La familia Cabrera voló de Bogotá a Santo Domingo, de Santo Domingo a Lisboa, de Lisboa a París. Para Sergio y su hermana, todo era un descubrimiento y cada nuevo embarque era una aventura sin precedentes: nunca habían salido de Colombia, y ahora, en cuestión de días, tenían que imaginar con dibujos el cruce de un océano y las tres escalas en tres países distintos. Las instrucciones que llevaba Fausto eran claras: en París habría de presentarse en las oficinas de Xinhua, la agencia de prensa china, donde le dirían qué hacer para llegar a Pekín. Durante dos días vagaron por París como turistas, pero sabiendo que no lo eran. Para Sergio, esto era como cumplir citas hechas en los libros del Liceo Francés, pero una cierta clandestinidad le daba al turismo un valor añadido. Era como si la familia viviera una vida nueva. Luz Elena era otra mujer aquí, lejos de Bogotá y de todo lo que en Bogotá amenazaba su matrimonio. Fausto hablaba francés con suficiencia y contaba anécdotas de la vida en los años treinta, y Sergio descubría que también él era capaz de comunicarse con la gente, libre del que era antes. Aquí ya no tenía que ser ese muchacho desorientado, ese pésimo estudiante que desilusionaba a sus padres con su comportamiento problemático. Aquí podía ser alguien diferente.

La agencia Xinhua era una oficina estrecha, no muy lejos de los Campos Elíseos. El corresponsal que los recibió, un hombre de modales exquisitos que hablaba en francés perfecto, los invitó a sentarse alrededor de una mesa baja para servirles té verde. No ahorró ceremonias: lavó el té en la tetera, calentó las tazas con agua que luego desechó y sirvió el té con las dos manos, todo en el más riguroso silencio. Mientras tanto, Sergio tomaba fotos con su Kodak Brownie Fiesta. Su padre había olvidado su cámara en Bogotá; Sergio, con su cámara de plástico, se vio convertido en el encargado de documentar el viaje. Eso había hecho ya con la Torre Eiffel y con el Arco del Triunfo, donde, por indicación de su madre, le tomó una foto al nombre de Francisco de Miranda, el venezolano que luchó por la independencia de Estados Unidos y luego por la de Venezuela y que tuvo tiempo, entre las dos guerras, de poner su vida al servicio de la Revolución francesa. Sergio documentó el nombre ilustre; ahora hacía lo mismo con la ceremonia del té. El corresponsal era un tipo de persona que aprendería a reconocer más tarde: el burgués chino que, educado en París, se vuelve comunista, pero no logra nunca perder los modales de la burguesía, cierta sensibilidad, una conversación exquisita.

«Esto es como En busca del tiempo perdido », dijo Luz Elena. «Pero en chino».

Ese hombre fue quien les explicó que viajarían a Ginebra, porque allí quedaba la embajada china más cercana, y en Ginebra recibirían las visas (en papeles separados, para no contaminar el pasaporte) que les permitirían llegar a Pekín. El viaje, informó el hombre, se haría a través de Moscú. Ahora bien, Aeroflot sólo volaba dos veces por semana, de manera que iba a ser necesario hacer una escala de tres días. Ojalá eso no fuera problema. Ojalá, dijo el hombre, eso no los incomodara.

Para llegar a Moscú fue necesario volar a Praga y luego tomar el avión de Aeroflot que los llevaría al otro mundo, al mundo marciano. Marianella pasó el vuelo con la nariz pegada a la ventanilla, escrutando las nubes, porque había oído a sus padres decir que iban a atravesar una Cortina de Hierro y no estaba dispuesta a perderse semejante acontecimiento. («Pero si no existe», dijo Luz Elena. «Es una forma de hablar». «Mentira», dijo Sergio, «claro que existe. El Muro de Berlín existe, la Muralla China existe. Yo eso lo he visto en fotos. No veo por qué no puede haber una cortina de hierro. Es pura lógica». «Sergio, no le digas mentiras a tu hermana». «Mamá», dijo Marianella, «no son mentiras. Yo creo que mi hermano tiene razón»). En cierto momento el capitán saludó por el altavoz y dijo algo en ruso, y Sergio vio a los pasajeros quitarse los cinturones de seguridad y ponerse de pie. Algunos ponían el puño en alto, otros se llevaban la mano derecha al corazón, y todos, al oír una música rota por la estática, comenzaron a cantar. Fausto miró a sus hijos.

«Es La Internacional », dijo. «Todo el mundo de pie».

«Ay, Fausto, no digas bobadas», dijo Luz Elena. «Niños, no hagan caso. El papá a veces se pone como loco».

