Desde la terraza se alcanzaba a ver Montjuic. A Fausto, que por entonces tenía trece años, le gustaba subir con su hermano Mauro para ver el cielo y el mar lejano, y en el cielo, los aviones de Franco que sobrevolaban la ciudad resistente. La Guerra Civil era muchas cosas: era un cura que, desde el campanario de una iglesia del barrio, dispara contra la multitud desarmada, y era también el silbido de gata en celo que produce una bomba antes de caer, y era también el remezón del estallido, que se sentía en el estómago como un desorden de los intestinos. La guerra, para los hermanos, era esconderse debajo de la mesa del comedor mientras cruzaba el cielo azul la silueta de un Junkers enemigo. Después aprendieron a buscar refugio cuando sonaban las sirenas, pero muy pronto, cuando las sirenas se volvieron rutinarias, perdieron la costumbre: a partir de cierto momento, sólo Pilón, el perro lobo de la familia, siguió escondiéndose en el refugio. Fausto escuchaba las bombas que caían en otra parte —cerca o lejos, pero en otra parte— y luego, preguntando a los adultos, se enteraba de que esos aviones llegaban de las islas Baleares, que ya eran de Franco, pero recibía la noticia tranquilizadora de que Barcelona, en cambio, nunca iba a caer en manos de los fascistas. ¿Por qué no? Porque se lo decía su padre.

Se llamaba Domingo Cabrera. Para cuando empezó la guerra, tenía todavía un cuerpo privilegiado de atleta, pero además era un poeta aficionado y un guitarrista de buena voz con cara de actor de cine. Era un aventurero: a los dieciséis años había empacado sus pocas pertenencias, cansado de la vida provinciana de las islas Canarias, y se había subido al primer barco que fuera a las Américas. Apenas había logrado reunir el dinero suficiente para que le permitieran subir a bordo, de manera que tuvo que pagarse el resto del viaje con el sudor de su frente: y esto fue más cierto en su caso que en ningún otro, pues lo que hizo, para escándalo y fascinación de los pasajeros, fue ponerse de acuerdo con un compañero y montar exhibiciones de lucha libre en la cubierta. En ese viaje aventurero pasó por Cuba, trabajó el campo en Argentina y administró una hacienda en Guatemala, a pocos kilómetros de Antigua. Allí conoció a un coronel español, Antonio Díaz Benzo, que había sido destinado por el rey en persona con el objetivo de abrir una escuela militar. Y eso le cambió la vida.

Era un héroe de la guerra de Cuba en cuyo uniforme de gala no cabían las medallas. Nadie habría podido prever lo que ocurrió: Domingo, el muchachito aventurero, se enamoró de Julia, la hija del militar; y lo que era peor, la hija del militar se enamoró del muchachito aventurero. Julia Díaz Sandino era una aristócrata de Madrid, monárquica hasta la médula; aquélla era la relación más improbable del mundo hasta que uno se daba cuenta de que la monárquica era también buena lectora de poesía española, y recitaba a Lope siempre que el poema no fuera obsceno, y les hablaba a los guatemaltecos de Rubén Darío como si fuera madrileño. El nuevo matrimonio volvió a Las Palmas. Allí, en una casa de la calle Triana con vista al mar, en un cuarto cuyas ventanas perdían la pintura por la fuerza del salitre, nacieron sus hijos —Olga, Mauro y Fausto—, y allí se habrían quedado toda la vida si la vida no se hubiera torcido sin avisar.

Una noche, después de acostar al niño Fausto, Julia se quejó por primera vez de un dolor de garganta. Lo atribuyeron a la llegada del otoño —algo habría pescado, se dijeron—, pero el dolor se hizo más fuerte con el paso de los días, y luego casi intolerable. En cuestión de semanas, un médico le había diagnosticado un cáncer muy agresivo y le daba una recomendación honesta: era mejor viajar a la capital, porque allí habían descubierto un tratamiento nuevo.

«¿Y de qué se trata?», preguntó Domingo.

El médico contestó a su manera.

«Es el toque del trigémino», dijo. «Hasta el nombre es bonito».

