«A ver», decía Sergio mientras hojeaba un libro, «a ver si encuentro la página».
Estaban en el restaurante de la filmoteca, tan lleno de gente —hombres y mujeres que probablemente asistirían en algunos minutos a la inauguración de la retrospectiva— que apenas se podía hablar. El lugar tenía tanto de ajetreado como de amable, y estaba presidido por el fantasma de Marilyn Monroe, cuya imagen estilizada lo miraba a uno desde el menú. Por los techos bajos pasaban cinco tubos pintados con anillos de colores que les daban el aire —pensaba Sergio con conocimiento de causa— de una serpiente coral. Sergio y su hijo Raúl estaban sentados en sillas de aluminio frente a un tablón largo de madera que menos parecía una mesa que una barra: pero en vez de tener un bar en frente, estaban de cara al amplio ventanal que daba al Raval nocturno, donde el aguacero apenas comenzaba a amainar y la gente escasa caminaba con temor a resbalarse. Raúl estaba metido en su propio libro, que Sergio le había regalado en la tienda de la filmoteca. «Escoge el que quieras», le había dicho, y Raúl había pasado por encima de los libros de arte, a pesar de que le interesaban, y de los de historia del cine, a pesar de que había crecido oyendo hablar de películas, y había escogido una novela gráfica: El club de la lucha , de Chuck Palahniuk, en cuya portada, inquietantemente, unos ojos abiertos miraban encima de unos cerrados. Sergio, por su parte, se había encontrado en los estantes con un ejemplar de Mitologías , de Roland Barthes, un libro que había leído con entusiasmo en su juventud, y de inmediato, como entre cortinas de humo, le había llegado a la memoria un pasaje. La idea de Barthes, le parecía recordar, era que el mundo comunista, más que un lugar enemigo, era otro mundo : distinto y sobre todo incomprensible. Y eso era lo que quería compartir con Raúl.
«Por aquí debe estar», dijo, pasando las hojas.
Miró a su hijo para tratar de saber, leyendo su rostro de adolescente hermético, qué le estaba pareciendo el libro. Pero Raúl, a sus dieciocho años, no era ya un adolescente; y lo que Sergio sintió al verlo, después de media hora sentado a su lado en las sillas duras de La Monroe, fue una felicidad tan intensa que lo tomó por sorpresa: felicidad por estar con él allí, en Barcelona, después de casi dos años de distancia, y felicidad por verlo convertido en este hombre guapo que le llevaba una cabeza, de voz firme y mirada certera, lleno de opiniones sobre todo lo habido y por haber. Era verdad que esas opiniones estaban un poco más a la derecha de lo que le habría gustado a Sergio, pero desear que su hijo pensara exactamente como él le parecía una de las posibles definiciones del conservatismo.
Raúl había llegado en el vuelo de las 16:40, en medio de un aguacero que oscurecía los cielos de Barcelona y entorpecía el tráfico de entrada por la Gran Vía. La gente de la filmoteca lo fue a recibir al aeropuerto y le enseñó el hotel mientras Sergio terminaba de dar una entrevista en un estudio de televisión, de manera que Raúl estaba solo en el vestíbulo, tomándose una Coca-Cola, cuando llegó su padre, los hombros de la chaqueta ennegrecidos por la lluvia y el pelo blanco mojado como si acabara de ducharse. Apenas tenía tiempo de darse una ducha de verdad y ponerse ropa seca para ir a la inauguración de la retrospectiva, así que le propuso a Raúl que lo esperara allí sentado mientras él volvía a bajar. Pero antes de decir que sí, que no había ningún problema, que se quedaría jugando un videojuego en su teléfono, Raúl le dijo:
«Lo siento mucho, papá. Siento mucho lo de Tato».
Fausto nunca tuvo una relación intensa con Raúl, pues no se habían visto con la frecuencia suficiente, pero lo quería con devoción, y siempre le alegró saber que su nieto podía tener en España la vida que para él fue imposible. Cuando se veían, Fausto solía recordar frente a quien estuviera presente —familia o amigos o perfectos desconocidos— lo que les había ocurrido a Sergio y a Raúl en el Valle de los Caídos. «Déjame que te cuente lo que les pasó a estos dos», decía; Raúl ponía los ojos en blanco y Sergio se aprestaba a completar con una información o un detalle el relato de su padre, que hablaba como si hubiera estado presente. Los protagonistas de la historia eran Sergio, Lilí —la mayor de sus tres hijas, la primera que había tenido— y Raúl, que estaría a punto de cumplir los ocho años. Sergio ya se había separado de la madre de Raúl, pero todavía vivía en España, de manera que recibía la visita de su hijo algunos fines de semana: nada más fácil que llegar en tren de Málaga a Madrid. Ese fin de semana habían decidido salir de la ciudad para pasar el día en barco, en una de esas represas que los madrileños llaman pantanos. Desde la autopista, Raúl vio la cruz enorme del Valle de los Caídos y preguntó qué era aquel lugar y si podían ir a visitarlo.