Fausto estaba emocionado, aunque no se hubiera unido al coro de los pasajeros. Los soviéticos habían sido sus héroes en la Guerra Civil, y siempre creyó que todo lo que se había contado —las intervenciones estalinistas, las intrigas contra los rivales marxistas del POUM, el asesinato de Andreu Nin en las checas— no era más que una calumnia bien orquestada desde las campañas de propaganda del enemigo; y aunque no había querido entrar al Partido Comunista colombiano, se acercó varias veces a sus miembros, y envidió su camaradería y su sentido de misión. Ahora vería la Plaza Roja, vería el Kremlin; pues, según le había dicho el corresponsal de Xinhua, las autoridades les darían a todos un permiso de tránsito para conocer la ciudad, y Fausto pensaba aprovecharlo.

La realidad fue muy distinta. Las relaciones entre China y la Unión Soviética pasaban por un mal momento, y el movimiento comunista internacional, en esos días en que Fausto y su familia llegaban a Moscú, estaba ya bastante escindido. Mao y los suyos defendían la pureza del marxismo-leninismo, mientras que los soviéticos habían preferido bajar la guardia y buscar lo que llamaron coexistencia pacífica, que para Fausto no era más que un sutil acercamiento al mundo capitalista. En poco tiempo el adjetivo revisionista se había convertido en el peor de los insultos. Y aunque Fausto, al llegar a Moscú, ya estaba consciente de las tensiones y aun había comenzado a declararse seguidor de Mao, no habría podido imaginar la intensidad de la beligerancia que existía ya entre los dos países. Le quedó muy clara al salir del aeropuerto de Moscú, cuando las autoridades condujeron a la familia a un hotel vecino que menos parecía un hotel que un campo de prisioneros, y les informaron que allí, en una habitación de porquería, encerrados bajo llave —un candado de establo les impedía abrir la puerta—, pasarían los tres días de su escala. No tenían visa soviética, y sin visa soviética no podían salir del hotel. Era así de simple.

«¿Pero por qué?», preguntó Sergio.

«Porque vamos a China», dijo Fausto. «Y eso no les gusta».

«¿ Pero por qué ?», insistió Sergio. «¿No son comunistas también?»

«Sí», dijo Fausto. «Pero de los otros».

Fueron tres días interminables de confinamiento forzoso. Las únicas distracciones eran esperar el carrito de la comida, que venía empujado por camaradas de uniforme militar, y salir al balcón a ver los edificios soviéticos. Hacia el final del segundo día, la provisión de cigarrillos Pielroja que habían traído de Colombia estaba agotada, y Fausto tuvo que rogar a sus carceleros que le trajeran tabaco. La última noche, después de que todo el mundo se había dormido, Sergio robó uno de esos cigarrillos y salió a fumárselo a escondidas en la terraza del hotel, bajo el ruido de los aviones que despegaban, viendo la noche moscovita con los ojos irritados por el humo. Era el tabaco más asqueroso que había probado en su corta vida de fumador.

«Revisionistas», dijo para sí mismo.

Apagó el cigarrillo y lo tiró a la calle. Y luego se fue a dormir.

Llegaron a Pekín a comienzos de la tarde, en medio de un calor húmedo que pegaba las ropas a la piel. Sergio estaba destrozado. El vuelo desde Moscú había hecho escala en Omsk y en Irkutsk, y allí, por una falla técnica que nadie explicó, habían tenido que pasar una noche larga y fría. Los hombres de Aeroflot les ordenaron que bajaran del avión; cada uno de los pasajeros recibía en la puerta un abrigo y un sombrero de cosaco, y luego podía bajar las escaleras y seguir la fila para llegar a un galpón donde el viento frío se movía libre sobre un centenar de camas de campaña. Los cien pasajeros de aquel vuelo infernal tenían dos baños para compartir; Sergio se encerró en cuanto pudo en uno de ellos, no para fumar tabaco ruso, sino para preguntarse, después del tabaco y del hotel de porquería y de este galpón helado donde le tocaría pasar la noche, cuáles eran en verdad las virtudes del socialismo a la soviética.

Durmió todo el vuelo que los llevó a Pekín. No sabía que ese sueño a deshoras que le pesaba en los ojos tenía un nombre, jet lag , pero se sentía como si lo hubieran drogado. Despertó a tiempo para ver por la ventanilla un campo de trigo que se perdía más allá del horizonte. Aparte del suyo, no había más que un avión en la plataforma. En la terminal del aeropuerto, un edificio que no era más grande que el Internado Germán Peña, no había nadie que no los mirara como si fueran de otra especie. Junto a la escalerilla del avión los esperaba un grupo lleno de venias y sonrisas. Una mujer dio un paso adelante y se presentó en español: la podían llamar Chu Lan, dijo; era la intérprete que los acompañaría en los días siguientes. Los demás eran funcionarios del Instituto de Lenguas Extranjeras, explicó Chu Lan, y habían venido para darle a la familia del especialista una cálida bienvenida. ( Especialista , sí: ése era el cargo oficial de Fausto, ésa era la palabra mágica que aparecía en su contrato y abría todas las puertas). Entonces se dieron cuenta de que también los Arancibia habían ido a recibirlos. Eso lo cambió todo.