Eran tiempos difíciles cuando llegaron a Madrid. La monarquía de Alfonso XIII llevaba ya varios meses sufriendo el asedio de los fantasmas de la república, y, aunque había conseguido mantenerlos a raya, para todo el mundo era evidente que en España iba a cambiar algo. Doña Julia sufría como su rey, pues en su familia pesaba la figura de un coronel heroico, defensor en la guerra de Cuba de los territorios de la Corona, y sufría doblemente por lo que estaba ocurriendo con su hermano. Felipe Díaz Sandino era uno de los grandes pilotos de la aviación española. El comandante de Aviación Díaz Sandino, del ejército del Aire de Cataluña, era uno de esos personajes que parecen vivir con el escudo de la familia tatuado en el pecho, y en el de esta familia se leían once palabras ominosas: Vive la vida de suerte que viva quede en la muerte . Julia se habría sentido orgullosa de él, y habría transmitido ese orgullo a su familia si el tío Felipe, que visitaba la casa de los Cabrera día de por medio, no tuviera tres defectos: uno, era un republicano convencido; dos, estaba conspirando para derrocar al rey, y tres, había convencido a Domingo de unirse a los conspiradores.

Una noche de 1930, Domingo, que se había acostumbrado a llegar temprano para ocuparse de su esposa enferma de cáncer, no apareció en su casa. Nadie tenía noticias suyas, nadie lo había visto en el curso del día, nadie había sabido que nada extraño hubiera pasado. En Madrid ya se respiraba un aire de subversión, y en una ciudad así podían pasar cosas graves sin que nadie se enterara. Así se fueron a la cama —y Fausto recordaría después la conciencia perfecta de que sus padres le estaban mintiendo cuando le decían que no, que no estaba pasando nada, que eran cosas de adultos—, y habían alcanzado a dormir un par de horas cuando los despertaron los golpes de las culatas en la puerta. Eran tres agentes de seguridad que no se quitaron el sombrero ni guardaron sus pistolas para entrar a la fuerza, como se entra en la casa de un delincuente, preguntando por Felipe Díaz Sandino, abriendo puertas a patadas y mirando debajo de las camas. Cuando se convencieron de que no estaba allí el tío Felipe, preguntaron por el dueño de casa. Julia los miró uno por uno.

«Tampoco está», dijo doña Julia. «Y no sé dónde pueda estar. Y si lo supiera, tampoco os lo diría».

«Pues dígale tan pronto lo vea, señora», dijo uno de los agentes, «que lo esperamos en la Dirección».

«¿Y si no lo veo?»

«Por supuesto que lo verá», dijo el hombre. «Por supuesto que lo verá».

Lo vio a la madrugada. Domingo llegó tan calladamente que el niño Fausto sólo se percató de su presencia cuando oyó el llanto de su madre. Las noticias no eran buenas: los policías los habían perseguido, a Domingo y al tío Felipe, y después de que ellos se escondieran durante horas, cambiando de casa y metiéndose en cafés para desorientar a sus perseguidores, les dieron alcance. Domingo había conseguido escabullirse, pero el tío Felipe fue arrestado, y ahora lo acusaban de conspirar contra el rey Alfonso XIII y lo tenían recluido en una prisión militar.

«Bueno, pues vamos a verlo», dijo doña Julia.

«Pero qué dices», le reprochó Domingo. «Tú estás enferma».

«Para esto, no», dijo ella. «Nos vamos ahora mismo. Y además vamos todos».

Fausto tenía seis años cuando visitó una cárcel por primera vez. Para Olga y Mauro sólo se trató de un lugar oscuro y feo; para Fausto, en cambio, la cárcel era sórdida, peligrosa, y en ella el tío Felipe sufría por ser justo o por luchar contra las injusticias. En realidad, no era así: ni era un lugar sórdido, ni existían pasillos de claustrofobia, ni el tío Felipe había sufrido torturas ni maltratos. Las prisiones para los militares, y más si eran militares de abolengo con medallas en el pecho, eran lugares más bien cómodos. Pero nada de eso le importó a Fausto: esos días en prisión convirtieron al tío Felipe en su héroe. La familia lo visitó todas las semanas de su cautiverio, y Fausto abrazaba al tío Felipe como si acabara de llegar de la guerra. Julia le suplicaba a su hermano: «Dile que todo va a estar bien, por favor, que el niño no está pegando ojo. Dile que no te torturan, que te tratan bien y que saldrás pronto». El tío Felipe fue más allá: «Saldré pronto, Fausto», le dijo, «y cuando salga, España será una república».

