El mundo parecía transformarse de la noche a la mañana. Sergio guardaría en su memoria las tardes en que su padre llegaba temprano a casa para oír las noticias de la radio, cosa extraña porque el aparato de los Cabrera —uno de esos mamotretos que incluían radio y tocadiscos y que eran un mueble más, y uno muy notorio— sólo se usaba de costumbre para poner música. Fausto estaba entusiasmado y trataba de contagiarles el entusiasmo a sus hijos. «Lo único triste es que ya no esté el tío Felipe para ser testigo», decía. Luz Elena estaba de acuerdo. Caminaba por la casa con paso ligero, hablando de los barbudos como si los conociera y augurando que algo parecido iba a pasar en el resto del continente. Desde el primero de enero en que Fidel Castro entró a Santiago de Cuba y el Segundo Frente Nacional entró a La Habana, era como si la historia hubiera vuelto a empezar.

Fausto no terminaba de creer lo que estaba sucediendo. Ochenta y dos revolucionarios cubanos, expulsados de su tierra por una dictadura, habían regresado a su isla en el yate Granma, alimentados por un antiimperialismo feroz; a pesar de haber perdido a dos terceras partes de sus hombres, habían seguido adelante en la Sierra Maestra; se habían enfrentado a un ejército de ochenta mil hombres a las órdenes sanguinarias del dictador Batista; y ahora estaban en el poder legítimo y reconocido por todo el mundo, incluido el New York Times , y habían conseguido convencer a toda una generación de latinoamericanos de que el hombre nuevo había llegado para quedarse. La Revolución cubana contaba con simpatizantes firmes en Colombia, donde los movimientos campesinos de mediados de siglo, incluso los que se habían convertido en guerrillas violentas, habían recibido un lavado de imagen, y donde toda una generación de jóvenes universitarios había comenzado a reunirse en grupos clandestinos que leían a Marx y a Lenin y hablaban de cómo traer aquí lo que había sucedido allá. Todo lo que estaba ocurriendo en América Latina era lo que Fausto soñaba para su España republicana, su España de derrotados, la España que parecía incapaz de hacer con Franco lo que Castro y Guevara habían hecho con Batista. Fausto sintió, por primera vez desde que lo llamaran judío en el puerto de Ciudad Trujillo, que su vida de exiliado no era una vida perdida: que la historia, después de todo, podía tener una misión o un propósito. Vientos del pueblo me llevan , recitó para sus adentros, vientos del pueblo me arrastran . Y qué ganas, qué ganas tenía Fausto de dejarse arrastrar.

Una tarde cualquiera, Luz Elena les pidió a los niños que vinieran a su habitación, y sin rodeos les contó que la tía Inés Amelia tenía cáncer de estómago. Sergio, que había asistido desde lejos a la muerte del tío Felipe, no necesitó mayores informaciones al respecto, pero Marianella quiso saber qué era el cáncer y por qué le había dado a la tía y qué iba a pasar ahora. Inés Amelia tenía apenas veintidós años. Era una joven soltera y feliz de inteligencia viva, y parecía tener cariño de sobra. En los últimos años se había convertido en una figura querida para Sergio y su hermana, que iban a verla a Medellín como si fuera una madre alternativa, y a nadie se le hubiera ocurrido que pudiera enfermarse de la misma enfermedad para viejos que había matado al tío Felipe. En la cara de Luz Elena, que fue testigo y acompañante del deterioro, se leía una angustia viva, o más bien la leía Sergio, que habría querido poder hacer algo para aliviar el sufrimiento de su madre. Pero con la tía Inés Amelia, como con el tío Felipe, no hubo nada que los médicos pudieran hacer.

Luz Elena viajó a Medellín para acompañarla en sus últimos días, y cuando volvió a Bogotá, destrozada por la tristeza, traía en las manos un regalo para cada uno de sus hijos. «Es como una herencia», decía. Lo que Sergio recibió no fue un regalo, sino una verdadera puerta de entrada a otro mundo: la Kodak Brownie Fiesta que la tía había llevado a todas partes en los últimos meses. Las cámaras eran para los adultos, pues los aparatos eran caros, los rollos eran caros, el revelado era caro, y todo era tan novedoso que Kodak había publicado instrucciones para sus compradores, no fuera cuestión de que se gastaran el dinero en un montón de fotos fallidas. Cada rollo tenía doce: ir al laboratorio era una aventura, pues nadie podía saber qué iba a salir en el papel, ni adivinar cuántas fotos habrían sido estropeadas por la impericia. Así que los folletos trataron de ser claros, y la misma frase se repitió en ellos y en las propagandas de radio y de revistas y de periódicos: Dos o tres pasos hacia atrás de su ser querido, el sol a sus espaldas y click .