«No», dijo Sergio. «Ahí está enterrado Franco».
«¿Y qué problema hay?», dijo Raúl.
«¿Que qué problema?», dijo Sergio. «Pues todo lo que ha sufrido la familia, ése es el problema. Franco tiene la culpa de que nos hayamos tenido que ir de España. Todo lo que Tato sufrió, todo lo que sufrió el tío Felipe, fue por culpa de Franco. Nuestra familia se deshizo por culpa de Franco. No, Raúl: allá no vamos nosotros».
El día en el pantano transcurrió sin que se hablara más del tema: algo habría detectado Raúl en la voz de su padre. Pero durante el trayecto de regreso, al volver a ver desde lejos la cruz en la montaña, Raúl insistió en que quería visitar el lugar. Antes de que Sergio reaccionara con otro sermón sobre la familia rota y la Guerra Civil, Lilí le dijo:
«Vamos, papá, qué importa. Vemos el sitio dos segundos, Raúl se queda tranquilo y nos vamos a Madrid. No tiene nada de malo. Hasta le puedes explicar cosas».
Minutos después, allí estaban: por primera vez en la historia, la familia Cabrera visitaba la tumba de Franco. Era un lugar imponente, eso sí, y Sergio tuvo que recordar la historia de su gente —del comandante Felipe Díaz Sandino, del abuelo Domingo, de su propio padre— para mantener sus emociones a la distancia debida; por otra parte, entró con la convicción de que estaba traicionando la memoria de su estirpe, y no logró sacudirse ese sentimiento por más que lo intentó. La tumba del dictador era un rectángulo blanco en el suelo de piedra gris, y en el centro del rectángulo reposaban tres ramos de flores y una cinta con la bandera rojigualda. Sergio pasó por el lado y se adelantó hacia las escalinatas del altar, subió dos o tres y se quedó mirando el Cristo del fondo, tratando de recordar la última vez que había entrado a una iglesia. Entonces oyó un ruido a sus espaldas, algo como un zapateo escandaloso, y cuando se dio la vuelta, preparado para reprobar con la mirada al culpable, se encontró con la figura de su hijo, que pisoteaba con fuerza el rectángulo blanco mientras largaba escupitajos obscenos.
Sergio lo tomó de un brazo y lo hizo a un lado. «¿Pero a ti qué te pasa?»
«¡Que es un cabrón!», gritó Raúl. «¡Todo es su culpa! ¡Por su culpa nos tuvimos que ir de España! ¡Por su culpa se deshizo mi familia!»
Y todo esto lo contaba Fausto con detalles precisos, y, dependiendo de la compañía, en su relato Raúl escupía sobre la tumba o soltaba improperios que, desde luego, no eran los de un niño de casi ocho años, sino los de un exiliado de noventa: los improperios que Fausto le habría dedicado a Franco si lo hubiera visto en su niñez remota. Lo único que Sergio podía añadir era el relato, insulso, por lo demás, de lo que pasó después. Cómo agarró a Raúl en volandas y lo sacó de la iglesia antes de que alguien se diera cuenta, cómo no se habló más del asunto en el trayecto de regreso a Madrid, cómo se enteraron después de que Raúl había estado contando la anécdota a sus familiares españoles, pues le había hecho gracia la reacción de su padre. Sergio recibió la llamada de alguna tía preocupada por las malas costumbres que le estaba enseñando a su hijo, por el irrespeto de lo sagrado, por la intolerancia con las ideas ajenas. Sergio pensó que el franquismo, en su experiencia, tenía poco de sagrado. Pero no dijo nada.
Saliendo del hotel hacia la filmoteca, soportando el aguacero que estallaba en la Rambla del Raval, quiso preguntarle a Raúl si había vuelto a acordarse de esa anécdota que tanto le gustaba a Tato, o, por lo menos, si había vuelto al Valle de los Caídos, pero intuyó de alguna forma que la anécdota graciosa había dejado de ser graciosa para Raúl hacía mucho tiempo. Luego se distrajeron con los libros de la tienda, y de ahí pasaron a buscar un sitio libre en la atiborrada Monroe, y todo lo anterior dejó de ser urgente. Tenían la idea de tomarse algo mientras esperaban: los organizadores les habían ofrecido pasar a las oficinas, pero Raúl prefirió quedarse abajo, con la gente, y Sergio prefirió quedarse con él. Y ahora, en La Monroe, Sergio buscaba un pasaje de Mitologías , y ya comenzaba a sospechar que no existía.