Fausto recordó esa conversación después, cuando vio a la gente salir a las calles para celebrar. El tío Felipe lo llevó en los hombros por Madrid, agarrándole una pierna con la mano mientras agitaba con la otra una bandera tricolor, y cantando a gritos el himno de Riego mientras doña Julia lloraba en su cuarto y decía que el mundo se iba a acabar. Durante meses las conversaciones en la mesa del comedor se hicieron insoportables, pues Julia tenía la convicción invulnerable de que la familia estaba condenada al infierno, y así se lo confirmaba el cura que traía de invitado cada vez que podía. Al mismo tiempo, Domingo y el tío Felipe habían formado una alianza que más parecía una mafia. Gracias al tío Felipe, Domingo había encontrado un trabajo de medio tiempo en la Gobernación, pero por las noches era otra persona: agente secreto de la Dirección de Seguridad. Fausto y sus hermanos habían recibido instrucciones precisas de no hablar de ese oficio, porque —les explicaban— las paredes tenían oídos.

La tarde en que su padre vino a darle la noticia, Fausto se había pasado la mañana solo en casa, vagando por las habitaciones, y en algún momento se encontró frente al armario donde Domingo guardaba sus cosas. Era un milagro que estuviera sin llave. Fausto no iba a dejar pasar esa oportunidad: encontró la chapa de detective, encontró el arma sin su cargador y la sacó de su funda, y estaba acariciándola, imaginando escenas de peligro y de violencia, cuando su padre abrió la puerta de repente. Traía el rostro enmarañado de emociones y, con una voz que Fausto no había oído nunca, le dio una orden que era más bien una súplica: «Ven a despedirte». Lo llevó a otra habitación. Fausto se encontró con un cuerpo en una cama y una cara cubierta por una venda blanca que sólo dejaba a la vista los ojos cerrados. Besó la venda, y luego pensaría que no haber tocado con los labios el rostro frío de su madre, lejos de ser un consuelo, era una oportunidad perdida de la cual se arrepentiría siempre.

La muerte de su madre fue presagio de otros desastres. Años después, cuando estalló la guerra, Fausto no supo si era mejor que su madre no la hubiera visto, pero sí tuvo siempre la certeza incómoda de que la guerra habría sido distinta para él, menos aterradora y menos solitaria, si hubiera contado con ella. Para esa época ya había comenzado a buscar consuelo en los libros que ella había dejado, algunos de los cuales se descuadernaban de tan leídos, y otros, en cambio, permanecían intonsos. Así descubrió a Bécquer (descuadernado) y a Pedro Salinas (intonso), a García Lorca (intonso) y a Manuel Reina (descuadernado). Domingo no puso reparos, y más bien comenzó a regalarle algún volumen nuevo de vez en cuando, pues cualquier remedio era bueno si se trataba de evitarle a su hijo el dolor que él estaba sintiendo. Así conoció Fausto los poemas de Las islas invitadas , el libro en que Manuel Altolaguirre le dedica un poema a su madre muerta. En esos versos, que habrían podido ser alarmantes, había algo parecido al sosiego.

Hubiera preferido

Ser huérfano en la muerte,

Que me faltaras tú

Allá, en lo misterioso,

No aquí, en lo conocido.

Mientras tanto, la familia Cabrera se había convertido en gente non grata . El tío Felipe, que había conocido a Franco, que había peleado junto a él en África y recibido condecoraciones, que en África se había hecho célebre por salir de las trincheras, según se decía, a desafiar las balas enemigas, ahora se había mantenido fiel a la República por la que luchó en su momento. En aquellos días, cuando el grueso del ejército se había puesto del lado de los golpistas, esa fidelidad era suicida. «Tu tío es un valiente», le decía su padre a Fausto. «Eso sí necesita coraje, porque es el coraje de no hacer lo que todos le hubieran perdonado al cabo del tiempo». Pero la vida de la familia en Madrid se fue haciendo cada vez más difícil. Tras la muerte de Julia, cuya mera presencia solía servir para desactivar las hostilidades de los monárquicos, la casa de los Cabrera no era más que un nido de sediciosos, y los militares leales al rey, que apoyaban la rebelión de Franco, comenzaron a hostigarlos sin vergüenza. La situación se hizo rápidamente insostenible. Una noche, mientras Domingo y sus hijos cenaban en casa, el tío Felipe apareció por sorpresa y dijo:

«Nos vamos. Por la seguridad de todos».

