomar una decisión; que en estos últimos meses las cosas habían cambiado, tanto en China como en Colombia; y que ellos, Luz Elena y Fausto, habían llegado a la conclusión de que era tiempo de volver.

«Pero no se preocupen», aclaró Fausto. «Llegó el momento para nosotros, no para ustedes. Ustedes se quedan en China».

«Es mejor así», dijo Luz Elena. «Aquí tienen la escuela, que es muy buena, y oportunidades que no tendrían allá. Aquí tienen seguridad, además. Todos vamos a estar mejor».

«Si están de acuerdo», dijo Fausto, «yo puedo conseguirles una beca. Para que estudien en el mejor sitio».

«¿En dónde?», dijo Sergio.

«Para que sigan teniendo la educación que han tenido. Ustedes se quedarán aquí y seguirán estudiando. Por supuesto que habría que hacer ciertos cambios».

«¿Cambios?», dijo Marianella. «¿Qué cambios?»

«Es un privilegio lo que tienen», siguió Fausto. «No todo el mundo puede escoger qué quiere estudiar, ¿verdad?» Entonces miró a Sergio. «Si quieres estudiar Cine, si de verdad eso es lo que quieres, tienes un cupo aquí: en la Escuela de Cine de Pekín. Eso está confirmado. ¿No te parece un privilegio?»

«Un privilegio», dijo Sergio. «¿Pero qué cambios?»

Se supo con certeza semanas después, cuando Fausto anunció con una sonrisa que había conseguido, tras muchos esfuerzos, la beca prometida. Sergio y Marianella terminarían su educación en China, les decía, tal como lo habían pedido; y a Sergio le pareció una ingratitud recordar que ellos, en realidad, no habían pedido nada nunca, que todo había sido idea de su padre. Pero Fausto presentaba todo el asunto como si fuera un regalo que les hacía a sus hijos. La Asociación de Amistad Chino-Latinoamericana, les contó, les había concedido una beca que no era exagerado llamar excepcional. «¡Qué suerte tienen!», les dijo. «¡Ya me habría gustado a mí!». La beca incluía derecho a estudio en la escuela Chong Wen, un tutor encargado que los visitaría una vez por semana para ver cómo iba todo, una mesada de sesenta yuanes para alimentación y gastos menores y una habitación para cada uno en el Hotel de la Amistad. Pero antes de que tuvieran tiempo de alegrarse de nada, Fausto les dijo:

«Pero la habitación no la podemos aceptar. Este lugar tiene cosas buenas, pero también muchas influencias negativas. La vida no es así. No se va por la vida firmando un papel cada vez que uno quiere algo, como si el dinero no existiera. De manera que moví cielo y tierra, todas las influencias y todos los contactos, y conseguí que los aceptaran en otra parte. Es mucho mejor. Mucho, mucho mejor».

Unos días después estaban visitando el Hotel de la Paz. Era un edificio imponente de diecisiete pisos de alto que se levantaba sobre la calle Wangfujing, en pleno centro de la ciudad, a pocas cuadras de la plaza Tiananmén. El Partido Comunista lo había construido después de la Revolución, para que albergara el Congreso Internacional de la Paz de 1950, y algo debían de haber hecho mal los administradores, porque el partido los había sancionado con el cierre del hotel al público. En ese momento el hotel estaba inhabitado, pero allí vivirían Sergio y Marianella cuando sus padres regresaran a Colombia. Sergio no supo qué deudas habría cobrado su padre o qué fichas habría movido, pero así era: aquél era el lugar que le habían concedido las autoridades para que vivieran sus hijos mientras él no estaba. «Todavía faltan semanas para que eso pase», dijo Fausto. «Nos vamos a finales de mayo. Pero hay que preparar muchas cosas. Queríamos que lo supieran cuanto antes».

«No entiendo», dijo Sergio. «¿No va a haber nadie más aquí?»

«Nadie más», confirmó su padre. «Ustedes serán los únicos huéspedes. Todo el hotel para ustedes solos».