«Ah», dijo entonces. «Por fin. Oye esto».
M ARCIANOS
El misterio de los platillos voladores ha sido, ante todo, totalmente terrestre: se suponía que el plato venía de lo desconocido soviético, de ese mundo con intenciones tan poco claras como otro planeta. Y ya esta forma del mito contenía en germen su desarrollo planetario; si el plato dejó tan fácilmente de ser artefacto soviético para convertirse en artefacto marciano, es porque, en realidad, la mitología occidental atribuye al mundo comunista la alteridad de un planeta: la URSS es un mundo intermedio entre la Tierra y Marte.
«Eso era China entonces», dijo Sergio. «Para nosotros, quiero decir. La mitología occidental atribuye al mundo comunista la alteridad de un planeta… Está bien, ¿no? Yo tendría unos veinte años cuando descubrí este libro. Y pensé que sí, que así era. Así era estar en China en esa época».
«Todos marcianos», dijo Raúl.
«Un poco, sí».
«Pues yo tenía otra impresión», dijo Raúl. «Me habías hablado de otra cosa».
«¿Otra cosa?»
«No sé. Me has hablado de China como si fuera tu propia tierra».
«Al comienzo, no», dijo Sergio. «En fin, no importa».
«Pero es que Marte…», dijo Raúl. «Sí, claro que importa. Marte, papá. Es muy fuerte».
Como era su costumbre, Sergio estaba sentado en la última fila del teatro. Así lo había hecho siempre, no sólo para poder salir sin que nadie se diera cuenta, sino para medir las reacciones del público y aun para tomar nota de los que abandonaban la sala. Todos se van , la película que inauguraba la retrospectiva, avanzaba en la pantalla con esa rara autonomía que tiene el cine, ajena a sus observadores o testigos. Ahora, mientras espiaba las reacciones de Raúl —su risa o su interés o su aburrimiento—, a Sergio le pasó de nuevo lo que siempre le pasaba: lo que sucedía allí, en la pantalla de la Filmoteca de Catalunya, dejó de ser una película de su autoría, cuyos movimientos él había dirigido y cuyos diálogos había escrito o aprobado, y se le convertía en un misterio insondable. En la pantalla aparecían esas imágenes y se oían esos diálogos que eran los mismos para todo el mundo, pero Sergio tenía la certeza de que después, acabada la película, no habría dos personas en este teatro que hubieran visto lo mismo. Ni siquiera Sergio había visto siempre la misma película: a veces era la metáfora de un país, a veces era una tragedia doméstica, a veces era la forma meticulosa en que hombres y mujeres quedaban aplastados sin misericordia bajo la aplanadora de la historia: de la historia cubana, en este caso, salvo que la historia cubana no era nunca la historia cubana solamente: era también la historia de Estados Unidos, la historia de la Unión Soviética, la historia de una guerra que llamamos Fría a pesar de que dejó incendios desperdigados por todo el continente: en Cuba y en Nicaragua, en Guatemala y en Chile y también en Colombia. Y en cierto sentido los seguía dejando, por supuesto. No, la historia no era una aplanadora en América Latina: era un lanzallamas, y seguía incendiando el continente como si el operario hubiera enloquecido y nadie hubiera tenido el coraje de detenerlo.
Todos se van era una adaptación, parcial y caprichosa, de una novela triste y bella de Wendy Guerra. La acción ocurría en los años ochenta, en momentos en que la Revolución cubana pasaba por una nueva crisis. La niña Nieve era una hija de padres separados: un revolucionario convencido, que habría podido ser un buen autor de teatro pero se había convertido en un mero panfletario, y una madre escéptica que ahora vivía con un sueco y añoraba los tiempos en que la Revolución tenía más de libertad y menos de autoritarismo. Sobre el fondo de una Cuba que no sabe bien qué quiere ser, los padres de Nieve emprendían una batalla por su custodia, pero pronto era evidente que el enfrentamiento tenía menos de familiar que de ideológico, y lo único que quedaba cuando todo había terminado era un puñado de vidas destrozadas y una imagen desgarradora: la de la cara del padre, perdida entre los cientos de cubanos que salieron hacia Estados Unidos desde el puerto de Mariel.