Pero Sergio no estaba de acuerdo: nadie —ni un folleto de instrucciones ni un anuncio en la revista Cromos — le iba a decir cómo tomar sus fotos. Empezó a hacerlo con el sol a un lado, con el sol al otro, a contraluz y hasta de noche, ante la mirada curiosa de Luz Elena, que no sólo no lo reconvenía por hacer fotos que salían con veladuras, sobreexpuestas o casi sin luz, sino que le sugería nuevas formas de violar las instrucciones sagradas. Tal vez fuera por cariño, o tal vez porque la cámara era una herencia de su hermana muerta, pero Luz Elena soportó aquellos experimentos con la luz echando mano de una paciencia pedagógica, y a veces parecía que la espera —la semana eterna que pasaba entre la entrega del rollo al laboratorio y la recuperación de las fotos impresas— la atormentaba más a ella que a su hijo. «¡Una semana!», decía. «No, si eso es más de lo que puede esperar un niño». Durante esos días de espera, Sergio rezaba: rezaba para que las fotos salieran como las había imaginado, y anotaba las decepciones en el mismo cuaderno donde hasta ahora había llevado la cuenta meticulosa de sus lecturas, sus sopesadas opiniones sobre Dumas y Julio Verne y Emilio Salgari. La de Marianella en la ventana no salió bien. La de Álvaro y Gloria sí salió bien. La de la puerta del conjunto no salió bien. La del gato negro salió negra .

Una noche en que se aburría encendió el televisor, a pesar de que no tenía permiso para hacerlo solo, y se encontró con su padre y su madre, que actuaban juntos en una pieza de teleteatro. Tomó la foto con la sensación de estar robando un momento ajeno y esperó que su madre no se diera cuenta cuando las mandara a revelar. No tuvo suerte: Luz Elena llegó del laboratorio, lo llamó y lo invitó a ver las fotos, y debía de ser la primera vez que las veía, porque al llegar a la foto de la pantalla se puso a llorar.

«¿Qué pasa, mamá?», preguntó Sergio.

«Nada, nada», dijo ella. «No pasa nada».

«¿Qué pasa?»

«Que está muy bien esta foto». Y luego: «No pasa nada, tranquilo».

Así tuvo la primera intuición de que algo se estaba desordenando en el mundo de los adultos. Pero luego acompañaba a sus padres a los estudios de la televisora y todo parecía volver a la normalidad. Estaban haciendo por esos días Aucassin y Nicolette , una especie de comedia de amor cortés que Fausto había adaptado libremente, y Sergio, cuando los veía a los dos en los ensayos, disfrazados de amantes de la Francia medieval y mirándose como sólo los amantes se miraban, pensó que no, que se había equivocado: todo estaba bien.

Entretanto, el país se había instalado con pies firmes en la Guerra Fría. En el ambiente flotaba el miedo a la amenaza roja; en el mundo político, el color azul del Partido Conservador parecía, más que una tendencia, una especie de antídoto contra los peores males. Por esos días ocurrió algo elocuente. Sergio había comenzado a actuar con seriedad; la actuación se había convertido en un espacio de felicidad palpable, pues moverse bajo las órdenes de su padre era cobrar una entidad, una materialidad, que no existía fuera de la escena, y era también tener su atención indivisa. Frente a las cámaras, en los sótanos de la Biblioteca Nacional donde se habían acondicionado los primeros estudios, y luego en las nuevas instalaciones de la televisora, Sergio comenzó a recibir un adiestramiento incipiente en las virtudes del método Stanislavski y a aplicarlas en producciones importantes. Luz Elena habría preferido que no fueran tantas las obras, ni tan exigentes, porque el niño ya era un estudiante desinteresado antes de tener el pretexto de la televisión, y ahora los ensayos no hacían más que agravar el asunto. Eran de un rigor que Sergio nunca había conocido, pues el teleteatro se emitía en vivo y en directo y un error frente a las cámaras podía ser catastrófico. Los primeros ensayos se hacían en un estudio vacío cuyo suelo negro se llenaba de marcas y señales para orientar a los actores, y el día antes de la emisión —ya frente a las cámaras, ya con la escena bien armada y los muebles en su sitio— tenía lugar el último ensayo, donde el aire se llenaba de electricidad y en los parlamentos cada actor se jugaba la vida. Impredeciblemente, Sergio respondía bien a los retos. Fue así como recibió su primer encargo serio: el papel del niño en El espía , de Bertolt Brecht.

