Todo era extraño en Ciudad Trujillo, el nuevo nombre de la vieja Santo Domingo. Fausto era un blanquito español vestido con bombachas de paño, y los trabajadores del puerto, al verlo bajar del barco, empezaron a gritarle: «¡Judío! ¡Judío!». Era extraño que unos rojos como ellos, perseguidos por Franco, escapados de los campos de concentración de la Francia colaboracionista, hubieran sido acogidos por una dictadura militar. No lo sabían en ese momento, pero el presidente Franklin Delano Roosevelt le había pedido un favor al general Rafael Leónidas Trujillo: recibir a los refugiados que la guerra europea estaba produciendo por montones. Así lo hizo Trujillo: en su régimen, por lo menos en esos momentos, los deseos de Estados Unidos eran órdenes. Domingo estaba contento, pues sospechaba que era mejor llegar a un país donde las cosas estuvieran por hacerse. Tenía razón. El tío Felipe, después de estudiar con cuidado la ciudad, encontró a un pescador gallego, le propuso que se asociaran, y en cuestión de semanas estaba montando un negocio.

Se llamaba Pescaderías Caribe. Un barco de vela, unas redes que eran de un blanco luminoso al principio y se fueron curtiendo con los días, una camioneta en cuyo platón abierto destellaban los pescados y un local en la ciudad vieja: con esas herramientas pensaba el tío Felipe sacar adelante a la familia. Fausto se levantaba todos los días antes de las primeras luces, y un joven descamisado lo llevaba en la camioneta a una aldea de pescadores: allí, en los muelles, lo esperaba el barco de la familia, y Fausto usaba una carretilla maciza para cargar la camioneta y luego hacía el trayecto de regreso, parando en cada pueblo para vocear la pesca del día. Llegaba a Ciudad Trujillo con los brazos cansados y escamas de plata pegadas a la piel, pero cuando se daba un baño en el mar, cuando miraba desde las olas el malecón e imaginaba, más allá, el parque Ramfis y la casa grande de la familia, lo hacía con la satisfacción de estar poniendo su parte para sacar adelante a todos. Y durante un tiempo pareció que lo iban a lograr: que los exiliados habían encontrado un lugar en el mundo.

Una mañana llegó a la pescadería un hombre de traje claro y corbata y pañuelo de seda en el bolsillo del pecho, y preguntó si podía hablar con Felipe Díaz Sandino. Traía una propuesta del general Arismendy Trujillo, hermano del dictador, que estaba interesado en ser socio de los españoles: con su apoyo y el de su apellido, dijo, el éxito de Pescaderías Caribe estaba asegurado. El tío Felipe lo despidió con buenos modos, pero diciéndole que el negocio no necesitaba nuevos socios. Al hacerlo, sin embargo, ya sabía que el asunto no iba a terminar allí, y así se lo dijo a los demás. Y al cabo de unos pocos días volvía el hombre elegante, cargado de razones renovadas y de ofertas seductoras, llenándose la boca con los beneficios que la sociedad les traería a la pescadería y al país, y enumerando las ventajas que un extranjero podía tener si se asociaba a la primera familia de la República Dominicana. El tío Felipe volvió a negarse. Lo siguiente fue una cita a las oficinas del general Trujillo.

«Tengo entendido que usted fue coronel», dijo Trujillo.

«Así es», dijo el tío Felipe. «De carrera».

El general Trujillo sonrió: «De la carrera, mi coronel, no queda sino el cansancio».

Luego le dijo que le quería ayudar: que los militares le caían bien, que le gustaba tratar con ellos, que la pesca era parte esencial del futuro de la república y que Pescaderías Caribe era el más promisorio de los negocios de su ramo. A partir de ese momento, anunció el general Trujillo, serían socios. Lo anunció con una sonrisa y una ligera inclinación del cuerpo detrás del escritorio macizo, y el tío Felipe comprendió que no sólo era inútil que volviera a negarse, sino que sería incluso peligroso. En la reunión no se discutieron los términos de la sociedad, pero eso no era necesario. Resultaron ser muy simples: la pescadería le daría al general Trujillo una suma mensual y generosa; el general Trujillo, por su parte, no daría nada. En cuestión de meses la familia del dictador se había quedado con Pescaderías Caribe. El tío Felipe resumió la situación con tres palabras que Fausto recordaría toda la vida: «Sálvese quien pueda».

