El triunfo del Colón fue al mismo tiempo modesto y extraordinario, y puso a Fausto en el mapa del teatro bogotano. La gente comenzó a hablar del actor español que acababa de llegar —el discípulo de García Lorca, sí, el familiar de héroes republicanos— y las compañías nacientes se interesaron en él. Al volver de una gira breve llena de patios de Sevilla y niños y cebollas, se encontró con una invitación a que recitara sus poemas en el Teatro Municipal. No era un teatro como los otros. Por esa época, el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, un político de origen humilde que se había convertido en un temible líder de masas y era visto por las élites como una amenaza palpable, daba allí sus discursos del final de la semana —los Viernes Culturales, los llamaba—, unas piezas magistrales de oratoria que convocaban a más gente de la que Fausto había visto nunca en el mismo sitio, y que se transmitían por radio para un país seducido por las ideas izquierdistas y la retórica mussoliniana de aquel hombre de rasgos indígenas y gomina firme. Fausto comenzó a ensayar allí su repertorio de siempre —Machado, Lorca, Hernández—, y un viernes, al darse cuenta de que Gaitán se había quedado después de su emisión para escuchar sus poemas, se le acercó y comenzaron a conversar. Gaitán hablaba con propiedad de poesía colombiana, citaba a Silva y a Julio Flórez y le sugería a Fausto que incluyera a Neruda. Cuando se despidieron, Fausto oyó que alguien más decía:

«Cómo no se van a entender, si los dos son comunistas. Con gente así, este país se va a ir al carajo».

No era verdad: Gaitán no era comunista, y Fausto, mucho menos. Hasta ese momento, ni siquiera había tenido tiempo de hacerse esas preguntas, pues todavía estaba lidiando con cosas más grandes: Dios, por ejemplo. En su breve paso por Caracas se había relacionado con grupos ocultistas para tratar de sacar algo en claro, y se había acercado a la teosofía de Madame Blavatsky, y luego fue rosacrucista y luego masón. Llegó a graduarse dentro del templo , un primer paso de importancia en la masonería, pero poco a poco se fue desencantando de todo: de los masones, de los rosacruces y de los teósofos. Pero no de la búsqueda: la búsqueda seguía viva, porque nadie le había sabido dar las respuestas que necesitaba. Y algo en el tono de Gaitán le sugería que tal vez este líder popular supiera cosas que él todavía ignoraba. Gaitán le preguntaba a Fausto si no había pensado nunca en ponerse una faja en la cintura, como hacía él, para que la presión sobre el diafragma le fabricara una voz más fuerte. Fausto sabía que este hombre, que no era imponente, era capaz de hablar sin micrófono en la plaza de Bolívar, y no desdeñó ninguno de sus consejos. Lo impresionó, sobre todo, lo que Gaitán elogiaba de su declamación. No era la calidad de los versos, por supuesto, ni las emociones, sino la convicción.

«Usted odia a los tiranos», le decía a Fausto. «Ahí es donde nos encontramos usted y yo. A los campesinos los están matando a una hora de aquí, a dos horas, y nosotros recitando poemas. Y yo le digo, joven: si esos poemas no sirven para combatir, lo más probable es que no sirvan para nada».

Gaitán le estaba hablando de una realidad muy lejana. Del campo y las montañas llegaban a Bogotá noticias de escenas horribles donde los hombres morían a machetazos y las mujeres eran violadas ante la mirada de sus hijos; Fausto Cabrera, declamador de poetas muertos del otro lado del Atlántico, había vivido hasta ahora con otras preocupaciones, pero las conversaciones con Gaitán le sugirieron una realidad más amplia. Tal vez no fue una coincidencia que por esos días empezara a frecuentar el Ateneo Republicano Español, un lugar de encuentro de artistas y escritores donde se le deseaba la muerte a Franco y se echaba una mano a los exiliados más hambrientos, pero también se hablaba en voz baja del Partido Comunista y de las guerrillas de los Llanos Orientales. En el Ateneo no había lugar para teosofías ni ocultismos: allí, descubrió Fausto, la realidad real era más real que nunca. Las discusiones giraban alrededor de la Unión Soviética y de hacer la revolución, aunque los mismos que daban puños en la mesa pasaran, sin solución de continuidad, a recitar versos. Uno de los asiduos, un colombiano de acento cantarín llamado Pedro León Arboleda, le hablaba a Fausto de nombres que nadie le había mencionado nunca, de Porfirio Barba Jacob a León de Greiff, y luego le explicaba que eran todos grandes poetas y, sobre todo, poetas antioqueños.