«¿Adónde?», dijo Domingo.

«A Barcelona, donde tengo amigos», dijo Felipe. «Después, ya veremos».

Una semana después, Fausto estaba subiendo a un avión por primera vez en su vida. Era un Junkers G24 de la aviación republicana, capitaneado por el coronel Felipe Díaz Sandino —su tío querido, su tío audaz, salvador de la familia— y en cuyos nueve puestos cupo la familia sin problema. El tío Felipe sabía que estaba condenado, porque los militares que le daban la espalda a Franco pasaban a engrosar una lista negra y eran perseguidos con más saña que si se tratara de comunistas, así que pensó en poner a salvo a los suyos para seguir peleando su guerra. Domingo se convirtió en su jefe de escolta: la seguridad del tío Felipe, que se había convertido en una figura molesta para los sublevados, no podía quedar en mejores manos. A Olga, que una vez preguntó en qué trabajaba su padre, el tío Felipe le explicó: «Es el que no deja que me maten».

«¿Y si lo matan a él?», preguntó Olga.

El tío no supo qué contestar.

Los Cabrera se instalaron en un apartamento con vista al mar y ventanales que iban desde el suelo hasta el techo, y desde cuya terraza se veía Montjuic. La familia seguía su vida en una Barcelona bombardeada: Fausto iba al colegio y descubría que le gustaba, y descubría también que era frustrante no poder jactarse de ser sobrino de Felipe Díaz Sandino, el héroe republicano que ordenó los bombardeos de los cuarteles franquistas de Zaragoza. Mucho después Fausto se enteraría de lo que estaba sucediendo por esos días: el tío Felipe se había enfrentado a sus superiores políticos por desacuerdos de guerra (y más una guerra tan rota como aquélla, donde a veces el peor enemigo de los republicanos eran otros republicanos); los enfrentamientos se caldearon tanto que la única manera de enfriarlos fue una movida política, y el tío Felipe aceptó un cargo diplomático en París, pensando que así podría recabar el apoyo de otros países europeos para la causa republicana. Con ocasión de ese nombramiento, los sindicatos de obreros de Barcelona le hicieron un regalo que nadie esperaba: un Hispano-Suiza T56, fabricado en La Sagrera, con capacidad para cinco pasajeros y 46 caballos de fuerza. Cuando llegó a enseñarlo a casa de los Cabrera, les dijo que era un desperdicio tener tantos caballos: para llegar a París, él sólo necesitaba tres.

Así se enteró Fausto de que el tío Felipe se los llevaría de viaje a él y a su hermano Mauro, mientras los demás se quedaban en Barcelona. Nunca supo quién lo había decidido, ni si el viaje se había planeado con la complicidad de su padre o simplemente con su anuencia, pero luego, al cruzar los Pirineos en el Hispano-Suiza, Fausto vio la expresión de respeto con que el gendarme recibía los papeles de aquel diplomático de la República, y durante el resto del trayecto se dio cuenta de que nunca había conocido esa sensación de seguridad. El tío Felipe parecía tener las llaves del mundo. Durante los primeros días en París los llevó a los mejores restaurantes, para que Fausto y su hermano comieran todo lo que la guerra no les había permitido comer, y más tarde consiguió que fueran aceptados en el Liceo Pothier, un internado de gente acomodada en Orleans. Para Fausto, ya adolescente, fueron días enteros de partirse la cara con los franceses que lo miraban de mala manera sin ninguna razón perceptible; días de descubrir el sexo, o más bien las fantasías del sexo, con muchachas de quince años que lo visitaban por la noche para aprender español. Fausto se dejaba recitar versos de Paul Géraldy y daba a cambio poemas enteros de Bécquer que había memorizado sin querer en la biblioteca de su madre, esos versos de música contagiosa en que todas las pupilas eran improbablemente azules y todos los amantes se preguntaban qué darían por un beso. Mientras tanto, en entrevistas con diarios franceses, Felipe Díaz Sandino aceptaba que sí, que su bando también había cometido excesos, pero que era un grueso error moral equipararlos con los excesos de los sublevados: con los aviones nazis que arrasaban pueblos indefensos, por ejemplo, mientras los llamados países demócratas miraban para el otro lado, inconscientes de que la derrota de la República sería, a la larga, su propia derrota.