Maruja fue la primera en acercarse, le dio a Luz Elena un ramo de flores olorosas envueltas en un papel translúcido y le pidió a Chu Lan que les tomara una foto con la cámara de Sergio. Luego, sin esperar a que todos terminaran de saludarse con todos, dijo:

«Bueno, ahora vamos al hotel. Se van a morir con el hotel, y yo quiero que lo vean de día».

Tenía razón. Después de media hora de viajar por una carretera recta y sin intersecciones, flanqueada a ambos lados por un paisaje monótono de campos de trigo, la ciudad se hizo presente sin avisar, y al cabo, cuando aparecieron los techos de porcelana verde del Hotel de la Amistad, Sergio entendió que había llegado a un lugar de fábula. El hotel tenía dos entradas, ambas protegidas por guardias armados cuya presencia nunca tuvo demasiado sentido. Lo conformaban un gran edificio principal y quince más pequeños que no se veían desde la calle, pero en el conjunto, que parecía tener el tamaño de una pequeña ciudadela, sólo vivían setecientos extranjeros. Habían sido muchos más en tiempos mejores, eso sí, pues el hotel había sido construido en los años cincuenta para alojar a los contratistas rusos —ingenieros, arquitectos— que vinieron a transformar el país de la revolución maoísta. Tras el enfriamiento de las relaciones entre Mao y Kruschev, los dos mil quinientos enviados rusos habían vuelto a su país con la misma premura con que llegaron, dejando su trabajo a medias y las fábricas abandonadas, y el Hotel de la Amistad había cambiado de huéspedes de la noche a la mañana.

La explicación era muy sencilla. El gobierno no permitía a los extranjeros tener casa propia, de manera que los que llegaban a Pekín como empleados oficiales iban a parar inmediatamente allí. Los únicos extranjeros que vivían fuera del Hotel de la Amistad eran los diplomáticos y los que, tras llegar al país en los tiempos de la Revolución, se habían casado con ciudadanos chinos y habían hecho su vida allí, en ese mundo más pobre y más arduo que comenzaba en la puerta del Hotel de la Amistad: ese mundo sin piscina olímpica ni canchas de tenis ni amables botones con el don de la ubicuidad ni taxis en la puerta listos para llevar a los huéspedes adonde quisieran. Todo eso le daba al hotel un ambiente de irrealidad que Luz Elena, como tantas otras veces, percibió con más claridad que los demás.

«Esto es como un gueto al revés», dijo. «Nadie quiere salir y todo el mundo quiere entrar».

Y era verdad que allá fuera, en la Pekín de la vida real, el mundo era hostil. El Gran Salto Adelante, la abrumadora campaña económica con la que Mao Tse-Tung había emprendido la transformación del antiguo sistema agrario en una sociedad de comunas, hizo exigencias tan desmedidas a los campesinos, y los obligó a esfuerzos tan insensatos y a resultados tan irreales, que millones acabaron muriendo de hambre mientras los oficiales del partido culpaban de la escasez al mal tiempo. Mao había ordenado la colectivización de los cultivos, prohibido los intentos privados y perseguido a quienes insistieran en ellos con la peor de las acusaciones: contrarrevolucionarios. Los resultados fueron desastrosos. Miles de terratenientes que se rebelaron contra esas insensateces fueron ejecutados sin miramientos; cientos de miles de chinos murieron en campos de trabajo forzado. Cuando los Cabrera aterrizaron en Pekín, la China entera estaba todavía sintiendo los coletazos de una de las hambrunas más letales de su historia, y Marianella sufrió las consecuencias de inmediato: durante el desayuno de su segundo día en Pekín se atrevió a decir que no le gustaban los huevos, y su padre le rugió en la cara:

«Pues son los que el país nos ofrece, y te los comes aunque no te gusten», le dijo. «Y te vas a comer todo lo que te pongan en el plato, que bastante hacen con acogerte».