«Aquí está perdiendo el tiempo, Cabrera», le decía Arboleda. «Los poetas, en Colombia, están en Medellín».

Es posible que poco después, cuando Fausto decidió pasar unos días en esa ciudad, haya pesado tanto el deseo de ver a su familia como las palabras de Arboleda. Fausto llegó con la idea de quedarse unos cuantos días, dar algún recital y pasar algún tiempo con el tío Felipe, gerente de los Laboratorios Farmacéuticos Ecuatorianos. Medellín quedaba metida entre montañas hermosas y su clima acariciaba la piel: era fácil entender que el tío Felipe se hubiera quedado aquí. Cuando llegó a verlo, Fausto se encontró con un hombre que era tercamente el mismo. El tío no había perdido ni una letra de su acento peninsular, todavía se hacía ilusiones con el orgullo español y era capaz de rechazar las subvenciones que demasiado tarde le ofrecía, desde México, el gobierno republicano en el exilio. La memoria de España, o de su pasado en España, le dolía como si acabaran de expulsarlo. Todo se refería a su patria perdida. Una de esas noches, después de la cena, le mostró a Fausto un número reciente de la revista Semana , abierto en una página de tres columnas con el encabezado La nación . «Lee», le dijo. Y Fausto leyó.

¿Hay, como parece desprenderse de los diarios, una ola de violencia? ¿Alguien ha comprobado qué relación guardan los hechos de sangre y actos criminales de esta época con los de tiempos normales? No. Pero sin duda, un extranjero que quisiera informarse sobre la situación actual de Colombia, al pasar una revista sobre la prensa del país, la creería al borde de una catástrofe o en el filo de una revolución. Los colombianos, en cambio, no nos alarmamos. ¿Por qué? ¿Nos es indiferente que cada 24 horas se registre un nuevo hecho de sangre, atribuido a luchas políticas? No. No podemos haber llegado a ese grado de insensibilidad. Algo debe ocurrir, sin embargo, para que, cristianos viejos, no demos la importancia que se merece a una situación semejante. Y es que no aceptamos esas versiones como se presentan. Ni los conservadores asesinados por los liberales, ni los liberales asesinados por los conservadores provocan nuestra alarma o nuestra indignación, porque todos esos informes son recibidos con un considerable descuento inicial. Esperemos, dicen las gentes, a ver cómo pasaron las cosas. Y eso —cómo pasaron las cosas— no se sabe jamás.

«Tú no tienes edad para acordarte», le dijo el tío Felipe. «Pero así era. Así era exactamente».

«¿Qué cosa?»

«Pues España», dijo el tío. «La España de esos años».

«La de antes de la guerra», dijo Fausto.

«Todo se parece demasiado, entiéndeme. Hay como un aire. Aquí va a pasar algo grueso».

Fausto dio cinco recitales en Medellín, pero al más importante no llegó como actor, sino como asistente. Fue en el Instituto Filológico: un poeta leía su propia obra, una serie de sonetos que parecía no acabarse nunca; y después, cuando llegó por fin el final inverosímil, una mujer rubia y de ojos grandes, cuyo cuello de cisne salía con elegancia de un vestido de flores, se acercó a Fausto, siempre flanqueada por su madre y su hermana, y le alargó un cuaderno fino que llevaba entre ambas manos: «Yo estuve oyéndolo hace unos días, señor Cabrera. ¿Me da un autógrafo?». Fausto tuvo la presencia de espíritu para saber que nunca volvería a verla si accedía de inmediato; respondió que necesitaba pensárselo bien, que no iba a escribirle cualquier cosa, que la llamaría pronto para visitarla en un momento menos ajetreado. Y eso hizo: la visitó una y dos y tres veces en una casa de la avenida La Playa, siempre en presencia de alguna de sus hermanas y a veces junto a otros poetas, pero nunca le llevó el libro autografiado; y algo debió de hacer mejor que los otros visitantes, porque a los pocos meses ya estaba recibiendo de la muchacha invitaciones exclusivas.