La misión diplomática no duró mucho. Las noticias que llegaban de España eran desalentadoras, y el gobierno francés, hundido en la gestión de una grave crisis económica, sorteando a los nacionalistas de La Cagoule, que asesinaban sindicalistas o planeaban golpes de Estado, no parecía tener ni tiempo ni paciencia para escuchar sus reclamos. Era mejor seguir peleando la guerra en España. Pero cuando regresaron a Barcelona, el tío Felipe descubrió que los periódicos franquistas habían dado la noticia de su fuga y su captura. Tuvo esa experiencia que muy pocos tienen: ver en la prensa de su país la foto de su cadáver y la noticia de su fusilamiento. Viéndose allí, fusilado en la plaza Cataluña y repudiado como traidor y como rojo, el tío Felipe tuvo la certidumbre inédita de que la guerra se estaba perdiendo.

Fausto y Mauro también se encontraron con una vida cambiada: Domingo había conocido a una mujer. Una noche reunió a sus tres hijos y anunció que se iba a casar. Josefina Bosch era una catalana mucho más joven que él, que se acercaba demasiado para hablarles a los hijos de su marido, como si creyera que no eran capaces de entender su acento de boca cerrada y eles testarudas, y parecía sentirse más a gusto con los perros. Era tan difícil de temperamento que Fausto se preguntó si no habría podido quedarse a vivir en Francia, y por primera vez sintió algo parecido al rencor contra su tío Felipe, pues no estaba bien hacerle eso a un muchacho que está despertando a la vida: no estaba bien traerlo de regreso a un país en guerra, a una ciudad que volvía a sufrir bombardeos de aviones que ni siquiera eran españoles, a una familia remendada como una porcelana que se ha roto.

Tras el matrimonio de Domingo y Josefina, los Cabrera se mudaron a una casa grande no lejos de plaza Cataluña. Las sirenas sonaban sin parar durante el día, pero en la nueva casa no había manera de subir a una terraza para ver los aviones. La ciudad vivía con miedo: Fausto lo veía en la cara de Josefina y lo hablaba con sus hermanos, y lo sentía en el aire cada vez que su padre los llevaba a la casa de la tía Teresa. No había pasado una semana desde la mudanza cuando sonaron las sirenas como habían sonado siempre, pero en esta oportunidad la familia, que estaba sentada a la mesa del almuerzo, no tuvo tiempo de esconderse. Un estallido sacudió el edificio y rompió una de las ventanas, y fue tan fuerte que la sopa saltó de los platos y Fausto se cayó de su silla. «¡Bajo la mesa!», gritó Domingo. Habría sido una precaución inútil, pero todos obedecieron. Olga se aferró al brazo de su padre, y Josefina, que masticaba todavía un pedazo de pan, abrazó a Fausto y a Mauro, que lloraban a gritos. «Fíjate si están heridos», le dijo Domingo a Josefina, y ella les levantó las ropas y les palpó el vientre y el pecho y la espalda, y lo mismo hizo Domingo con Olga. «No pasa nada, no pasa nada», dijo entonces Domingo. «Quedaos aquí, yo vuelvo enseguida». Y unos minutos después les trajo noticias: habían pasado los aviones italianos, que se habían encarnizado con Barcelona, y una de las bombas había caído por casualidad sobre un camión cargado de dinamita que estaba aparcado a la vuelta de la esquina. Josefina escuchó con paciencia y luego salió de debajo de la mesa, limpiándose el vestido.

«Vale, ya lo sabemos», dijo. «Terminemos de comer, entonces, que todavía queda sopa».