Pocos días después, el tío Felipe anunció que se iba a Venezuela. Olga, que no había encontrado trabajo en Ciudad Trujillo, decidió viajar con él, pero Fausto prefirió quedarse con Mauro y su padre: el tío Felipe se le había convertido en un hombre derrotado. Sí, había sido un héroe, pero ahora parecía que la vida le hubiera pasado por encima. Salía de la isla sin llevarse nada: ni dinero suficiente, ni proyectos, ni esperanzas. Felipe Díaz Sandino era un hombre roto por el destierro, o por la suerte del desterrado. Para todos los efectos prácticos, Fausto, que tanto lo había admirado de niño, sintió que lo perdía para siempre. Pero no tuvo ni siquiera tiempo de que el tío Felipe le hiciera falta, porque ya los Cabrera se habían embarcado en otro intento, uno más, por sobrevivir en el exilio. Ya el tío se había ido cuando Domingo anunció el proyecto.

«Vamos a sembrar maní», dijo.

Era un terreno vecino de la frontera haitiana: una selva espesa y húmeda donde no parecía que el calor bajara nunca y donde flotaba, sobre cada charco, una densa nube de mosquitos. Veinte familias de refugiados españoles cultivaban los terrenos en que el gobierno dominicano quería producir su propio aceite, y cada una de las familias recibía una dotación generosa del Ministerio de Agricultura: arado, yunta de bueyes, una mula y una casa de dos habitaciones, si es que podía llamarse habitaciones a esos cajones separados por planchas de madera que amenazaban con caerse al primer ventarrón. Los Cabrera tuvieron que hacer sus propias letrinas. Fausto hablaría después de la satisfacción que puede darle a uno ver bien canalizada su propia mierda.

La compañía de otros españoles era un consuelo. Uno de ellos era Pablo, un asturiano que había salido de España con esa misma boina que Fausto le veía todos los días, y que no se quitaría, alegaba, hasta que cayera el cabrón de Franco. Con él se reunían en las mañanas de domingo para hacer el llamado a maitines, y a menudo para cantar a voz en cuello El Ejército del Ebro . Era el único momento en que Pablo se quitaba la boina. La lanzaba al aire y gritaba:

«¡Que muera Franco!».

Y todos, pero sobre todo Fausto, contestaban:

«¡Que muera!».

Fue junto a él, o por petición suya, como Fausto comenzó a declamar poesía. Le había gustado desde niño, la había leído en los libros de su madre y la había escuchado de boca de su padre, pero un golpe de azar había convertido el pasatiempo en vocación. En el barco que los había traído de España, en los camarotes de primera clase, venía Alberto Paz y Mateos, uno de los actores más reconocidos de su tiempo, que había introducido en las academias españolas las teorías de Stanislavski y estaba poniendo patas arriba todas las ideas que se tenían en su país acerca de la interpretación dramática. Fausto apenas se había separado de él durante el viaje. Lo buscaba para hablar de Lorca, cuyos versos conocía de memoria, y de Chéjov, cuyo nombre escuchaba por primera vez; y luego, en Ciudad Trujillo, se habían seguido viendo ocasionalmente. Gracias a los consejos de Paz y Mateos, Fausto había comenzado a experimentar con la voz y los gestos para poner el método Stanislavski al servicio de la poesía. Una colonia de exiliados metida en la selva, donde la gente enfermaba de paludismo cada dos por tres, no parecía ser el mejor lugar para poner en práctica sus aprendizajes, pero Fausto no se arredró. En las tardes, cuando los negros de las aldeas vecinas se reunían para cantar sus canciones, le gustaba aprovechar los silencios esporádicos, y allí, junto a la fogata cuyo humo espantaba a los mosquitos, ante el aburrimiento mortal de los locales, soltaba un poema entero de Machado o de Miguel Hernández. La «Canción del esposo soldado», por ejemplo:

Para el hijo será la paz que estoy forjando.