Se llamaba Luz Elena. Era una de las cuatro hijas de don Emilio Cárdenas, un paisa de familia acomodada que había hecho su propia fortuna inventándose sin ayuda de nadie un laboratorio farmacéutico que le hacía competencia al del tío Felipe: ECAR. A pesar de sus escasos diecisiete años, Luz Elena era mucho menos predecible de lo que sugerían sus vestidos de flores, sus chaperonas ubicuas y su familia burguesa. Fausto nunca logró entender a qué horas había leído tanto, pero esa jovencita le hablaba con una propiedad insolente de sor Juana Inés de la Cruz y de Rubén Darío, y en la familia se decía que le habían ofrecido el diploma de bachillerato antes de tiempo para que no siguiera dejando en ridículo a sus profesores. Inés Amelia, la menor de sus hermanas, contaba que una vez, cuando la profesora de Español enfermó a última hora, Luz Elena dio toda una clase sobre el Romancero viejo sin mirar un apunte. Don Emilio estaba tan orgulloso de ella que no le importaba ganarse sus reprimendas por ponerla en evidencia. Fausto fue testigo de ello por primera vez un domingo, después de una larga sobremesa en la que le tocó una silla que muy bien hubiera podido estar marcada: Pretendiente . En un momento de silencio, a propósito de nada, don Emilio dijo:

«Usted que sabe de este asunto, joven Cabrera, ¿no ha oído recitar a mi hija? A ver, niña, muéstrele pues a su invitado el poema del soldadito».

«Ahora no, papá».

«Ése es el que más me gusta», le dijo don Emilio a Fausto. Y luego: «No se haga de rogar, Luz Elena, que eso es de mala educación».

Ella jugó el juego, no por darle gusto a su padre, sino por sentir la mirada de este español que entendía la poesía y la recitaba tan bien. Se puso de pie, se alisó el vestido y dijo con buena dicción:

Soldadito, soldadito, – ¿de dónde ha venido usted?

De la guerra, señorita, – ¿qué se le ha ofrecido a usted?

—¿Ha visto usté a mi marido – en la guerra alguna vez?

—No señora, no lo he visto, – ni sé las señas de él.

Mi marido es alto, rubio, – alto, rubio, aragonés

Y en la punta de la espada – lleva un pañuelo bordé

Se lo bordé siendo niña, – siendo niña lo bordé,

Otro que le estoy bordando – y otro que le bordaré.

Por las señas que usté ha dado, – su marido muerto es,

Lo llevan a Zaragoza – a casa de un coronel.

Siete años he esperado, – otros siete esperaré,

Si a los catorce no viene, – monjita me meteré.

Calla, calla, Isabelita, – calla, calla, Isabel,

Yo soy tu querido esposo, – tú mi querida mujer.

La mesa aplaudió y Luz Elena, bajo la mirada atenta de Fausto, se volvió a sentar.

«A mí me encanta», dijo don Emilio. «El esposo finge que no es él para probar el amor de la esposa. Qué tan bonito, ¿cierto?»

«Bonito el poema», dijo Luz Elena en voz baja. «Pero a mí me parece que eso no se le hace a una esposa».

En cuestión de pocos meses ya estaban comprometidos, y en pocos meses más habían programado el matrimonio como si tuvieran alguna urgencia non sancta . Estuvieron de acuerdo en que el día de la boda no querían ceremonias llenas de gente desconocida y de fotógrafos de las páginas sociales, así que Luz Elena escogió la iglesia del Sagrado Corazón, que tenía una ventaja sobre las demás: en Medellín había dos iglesias con ese nombre. Una quedaba en un barrio residencial de calles limpias y familias prestantes, y los curiosos dieron por sentado que allí se iba a llevar a cabo la ceremonia; mientras tanto, los novios casi clandestinos se casaban en la otra, más oscura y más modesta, construida en uno de los barrios bajos de la ciudad. Cuando Fausto firmó el registro matrimonial, Luz Elena lo miró con sorna:

«Por fin», dijo. «Nunca me había costado tanto conseguir un autógrafo».

Era el mes de diciembre de 1947. Durante los dos años siguientes, mientras Colombia se hundía en la sangre de la violencia partidista, los recién casados viajaron por América Latina en una gira de recitales que era como la luna de miel que nunca se hubieran podido permitir. Las noticias del país les llegaban tarde y mal, pero a Fausto nunca se le olvidó dónde estaba cuando se enteró del asesinato de Gaitán. Era el 9 de abril de 1948, y él acababa de recitar en Quito un poema de Lorca. Según las noticias, Juan Roa Sierra, un joven rosacrucista, desempleado y paranoico, había esperado a Jorge Eliécer Gaitán a la salida de su oficina, en la carrera Séptima con avenida Jiménez, y le había descerrajado tres tiros que no sólo acabaron con la vida del próximo presidente de Colombia, sino que fueron también el pistoletazo de partida de una guerra que en poco tiempo devoró al país. Fausto le dijo a Luz Elena:

«Tal como lo advirtió el tío».