Marianella no logró entender que aquel mundo de comida asquerosa y gente incomprensible fuera para su padre el paraíso. Sergio, por su parte, aprendía muy rápido las reglas nuevas. Aprendía, por ejemplo, que hacían falta cupones para comprar todo: cereales, algodón, aceite, combustibles. Uno podía tener dinero, pero sin cupones no le servía de gran cosa: una camisa, por ejemplo, costaba cinco yuanes más cuatro cupones de algodón. Cinco yuanes era lo mismo que costaban tres días de alimentación en el hotel, lo cual ponía en perspectiva lo que sus padres ganaban: seiscientos ochenta yuanes al mes era una cifra más que generosa. «Ustedes ganan tanto como Mao», le dijo un día a Fausto un dirigente del partido que conocieron en un banquete de bienvenida, y Fausto, que no tenía ninguna razón para dudar de su palabra, prefirió no confesarle en ese momento que en su casa no había un salario, sino dos: pues al camarada del Instituto de Lenguas Extranjeras le había bastado conocer a Luz Elena para entrevistarla, y le bastó esa entrevista para ofrecerle trescientos cincuenta yuanes y contratarla también. A partir de entonces, mientras Fausto daba clases en el área universitaria, Luz Elena las daba a los estudiantes del bachillerato de Lenguas Extranjeras, hijos todos de los altos cuadros del partido. Llegaban los dos juntos al instituto, un bloque de edificios horribles de salones desangelados, se despedían sin tocarse en la mitad de un patio y se volvían a ver en el mismo lugar después de terminar las clases, todo bajo la mirada curiosa de cientos de caras.

Era una vida de lujos que nunca habían tenido en Colombia. El instituto los alojó en dos suites : en una de ellas dormían los padres y Marianella; en la otra dormía Sergio, junto al salón donde la familia se encontraba en las tardes para contarse sus experiencias. Había una cocina pequeña en la suite de los padres, pero se usaba muy rara vez, pues el hotel tenía tres restaurantes —uno oriental, uno occidental y uno musulmán, que por razones misteriosas no entraba dentro de las otras dos clasificaciones— y nunca había una buena razón para cocinar. De manera que así pasó Sergio los primeros días, antes de que comenzaran los estudios: jugando ping-pong con Marianella en el club del hotel, aprendiendo por su cuenta los rudimentos del billar pool, reuniéndose con los amigos que iba conociendo —hijos de profesores argentinos o bolivianos, de poetas uruguayos que andaban siempre con su libro bajo el brazo, de intelectuales peruanos que habían llegado por un azar y ahora no se cambiaban por nadie— para jugar ajedrez o wei-chi o para patear un balón en el campo de fútbol. Muy pronto dejó de ser posible nadar, porque el verano había terminado oficialmente y el hotel había cerrado la piscina. A Sergio no le importó. A veces le parecía, al final de los días agotadores, que no le alcanzaba el tiempo para todo lo que quería hacer en ese lugar de fantasía.

No mucho después de la llegada salieron los cuatro para hacer su primera visita al centro. Un viejo carro polaco los llevó a la calle Wangfujing, la más concurrida; el hombre que los esperaba allí, un colega de Fausto en el Instituto de Lenguas Extranjeras, se disculpó antes que nada por las incomodidades que iban a pasar. «¿A qué se refiere usted?», preguntó Fausto. «Hay mucha gente», dijo el otro. Su español era de palabras precisas, pero costaba entenderlo. «Por favor, no se detengan. No hay nada que mirar en las vitrinas. Si nos detenemos en las vitrinas, se forman aglomeraciones. Caminar, caminar, no detenerse». Pero no habían avanzado más de dos cuadras cuando Sergio, que no entendió las instrucciones o prefirió no obedecerlas, se dejó distraer por un espectáculo callejero. Era una especie de circo ambulante, pobre y rudimentario, donde un hombre musculoso hacía malabares templando con la boca arcos de acero mientras una mujer cantaba una canción estridente. Al acercarse un poco, Sergio se dio cuenta de que el hombre tenía los dientes forrados en metal. Se lo comentó a sus padres, que se habían acercado también a pesar de lo que había dicho el intérprete, y sus padres observaron la escena durante unos instantes. Entonces Fausto dijo:

«Vale, ya está. Sigamos».

Pero no pudieron seguir. Una multitud los había rodeado en cuestión de segundos. Eran dos centenares de personas que no habían estado viendo a los acróbatas, sino que acababan de acercarse al verlos llegar a ellos. Los miraban de cerca, pero Sergio no conseguía interpretar sus expresiones; algunos alargaban una mano tímida para tocarlos, y uno de ellos le habría puesto a Sergio un dedo en la cara si él no se lo hubiera apartado con rudeza. «¿Qué está pasando, mamá?», preguntó con miedo Marianella. El intérprete les hablaba a los curiosos, haciendo gestos que podían o no ser invitaciones a la calma; y algo acertado debió de hacer, porque poco a poco se fue abriendo entre la multitud un corredor por el que los Cabrera consiguieron avanzar. Un grupo de niños señaló a Sergio y empezó a gritar palabras incomprensibles. En brazos de su madre, una niña pequeña estaba llorando. Eso fue lo último que Sergio vio antes de que lograran, por fin, dejar la muchedumbre atrás.