El director era Santiago García, un arquitecto convertido en hombre de teatro. Había pasado por la academia de Seki Sano, como Fausto, y era (como Fausto) uno de los pocos que el maestro había mirado con respeto. Era un hombre generoso que parecía vivir para el teatro, como si nada más existiera en el mundo, y tenía el raro don de una modestia genuina: podía contar, por ejemplo, que acababa de llegar de París, de ver el estreno de Esperando a Godot con la presencia del mismísimo Beckett, y ni siquiera así despertaba envidias o sonaba presuntuoso. Le gustaba el aguardiente y le gustaba la cocina y le gustaba preguntarles a los demás por sus vidas, no sólo las que quisieran contarle, sino también las secretas. Fausto se entendió de inmediato con él, y en cuestión de semanas estaban armando sus primeras colaboraciones para la televisión. Después de meses de trabajar juntos, de descubrir que admiraban a los mismos dramaturgos y que tenían la misma idea de lo que debía ser el teleteatro, montar a Brecht era un paso de rigor. Luz Elena sólo estuvo de acuerdo cuando los Cabrera tuvieron una conversación de toda una cena sobre Hitler, el nazismo y la esvástica que Sergio tendría que ponerse en el brazo. En la obra, los padres de Sergio, una pareja con problemas, entraban en pánico al descubrir que su hijo había desaparecido: tal vez había ido a delatarlos. El hijo llegaba después con una bolsa de golosinas, pero la tranquilidad de los padres ficticios no fue la de Sergio, que quiso saber por qué un hijo haría semejante cosa: por qué entregaría a sus padres a las autoridades de un país. Luz Elena le dijo:

«Hay lugares así».

Lo que no habrían podido prever fue la reacción de la prensa. «La televisión colombiana ha caído en manos de los subversivos», escribió con seudónimo un columnista de El Tiempo . «Brecht es un comunista aquí y en cualquier parte, y lo es aunque disfrace su marxismo de alegato contra otra cosa. ¿Estamos los colombianos dispuestos a que se envenene la mente del pueblo ignorante con las tesis revolucionarias que están destruyendo los valores cristianos en otras partes del mundo? ¿Dónde están los responsables de estas propagandas nocivas, y por qué les permiten las autoridades seguir haciendo lo que hacen con bienes que son de todos?». Era como si el país, este país que lo había acogido generosamente dieciséis años atrás, se hubiera transformado en un lugar hostil. Fausto había recibido ya su carta de nacionalidad —un papel lleno de marcas de agua, firmado por el presidente de su puño y letra, que lo había conmovido hasta las lágrimas—, pero Colombia parecía cerrar con una mano las puertas que le abría con la otra. En la Televisora Nacional, donde Fausto había encabezado aquella primera huelga victoriosa en que Luz Elena estuvo dispuesta a ser arrollada por un camión, ahora se había convocado una segunda huelga para defender lo que Fausto llamaba la «programación cultural». En los últimos tiempos, las agencias de publicidad habían comenzado a cabildear ante el ministerio para poder anunciar más productos y en más espacios, pero no iban a seguir invirtiendo su dinero si los programas no interesaban a nadie. ¿Quién quiere ver a un actor recitar un poema que nadie entiende mientras un pintor pinta líneas que no se parecen a nada? ¿Quién quiere ver a dos desconocidos, y extranjeros para más señas, jugando ajedrez durante una hora? No, no: la televisión colombiana necesita modernizarse, comercializarse, salir de su nicho de intelectuales que hablan para intelectuales. La televisión colombiana necesita vivir en el mundo de la gente de verdad, de la gente de la calle.

Sus presiones comenzaron muy pronto a tener éxito, y poco a poco fueron saliendo del aire, cayendo como víctimas de francotiradores, los espacios que Fausto había inventado y defendido como heredero de Seki Sano. Un buen día Fausto se despertó para darse cuenta de que no le quedaba nada: el trabajo de toda una vida parecía haberse esfumado sin dejar rastros. La televisora le ofreció hacerse cargo de nuevos programas, más comerciales o dirigidos a un público más amplio, y en especial melodramas. «¿Por qué no hace algo de Corín Tellado?», le dijo alguien. «Todo el mundo está haciendo esas cosas. ¿Sabe por qué? Pues muy fácil: porque esas cosas le gustan a todo el mundo». Nunca se había sentido fuera de lugar en Colombia, pero ahora descubría que también para eso había una primera vez. Fausto diría después que en el momento de tomar la decisión había pensado en una sola persona: el tío Felipe. ¿Habría el tío Felipe dado su brazo a torcer? Una guerra civil no es lo mismo que una batalla cultural, es cierto, pero los principios son los principios. Fausto rechazó las propuestas con una frase que sobrevivió en la familia:

«Pues aguantaremos lo que se pueda», dijo. «Pero yo babosadas no voy a hacer».