Y al fin en un océano de irremediables huesos

tu corazón y el mío naufragarán, quedando

una mujer y un hombre gastados por los besos.

A Pablo, el asturiano, le gustaba «Madre España»:

Decir madre es decir tierra que me ha parido;

es decir a los muertos: hermanos, levantarse.

Eran los versos que Fausto iba practicando la mañana del accidente. Se había acostumbrado a recitar mientras cosechaba maní, para tener la sensación artificiosa de que aprovechaba el tiempo, y esa tarde, mientras se movía por el sembrado bajo un sol que le pesaba en la nuca, iba diciendo para sus adentros Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo . Más tarde, contando el cuento a los adultos, se encontró con que su desgracia sólo les causaba risa, porque las palabras no habrían podido ser más apropiadas. Sólo a un dios cruel y burlón se le hubiera ocurrido que Fausto, en el momento de decir esas palabras —y las que siguen: Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme —, se metiera sin darse cuenta en un hormiguero vivo. Eran, según supo después, hormigas caribes, y todo el mundo estaba de acuerdo en que Fausto había tenido suerte: la saña de las mordeduras y la intensidad del veneno le hicieron perder el conocimiento, pero se recordaban casos de gente que no había sobrevivido. Tarde en la noche, cuando despertó de un sueño afiebrado y se encontró con su padre y su hermano Mauro, lo primero que hizo fue decir que se quería largar de allí.

«Hay que esperar», le dijo su padre.

«¿Hasta cuándo?», dijo Fausto. «¿Esperar hasta cuándo? Se me va a ir la vida en esta selva. ¿Tú crees que me quiero quedar toda la vida aquí?»

«Y qué quieres, entonces».

Con un hilo de voz, todavía temblando de fiebre, Fausto dijo: «Ser actor. Y aquí no veo mucho futuro».

Era la primera vez que lo decía. En lugar de burlarse o darle contentillo, su padre le entregó una toalla empapada en agua fría y le dijo:

«Dos cosechas, nada más. Y luego nos vamos».

No fueron ni siquiera dos. El invierno —eso que los dominicanos llamaban invierno— llegó sin avisar, con sus aguaceros y sus temperaturas trastocadas, y una noche Mauro despertó con la cama empapada en sudor y la cara ardiendo. La quinina que habían comenzado a tomar semanas antes no fue remedio suficiente, y la fiebre era tan alta que Mauro dejó de reconocer a su familia. Cuando eso pasó, cuando Domingo llegó un día para encontrarse con que su hijo menor lo había confundido con el mago Mandrake, supieron que tenían que volver a Ciudad Trujillo. Malvendieron la última cosecha y se apretaron todos en el primer camión que los pudo sacar de la selva, una bestia destartalada con barandas de madera en el compartimento de carga. Allí viajaba Fausto, recostado en sus enseres, viendo mientras avanzaban cómo se hacían visibles, sobre el fondo de nubes blancas, las nubes de mosquitos portadores del paludismo.

Durante los meses que siguieron en Ciudad Trujillo, Fausto fue pasando de trabajo en trabajo —obrero de imprenta y luego ascensorista y finalmente ayudante de farmacia— para sobrevivir de mala manera. Mientras tanto, en ratos robados, visitaba el Centro Republicano Español. Lugares parecidos se habían fundado en toda América Latina, de Ciudad de México a Buenos Aires, lo cual haría pensar a muchos que los verdaderos ganadores de la guerra civil española eran los latinoamericanos: cientos de exiliados de la guerra —artistas o periodistas, actores o editores o novelistas— trajeron su trabajo y su talento, y el continente nunca fue el mismo. En el Centro Republicano de Ciudad Trujillo estaba Paz y Mateos, y allí, en medio de conferencias y recitales, entre una discusión sobre el posible regreso de la República y una lectura de los Poemas humanos de un tal César Vallejo, Fausto empezó su formación actoral, o continuó la que había empezado por su cuenta y casi sin saberlo. Bajo la tutela de los exiliados descubrió poetas que no conocía y aprendió a decir sus versos de tal manera que a su público, extrañamente, le parecía estar descubriéndolos también. Nadie declamaba a Lorca mejor que Fausto, aunque declamar fuera un verbo débil para lo que realmente ocurría en esas sesiones: Paz y Mateos se dio cuenta de que Fausto, con su voz de barítono y su cuerpo fibroso, con un par de trucos aprendidos en los talleres de los sábados, era capaz de convertir el más pacífico de los versos en un llamado a la subversión. El nombre de Fausto Cabrera comenzó a aparecer con frecuencia en los carteles del Centro, y después de uno de aquellos recitales, el padre de Fausto se acercaba a saludar a Paz y Mateos cuando lo oyó decir:

«Este chico la va a liar un día».

La fantasía de ser actor ocupaba cada vez más espacio en su cabeza. El trabajo en la farmacia, de largas horas, se convertía en un estorbo. Fausto la limpiaba por dentro, cosa que no le importaba, pero también se encargaba de la vitrina, y eso ya no le agradaba tanto: encontrarse allí, en ropa de trabajo, con un balde de agua jabonosa en una mano y un trapo en la otra, cuando pasaban las chicas del colegio vecino, era como ser sometido a escarnio público. Se había dado cuenta, además, de que no le caía en gracia al administrador, un dominicano amargado, prematuramente calvo y de panza prominente, para el cual un joven español era la más temible de las amenazas. Pero Fausto se dio cuenta de eso muy tarde, cuando ya le había dado al administrador el pretexto que necesitaba para echarlo.

El error ocurrió poco a poco. En el fondo de la farmacia había un recipiente de vidrio lleno hasta el tope de cápsulas translúcidas: era aceite de hígado de bacalao, y Fausto empezó a tomar una cápsula cada vez que pasaba por allí. El efecto era inmediato: se sentía más despierto, más concentrado. En esas cápsulas, pensó, estaba el remedio para su familia. Pues era cierto que los Cabrera, sometidos a meses de privaciones y a los trabajos forzados de la cosecha de maní, habían llegado a Ciudad Trujillo con varios kilos de menos y con la convicción de vivir desnutridos. Tras varios días seguidos de tomar impunemente una cápsula, su mano agarró un puñado generoso y se lo metió al bolsillo del pantalón. «Me las regalan en la farmacia», le dijo a su padre.

«Pues qué bien», respondió él, sosteniendo la cápsula ambarina entre dos dedos. «Nos viene de maravilla. Trae más cuando puedas».

«Claro que sí», dijo Fausto. «Cuando pueda».

Pero no pudo. Se estaba metiendo unas cuantas cápsulas al bolsillo, sin preocuparse siquiera por la que se había caído bajo el mesón, cuando se dio cuenta de que el administrador había visto la operación entera: desde el otro lado del mostrador, donde una clienta esperaba una caja de hojas Gillette, el hombre le hizo a Fausto la señal de cortarse la garganta con un dedo, pero esperó a que la clienta se marchara para notificarle que estaba despedido. Fausto, por vergüenza, ni siquiera se atrevió a darle la cara al dueño. Esa tarde, durante la cena en casa, anunció: «Ya no trabajo más en la farmacia».

«¿Ah, no?», dijo su padre. «¿Y entonces qué harás?»

«No lo sé», dijo Fausto. «Es que no aguanto más, papá. Yo lo que quiero es otra cosa». Algo se iluminó en su cara. «Yo lo que quiero es irme a Venezuela», dijo Fausto. «Como hizo Mateos. Parece que le va como a los dioses».

Paz y Mateos había viajado a Caracas por esos tiempos. Había dejado el Centro Republicano en manos de otro actor, y sin él ya la cosa no era igual.

«¿Y qué harías?», preguntó Domingo.

«Pues dedicarme a lo que me gusta», dijo Fausto. «Dedicarme a la actuación, dedicarme de verdad. No seguir perdiendo el tiempo. Si otros españoles se han ido, ¿por qué no puedo irme yo también?»

«Porque no tienes la pasta», le dijo su padre. «Pero, anda. No sé cómo lo harás sin trabajo, pero eso ya es problema tuyo».