«¿Qué me decían?», le preguntó Sergio al intérprete.

«¿Quiénes?»

«Los niños», dijo Sergio. «Quiero saber qué me estaban gritando».

El hombre tardó unos segundos en contestar.

«Demonio extranjero», dijo. «Lo siento mucho. Es lo que les enseñan».

Más tarde, ya de regreso al carro que los llevaría de vuelta al hotel, pasaron caminando junto a una larga fila que doblaba la esquina. Con el tiempo Sergio se acostumbraría a esa vida en la que todos hacían fila para todo, pero ese día no dejó de sorprenderlo la razón por la que esperaba la gente. Llevaban en la mano una pequeña barra de bambú; Sergio pidió explicaciones, y el intérprete dijo: «Son cepillos de dientes. Los están arreglando. Hay muchas cosas que ya no llegan por el bloqueo. Los cepillos de dientes, por ejemplo». Con el uso, se les habían caído las cerdas; ésta era una fila para que les pusieran cerdas nuevas. Sergio caminaba tan cerca de la gente que alcanzaba a oler sus ropas húmedas. De repente se dio cuenta de que todos lo estaban mirando a él. Era una mirada de curiosidad, pero había en ella algo inconforme. Alguien dijo algo en mandarín y alguien contestó. Sergio bajó sus grandes ojos verdes, como si supiera que molestaban, y se alejó en silencio, tratando de hacerse perdonar una impertinencia imaginaria. Y cuando llegaron al Hotel de la Amistad y presentaron su carnet en la puerta y entró en el mundo protegido, Marianella le dijo:

«Ahora entiendo que la gente no quiera salir. China es horrible».

«Esto también es China», dijo Sergio.

«Pues entonces la China de afuera», dijo Marianella. «No sé por qué no puede ser como la nuestra».

Después de eso Marianella se reunió con el hijo de los Arancibia y le dijo: «Enséñame todas las malas palabras». Pocos días más tarde ya podía lanzarle a su padre varios insultos sin que él se enterara. El conflicto con Fausto era constante, pues el mundo del especialista era el opuesto: la China de afuera era un modelo —«un paraíso», decía y repetía— y la del hotel era un sucedáneo, un simulacro o, peor aún, una hipocresía. No le faltaba razón. En el hotel vivían gentes de todas las nacionalidades, razas, creencias y edades, pero, sobre todo, de todas las ideologías. Algunos eran enviados por sus gobiernos y no tenían mayor interés en el país o su cultura, pero otros, muchos, eran comunistas de diversas líneas ideológicas. En el hotel convivían los maoístas con los prosoviéticos, los procubanos con los proalbaneses, los yugoeslavos con los comunistas europeos, y todos con los extranjeros antichinos, que era como llamaban a todo el que criticara el gobierno de la República Popular. También, por supuesto, había anticomunistas; y luego estaban los peores, la tenebrosa mezcla de anticomunistas y antichinos. La cosa no terminaba ahí, claro, porque también había anarquistas españoles, trotskistas italianos, uno que otro loco de manicomio y no pocos oportunistas que sólo estaban allí por dinero. Todos habían llegado contratados por el gobierno chino para ayudar en la enseñanza de idiomas, pero algunos habían acabado dedicados a la traducción de libros y revistas, a doblajes cinematográficos, a transmisiones de radio en idiomas extranjeros. Todos trabajaban en su respectivo idioma. Ninguno, o casi ninguno, hablaba chino. Ninguno, o casi ninguno, quería aprenderlo. Y Fausto decía:

«Esto no es China».

A mediados de septiembre comenzaron las clases particulares. El aula se montó en uno de los salones del Hotel de la Amistad: alguien puso allí una pizarra para que dos profesores privados, un hombre y una mujer que tomaban turnos, vinieran a darles clases intensivas de lengua y cultura chinas a los dos niños colombianos. Era un lugar desapacible, de luz demasiado blanca y espacios demasiado grandes; Sergio y Marianella se sintieron reducidos y solos, más solos de lo que se habían sentido hasta ahora, hasta que otros alumnos nuevos fueron llegando con los días y una clase pequeña, de menos de una docena de jóvenes, acabó por conformarse. Así se les iba ahora el día entero: las clases se daban de 9 a 12 y de 2 a 5, seis horas rigurosas que ocurrían en una lengua de la que ni Sergio ni su hermana entendían una palabra. Seis horas de escuchar ruidos incomprensibles, intentar que los ruidos correspondieran a los dibujos que el hombre trazaba en el tablero y fracasar en el intento: eso eran sus días, que terminaban no sin frecuencia con dolores de cabeza y protestas y conatos de rebelión.