Fausto no vio la ciudad de Bogotá incendiada por las protestas populares, ni los francotiradores apostados en los techos de la carrera Séptima, ni los curas que también disparaban desde la terraza del colegio San Bartolomé, ni los saqueadores que reventaban vitrinas para llevarse lámparas o neveras o cajas registradoras, ni los tranvías volcados y en llamas frente a la catedral, ni los miles de muertos que en el curso de los tres días siguientes se acumularon en las galerías sin que ningún familiar pudiera ni siquiera salir a la calle para identificarlos. El centro de Bogotá quedó en ruinas y sólo un aguacero pudo apagar las llamas cuando ya habían consumido edificios enteros, y era como si esas llamas prendieran la mecha de la violencia en el resto del país sublevado. Mientras Fausto y Luz Elena viajaban por Perú y por Bolivia, los policías conservadores entraron al caserío de Ceilán, en el Valle del Cauca, y dejaron ciento cincuenta muertos, muchos de ellos incinerados. Mientras viajaban de Chile a Argentina, en la Casa Liberal de Cali veintidós asistentes a una conferencia política fueron asesinados por conservadores sin uniforme, y los primeros comités de resistencia, que no eran más que campesinos armados para defenderse como mejor podían, comenzaron a crearse en lugares apartados. La represión era feroz: también en Antioquia, por lo que decían las cartas que los perseguían durante la gira. Por eso a Fausto le pareció tan raro que un día, en Buenos Aires, Luz Elena le dijera que ya era hora de volver a Colombia. Pero la razón era incontrovertible: estaba embarazada.

Sergio Fausto nació el 20 de abril de 1950, el meridiano del siglo, en el hospital San Vicente de Paúl; dos años después nació Marianella. Fausto gozaba por primera vez en la vida de algo parecido a la seguridad económica: tenía un trabajo en La Voz de Antioquia , un programa de radio que todo el mundo oía —«Armonía y ensueño», se llamaba—, y el tiempo le alcanzaba incluso para fundar compañías de teatro experimental en una ciudad donde pocos habían oído hablar de semejante cosa. No tenía amigos, sino verdaderos compinches. Eran un médico, Héctor Abad Gómez; un periodista, Alberto Aguirre; un pintor, Fernando Botero, y un poeta, Gonzalo Arango. Todos eran veinteañeros; todos tenían ganas de hacer cosas importantes. Se reunían para tomar aguardiente, hablar de política y recitar versos mientras se ganaban la vida de cualquier forma. Con la ayuda y el talento de su esposa, Emilio Cárdenas, su suegro, había montado una pequeña producción de pastas en la cocina de la casa, una especie de negocio lateral que era casi un pasatiempo, y Fausto se ganaba unos pesos manejando una furgoneta desvencijada por todo Medellín, entregando tallarines y cobrando facturas. Así acabó juntando lo suficiente para comprar una de las primeras grabadoras portátiles que llegaron a Colombia. Gonzalo la bautizó con tres gotas de aguardiente: «Te llamás “La voz de los dioses”, grabadora», le dijo con solemnidad. Los amigos estaban fascinados con el aparato. «Es que es mi voz, es mi voz», decía Alberto después de grabarse. «Esta vaina va a cambiar el mundo». La estrenaron grabando poemas de Miguel Hernández, pues Franco había impuesto en su contra una censura implacable: sus versos no se declamaban en ninguna parte del mundo, y eso bastó para que se convirtiera en una especie de tótem del grupo.

Cuando no estaba manejando la furgoneta de las pastas, Fausto se dedicó a recitar poemas frente a pequeños auditorios fascinados donde siempre estaba Luz Elena, sentada en primera fila, moviendo los labios mientras Fausto decía que al andar se hace camino y que al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Se dedicó también a fundar grupos de teatro con obras clásicas de las que pocos habían oído hablar, pero que estaban empezando a conseguir públicos fieles y curiosos. Mientras tanto, las masacres se habían vuelto demasiado numerosas para que salieran en los periódicos. Fausto recordaba el artículo de la revista que le había mostrado el tío Felipe, y se preguntaba si no era él ese extranjero que miraba la realidad colombiana, y luego se preguntaba también por qué a nadie le importaba lo que estaba pasando. O tal vez sólo le importaba a la gente que estaba en el campo: a los de la ciudad todos esos muertos les quedaban lejos. La situación fue tan grave durante tanto tiempo que pasó lo que muchos esperaban. En junio de 1953, un militar, el teniente coronel Gustavo Rojas Pinilla, dio un golpe de Estado con la intención ostensible de que el país dejara de desangrarse.