Pocos días después, la familia se reunió para tomar decisiones. La guerra se estaba perdiendo, y Barcelona era el blanco predilecto de los fascistas. Los italianos, a bordo de bombarderos Savoia, no iban a dejar de asolar la ciudad. El tío Felipe tomó la decisión por todos: «Es tiempo de que os vayáis de España. Aquí no os puedo proteger». De manera que empacaron sus cosas en el Hispano-Suiza y una mañana salieron rumbo a la frontera francesa. Fausto, apretujado contra sus hermanos en un carro diseñado para menos gente, hizo el viaje pensando en varias cosas: en su madre muerta, en poemas de Bécquer y de Géraldy, en francesas de quince años; y también en su padre, que se había quedado atrás para proteger al tío Felipe. Pero sobre todo iba pensando en el tío: el coronel Felipe Díaz Sandino, republicano, conspirador y héroe de guerra. A partir de ese momento, Fausto vería al tío Felipe y pensaría: así voy a ser yo. Pensaría: así quiero ser yo cuando sea grande. Pensaría: Vive la vida de suerte que viva quede en la muerte .

La escena parecía el atrezzo de una mala obra de teatro: una carretera, algunos árboles, un sol que blanqueaba las cosas. Allí, en ese decorado mediocre, estaban Josefina y los Cabrera, apretujados en un Hispano-Suiza a cinco kilómetros de la frontera francesa, en medio de ninguna parte. Pero no estaban solos: como ellos, otros muchos ocupantes de muchos vehículos, y otros hombres y mujeres que habían llegado a pie con sus baúles al hombro, esperaban lo mismo. Huían de la guerra: dejaban atrás sus casas; dejaban atrás, sobre todo, a sus muertos, con esa osadía o ese desespero que le permite a cualquiera, aun al más cobarde, lanzarse a las incertidumbres del exilio. La frontera estaba cerrada y no quedaba más remedio que esperar, pero mientras esperaban, mientras pasaban las horas morosas del primer día y luego del segundo, la comida se iba acabando y las mujeres se iban poniendo más nerviosas, acaso conscientes de algo que los hijos ignoraban. Ciertas esperas son horribles porque no tienen conclusión visible, porque no están a la vista los poderes capaces de ponerles fin o de hacer que ocurra lo que volvería a poner el mundo en movimiento: por ejemplo, que las autoridades —¿pero quiénes son, dónde están?— den la orden de que se abra una frontera. Y en eso estaban Fausto y su hermano Mauro, preguntándose quién podía dar la orden y por qué se había negado hasta ahora a darla, cuando se oyó un murmullo en el aire, y luego el murmullo se convirtió en rugido, y antes de que la familia se diera cuenta, un avión de caza estaba pasándoles por encima, disparándoles con sus ametralladoras.

«¡A esconderse!», gritó alguien.

Pero no había dónde hacerlo. Fausto se refugió detrás del Hispano-Suiza, pero enseguida, cuando el avión pasó de largo, tuvo la sospecha de que el ataque no había terminado, y se dio cuenta de que la parte de atrás, cuando viene un avión de un lado, era la parte de adelante cuando el avión viene del otro. Y así fue: el avión hizo un giro en el aire y volvió desde la dirección contraria. Fausto se metió entonces debajo del Hispano-Suiza, y allí, con la cara contra el suelo de tierra y sintiendo las piedras en la piel, oyó de nuevo el rugido y las metralletas y reconoció el grito de Josefina, que era un grito de miedo y de rabia: «¡Hijos de puta!». Y entonces se hizo de nuevo el silencio. El ataque había pasado sin dejar muertos: caras de miedo por todas partes, mujeres llorando, niños recostados en las ruedas de los carros, orificios de bala —oscuros ojos que nos miran— en algunas carrocerías. Pero no muertos. Ni heridos tampoco. Era inverosímil.

«¡Pero si no hemos hecho nada!», decía Fausto. «¿Por qué nos disparan?»

Josefina contestó: «Porque son fascistas».

Durmieron con miedo de otro ataque. Fausto, en todo caso, tuvo miedo, y era un miedo distinto por ocurrir a la intemperie. Al día siguiente decidieron que la peor decisión era no tomar decisión alguna, así que se movieron: fueron bordeando la frontera, puesto de control tras puesto de control, hasta que encontraron movimientos en la muchedumbre, esos movimientos reconocibles porque son lo contrario de la desesperanza o la derrota: porque se ve en ellos algo que identificamos con las ganas de seguir viviendo. Alguno de la familia preguntó qué estaba pasando, y la respuesta fue la que esperaban:

«Acaban de abrir la frontera».