«No sé para qué vinimos a China», dijo Marianella una vez. «No se les entiende nada. Ellos no nos entienden a nosotros».

«Poco a poco», dijo Luz Elena.

«Yo me quiero devolver a Colombia», dijo Marianella.

«Yo también», dijo Sergio.

Su padre lo miró a él, no a su hermana, y una furia repentina le llenó la cara.

«Nadie se va a ninguna parte», le dijo. «Aquí nos quedaremos años, para que lo vayas sabiendo. Así que es muy sencillo: o aprendes o te jodes».

Para Fausto, el viaje había sido un acierto. Su relación con Luz Elena parecía haber comenzado de nuevo, o por lo menos dejado atrás los lastres y los enfrentamientos que los habían amenazado en Colombia. Después de sus experiencias en el Instituto de Lenguas Extranjeras, se contaban lo que habían visto en la calle como si se entregaran un informe: un pueblo valiente que soportaba las adversidades con dignidad y nunca había permitido que la pobreza se convirtiera en indigencia, y donde la Revolución había satisfecho las necesidades más urgentes del pueblo. Aquí todo el mundo tenía comida, todo el mundo tenía vivienda, todo el mundo tenía con que vestirse todos los días. ¿No justificaba eso cada esfuerzo revolucionario, no era eso la prueba de que cualquier sacrificio valía en la búsqueda del socialismo? Sólo hacía falta ver las distancias enormes que había recorrido el país desde los primeros años, cuando la gente se moría de hambre sin que nadie pudiera evitarlo. Sí, el Gran Salto Adelante había cometido errores, se había topado con accidentes imprevisibles y con la oposición de las derechas saboteadoras que existen en todos los procesos revolucionarios del mundo, pero tenía los ojos puestos en objetivos más altos. En esto estaban de acuerdo Fausto y Luz Elena: de todo esto había mucho que aprender. Para ellos, por supuesto, pero también para sus hijos.

Las conversaciones —en la mesa de los restaurantes, a mediodía y por la noche, mientras la orquesta del hotel tocaba absurdamente unos boleros que fascinaban a Luz Elena— se llenaron de pedagogías. Fausto les hablaba a los niños de su visita reciente a un curso de expresión corporal en el Instituto de Drama Moderno; les contaba cómo había tratado de identificar al director de la obra, pero sin éxito, porque en el montaje todo el mundo trabajaba igual, y le costó un buen rato descubrir que el director era aquel hombrecito que, vestido con el mismo mono azul de los técnicos, arreglaba un reflector. Cada encuentro de la familia se llenaba con estas parábolas. Fausto le había comprado una moto checoeslovaca a un especialista que se iba de China; un día, al volver de las afueras de Pekín, la moto había dejado de funcionar. En cuestión de segundos lo rodearon decenas de chinos dispuestos a cualquier cosa para reparar la moto, y al no lograrlo, detuvieron un camión, subieron la moto con su dueño y los llevaron al hotel. Al día siguiente, Fausto hizo reparar la moto en un taller cercano. Nunca logró que le cobraran las reparaciones, porque a un extranjero, y en particular si ese extranjero había venido a construir el socialismo, no se le cobraba nada.

«Así es una sociedad solidaria», decía Fausto. «¿A que está bien?»

Todos los trabajos que estaba haciendo le enseñaban una manera nueva de entender su arte. En el Instituto de Drama sintió que leía a Brecht por primera vez, como si hasta entonces nunca lo hubiera entendido, y poco a poco dejaba de parecerle posible que alguien pudiera hacer teatro de cámara; cuando volviera a Colombia, pensaba, su teatro sería hecho por el pueblo y para el pueblo. Ahora entendía lo que había sentido Brecht al descubrir al actor Mei Lanfang. Lo había conocido en Moscú, a mediados de la década de los treinta, y de inmediato quedó seducido por las posibilidades de aquella manera de entender la escena: la revelación de los mecanismos artificiales del teatro, los personajes que se presentan a sí mismos e incluso se disfrazan a la vista del público, el esfuerzo del actor por hacer que el espectador, más que identificarse con el personaje, se mantenga alejado de él… Cada gesto era parte del distanciamiento brechtiano, y ahora Fausto descubría de dónde había salido todo. Se sentía como un eslabón en la cadena de la tradición teatral: Chaplin le habló de Mei Lanfang a Sergei Eisenstein, y Eisenstein le habló de Mei Lanfang a Brecht, y ahora Brecht le hablaba de Mei Lanfang a Fausto Cabrera.