A mediados de 1961, Sergio tenía once años y se encontraba desorientado en una adolescencia precoz, ignorante del mundo político, vagamente enterado de que un astronauta norteamericano había sido puesto en órbita por primera vez. Los Cabrera se habían mudado a una casa de la calle 85 con carrera 12. Era un conjunto cerrado para familias acomodadas, y sus vecinos eran burgueses cultos que sabían de vinos italianos y de historia medieval y cuyos hijos caminaban junto a los Cabrera las pocas cuadras que los separaban del mismo colegio: el Liceo Francés. No era la más evidente de las opciones para sus padres, pero Sergio entendería después cuánto habían pesado en esa decisión las memorias que Fausto conservaba del Liceo Pothier, allá por los años treinta, cuando el tío Felipe era diplomático en París. También en eso se hacía presente aquel fantasma, que en algún sentido estaba más vivo que nunca.

Sergio no estaba a gusto en su mundo. Había comenzado a encaramarse a los muros del colegio para escapar de clase a horas indebidas, y más de una vez también se apartó del grupo antes de llegar al colegio para perderse por el barrio en misiones gamberras. Descubrió la emoción de hacer daño, un animal que se hacía presente en la boca del estómago antes y después de que Sergio rompiera a pedrada limpia las ventanas de las casas vecinas y de los apartamentos más bajos de los edificios nuevos. Los amigos del liceo le enseñaron a fumar. Sergio empezó a comprar sus propias cajetillas, diciéndole al tendero que eran para sus padres, y volvía al patio del colegio para repartir sus cigarrillos generosamente. La popularidad nunca había sido tan barata. Los muchachos salían juntos a fumar en una esquina, y en esos momentos no importaba que los demás le llevaran a Sergio una cabeza, ni que ya se les hubiera engrosado la voz mientras que Sergio seguía hablando en sus tonos de niño. Con un paquete de Lucky Strike en la mano, Sergio era uno más: era uno de ellos. Y así estaba una tarde, fumando en una esquina, perdido en el grupo con un paquete en la mano, cuando lo sorprendieron sus padres. Su madre lanzó la amenaza más portentosa que se le pasó por la cabeza.

«Si esto sigue así», dijo, «no hay más televisión».

Esa frase, que tantos niños oirían en los años siguientes, en su caso quería decir algo distinto: no aparecería más frente a las cámaras. Sergio no habría podido concebir una sanción peor. Era un último recurso de parte de los padres desesperados, pero tenía buenos motivos: fuera de los ambientes controlados de la televisión, a Sergio se le estaba desordenando la vida. Había comenzado a cargar en el bolsillo un destornillador que le había robado a su padre, y armado así recorría aquellas calles residenciales quitándoles sus insignias a los carros lujosos. Un día cualquiera estaba recolectando su quinta insignia de Mercedes (una marca difícil de encontrar en la Bogotá de esos años, y por lo tanto muy apreciable para el coleccionista incipiente) cuando fue sorprendido por el dueño. «Súbase», le dijo el hombre, «y nos vamos a ver qué opina su papá». Y lo llevó a su casa. Fausto opinó que aquello estaba sin duda muy mal y regañó a Sergio de manera que el dueño del Mercedes se fuera a su casa con la sensación de que se había hecho justicia; pero en realidad Sergio sabía que a su padre nada, ni siquiera esos vandalismos, le importaba gran cosa: tenía problemas peores en que pensar. Tras la partida del dueño iracundo, Fausto le exigió a Sergio que le mostrara todo lo que había robado. No imaginó que se iba a encontrar con una verdadera caleta llena de insignias. Eran más de treinta: Volkswagen, Renault, BMW, algún Chevrolet sin valor, los preciados Mercedes. La decepción se le veía a Fausto en la cara, pero Sergio no anticipó la violenta bofetada. En medio de la bruma de las lágrimas, todavía sintiendo el calor del golpe en la mejilla, Sergio oyó que su padre le decía:

«Esto lo pagarás con tu dinero».