La película había estado rodeada de controversia desde el principio. Sergio recordaba bien su estreno en La Habana, en diciembre de 2014. ¿Habría dado lo mismo estrenarla en cualquier ciudad? En el momento de tomar esa decisión, Sergio hubiera confesado que lo movía también la curiosidad de ver cómo reaccionaría un público todavía revolucionario, o en el cual habría de seguro revolucionarios convencidos, frente a esta historia problemática. Había tratado de rodar la película en Cuba, pero las autoridades, tal vez por tratarse de la novela de una escritora que nunca les había hecho demasiada gracia, tal vez por informes desfavorables sobre el retrato que hace la novela de la vida revolucionaria, guardaron un terco silencio cuando Sergio pidió los permisos necesarios; de manera que su equipo tuvo que poner a funcionar todas las magias del cine para convencer a los espectadores de que sucedían en La Habana o en las montañas cubanas escenas que en realidad habían sido filmadas en un barrio de Santa Marta, en la costa caribeña de Colombia, o en algún lugar perdido de los Andes.
Aquel retrato de vidas dañadas no le gustó a todo el mundo en el teatro de La Habana. Desde su fila de butacas, siempre en la parte de atrás de la platea, Sergio alcanzaba a oír las reacciones del público, porque en La Habana, por alguna razón, el público de una sala de cine se comportaba como el de una obra de teatro en otro siglo: animaba a los personajes, los insultaba, le avisaba al héroe que el villano lo esperaba al doblar la esquina. Así que a Sergio le llegaban las risas y los elogios, pero también las protestas aisladas y algún abucheo desvergonzado que entrecortaba los diálogos; y una vez, desde la penumbra bañada por la luz blanca de la pantalla, vio una silueta que se levantaba indignada, con grandes aspavientos de sombreros o periódicos doblados en el puño, y se marchaba por el corredor entre murmuraciones y taconeos, la luz pegándole en la espalda, recortándola sobre el fondo claro. Antes de salir, una de esas siluetas exclamó para que la oyera la sala entera:
«¡Coño! ¡Esto es propaganda del imperio!».
Cuando acabó la película y se encendieron las luces del teatro, Silvia miró a Sergio con sus grandes ojos muy abiertos y una sonrisa tímida: «Qué público tan difícil, ¿verdad?». Sergio dedicó un rato a hablar con la gente que se le acercaba. Firmó cada película que le traían sus seguidores (la caja de plástico o el disco que soltaba un destello bajo las luces); sonreía tímidamente a los elogios, estrechaba cada mano que salía de la masa de la gente para saludarlo, siempre con esa cortesía que pareciera pedir disculpas por el hecho de que sus películas no existieran solas. Fue entonces cuando recordó que aquel estreno, que ya le parecía raro por la relación extraña entre la historia de la película y la ciudad donde estaban, era único por otras razones también: a la proyección de Todos se van habían asistido, sentados en lugares apartados del teatro, los hombres y mujeres que durante los últimos dos años habían estado buscando allí, en La Habana, bajo los auspicios del gobierno cubano y la mirada atenta del mundo entero, una salida negociada a medio siglo de guerra colombiana. Allí estaban los jefes guerrilleros, o por lo menos un grupo de ellos, y también algunos de los negociadores del gobierno; habían asistido bajo el mismo techo a una historia que hablaba, con las maneras y el lenguaje de la ficción, de una realidad humana que se tocaba de modos indirectos con las realidades de sus conversaciones y sus enfrentamientos y sus desacuerdos irreconciliables. Y ahora los guerrilleros estaban acercándose a Sergio para saludarlo, y era casi cómico verlos buscar palabras para elogiar la película, cuando era evidente que no les había gustado nada: que les había parecido injusta, o mentirosa, o contrarrevolucionaria.
El día anterior se habían visto por primera vez. Los comandantes de la guerrilla se enteraron de que Sergio Cabrera estaba en la ciudad y quisieron reunirse con él para conocerlo. Comenzó una conversación casual en la cual le confesaron a Sergio que les encantaban sus películas, que las veían en los campamentos, pero que todas las copias que tenían eran copias piratas. Hablaron de Golpe de estadio , una comedia que imagina una tregua entre el ejército y la guerrilla con un solo objetivo —ver un partido de la Selección Colombia—, y un comandante protestó en broma por el retrato que allí se hacía de la guerrilla. «Es una guerrilla de juguete», dijo. Y la reunión habría podido transcurrir así, en ese ambiente de ligereza, si no le hubieran preguntado a Sergio qué opinaba de lo que estaba pasando con los diálogos de paz. A Sergio le pareció que habría sido una irresponsabilidad tener a los comandantes en frente y no decirles la verdad completa, así que lo hizo. Les dijo que se habían equivocado; que su imagen, para ese pueblo por el cual decían luchar, no podía ser peor, y que era su obligación hacer todo lo necesario para que los colombianos de a pie no siguieran pagando con su sufrimiento por esta guerra.