Marianella seguía sin entender. «¿Pero quién va a estar con nosotros?»

«Nadie», repitió Fausto. «Los trabajadores, claro. Ustedes son jóvenes ya, no son niños. Si necesitan algo, si hay que resolver un problema, para eso estará el tutor. Y de todas maneras seguiremos en contacto».

Entonces les recordó el procedimiento para escribir cartas a Colombia. Lo habían usado desde el primer día: puesto que vivían una vida de ficción en Europa (su pasaporte no los autorizaba a estar donde ahora estaban), Fausto había conseguido la complicidad de un italiano, un guitarrista llamado Giorgio Zucchetti, que por esos días acababa su temporada en China y regresaba a su país. Giorgio había accedido a recibir en su dirección de Roma las cartas que los Cabrera escribían desde Pekín, cambiarlas de sobre y reenviarlas a Colombia. Eso seguirían haciendo en adelante, explicó Fausto; y ahora la estrategia era doblemente necesaria, porque Fausto ya estaba integrado en el Partido Comunista y las comunicaciones no podían caer en las manos equivocadas.

«Escríbanle a Giorgio», les dijo Fausto, «y tengan cuidado con lo que dicen. Todo va a estar bien».

«¿Y qué van a hacer ustedes?», preguntó Sergio.

Luz Elena se había apartado un poco y miraba hacia los jardines, como si ya conociera la respuesta y le doliera escucharla. A Sergio le pareció que lloraba y que trataba de ocultar su llanto.

«Vamos a unirnos al pueblo», dijo Fausto. «Vamos a hacer la revolución». Hizo una pausa y añadió: « Vive la vida de suerte ».

Pero no terminó la frase.

La piscina del Hotel de la Amistad abrió temprano ese año; como cada uno de los años precedentes, Marianella fue uno de los primeros huéspedes en probarla. Tenía catorce años y era dueña de una rebeldía que sólo encontraba desfogue en la actividad física, y la piscina del hotel, con su trampolín olímpico de siete metros, se convirtió en su lugar favorito. De manera que allí estaba, no tanto nadando como contorsionándose en una esquina, cuando entraron los Crook. También eso era una ocurrencia previsible de cada primavera, pues David Crook, el padre, era un nadador experto. Fausto, que no regalaba nada a nadie, decía de él que era capaz de atravesar el río Jarama con un brazo atado a la espalda. Su esposa, una rubia canadiense de mirada dulce que había nacido en China, no le iba a la zaga, y entre los dos habían contagiado el vicio de la natación a sus tres hijos. Por eso frecuentaban el Hotel de la Amistad: a pesar de ser china de nacimiento la madre y ser chinos los tres hijos, su físico de occidentales les permitía usar las instalaciones, y no había otras mejores en la ciudad. Esa tarde de sábado entraron al área de la piscina como una familia de patos, David primero y luego Isabel, y detrás de ellos, los hijos en orden de estatura: Carl, Michael y Paul. Siempre era así: llegaban, hacían sus cien piscinas y se iban, y era evidente su intención de no mezclarse más allá de lo necesario con los extranjeros de este oasis aburguesado donde todo parecía estar a la venta: ellos venían de un mundo aparte, más puro o más digno. Sobre David se contaban todo tipo de leyendas, pero ni siquiera Fausto había sido capaz de confirmarlas en sus conversaciones ocasionales. Se sabía, sí, que había estado en la guerra civil española, y eso bastaba para que ganara un prestigio que casi nadie más tenía. Pero ni David hablaba de su vida ni los Cabrera se atrevían a pedirle que lo hiciera.