No tuvo que preguntarle a qué se refería. Su padre se lo llevó por el barrio como si lo arrastrara de la oreja: visitaron, una por una, a todas las víctimas del pequeño vándalo, y a todas les pidió perdón Sergio, y a todas les prometió que aquello no se iba a repetir, y a todas, en los días que siguieron, les pagó los daños con el dinero que había ganado por su papel como el niño informante de Brecht. Eran cantidades considerables que Sergio iba recibiendo en una cuenta de la Caja de Ahorros, y que solía usar para pagarse el revelado de sus fotos experimentales. Después de pagar por la reparación de las insignias robadas, la cuenta quedó prácticamente en ceros. Cuando Luz Elena se enteró de lo ocurrido se preocupó tanto que una tarde esperó a Sergio después del colegio con una noticia: se iban a hablar con una psicóloga.

No era algo que se hiciera en esos tiempos, pero Luz Elena entendió que su hijo necesitaba ayuda y que ni ella ni su marido conseguían dársela. De manera que allí, tres veces por semana, sentado en un sillón cómodo frente a una mujer de gafas de pasta y falda escocesa y zapatos de tacón, Sergio habló de las ventanas rotas a pedradas, de los cigarrillos, de las chapas robadas, y después recibió una caja de crayolas y una hoja de papel. «Píntame un pájaro», le dijo la mujer. Sergio supo de alguna manera mágica que ella estaba esperando ver cuervos o buitres, y lo que hizo fue dibujar gorriones y palomas e inofensivas golondrinas y salirse de la sesión antes de que hubiera terminado. Uno de esos días tuvo una iluminación: «Es como hablar con un cura», le dijo a su madre. Y era verdad: nadie se le parecía más a la psicóloga que el padre Federico, que había estado a cargo de la catequización de todo su curso un par de años atrás, en la época en que Sergio habría debido hacer la primera comunión. A los alumnos de tercero les habían informado que pasarían por algo llamado «Preparación», una serie de protocolos previos al rito, y que la primera de sus obligaciones sería hacer una lista, tan detallada como fuera posible, de todos los pecados que habían cometido hasta el día de la confesión. «¿Desde cuándo?», preguntó Sergio. «Desde que comenzó a tener uso de razón, mijito», le dijo el cura. Y le advirtió que la lista tenía que ser muy rigurosa e incluirlo todo, desde lo más grave hasta lo más venial, porque a Dios no le gustaban las mentiras.

«¿Sabe qué pasa si le oculta sus pecados al Señor?», le dijo el padre Federico. «Que la hostia se le convierte en sangre cuando vaya a tomarla. Delante de todo el mundo. ¿Quiere que eso le pase?»

Sergio, que ya para ese tiempo se sentía un pecador sin remisión, dueño de una lista de faltas interminable y vergonzosa, se sintió atrapado. Se imaginaba vestido con su traje nuevo de misa de domingo y haciendo una fila disciplinada para recibir la comunión, y se imaginaba sintiendo cómo la hostia que el padre Federico le ponía en la boca se volvía líquida, y el sabor del metal le llenaba la boca al mismo tiempo que la primera gota de sangre le bajaba desde la comisura de los labios. Imaginaba la cara de horror de sus compañeros y la cara de satisfacción del cura Federico: ya ven lo que pasa cuando le dicen mentiras al Señor. De manera que llegó a su casa y dijo:

«No la quiero hacer».

«¿El qué?», dijo Fausto.

«No quiero hacer la primera comunión. No la voy a hacer». Y añadió: «A menos que me obliguen».

Pero nadie lo obligó: no hubo constreñimientos ni castigos de ninguna naturaleza, sino explicaciones ambiguas que parecían estar hablando de otro tema. Su padre le explicó que la palabra ateo , en su origen griego, no se refiere a los que no creen en Dios, sino a los que han sido abandonados por los dioses. ¿Podía acaso ser eso lo que le había ocurrido a él? Poco a poco Sergio fue aceptando que no había otra explicación: su Dios, el Dios al que le había rezado para que salieran bien las fotos que no salían bien casi nunca, lo había abandonado. Sergio se había convertido en un estorbo para él, pensó, o él había encontrado otras cosas más valiosas o más urgentes de que ocuparse.