«Ustedes han causado mucho dolor», le dijo a uno de los comandantes. «La gente lo único que quiere es verlos en la cárcel».
«Pues vamos a la cárcel», repuso el hombre. «Pero entonces vamos todos. Porque una guerra no se hace desde un solo lado».
Sergio lo sabía, por supuesto, y sabía lo difícil que es explicárselo a quien sólo ha sufrido las violencias de uno de los lados. En todo caso, era extraño estar presentando su película sobre un socialismo fracasado allí, en La Habana de las negociaciones de paz. También allí se habían hecho presentes los fantasmas de la Guerra Fría; también en ese teatro donde se estrenaba Todos se van estaban los rencores, los resentimientos, los dolores y la memoria de los miedos de todo un país, porque estos guerrilleros que iban a ver películas a pocas sillas de esos negociadores no estarían aquí, en La Habana, si la historia hubiera decidido tomar un camino distinto (si Fidel Castro no hubiera triunfado el 1 de enero de 1959), y en ese caso tampoco estaría él, Sergio Cabrera, cuya vida había quedado marcada por esta Revolución caribeña. Los fantasmas, siempre los fantasmas. Para los colombianos que habían vivido dentro del medio siglo de esta guerra, que habían crecido entre sus terrores, poniendo sus muertos o abrazando a quien los pone y a veces deseando la muerte de otro, de quien ha matado o de quien se ha burlado de los muertos, para los colombianos que no habían atravesado impunemente las llamas que lanzaba la historia, los fantasmas estaban en todas partes: no había forma de esconderse de ellos. Hasta allí habían llegado: hasta una sala de cine en la mitad del Caribe y en el año 2014. Qué voluntariosa era la historia, pensó Sergio: aparece cuando menos se la espera, como si jugara con nosotros.
El estreno oficial de Todos se van tuvo lugar al año siguiente, en Bogotá y en una noche lluviosa. Las cuatro salas de un centro comercial en la avenida Chile proyectaron la película al mismo tiempo, y de todas salieron los espectadores comentando lo visto, y Sergio los esperó en el zaguán de los cines, entre perros calientes y dispensadores de gaseosas, para recibir apretones de mano y besos en la mejilla y contestar algunas preguntas frente a la luz enceguecedora de una cámara de televisión. Ninguna de las personas que lo saludaban, ni los periodistas que lo entrevistaban, podía imaginar el esfuerzo inmenso que le costaba pasar por ese trámite, pues su cabeza estaba en otra parte. Apenas habían pasado seis meses desde La Habana, pero aquel viaje parecía un episodio de otra vida: una vida en la que Sergio se encontraba a gusto. ¿En qué momento había dejado de ser así?
Con el paso de las semanas, a medida que Todos se van se iba retirando de las carteleras del país como la resaca, Sergio se fue retirando también de su propia vida. Silvia creyó que se trataba de la misma melancolía que lo tocaba después de terminar un proyecto importante, agravada esta vez por la manera en que el público colombiano había recibido la película. Pero no era así. Y cuando le preguntaba cuál era el problema, si podía ayudarlo en algo, Sergio le decía con dolor que ella no podía ayudarlo, porque ni siquiera él conseguía saber dónde estaba el problema, qué fantasmas o demonios estaban consumiéndolo por dentro.
Uno de esos días fue a visitar a su padre. Tal vez por no haberlo hecho desde la celebración de sus noventa años, que sorprendió a Sergio completando los preparativos para presentar su película en La Habana, o tal vez por no haber puesto la atención suficiente, Sergio lo encontró demacrado y hostil. La reunión fue un memorial de agravios. Fausto se quejó de que Marianella ya no iba a visitarlo: había dejado de hacerlo años atrás. «Empezó a alejarse desde que murió tu madre», dijo Fausto. «Como si a mí no me hubiera dolido igual. Joder, es como si me echara la culpa. Yo no sé qué le he hecho». A Sergio siempre lo había maravillado el talento de su padre para no ver lo que no quería ver, y lo había dejado pasar en silencio cuando eso era posible, pero esta vez no consiguió quedarse callado.
«Pues piensa», le dijo. «Seguro que se te ocurre algo».