«Tenía que pasar algo así», dijo el tío Felipe. «Me voy a morir de dictadura en dictadura».

Unas semanas más tarde anunció que se iba a Chile. Nadie lo entendió: el tío Felipe se había casado con una mujer de Medellín, su trabajo seguía siendo el mismo y le gustaba la ciudad: ¿para qué irse? También los padres de Luz Elena, que le habían cogido cariño, se lo preguntaban: ¿qué se le había perdido en Chile? Sólo Fausto lo entendía, aunque no supiera explicarlo muy bien, pues el tío Felipe llevaba consigo el virus del exilio, la compulsión de moverse por todas partes, ya que la vida le había prohibido quedarse en su propia tierra. Igual que de Ciudad Trujillo se había mudado a Bogotá y de Bogotá se había mudado a Medellín, ahora, bien instalado con una mujer que lo quería y lo cuidaba, se iba para Chile. «Si me va bien me quedo», dijo, «y si me va mal, me regreso. Es como dice mi mujer: la peor vuelta es la que no se hace». Para el año siguiente, cuando comenzaron a salir las propagandas del gobierno, ya se había marchado.

Las propagandas hablaban de celebraciones grandes que la dictadura estaba organizando para conmemorar su primer aniversario. Nadie sabía en qué consistirían, pero a Fausto no le inspiraban la más mínima confianza. «Todas las dictaduras del mundo son iguales», decía. «Cuando comienzan a hacerse fiestas de cumpleaños, es que la cosa va para largo». Pero no habría podido imaginar la naturaleza de estas celebraciones: Rojas Pinilla anunciaba la llegada de la televisión a Colombia. En largas alocuciones por radio, explicó que la había descubierto en Berlín, a finales de los años treinta, y nunca se le había ido de la cabeza que ese invento tenía que venir al país. Explicó que no había sido fácil, porque en este país montañoso la señal se encontraba con demasiados obstáculos, pero había dado la orden de sacar el proyecto adelante sin fijarse en gastos. Una comitiva de lujo viajó a Estados Unidos para hacer los estudios, comprar los equipos e importar las tecnologías. Rojas mandó poner una antena de treinta metros en el Hospital Militar, uno de los lugares más altos de Bogotá, otra en el Nevado del Ruiz y una tercera en el páramo de la Rusia, en Boyacá. Así quedaba cubierto todo el país, por el bien de la patria. Lo que no dijo, pero se supo con el paso de los días, fue que entonces, después de que las antenas estuvieron bien erguidas en sus puestos y los aparatos listos en sus estaciones, se dieron cuenta de que no había nadie en Colombia que supiera ponerlos en funcionamiento. Ni siquiera se sabía qué imágenes se iban a transmitir, ni quién iba a recibirlas: los colombianos no tenían televisores en sus casas, pues cada uno de ellos costaba tres veces el salario mínimo. En cuestión de semanas el gobierno trajo de Cuba a veinticinco técnicos de un canal que acababa de quebrar, y se inventó créditos generosos para que los colombianos compraran mil quinientos aparatos Siemens, y llenó las vitrinas de los almacenes con televisores para que nadie, ni siquiera los que no podían comprar el suyo, se quedara sin disfrutar del invento.