Fausto consiguió un trabajo, recepcionista en el consultorio de un médico dominicano, pero habría aceptado cualquier otra cosa. Ya se le había ocurrido lo de la actuación y no había quién le sacara esa idea de la cabeza. Una vez a la semana caminaba hasta la emisora de Ciudad Trujillo y grababa un programa sobre poesía; lo hacía a cambio de nada, pues oír su propia voz al aire, tan transformada que parecía una voz ajena, y recibir los cumplidos de las pocas personas que lo identificaban con el lector de la radio era una satisfacción que no trataba de explicar a nadie, porque nadie lo habría entendido. Su hermano Mauro, chico de los recados en el almacén de un español, le ayudaba con botellas de leche y puñados de lentejas que sacaba del trabajo, y Fausto, apoyándose en su celebridad escasa, se puso a buscar citas con españoles ricos para pedir ayudas. A veces lo reconocían, pero era más frecuente que nunca hubieran oído ni su nombre ni su voz. De todas formas, al cabo de unos meses consiguió la suma que necesitaba. Pero al tratar de comprar el pasaje se dio cuenta de que los vuelos habían cambiado: el directo de Ciudad Trujillo a Caracas ya no existía, y era necesario hacer escala en Curazao. Eso, por supuesto, aumentaba el precio. Ya no tenía dinero suficiente.

Esa noche, hablando con su padre, lloró como no lloraba desde que era niño. «Nunca voy a salir de aquí», decía. «Aquí nos pudriremos todos». Fue entonces cuando su padre se desabrochó el cinturón. Entre sus manos apareció una faja; detrás de la faja, unos billetes oscuros y humedecidos.

«Los ahorros del maní», le dijo su padre. «¿Cuánto te hace falta para ese pasaje?»

«Este dinero es para emergencias», dijo Fausto.

«Este dinero es para lo que yo diga», dijo su padre. «Y ahora mismo lo necesitas tú».

Resultó que a él le había pasado algo parecido. Cuando quiso irse de Canarias, con dieciséis años, un buen amigo le prestó las pesetas que le faltaban.

«Y ahora», le dijo su padre a Fausto, «yo quiero ser ese amigo para ti».

Mucho después, con la perspectiva que da el tiempo, Fausto comprendería que Venezuela nunca había sido un destino, sino apenas una escala. Durante los meses siguientes, mientras dividía su tiempo entre un trabajo absurdo —enrollar telas en el almacén El Gallo de Oro— y la búsqueda, siempre frustrante, de la vida cultural de Caracas, su padre y su hermano llegaban a Colombia, donde ya se había instalado el tío Felipe. Cuando Olga decidió unirse a los demás, Fausto se quedó solo en Caracas, haciendo contactos con grupos de teosofía y leyendo a Khalil Gibran, y recibiendo noticias que le producían una mezcla de nostalgia y envidia. «Todos estamos trabajando», le contaba su padre en sus cartas. «Olga es secretaria en la oficina de un refugiado español. Mauro es agente vendedor —un título elegante— de una fábrica de perfumes. Y te puedo dar una noticia que te gustará: tu tío Felipe está aquí también. No está en Bogotá con nosotros, sino en Medellín. Es la segunda ciudad del país. Allí un ecuatoriano fundó unos laboratorios farmacéuticos y Felipe es el gerente. Yo, por mi parte, administro un hotel del centro de Bogotá. El país nos trata bien. Sólo faltas tú».