Hacia el final de la tarde, después de que Fausto se quejara de que sus propios hijos lo juzgaran como a un enemigo, Sergio, en un intento desesperado por cambiar de tema y terminar la visita con cordialidad, le habló de lo que estaba sucediendo con Todos se van . El tiempo en cartelera había sido decepcionante, era verdad, pero la película había gustado mucho desde su preestreno en La Habana. «Qué bueno», dijo Fausto. «Debe ser porque yo no actúo». Lo dijo en broma, pero Sergio detectó un fondo de resentimiento en su voz, un reclamo disfrazado. A Fausto nunca lo había abandonado la idea de que su hijo no le daba en sus películas el crédito que merecía. «Nunca hablas de mí en las entrevistas», le decía a veces, y Sergio se desgañitaba tratando de explicarle que sí lo hacía, pero que los periodistas escogían otras cosas: «Yo no edito las entrevistas, papá». Ahora, con su voz envejecida que ya no recitaba poemas (porque ya la memoria no se acordaba de los versos), Fausto miró a Sergio con una serenidad que era peor que el antagonismo y le dijo:
«Pues te felicito, pero tú sabes la verdad».
«¿Cuál verdad, papá?»
«Que esta película tuya traiciona todo lo que creímos», dijo Fausto. «Es una cachetada, Sergio Fausto. A todo lo que tú y yo hicimos en la vida».
Cuando Sergio le habló a Silvia de aquel episodio, lo único que acertó a decirle fue: «Mi padre está viejo». Y era lícito pensar que la tristeza se la producía esa constatación, el lento deterioro del hombre que tanto había admirado durante tanto tiempo, y gracias al cual había vivido cosas de las que muy pocos podían jactarse. Pero Fausto había puesto en palabras algo que otros habían opinado desde que el guion de la película empezó a pasar por las manos de siempre: las de los amigos, las de los cómplices, las de los productores, las de quienes eran las tres cosas al mismo tiempo. Uno de esos amigos era Juan, un médico que lo había acompañado en mil otras batallas y que un día, después de una consulta, le explicó por qué no lo iba a acompañar en ésta. «A mí me parece», dijo, «que esta película no se debe hacer». Dijo que la película les haría el juego a los anticubanos y a los imperialistas, que ensuciaría la imagen de Cuba sin lograr nada a cambio, que para criticar los problemas del socialismo ya se bastaban los enemigos que habían tenido toda la vida. «No vas a lograr nada con esta película», dijo. «Tus amigos no van a entender que la hagas, porque les va a parecer demasiado crítica, y tus enemigos no van a entender tampoco, porque les va a parecer demasiado complaciente. Mejor dicho, estás jodido». Soltó una conclusión contundente: «Los trapos sucios se lavan en casa». Sergio ya había oído esa fórmula muchas veces, y alguna vez la había pronunciado él mismo. Pero ahora se le revolvió algo en el pecho y tuvo que preguntar:
«¿Y qué pasa cuando en la casa no hay lavadero?».
Hubo más de una conversación parecida. En ellas, Sergio buscaba sin éxito la manera de explicar que Todos se van no era una denuncia, y que ni siquiera había querido ser un cuestionamiento de nada, sino que la historia de la niña Nieve, cuya vida se descarrila por las intromisiones de un Estado metiche en la vida privada de sus gentes, se le parecía demasiado a lo que él mismo había vivido como para dejarlo pasar. Nieve en Cuba era lo que él había sido en China: un niño a merced… ¿Pero de qué? Nada de eso lo pudo explicar, en parte porque la única manera de hacerles justicia a sus memorias chinas había sido dirigir la película, en parte porque la única manera de entender la película era conocer a fondo su vida: conocerla como no la conocía nadie: ni sus amigos, ni sus hijos, ni su esposa.
Pero la opinión del médico Juan dejó un escozor. Sergio se dio cuenta de que esos desacuerdos con el mundo no tendrían tanta importancia, o serían acaso más llevaderos, si tuviera un proyecto entre manos. Pero incluso su trabajo, que siempre había sido un lugar donde era posible sentir que uno estaba al mando de las cosas, ahora parecía conspirar en su contra. Después de terminar el rodaje de Todos se van , a principios de 2014, había hecho lo que hacía siempre entre dos películas: una serie para televisión. Era la historia del infame doctor Mata, un abogado que en los años cuarenta cometió veintiocho asesinatos impunes y uno más por el que fue condenado. Un asesino en serie: el éxito estaba garantizado. Pero la telenovela costó más de lo previsto, y el canal culpó al director de los excesos y el director culpó al canal, y de la disputa, que en ocasiones llegó a ser subida de tono, sólo quedó un enfriamiento de sus relaciones. De manera que Sergio dejó de recibir ofertas de trabajo, y su orgullo le impidió pedirlas o reclamarlas. Fue como estar muerto en vida.