La familia pasaba por días críticos. Acaso la raíz de todo estaba en los problemas laborales de Fausto, las puertas que se le habían cerrado en los últimos años, pero era cierto y evidente que algo se había roto en su relación con Luz Elena. Por lo menos así lo sentía Sergio, aunque en un principio nadie se lo hubiera confirmado, pues con demasiada frecuencia los oía meterse en peleas amargas que duraban hasta altas horas de la noche: era como estar de nuevo en El espía . Su hermana Marianella era demasiado pequeña para enterarse de nada, pero Sergio sabía que algo andaba mal. Había comenzado a sospecharlo una tarde, después de una larga jornada de ensayos en la televisora, cuando acompañó a su padre a llevar a una actriz a su casa. A Sergio le pareció que la despedida era demasiado cariñosa, y se fijó en el cigarrillo que la actriz apagaba en el cenicero del carro. En ese cigarrillo —en esa colilla manchada con el carmín de un pintalabios que no era el de su madre— Sergio vio una amenaza. Y durante las semanas siguientes se acostumbró a bajar al garaje por las mañanas, antes de que se despertaran los demás, para vaciar el cenicero del Plymouth de colillas malolientes. Esas infidelidades, o más bien las labores difíciles de su ocultamiento, se convirtieron para Sergio en parte de sus tareas domésticas, y tardó mucho tiempo en darse cuenta de que todos sus esfuerzos eran en vano, porque lo único más testarudo que la promiscuidad de su padre era el talento de su madre para descubrirlo. Una de esas mañanas Sergio bajó demasiado tarde, o Luz Elena decidió madrugar más de lo acostumbrado, y para cuando él se acercaba al garaje ya había estallado la guerra. Pero lo que Sergio nunca se imaginó, ni en sus peores pesadillas, fue que llegaría un día a la casa para encontrarse con la noticia de que su madre ya no estaba.

«Se fue a Medellín», le explicó Fausto. «Va a vivir un tiempo con tus abuelos. Pero tú vas a ir a visitarla, no te preocupes. Cada cierto tiempo».

«¿Cada cuánto?», preguntó.

«Pongamos cada seis meses», le dijo su padre. «Viajar a Medellín es caro».

«¿Y mi hermana?»

«Marianella se fue también», dijo Fausto. «Así era mejor para todos».

Sergio no entendió que ese cambio brutal en la familia implicara para él un cambio de vida, pero así fue: después de una serie de decisiones secretas de sus padres, en las cuales él nunca participó ni siquiera como audiencia, Sergio dejó de un día para el otro de vivir en su casa y de estudiar en el Liceo Francés para ser alumno del Internado Germán Peña. El lugar quedaba a cinco calles de su casa, pero eso no era un alivio, sino una fuente de ansiedades: ¿por qué su padre no había querido que se quedaran juntos, viviendo en la misma casa? ¿Por qué, si había una crisis entre sus padres, habían preferido que estallara en pedazos la familia entera, en lugar de permitirle al hijo el consuelo de seguir viviendo con alguno de los dos? ¿Era posible que Sergio les estorbara? Después del abandono de Dios, ¿seguía el de su familia? Bastaba un inventario para entristecerse. El tío Mauro, que se había convertido en visitador de la farmacéutica Schering, se pasaba el tiempo viajando; el abuelo Domingo había decidido cerrar el Hotel Roca y mudarse a Cali; la tía Olga, recién casada con el dueño de una trilladora de café, venía rara vez a Bogotá. El clan se estaba desintegrando.

Los alumnos internos del Germán Peña eran siempre mayores que Sergio, muchachos de la costa Caribe —de Montería, de Sahagún, de Valledupar— que venían a la capital a terminar sus estudios de bachillerato. Sergio, para ellos, era una curiosidad, y no sólo por el hecho de ser hijo de un actor célebre. Por las noches, antes de dormirse, sus compañeros de cuarto le hacían la pregunta que él mismo llevaba haciéndose desde el primer día: ¿por qué, si su casa quedaba a cinco cuadras, sus padres lo habían puesto en el internado? ¿No sería más bien que había hecho algo terrible y tenía prohibido volver? Sergio tuvo que invitarlos a su casa y presentarles a su padre para que le creyeran de una vez por todas. Esas salidas se volvieron una costumbre: varias veces por semana, a la hora de la merienda, Sergio salía del internado con su pandilla, se fumaba un par de Lucky Strikes en la esquina, antes de llegar a casa, y luego entraba por la puerta de la cocina y saqueaba la nevera. En esos momentos, mientras sus amigos del internado se comían todo lo que encontraban, Sergio subía a su cuarto —a su cuarto vacío, donde ya no estaba su hermana— y se acostaba en su cama durante unos minutos, y hojeaba sus libros y metía la cabeza en la almohada que olía a lo mismo de siempre, sólo para recordar las breves alegrías de la normalidad.