Sólo falto yo , pensó Fausto. Pero pensó también en esas vidas que la carta resumía. Eran las vidas de quienes han perdido su país, para las cuales la felicidad era precaria: un sueldo de lástima haciendo trabajos que en su país no habrían hecho. Fausto se dijo que no le pasaría lo mismo: haría lo que quería hacer o moriría en el intento. En los meses siguientes recitó poesía, mucha poesía, y se construyó una reputación con la voz y el talento, pero también con otras armas. En el Salón de Arte Pegaso armó sin ayuda de nadie un recital de García Lorca, y estaba muy consciente de que su éxito se debía en parte a la pequeña mitología que había construido: a todos les había contado que era discípulo del poeta. La verdad era que Fausto, siendo muy pequeño, estaba en la casa de la familia en Madrid cuando su primo Ángel trajo a Lorca de visita. «Federico, éste es mi primo Fausto», dijo Ángel. «Le gusta mucho declamar». Y Federico lo felicitó, le puso una mano firme en la cabeza y le dio un beso. Eso fue todo, pero ahora, años después de que Lorca hubiera muerto asesinado, no le parecía ilícito abrirse paso con ayuda de esa anécdota exagerada. No, no era discípulo de Lorca, sino algo mejor o más profundo. Y lo iba a aprovechar como pudiera.

Fausto tenía veinte años cuando llegó a Bogotá, tras entrar por la frontera venezolana y hacer quince horas de viaje por carretera, pero sentía que varias vidas le habían pasado por el alma. Era el mes de junio de 1945: Hitler se había suicidado en su búnker pocas semanas atrás, dos días después de que Mussolini fuera colgado por los italianos, pero Franco estaba vivo, muy vivo, y nada parecía indicar que España pudiera volver a ser una república. La familia vivía en una casa de la calle 17, a pocos pasos del parque Santander. No era una casa pequeña, pero los demás habían ocupado ya todas las habitaciones disponibles, y para acomodar a Fausto fue necesario abrir espacios que no existían en la despensa —quitar cajas de alimentos, mover taburetes de madera— y en ellos acomodar un catre de cuartel en el que alguien más alto que Fausto, o más corpulento, no habría podido pasar ni una noche. La despensa era un lugar de clima esquizofrénico: durante el día, cuando la cocina estaba en funcionamiento, hacía más calor que en el resto de la casa, pero en las noches los fogones se apagaban y las corrientes de aire entraban por el patio y el frío se pegaba a las paredes de baldosines, y Fausto se metía a la cama con la convicción de que algún pesado le había rociado las sábanas con agua fría. Después de Caracas y Ciudad Trujillo le pareció inverosímil que uno de sus compatriotas hubiera decidido fundar una ciudad bajo estos cielos grises, en este invierno permanente donde llovía todos los días, sin excepción, donde los hombres de las calles andaban con guantes y paraguas y ceños fruncidos, y donde las mujeres rara vez salían de sus casas, casi siempre para comprar comida y buscar un rayo de sol como gatos perdidos.

Empezó a caminar por la ciudad con su álbum en la mano, enseñándoselo a quien pudiera. Eran los recortes de periódico que contaban su historia de actor incipiente, las notas marginales, a veces con fotos de mala calidad, que habían aparecido en publicaciones de Venezuela o de República Dominicana, en las cuales Fausto aparecía en poses histriónicas frente a un micrófono o vestido de manera extravagante sobre un fondo negro. Los pies de foto eran con frecuencia ridículos, y los textos, paternalistas; pero lo importante era que la noticia se había dado, y ahora Fausto, en Bogotá, no era un hijo de exiliados que ha cultivado maní en la selva de la frontera, ni siquiera un empleado de almacén que enrolla telas para la venta y recita poesía en sus ratos libres, sino un joven actor español, superviviente de la debacle europea, que viene a agraciar con su talento la vida cultural de la ciudad. Tal vez, pensó, aquí tendría por fin la oportunidad de ser otro, de dejar atrás al que había sido antes: aquí llegaba ligero de equipaje, sin la carga molesta de su pasado reciente. Había escapado de la vida de otro y estaba aquí, inventándose de nuevo, y cuando tuvo un golpe de suerte, pensó que no era tan raro: la suerte favorece a los osados.