A sus días les faltaban horas. Además de su trabajo como profesor de Español, además de sus visitas al mundo del teatro chino donde aprendía más de lo que enseñaba, Fausto había aceptado ser director de doblajes en el Instituto de Cine de Pekín. Pasaba horas en una cabina de grabación mientras del otro lado del vidrio, frente al micrófono, los actores llenaban de palabras españolas las bocas de los chinos que actuaban en la pantalla. Fausto nunca había trabajado en doblajes, pero nada era nuevo para él: sabía dirigir a un actor y enseñarle dicción y elocución y transmitirle secretos para no quedarse sin aire antes de llegar al final de la frase, y más de una vez recibió a un actor mediocre y lo convirtió, en el curso de un rodaje, en una voz nueva capaz de dar un discurso en tiempos de guerra.

Una de las películas que se doblaron fue Campanita , una producción china cuyo protagonista era un niño. Fausto no lo dudó: Sergio era el indicado para el papel. Durante doce días trabajaron juntos en los estudios, llegando juntos y volviendo juntos a casa, y Sergio volvió a sentir la mirada de orgullo de su padre y a vivir en ella como lo había hecho en los estudios de televisión en Bogotá. Eran días largos con muchos tiempos muertos y muchas repeticiones agotadoras, pero Sergio entendió de inmediato cómo funcionaba aquel sortilegio: entendió que se trataba de una actuación completa, aunque su figura nunca se vería en la pantalla, y había algo en el proceso que le gustaba a su timidez: actuar sin que nadie lo viera parecía por momentos una situación ideal.

Un día notó que la gente del estudio revoloteaba más de la cuenta. Sergio estaba tratando de averiguar qué ocurría cuando su padre lo llamó con la mano desde la puerta del estudio, lo tomó por los hombros tan pronto lo tuvo cerca y dijo en francés: «Éste es mi hijo». El hombre que lo acompañaba se presentó como Franco Zeffirelli. Era italiano, pero hablaba francés con soltura; estaba en medio de una gira por China, cortesía del Partido Comunista; había conocido a Fausto en esos días, y los dos se habían caído en gracia, pues eran de la misma edad, venían de países con una historia fascista y, lo más importante, eran hombres de teatro. A Zeffirelli le interesó este español que vivía en Latinoamérica pero estaba doblando películas en la China de Mao; insistió en que fueran a cenar, y en la cena contó anécdotas de traductor de soldados ingleses durante la guerra, y a Sergio le gustó contarle que había hecho el papel del niño en El espía de Brecht, y le gustó que el italiano le preguntara si iba a ser actor de cine. Tal vez, dijo Sergio, pero también le gustaría ser director, como su padre. Zeffirelli soltó una carcajada, pero Sergio se dio cuenta de que acababa de poner en palabras algo que ya había sentido. En el mundo del cine todo le resultaba familiar: era como una casa en la que hubiera nacido, de la que no hubiera salido nunca. Ser director: eso complacería a su padre, sin duda. ¿Qué mejor razón para decidirlo?

Sergio no supo en qué momento comenzó a entender lo que decían los chinos, pero la experiencia fue como salir del fondo de una piscina. Era milagroso: él hablaba y los demás también entendían. Dejó de señalar las fotos de la carta en los restaurantes; cuando se proyectaba una película en el teatro del Hotel de la Amistad, podía leer el anuncio en su versión china; el día en que los periódicos dieron la noticia del asesinato de Kennedy, sólo Sergio pudo contarles a sus padres ansiosos lo que había ocurrido en Dallas, y en los días que siguieron los mantuvo al tanto de lo que se iba sabiendo sobre el asesino y su relación con la Unión Soviética. Las informaciones llegaban tarde, pero llegaban, y estaba en manos de Sergio (o en su voz) sacarlas del Diario del Pueblo . Así fue como les contó que el nuevo presidente, Lyndon Johnson, había manifestado la decisión de defender Vietnam del Sur. Para la prensa china, cada una de sus palabras era una agresión o una amenaza.