Así fue durante meses. Luego, con el mismo atropellamiento con el que se habían marchado a Medellín, su madre y su hermana regresaron a Bogotá. Allí estaban un fin de semana, cuando Sergio llegó a casa del internado para una de sus salidas programadas, sentadas en el salón como si nunca se hubieran ido. Sergio confirmó el secretismo o la vocación clandestina con que sus padres habían manejado su crisis. Sí, su madre estaba de regreso: pero no había manera de saber qué monstruos ocultos se movían debajo de la superficie, ni había certeza ninguna de que todo no fuera a estallar en cualquier momento, ni era seguro que al volver del internado Sergio no se encontrara con una casa cerrada de la cual todo el mundo se había ido. En esos momentos le habría gustado contar con Dios, pues Sergio no sabía qué estaba pasando, pero tenía una certeza: todo se estaba viniendo abajo y él no podía hacer nada al respecto.

Fue entonces cuando, de un día para el otro, un nuevo tema de conversación se hizo presente en la mesa del comedor: China. Inopinadamente, la sobremesa de la familia empezó a girar alrededor del budismo, de la Gran Muralla, de Mao Tse-Tung y del tai chi chuan . Sergio y Marianella aprendieron que China quiere decir «nación central», y Pekín, «capital del norte». Aprendieron que en un país de sesenta lenguas, todos pueden entenderse gracias a la escritura, pues los ideogramas funcionan como para nosotros funcionan los números. ¿No es verdad, niños, que uno puede entender los números que salen en Le Monde a pesar de que no hable una palabra de francés? Sí, papá. ¿No era muy interesante? Sí, papá. Sergio no lo podía saber en ese momento, pero había una causa precisa para todo aquello. Había llegado una carta desde Pekín y su vida acababa de dar un vuelco.

El remitente se llamaba Mario Arancibia. Fausto y Luz Elena lo habían conocido años atrás, en Santiago de Chile, durante su luna de miel convertida en gira de recitales de poesía (o viceversa). Arancibia era un barítono chileno de muchos talentos y convicciones de izquierda; hacia 1956 había venido a Colombia junto con su esposa, la actriz Maruja Orrequia, para dar tres conciertos que nunca terminaron de funcionar, y había acabado por hacer un par de libretos para Fausto Cabrera. La televisión no era su medio natural, pero su talento de escritor le abrió un espacio y, después, otros horizontes. Se hizo muy amigo de los técnicos cubanos que Rojas Pinilla había traído para poner en marcha la televisión colombiana, y tras unos meses en Colombia, Arancibia y Maruja Orrequia estaban viajando a La Habana. Él se incorporó a los equipos de Radio Habana; ella encontró trabajo como actriz y locutora. Y allí estaban, en La Habana, el día de la entrada victoriosa de los barbudos en las ciudades. Decidieron quedarse en Cuba y ser testigos de primera mano de la Revolución, que era lo más maravilloso que habían visto, pero no alcanzaron a ver demasiado, porque en cuestión de semanas los había buscado y encontrado el agregado cultural de la Embajada de la República Popular China.

El hombre tenía una misión por lo menos exótica: conseguir profesores de Español para el Instituto de Lenguas Extranjeras de Pekín. La búsqueda era parte del gran esfuerzo chino por entender al resto del mundo, o por llevar al resto del mundo su propaganda o su mensaje, pero hasta ahora sus profesores habían sido españoles exiliados de la Guerra Civil que, tras pasar un tiempo en la Unión Soviética, habían sido enviados a China por los rusos como parte del esfuerzo por construir un nuevo socialismo. Ahora había problemas en ese frente: de unos años para acá, las relaciones entre China y la Unión Soviética se habían agriado; y una de las muchas consecuencias de esas tensiones había sido el lento retiro de los profesores de Español. Las autoridades preocupadas comenzaron entonces a mirar hacia América Latina, pero no hacia cualquier país. Sin pudor alguno, el agregado cultural explicaba que, a pesar de encontrarse en Cuba, no quería cubanos, pues todo el mundo le decía que el acento de la isla no era bueno para aprender la lengua. La única razón por la que llevaba esta misión a cabo en La Habana era sencilla: entre los países de habla hispana, sólo Cuba tenía relaciones diplomáticas con la China comunista. Había llegado a los estudios de Radio Habana buscando al barítono chileno para convertirlo en profesor de lengua, y las condiciones eran tan buenas que a Mario no le costó ningún esfuerzo aceptar. Después de un año largo, cuando las autoridades chinas le pidieron que recomendara a alguien más (ojalá un colombiano, porque se decía que su español era el mejor), un solo nombre le vino a la mente: Fausto Cabrera. Era español de nacimiento, pero no estaba contaminado por prejuicios soviéticos; lo que era más importante, hablaba la lengua como los dioses, había estudiado la gran literatura de su siglo y sabía transmitir sus entusiasmos. Era el candidato perfecto.