Un día, caminando por el centro sin intención fija, se topó con una placa de piedra donde se leía: Ministerio de Educación . Él fue el primer sorprendido cuando un tal Darío Achury Valenzuela, director de algo llamado Departamento de Extensión Cultural, lo recibió sin hacerlo esperar. Fausto tuvo la sospecha de que lo había confundido con otro, y enseguida la sospecha se disipó: Achury era un hombre de una curiosidad voraz, y sí, era cierto que ese día estaba especialmente desocupado, pero hablar de poesía era una de las cosas que más le gustaba hacer en la vida. Tenía unos cuarenta años y la dicción y los modales de un viejo; estaba vestido con traje de tres piezas, y su sombrero y su paraguas colgaban de un solterón, detrás de su escritorio. Fausto nunca había conocido a alguien así: era como hablar con Ortega y Gasset una mañana de otoño. Achury citaba a Schiller en alemán y podía decir de memoria páginas enteras de Don Quijote , y estuvo un cuarto de hora monologando contra los críticos que habían llamado a Cervantes ingenio lego. No le tembló el espíritu para despacharse contra Unamuno y Azorín, ni para decretar que Ganivet era un incompetente, y Varela, un indocumentado.

«Más legos serán ellos», dijo.

La conversación duró más de dos horas. Hablaron de poetas españoles y latinoamericanos; Achury mencionó a Hernando de Bengoechea, un poeta colombiano que había muerto combatiendo por Francia en la guerra del 14, y de ahí pasaron a la Guerra Civil, y hablaron de la muerte de Machado. Cuando llegaron —como era evidente que llegarían— a García Lorca, Fausto no perdió la oportunidad.

«Ah, sí, Federico», dijo. «Lo conocí, ¿sabe usted? Todavía recuerdo el beso que me dio en la cabeza».

Salió del ministerio con la promesa de un recital en el Teatro Colón. Era un desconocido de veinte años, pero le habían dado un espacio en el teatro más importante del país. No habría podido empezar mejor. El teatro no estaba lleno el día del recital, pero el público de la platea se agolpó en las primeras filas, de manera que las ausencias se quedaban en la sombra. Fausto nunca había actuado en un lugar cuyas sillas estuvieran fijas en el suelo, y estas sillas eran de terciopelo rojo, y bajo el cristal de la lámpara tenían el color de la sangre en la arena. Comenzó el recital con algo fácil: una música seductora y una meditación inofensiva para que la gente entrara en calor.

Nunca perseguí la gloria

ni dejar en la memoria

de los hombres mi canción.

Eran los Proverbios y cantares de Antonio Machado, y allí, en el escenario, Fausto se convertía en Machado y era al mismo tiempo el hombre que amaba los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, y el perseguido que ya ha muerto en la frontera francesa, no lejos de donde él, Fausto, habría podido morir bajo los bombardeos de los fascistas.

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

El público aprobó en la platea, y en los palcos las caras escasas, todas en el nivel más bajo, se asomaron un poco más sobre la baranda, círculos de piel emergiendo de la penumbra. No parecía que nadie ocupara el palco presidencial, y eso, absurdamente, decepcionó a Fausto. Era demasiado pedir que viniera un dignatario, por supuesto, pero al menos le habría podido prestar su palco a la familia o a los amigos. Las caras atentas no se habían distraído; tras los aplausos, dispersos como una amenaza de lluvia, Fausto continuó con otro poeta muerto:

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre:

escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla:

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

Pero no era un poema sobre la cebolla, entendió el público de las sillas de terciopelo rojo, sino sobre un niño: un niño con hambre, hijo de una mujer morena, amamantándose con sangre de cebolla.

Vuela niño en la doble

luna del pecho.

Él, triste de cebolla.

Tú, satisfecho.

No te derrumbes.

No sepas lo que pasa

ni lo que ocurre.

Y ahora Fausto era el poeta Miguel, escribiendo desde la cárcel los versos para su niño: el poeta Miguel, hombre de campo como él había sido, encarcelado por los fascistas como lo había estado el tío Felipe. Fausto era el tío Felipe y también el niño de seis años que lo había visitado en la cárcel, con miedo y tristeza, y era el jovencito con hambre que había robado cápsulas de aceite en una farmacia de Ciudad Trujillo. Un ruido callado le llegó desde la primera fila, y al terminar el poema (con las manos pegadas al cuerpo y un vibrato potente en la voz) Fausto se dio cuenta de que alguien estaba llorando. No era una sola mujer, sino varias: dos, cuatro, diez: las sillas de terciopelo sollozaban. Luego comenzaron los aplausos.