El 13 de junio de 1954, cuando se cumplía un año de la toma del poder, el dictador se asomó a aquella caja luminosa que miraba a la gente y dijo que les hablaba desde el Palacio de San Carlos, en pleno centro de Bogotá, y dio un discurso emocionado en que declaraba inaugurada la televisión en Colombia. Cuando sonó el himno nacional, los colombianos supieron que esta vez no era como las otras, porque ahora podían ver a la Orquesta Sinfónica de Colombia en el instante mismo en que tocaban la música: verla sin estar donde estaba la orquesta. La primera emisión duró tres horas y cuarenta y cinco minutos, y Fausto, que la siguió con fascinación en Medellín, supo que el mundo, esta vez sí, había cambiado para siempre, y pensó que tal vez había un lugar para él en ese mundo. Luego, cuando oyó decir que un hombre llamado Fernando Gómez Agudelo, el mismo que había traído los equipos de Estados Unidos y los técnicos de Cuba, ahora estaba reclutando a la gente de teatro más talentosa del país para que escogieran las historias que los televidentes iban a recibir en sus cajas, no lo dudó. Se dijo que el tío Felipe se había ido para Chile y que Fernando Botero, el amigo pintor, se había ido a Bogotá. En la capital estaba también Domingo, el padre de Fausto, que seguía encargándose de un hotel del centro —el Roca, se llamaba— y hacía su propia vida como si fuera colombiano de nacimiento.

«¿Por qué no nos vamos también?», le preguntó Fausto a su esposa.

«Pues sí», dijo ella. «Que no seamos los únicos que se quedan en Medellín».

La familia Cabrera Cárdenas se instaló en un apartamento de dos niveles en la calle 45, un lugar de espacios estrechos pero cómodos donde una pantalla luminosa ocupaba el centro del salón, y en ella se movían hombres en blanco y negro que se perdían en un hoyo de luz y estática cuando se oprimía un botón. Por esos días, un hombre bajito que arrastraba una pierna venía con frecuencia a la casa de los Cabrera. Fausto les explicó a sus hijos que se llamaba Seki Sano, que era japonés y que acababa de llegar de México, contratado por el gobierno colombiano para que les enseñara a los actores y directores cómo se hacían las cosas en la televisión. Tenía una frente amplia y usaba unas gafas de marco grueso que no dejaban ver sus ojos, y siempre llevaba en la mano una pipa que se ponía en los labios aunque estuviera apagada. Había perdido el uso de la pierna por una artritis tuberculosa que sufrió siendo niño, pero alguien había contado al respecto una historia de guerra, y él no se había molestado nunca en aclarar las cosas. Tras salir perseguido de Japón, se había refugiado en la Unión Soviética, y de allí lo habían echado los estalinistas, igual que echaron a Trotski. Ahora venía a Colombia para aplicar el método Stanislavski en el teleteatro; entre los directores teatrales de Bogotá, Fausto era quien mejor sabía de qué estaba hablando el japonés cuando hablaba de Stanislavski, y había entre los dos una sintonía de gustos que se confundía fácilmente con sus simpatías políticas, de manera que era apenas natural que Fausto se convirtiera en su discípulo predilecto.

Fueron meses de descubrimientos. Mientras los camarógrafos aprendían nuevas maneras de usar sus aparatos (nuevos encuadres, nuevos ángulos), y mientras el gobierno iba descubriendo las posibilidades del nuevo medio para difundir el mensaje de la dictadura y las Fuerzas Armadas, Seki Sano había comenzado a adiestrar a una generación entera de hombres de teatro. Era intransigente con los mediocres y riguroso hasta la crueldad, y no admitía de sus alumnos una dedicación o un entusiasmo inferiores a los suyos. Se enfurecía con facilidad cuando sus alumnos no le daban lo que pedía; más de una vez les lanzó la pipa y aun el encendedor a la cabeza, y llegó a agarrar por el cuello de la camisa a un actor sin talento para sacarlo a la fuerza de la escena mientras le gritaba frases humillantes. Su relación con Fausto se fue haciendo más estrecha. Almorzaba todos los fines de semana en casa de los Cabrera, y soportaba que Sergio y Marianella se encaramaran a su pierna falsa para jugar al caballo. En sus ratos libres, invitaba a Fausto a ver las obras de los otros, pero las más de las veces comenzaba a resoplar poco después de las primeras escenas, y a la mitad de la presentación ya se le había agotado la paciencia.

«Vámonos, joven Cabrera», le decía a Fausto sin preocuparse de que lo oyeran hasta los actores. «No me aguanto más esta porquería».

Bajo la mirada atenta de Sano, Fausto se abría paso en la selva de los espacios televisivos como un explorador de machete al cinto: adaptaba viejas novelas y clásicos del teatro para presentar en vivo y en directo, soportando las quejas de los actores, que no conseguían imaginar a su público invisible. La televisora requería una obra semanal, pero para un director ya era milagroso montar algo decente en quince días; de manera que acabaron diseñando un sistema en que Fausto se repartía las tareas con otros directores, hombres con varios años de experiencia más que Fausto, figuras tan importantes en la vida cultural de la ciudad que nadie los habría juzgado susceptibles de sentirse intimidados. Pero la presencia de Seki Sano los incomodó: tal vez fue la reputación del japonés, o tal vez fueron los juicios críticos y a veces sarcásticos que el maestro podía soltar sobre las obras de las vacas sagradas colombianas, pero Sano se convirtió en un problema, una verdadera amenaza para la posición de autoridad o preeminencia que tenían los otros.