Todo esto lo explicaba la carta de Mario Arancibia. Fausto recordó una carta anterior en que Arancibia mencionaba el mismo asunto, pero sólo de pasada y sólo en un par de líneas; y esa carta había llegado a Bogotá antes de la segunda huelga en la televisora, cuando parecía que las cosas todavía podían enderezarse, de manera que Fausto no le prestó en ese momento la atención suficiente. Ahora todo había cambiado. Fausto respondió de inmediato: le interesaba, por supuesto que sí, le interesaba mucho. Tendría que hablar con su familia, como podían imaginarse, pero estaba seguro de que a ellos les interesaría también. Las instrucciones para Arancibia eran claras: poner en marcha el asunto. A las pocas semanas llegaba a la casa de la calle 85 un sobre con estampillas varias e ideogramas de colores.

La invitación oficial, más que un salvavidas, era como una declaración de amor para el hombre en horas bajas que era Fausto Cabrera. El gobierno chino le ofrecía un salario generoso en divisas, los viajes de toda la familia y alojamiento privilegiado; además de todo, les prometía a Fausto y a Luz Elena, pero no a los niños, un viaje de regreso a Colombia cada dos años. Las condiciones parecían inmejorables. Para Fausto, la idea de sacar a la familia de la crisis en que estaba sumida, la promesa del cambio de aires que podría tal vez renovar su relación con Luz Elena no eran menos seductoras que la posibilidad doble de estudiar teatro en China mientras veía de cerca la revolución de Mao Tse-Tung. El tío Felipe ya le había hablado de Mao, allá por los años remotos de la guerra civil española, y lo había hecho con admiración; y en cuanto al teatro, no había sido el tío Felipe, sino un artículo de Bertolt Brecht, lo que le había metido en la cabeza la idea de que el drama tradicional chino guardaba lecciones infinitas, y entenderlas era entender una parte del teatro —de sus posibilidades políticas— que todavía no había sido explotada en América Latina.

De manera que una noche de junio Fausto convocó a una reunión familiar en el salón de la casa, y solemnemente explicó lo que había pasado. Había llegado una carta, dijo; los invitaban a China, al otro lado del mundo, a ese lugar exótico y apasionante del que habían hablado durante semanas. Presentó la situación como si él no tuviera en ella ningún interés, entusiasmando a sus hijos con frases que no eran frases sino invitaciones a la aventura, diciéndoles que aquello sería igual a darle una vuelta al mundo, igual a ser la tripulación del capitán Nemo. Pero la familia no estaba obligada a aceptar, desde luego: podían rechazar esa posibilidad maravillosa que nadie más tenía en Colombia, y ellos, Sergio y Marianella, tenían todo el derecho de negarse a hacer lo que ninguno de sus compañeros podía soñar ni en sus sueños más atrevidos. Todo el mundo era libre de perder oportunidades únicas, claro que sí, y él, Fausto, no iba a obligar a nadie a nada. Para el final de la cena, Sergio y Marianella estaban rogándole a su padre que aceptara, que no dejaran pasar esa oportunidad, que se fueran todos al otro lado del mundo. Y Fausto, como si sus hijos acabaran de convencerlo, o como si lo estuviera haciendo solamente para darles gusto, tomó a Luz Elena de la mano y anunció con la ceremonia de quien indulta a un ladrón:

«Está bien. Nos vamos a China».

Poco antes de la partida, los Cabrera viajaron a Medellín para despedirse de los abuelos. Todo el mundo estuvo de acuerdo allí en que estaban locos: ¿qué se les había perdido en China? Fausto, por su parte, les dio instrucciones, pues era importante que a nadie, por ningún motivo, le dijeran que los Cabrera se habían ido a un país comunista. ¿Y si alguien preguntaba?, quiso saber la abuela. «Pues les dicen que estamos en Europa», dijo Fausto. «Eso es: que me contrataron para dar clases en Francia». Enseguida sacó de su maletín un pasaporte reluciente y les pidió a los abuelos que lo miraran. Impreso a media página, un sello perentorio lo indicaba con claridad: este documento era válido para cualquier país del mundo, excepto los países socialistas. «En este pasaporte falta algo», dijo Fausto. «¿Saben ustedes qué es? La visa. No está la visa china. ¿Y saben ustedes por qué? Porque Colombia no tiene relaciones diplomáticas con China. Eso es lo que quiero que entiendan. Que no nos vamos al otro lado del mundo: nos vamos a un mundo prohibido. Que China, para todos los efectos prácticos, es un país enemigo».