Los días perdieron estructura. En vez de levantarse a las siete de la mañana para ocuparse de Amalia, como era su costumbre, Sergio se quedaba durmiendo hasta tarde, recuperándose de una noche de ver películas en el pequeño salón de los sofás, en la parte del apartamento que quedaba lejos de las habitaciones. Se decía a sí mismo que volver a ver todo Bertolucci, por ejemplo, era una manera de mantener abiertos los conductos creativos, pero sabía en el fondo que tenía las manos vacías. Silvia, por su parte, se encargaba de dejar en el jardín a una Amalia sonriente antes de llegar a su trabajo en la embajada portuguesa, y alguna vez, al volver a la casa a comienzos de la tarde, después de recoger a Amalia (que seguía sonriendo, inexplicablemente satisfecha), se encontraba con que Sergio no había abierto ni siquiera las cortinas de la habitación. Empezaron a vivir en horarios cruzados, pues él estaba despierto cuando ella dormía y viceversa; en esas noches insomnes, él veía películas o leía los libros que habían sido de su madre o visitaba a Amalia y se quedaba sentado en la silla de colores vivos, junto a la camita con baranda, viéndola dormir con la convicción de que así podría pasar el resto de sus días. Una tarde, después de varios meses de vivir en la extraña soledad de esos horarios trastocados, en esa especie de jet lag dentro de la misma casa, Silvia le dijo:
«Yo creo que deberíamos hablar con alguien».
Silvia, socióloga de formación, había comenzado a hacer estudios de Psicología desde su llegada a Colombia. No era un interés diletante: había descubierto la escuela de la Gestalt mucho antes de conocer a Sergio, pero sólo en su vida bogotana consiguió las horas que esos estudios exigían. Su mentor o su guía, el terapeuta Jorge Llano, se había convertido en poco tiempo en amigo de ambos, y eso era lo que le permitía a Silvia poner esta propuesta sobre la mesa: que Sergio hablara con él. Sergio no logró entender de qué le serviría, y Silvia no se anduvo con rodeos: no tenía que ser Llano, le dijo, podía ser cualquiera, pues tampoco se necesitaba dominar a Wertheimer para saber que Sergio estaba atravesando una depresión de libro de texto.
«Busquemos a alguien», dijo Silvia. «A quien tú quieras. Pero hay que hacer algo, amor. Tú no estás bien».
«Yo sé que no estoy bien», dijo Sergio. «No necesito pagarle a nadie para que me lo diga».
«Y yo sé que tú sabes. Pero no sabes por qué. ¿O sí? Dime: ¿sabes por qué no estás bien?»
«No», dijo Sergio.
«Pues eso. Y yo creo que alguien nos puede ayudar a saber».
Pero los días pasaron sin que Sergio hiciera la llamada, ni concertara la cita, ni diera ningún paso en la dirección que habían acordado. Siguieron los horarios trastocados, y era cierto que al mediodía, cuando lograban encontrar el espacio en común para almorzar juntos, a Silvia le gustaba oírlo hablar de las películas chinas que había visto durante la noche —«estas cosas no se hacían cuando yo vivía allá», decía—, pero aquellas zonas de encuentro en la mitad del día eran raras y breves, y después, al regresar a la rutina exigente de su trabajo, sus estudios y su hija de tres años, Silvia hubiera podido creer que estaba viviendo en su país y no en Colombia, madre soltera y no mujer casada. Los días se hicieron largos y, lo cual era peor, iguales. Silvia fue cayendo poco a poco en su propia tristeza hasta que ya no supo dónde comenzaba la suya y dónde terminaba la de Sergio. Así se lo explicó a él una noche, después de una cena con amigos en el apartamento. Ya se habían ido todos y Sergio lavaba los platos, distraídamente, como si lo absorbieran los juegos de luz de la espuma sobre sus manos. Silvia, que había entrado a la cocina con una bandeja de botellas vacías y restos de comida, lo vio y tuvo la sensación extraña de que Sergio se había ausentado. Minutos después, acostados en una cama que ese día no se había tendido, Silvia dijo que llevaba pensándolo varios días, y tal vez era mejor que se fuera a Lisboa.
«Es lo mejor para la niña, amor», dijo. «Pero también es lo mejor para nosotros».
A Sergio le pareció tan preciso su argumento, tan elocuente su callada tristeza, que ni siquiera trató de oponerse.
«¿Cuánto tiempo?», preguntó.
Ella lo miró con infinito cariño, pero con la mirada —y con el gesto de su boca, que habría sido sólo burlón si no fuera doloroso— le dijo: no entiendes nada .