Y así fue como el régimen recibió —de un día para el otro— la noticia de que el director japonés estaba llevando a cabo actividades proselitistas. Seki Sano había sido refugiado en la Unión Soviética y luego en México, ese foco de izquierda, y nada de eso podía sentar muy bien en medio de un país que ya había mandado un batallón a la guerra de Corea para unirse a la lucha internacional contra el comunismo. Sus convicciones eran marxistas y en sus métodos, para gran escándalo de muchos, asomaba la cabeza una cierta visión materialista del mundo, pero la verdad era que Sano nunca había participado en política. El pequeño Sergio nunca entendió muy bien por qué un día Sano dejó de venir a almorzar, pero recordaría los esfuerzos que hizo su padre por explicarle: Seki Sano no se fue porque quiso, sino porque lo echó de Colombia el dictador Rojas Pinilla; y lo echó por denuncias de un grupo de artistas, o por lo menos ésta fue siempre la teoría de Fausto. «Por una conspiración de envidiosos», dijo. Una nota oficial le dio a Sano cuarenta y seis horas para irse del país, y lo que más tristeza le causó fue tener que abandonar un montaje de Otelo en traducción del poeta español León Felipe.

Algo estaba pasando: el ambiente ya no era el mismo en Colombia. Los veteranos de la guerra de Corea habían traído historias horribles sobre los comunistas y sus prácticas, sobre compañeros torturados salvajemente en cuevas profundas o abandonados a su suerte en medio de la nieve para que murieran de hipotermia o, si estaban de suerte, sufrieran la amputación de los dedos de los pies. De Estados Unidos llegaban noticias sobre un hombre llamado McCarthy, que estaba enfrentándose él solo a la amenaza roja. La expulsión de Seki Sano era parte de eso, sin duda, pero Fausto no alcanzaba a ver el cuadro entero, sin duda por estar metido en el medio: sí, esas cosas estaban pasando, pero a él no le iba mal. Era como si su destino fuera en contravía del de Colombia, porque ahora la violencia se calmaba y los dos partidos, que llevaban una década asesinándose, parecían capaces de sentarse a dialogar, como si sus líderes en Bogotá se hubieran cansado de jugar el juego de la guerra con soldados ajenos. Mientras tanto, la temperatura en el mundo del teatro estaba subiendo, y agravios largamente masticados comenzaban a salir a la superficie. Fausto tomó la vocería. La gente de teatro, empezó a decir, no tiene derechos en Colombia; el teatro es para la ley un lugar de vagancia y bohemia. Por consejo de Luz Elena incluyó una queja explícita de parte de las actrices, pues una mujer que quisiera actuar tenía que pedir el permiso de su padre o su marido. En pocas semanas había nacido, bajo la mirada suspicaz de las autoridades, el Círculo Colombiano de Artistas, y en pocas semanas más ya estaba organizando la primera huelga.

Los actores se tomaron las instalaciones de la televisión y las emisiones se suspendieron durante una semana. La gente encendía la caja y no encontraba nada, y los colombianos descubrieron una nueva emoción: el miedo al vacío televisivo. Pero entonces el gobierno reaccionó, y Rojas Pinilla mandó a la policía a las instalaciones de la televisora con una orden: sacar el camión de la unidad móvil y llevarlo a cualquier parte para hacer cualquier programa, cosa de romper con la huelga mediante el recurso simple de llenar las pantallas. Fausto organizó a los actores huelguistas, y una tarde se dieron cita frente al garaje de la televisora, y formaron una cadena humana para impedir que saliera la unidad móvil. Luz Elena, que se había unido desde el primer momento a los esfuerzos de la huelga, estuvo en primera fila, y fue ella quien oyó con más claridad las palabras que un capitán del ejército, convocado para controlar la situación, gritó a voz en cuello. Le estaba ordenando al chofer echar marcha atrás sin fijarse en los actores.

«Si no se levantan», gritó, «les pasamos por encima».