En cualquier caso, allí estaban los Crook esa tarde de primavera cálida. Marianella los vio llegar —igual que los había visto el año anterior, cada fin de semana en que la piscina estuvo abierta— pero esta vez sintió que ocurría algo nuevo o diferente. No era, desde luego, la simple curiosidad por la vida de los padres. ¿Qué era, entonces? Carl, que estaba por cumplir los dieciocho años, se había convertido en una criatura de una belleza insolente, o era tal vez que Marianella se estaba percatando de ello por primera vez, y verlo subirse al trampolín, verlo desde abajo saltar y dar en el aire vueltas de clavadista versado, le dejó en el pecho un dolor que no conocía. Trató de hablarle después, cuando Carl se acostó a descansar en el borde, pero la experiencia, pensó más tarde, se acercó mucho a la invisibilidad. La tarde se acabó antes de lo previsto.

Con el paso de los días, Marianella se dio cuenta de que no dejaba de pensar en él. Carl le llevaba unos tres años y casi dos cabezas, y además había demostrado un desinterés agraviante hacia ella, pero nada de eso era razón para arredrarse. Marianella lo había visto leer libros enteros en un fin de semana de horas de ocio, pasando los ojos sobre las páginas no como quien lee, sino como viendo sin interés un álbum de fotografías, y luego embarcarse en discusiones en inglés con los demás adolescentes del hotel, que acababan hartos de todo lo que no sabían y se iban a jugar ping-pong . Poco antes del encuentro en la piscina, Fausto había tratado de convencer a Marianella de que leyera el Manifiesto del Partido Comunista en una traducción argentina, pues no le parecía posible que sus hijos pudieran seguir viviendo sin haber entendido a Marx y a Engels; Marianella lo intentó con la testarudez de siempre, pero era como si la lengua española se le hubiera quedado extraviada en Bogotá o, lo que era peor, en la Bogotá de sus once años. Ahora, intuyendo que podía serle de utilidad, volvió a meterse en el libro y volvió a fracasar. Pero entonces tuvo una revelación: el español no era su idioma, sino el chino. De manera que pasó una semana leyendo a Mao por las noches, sin decirle a nadie y sin decir mucho menos para qué lo quería leer, y el sábado siguiente llegó con paso confiado hasta donde Carl descansaba de sus cien piscinas y le dijo:

«Necesito que me expliques unos temas».

Así comenzaron a pasar tiempo juntos. Mientras David hacía cien piscinas en estilo crol, Carl le explicaba a Marianella la diferencia entre hacer la revolución con los campesinos y hacerla con el proletariado, entre la teoría ideológica y la praxis revolucionaria, entre la línea de masas y el modelo bolchevique de la participación popular en el partido. Poco a poco fue descubriendo que la colombiana de catorce años, hermana menor de aquel muchacho que no le caía demasiado bien, era en realidad una fuerza de la naturaleza, y que vivía en un enfrentamiento permanente con el mundo: con su padre, que la celaba como si fuera su propietario; con su madre, que actuaba como si prefiriera a su hermano; con el Hotel de la Amistad, cuyos residentes le habían comenzado a parecer meros capitalistas que vivían en una contradicción imperdonable. ¿Era una amistad aquello? Sí, pensaba Marianella: las distancias se habían salvado y Carl ya no creía que los Cabrera fueran una familia de burgueses como las otras. La invitaba a pasar tiempo con su grupo de amigos. Le recomendaba libros y ella los leía mal y de prisa, memorizando lo suficiente para impresionarlo. Pero fue la primera sorprendida cuando se dio cuenta de que estaba leyendo a Mao por interés genuino, y no solamente para conquistar algunas horas de conversación con Carl.

A Fausto no le hizo gracia la nueva relación. «Te estás desviando», le decía. «Para esto no fue que vinimos a China». Ella hacía todo lo posible por que su rebeldía no pasara desapercibida. Uno de esos fines de semana Carl la invitó a remar al Palacio de Verano, los dos solos, en esa amistad que lentamente se convertía en otra cosa. Allí estaban, remando en una barca en medio del lago, cuando vieron venir a Fausto, que remaba en su propia barca, más grande, acompañado de tres alumnas de su clase de Español.

«¿Y tú qué haces aquí?», le dijo Fausto.

«Remar, papá», repuso ella. «Lo mismo que tú».