«No es cuestión de tiempo», dijo. «Yo vuelvo a Lisboa y luego veremos cómo hacemos para que veas a la niña. Te quiero, Sergio, y yo sé que tú me quieres, pero no puedo seguir con esto. No puedo seguir así». Y concluyó: «No sería bueno para nadie».
Fue un acuerdo cordial, más parecido a un tratado diplomático que a una ruptura de pareja. Atravesaron las siguientes semanas como si se fueran juntos, recibiendo despedidas en casas de amigos y haciendo preparativos para la pequeña Amalia, y tal vez Sergio llegó a pensar que en esa espera ocurriría un milagro. No fue así: el día de la partida acabó por llegar. Sergio ayudó a Silvia a empacar sus maletas, hizo el inventario de las cosas de Amalia y lo sorprendió de nuevo que unos pantalones pudieran ser tan pequeños, que un cuerpo entero pudiera caber en esa camiseta interior con su moño rosado en el borde del pecho. Las llevó al aeropuerto y no las perdió de vista mientras ellas facturaban sus demasiadas maletas, y durante una hora que pasaron los tres en las bancas incómodas del café Juan Valdez, mientras Amalia se ensuciaba la cara con un muffin demasiado grande, nunca les quitó la mano de encima, como si sólo así, en contacto con los dos cuerpos que ya se iban lejos, pudiera creer que tal vez no se iban para siempre.
La mañana del viernes amaneció radiante en Barcelona. Los vientos se habían llevado las nubes y limpiado el aire, pero eran tan fuertes que al salir del hotel, deslumbrados por la luminosidad del día, Sergio y Raúl tuvieron que detenerse en la Rambla del Raval, bajo la sombra de una palmera, para ponerse las chaquetas. Sergio comprendió la medida de la distracción que lo había agobiado durante estos días, pues en ese instante se percató por primera vez de la escultura de Fernando Botero que adornaba el medio de la rambla como un tótem: era un enorme gato de bronce que se las arreglaba para tener al mismo tiempo los ojos vacíos y una mirada pícara. Sergio lo señaló con la mano.
«Fue amigo de tu abuelo», dijo.
«¿El gato?», preguntó Raúl.
Sergio sonrió. «Cuando eran jóvenes», dijo. «Hicieron cosas juntos».
Le habló de La imagen y el poema , el programa de televisión en el que Fausto Cabrera recitaba versos mientras el joven Botero los convertía en un dibujo al carboncillo. Las obras quedaron en poder de Fausto, o más bien Botero las fue olvidando en los estudios de televisión y nunca se preocupó por recuperarlas. Un día del nuevo siglo, cuando Sergio le preguntó a su padre dónde estaban esos trabajos de juventud del hombre que ahora era el artista vivo más costoso del mundo, Fausto respondió que los había vendido muchos años atrás, por los días en que el Partido Comunista estuvo necesitado de fondos. Y mientras evocaban esos momentos, o mientras los evocaba Sergio, empezaron a caminar hacia la estación del metro. En la mañana, durante el desayuno, Sergio le había preguntado a su hijo qué quería hacer en Barcelona. Estaba muy consciente de que su pregunta era un testimonio de su desorientación: Raúl ya no era el mismo que había sido dos años antes, la última vez que se vieron, y había que prever y respetar su independencia, no ir a cometer una torpeza de padre que echara a perder el fin de semana.
«¿A qué te refieres?», dijo Raúl.
«Es tu primera vez aquí», dijo Sergio. «Tienes dos días enteros. Puedes ir a conocer la ciudad. Seguro que alguien te puede sugerir cosas».
«Yo he venido para estar contigo», dijo Raúl. «Eso es lo que quiero hacer. Mejor muéstrame tu Barcelona».
«¿La mía?», dijo Sergio. «Yo no sé si eso exista».
Había venido a la ciudad muchas veces, pero siempre por razones de trabajo; y eso, en su caso, significaba ir de un hotel a una sala de cine y de una sala de cine a un restaurante. Nunca había sido turista en la ciudad: nunca, es decir, desde el verano de 1975. Fue el año en que volvía a Colombia: después de las épocas difíciles en las que no quería pensar, después de salir huyendo de su propio país como un delincuente. Venía de Londres; el barco tocó puerto en Barcelona antes de cruzar el Atlántico, y Sergio tuvo un conflicto: quería conocer la ciudad, pero había prometido, por respeto a la memoria de la familia, no pisar tierra española hasta que muriera Franco. Al final decidió bajar del barco y conocer, por lo menos, la célebre Sagrada Familia, de la que su padre le había hablado. Y nunca, en todos estos años de visitas de trabajo a Barcelona, había vuelto a ese recuerdo de juventud.
«Pues perfecto», dijo Raúl. «Comencemos por allá».