Las primeras en la fila de contención eran las mujeres. Luz Elena contaría cómo llegó a sentir en un brazo el quemón brutal del tubo de escape en el mismo momento en que Fausto y los demás se levantaban para rendirse. Pero no se rindieron: cuando el pelotón trató de arrestarlos, los actores se defendieron a puñetazo limpio, y Fausto aprovechó un momento de caos para escapar de allí y esconderse junto a Luz Elena en un zaguán vecino. Siempre recordaría cómo, en la penumbra del escondite, la cara de su mujer, emocionada por el incidente, parecía provista de luz propia.

Fausto ganó una nueva autoridad en la televisora. Nadie entendía que se saliera con la suya en tantos proyectos tan arriesgados. Uno de ellos era La imagen y el poema , donde Fausto declamaba al aire, en vivo y en directo, un poema de su repertorio infinito, y al mismo tiempo el pintor Fernando Botero hacía un dibujo diestro sobre un pliego de papel. En otro se transmitían partidas de ajedrez entre aficionados serios y maestros de verdad: había sido una propuesta del dictador Rojas Pinilla, que era un jugador capaz, y nadie pudo decirle que no, pero lo que no esperaban era que el programa tuviera éxito. Tal vez fue por esos días cuando el tío Felipe regresó de Chile. Traía malas noticias: estaba enfermo. El cáncer ya lo había obligado a pasar por el quirófano y todo parecía indicar que su recuperación iba adelante, pero la enfermedad le había golpeado el espíritu. Se instaló en un hotel del centro bogotano junto con su mujer y una perrita pekinesa, y así se pasaba los días, recordando sus mejores años para cualquiera que lo aguantara, quejándose del frío bogotano y diciendo que a la menor oportunidad se volvería a Medellín. Pero los tratamientos médicos no se lo habrían permitido ni siquiera si hubiera tenido los medios para hacerlo. Cada vez que Fausto iba a verlo, cumpliendo una rutina semanal que se había impuesto sin que nadie se lo pidiera, lo encontraba más encorvado y menos elocuente, pero siempre con un resto de orgullo en la mirada, como si estuviera seguro de que los demás, al verlo, seguían viendo al héroe de guerra.

«¿Y qué, chaval?», preguntaba el tío. «¿Cómo va lo del teatro?»

«Todo va bien, tío», decía Fausto invariablemente. «Todo va muy bien».

Uno de esos días, Fausto encontró al tío Felipe cansado y triste, sentado en una mecedora de mimbre junto a sus recortes abiertos. La conversación no dio mucho de sí, aunque el tío Felipe le pidió a Fausto información sobre lo que estaba pasando en Colombia ahora que por fin parecía haber llegado la paz; pero lo que vio el joven fue un hombre lleno de dolor, y no sólo dolor del cuerpo, sino una especie de melancolía casi física que le bañaba la expresión. Fausto se enteró después de que el tío Felipe había pedido que le sirvieran la cena en su cuarto, porque no tenía ganas de ver a nadie, y se comió las tajadas y el arroz y la carne en polvo. Luego pidió que le recogieran la bandeja, sacó los recortes de las carpetas y los dispuso sobre el cubrelecho. Ahí estaba la noticia de su captura y su encarcelamiento por conspirar contra el rey; ahí estaba la noticia falsa de su muerte, diseminada por los fascistas durante la guerra, con su foto y su nombre bien reconocibles. Un recorte era más amarillento que los demás: en él aparecía su padre, Antonio Díaz Benzo, con su uniforme de gala, en una imagen de la época en que era enviado a Guatemala. Luego le empezaron los dolores. Lo llevaron de urgencia al hospital, y lo más seguro es que lo habrían operado de nuevo —por tercera vez o cuarta, siempre creyendo que esta nueva operación funcionaría— si no hubiera sido evidente para los médicos que el hombre estaba más allá de los logros de la cirugía.

Felipe Díaz Sandino murió en la mitad de la noche, con la conciencia apagada por las drogas y con su mano adormecida entre las manos de su mujer colombiana. Fausto acompañó el ataúd en el coche mortuorio junto con su hermano Mauro, y lo siguió acompañando en el Cementerio Central hasta que los escasos asistentes se hubieron marchado. Enseguida volvió a su casa. Sergio lo oyó llegar y supo que se había encerrado en el garaje. Bajó a buscarlo después de un rato prudente, o por lo menos eso recuerda, y siempre diría que allí, más que llorar, lo vio derrumbarse por primera vez.