Marianella pasaba por los mismos descubrimientos. Se acopló tan bien a la nueva lengua, o su boca supo acoplarse tan bien a las exigencias de las consonantes imposibles y las vocales cantadas, que antes de darse cuenta ya estaba más a gusto en chino que en su español precario. En la mesa, mientras cenaban juntos, sacaba su carnet del hotel y leía en voz alta los caracteres, sólo por el placer de tener los sonidos en la lengua. (En cuanto a los caracteres cirílicos, rezagos de otras épocas políticas, no había nada que hacer). Pronto dejó de responder a su nombre de pila, porque los chinos, que encontraban imposible o engorrosa su pronunciación, la bautizaron a su manera: Lilí. A ella le gustó su nuevo nombre, y así empezó a firmar las cartas que mandaba a los abuelos colombianos, y así se presentaba cuando conocía a una amiga nueva o a los padres del Hotel de la Amistad: «Lilí Cabrera», decía. «Mucho gusto». Sergio, mientras tanto, se había acercado a los hijos del otro señor Cabrera, el poeta uruguayo, que se habían convertido en sus cómplices y sus compañeros de juegos. Su padre respetaba al poeta, lo cual ya era un logro, pero era imposible saber si el respeto se debía a las afinidades ideológicas o al apellido compartido. Los muchachos se llamaban Dayman y Yanduy; los dos le llevaban media cabeza a Sergio, pero no hablaban chino tan bien como él ni lo hablarían nunca. Los cuatro Cabrera celebraron la Navidad con los demás alumnos, y con ellos recibieron el Año Nuevo, siempre conscientes de que todo aquello tenía sentido solamente allí, dentro del mundo aparte —dentro de esa realidad paralela— que era el Hotel de la Amistad.

Para comienzos de 1964, eso había empezado a incomodar a Fausto. Los profesores habían dado su visto bueno para que Sergio y Marianella entraran en la escuela, pero Fausto tenía la impresión insoslayable de que la vida en el hotel, irreal y artificiosa, estaba aburguesando a sus hijos. Las influencias de esa vida demasiado cómoda, pensó, podían contaminar su pureza ideológica, y eso no se podía permitir de ningún modo. De manera que empezó a hablarles de esos peligros; hizo un retrato aterrador de lo mucho que se parecía el Hotel de la Amistad al mundo capitalista; y una tarde les preguntó a Sergio y a Marianella si no preferirían, vistos los peligros que se corrían en el hotel, irse a estudiar internos en la escuela Chong Wen. Allí recibirían una educación de verdad, como la de los demás chinos, no la distorsión de la realidad en que estaban metidos los que iban a los colegios para occidentales. Sergio, que ya sabía lo que era la vida de los internos, que ya había pasado por la sensación de ser un estorbo en su propia casa, pensó en resistirse, pero no lo hizo: porque Fausto ya había convencido a Luz Elena, y cuando los dos estaban de acuerdo, no había nada que hacer. Marianella trató de rebelarse, de todas formas, y el altercado fue tan grueso que pocos días después, cuando cayó la primera nevada y la familia salía a ver nieve por primera vez, Fausto le dijo a ella:

«Tú no. Tú te quedas recogiendo tu cuarto. Aquí no hemos venido a vivir como cerdos».

En esos momentos Marianella deseaba que su padre le pegara, como hacía de vez en cuando con su hermano, en lugar de castigarla: una bofetada, una bofetada limpia, y a ver la nieve. Lo habría preferido mil veces.

Una tarde, poco antes de que comenzara la escuela, fue a buscarlo Yanduy, el amigo uruguayo, para invitarlo a cazar gorriones. Llevaba una carabina neumática en cada mano. Afuera hacía tres grados bajo cero, pero Sergio ya sabía que los gorriones eran una plaga: se comían las semillas de trigo y arroz que eran del pueblo. Se decía que unos años antes, hacia 1959, la plaga había sido tan intensa que la gente de las aldeas se organizó para salir todos los días, a las doce en punto, con la misión única de hacer ruido. Reventaban cohetes y hacían sonar las matracas y los gongs y las campanas, y consiguieron armar tanto alboroto durante tanto tiempo que los gorriones empezaron a morir de infarto, agotados por no poder descansar. Aquel año las cosechas se salvaron de los gorriones; pero los gusanos (de los que los gorriones se alimentaban) las invadieron y las destrozaron, y los aldeanos tuvieron que regresar al viejo sistema de los espantapájaros. Ahora, en el parque de los bambúes, apostados junto a las plantaciones de las comunas populares, Sergio eliminaba los gorriones a tiros certeros. Se había quitado los guantes para disparar mejor y el frío le hacía doler las manos, pero sentía que estaba cumpliendo una misión revolucionaria. Allí, junto a los pastos helados, se entrenaba para un futuro más arduo, y al volver caminando al hotel, cuando un inglés anónimo comenzó a tirarle piedras mientras lo llamaba asesino y le gritaba que dejara en paz a los pájaros, volvió a sentirlo, y el pecho se le llenó de algo parecido al orgullo.