Fausto no hizo una escena, y Marianella nunca supo si su contención se debió a la presencia de sus alumnas o al respeto que le tenía a David Crook. Pero en la cena —en el restaurante internacional del Hotel de la Amistad, mientras la banda de boleros sonaba al fondo— Fausto aprovechó que Sergio y Luz Elena no habían bajado todavía para pronunciarse sobre lo ocurrido.

«Tú no tienes edad para estar en éstas».

«¿Para estar en cuáles ?», respondió Marianella con desfachatez. «¿En cuáles no puedo estar?»

«A tu edad uno tiene amigos, pero nada más. Y yo aquí veo que está pasando algo más, y no me gusta».

«Si es que no te tiene que gustar a ti», dijo ella. «Con que me guste a mí es suficiente».

«No seas descarada», dijo Fausto. «Los novios se tienen a los dieciocho. Así que no quiero que te sigas viendo con este chico».

Marianella bajó la voz. «Lo que queda claro es que aprendo más con él que contigo».

«¿Qué dices?»

«Que con él no pierdo el tiempo, papá. Que él es lo único emocionante que me ha pasado en tres años de vida aquí. Ustedes se van a Colombia. ¿Por qué tengo que vivir según tus reglas, si tú estás al otro lado del mundo? Ya decidiste que nosotros nos quedamos aquí. Ya decidiste que la Revolución china nos va a educar mejor que ustedes. ¿Y sabes qué? Yo estoy de acuerdo. Sí, la verdad es que sí, no puedo estar más de acuerdo. Todo lo que necesito está aquí. Todo lo que necesito aprender me lo puede enseñar China».

Entonces dijo una obscenidad. Pero la dijo en chino, y Fausto no pudo entenderla.

Muy lejos de allí, lejos del Hotel de la Amistad y de la piscina donde Marianella había conocido a Carl Crook, lejos de Fausto Cabrera y sus peleas con su hija adolescente, el país se estaba sacudiendo. El fracaso del Gran Salto Adelante, que dejó millones de víctimas, le había cobrado a Mao Tse-Tung el liderazgo de su partido. Las posiciones de poder habían quedado en manos de sus enemigos políticos: el presidente, Liu Shaoqi, y el secretario general del partido, Deng Xiaoping. Pero Mao, que contaba todavía con el apoyo de militares como Lin Biao, del Ejército Popular de Liberación, destituyó a los que lo habían criticado y lanzó una estrategia para recuperar el poder. Los ideales de la Revolución, dijo, estaban en peligro: los amenazaban los traidores y los revisionistas, y era necesario protegerlos. En 1963, Lin Biao recopiló los discursos más importantes de Mao y los publicó en un pequeño libro rojo que llegó a manos de todos los fieles. Pero no fue suficiente, o no lo era todavía. En el verano de 1965, mientras Sergio y Marianella se iban a las playas de Beidaihe, Mao tomaba la decisión de refugiarse en Shanghái, pues la hostilidad hacia su figura en Pekín había comenzado a ser demasiado notoria. Desde Shanghái llamó a la resistencia: los burgueses y los reaccionarios amenazaban la Revolución. Era preciso protegerla. Había que pasar a la ofensiva.

Fue una estrategia milagrosa. En abril, con las primeras flores, el Diario del Ejército de Liberación llamó a los revolucionarios a defender el pensamiento de Mao y a participar de forma activa en la Gran Revolución Cultural Socialista. Así quedó bautizado el movimiento. Una sesión del politburó a mediados de mayo se convirtió en declaración de apoyo a Mao Tse-Tung, que estaba ya de regreso en Pekín, y en ella se pronunciaron acusaciones contra los enemigos de clase que se habían colado en el partido, y se los llamó revisionistas y contrarrevolucionarios, y se advirtió al pueblo de una amenaza latente: una dictadura de la burguesía. Ahora el pueblo tenía que defenderse, y para eso había que identificar a los traidores, sacarlos a la luz y castigarlos sin misericordia.