«Que la han abierto», dijo Fausto.

«La han abierto, sí», dijo Josefina.

Entonces vieron el problema que se les venía encima. Los gendarmes habían abierto el paso, pero estaban separando a los hombres de las mujeres y los niños.

«¿Qué pasa?», preguntó Fausto. «¿Adónde los llevan?»

«A los campos de concentración», dijo Josefina. «Gabachos de mierda».

Entonces le pidió a Fausto que se acercara. Habló con la mirada en el aire y las cejas levantadas, y Fausto comprendió que no debía fijarse en sus ojos, sino en sus manos: las manos que ahora le entregaban una billetera como se revela un secreto.

«Intenta hablar con ellos», le dijo.

«¿Con quiénes?»

«Con los gendarmes. Hablas francés, ¿no? Pues eso».

Fausto y Mauro se abrieron paso entre la gente y encontraron la puerta de unas oficinas. Quisieron entrar, pensando, con razón, que del otro lado de la puerta se daban las autorizaciones que ellos necesitaban, pero los gendarmes los echaron con malos modos. «Nos tratan como apestados», dijo Mauro. «Hijos de puta». Entonces Fausto se fijó en un hombre de traje elegante que caminaba con el sombrero en la mano, y había algo en su manera de sostener el sombrero que le daba autoridad. Fausto agarró a su hermano del brazo y empezaron a caminar detrás del hombre del sombrero, muy cerca de sus zapatos, tanto que hubieran podido hacerle zancadilla. Un par de gendarmes intentaron detenerlos. «¿Adónde van?», les espetó uno. Fausto contestó en francés impecable:

«¿Cómo que adónde? Adonde vaya mi tío».

El gendarme, confundido, miró a su compañero.

«Pues si vienen con Monsieur… », dijo el otro.

Fausto apresuró el paso en la dirección del hombre del sombrero, y no le importó perderlo de vista: habían salvado el obstáculo. «¿Y ahora?», dijo Mauro. «Ahora buscamos una oficina», dijo Fausto. No fue difícil: un barullo de gentes, un movimiento de cuerpos se agolpaba en el fondo de la construcción. Uno de los cuerpos tenía uniforme: era un hombre corpulento, de pelo blanco y bigote menos blanco que el pelo, y a él se dirigió Fausto. «Nos dijeron», aseguró con todo el aplomo que fue capaz de encontrar en su voz de adolescente, «que habláramos con usted». Y le contó su caso.

Le habló de su tío, héroe de la resistencia al franquismo. Le habló de su familia republicana desesperada por salir de ese país donde los fascistas bombardeaban a las mujeres y los niños. Le dijo que había estudiado en París y que los valores de la República eran sus valores. «No podemos hacer excepciones», dijo el oficial. Y después de esas palabras, cuyo único resultado fue la entrada a una oficina y una suerte de audiencia brevísima con un oficinista, Fausto sacó de su bolsillo la billetera de Josefina, y de la billetera, el fajo de billetes. Lo dejó allí, sobre su mano extendida, flotando en el aire. El oficial miró al oficinista.

«Hagamos una excepción», dijo.

Fausto entregó el dinero y a cambio recibió un permiso para pasar a la estación del ferrocarril. En minutos estaban todos reunidos frente a la taquilla, preguntando con una sonrisa cuál era el próximo tren. Josefina pagó los billetes.

«¿Adónde vamos?», le preguntó Fausto a Josefina. «¿Adónde va este tren?»

«Como si va a Siberia», dijo ella.

Pero no era Siberia: era Perpiñán. Fausto no guardaría recuerdo alguno de esa ciudad, pues los días se les fueron a los Cabrera escondidos en un hotel de mala muerte, angustiados por no saber nada de Domingo ni del tío Felipe. Pero no podían hacer nada más que avisar de su paradero y dar noticias. Habían acordado que usarían una dirección de Orleans, la casa de una familia que habían conocido cuando Fausto estudiaba en el Liceo Pothier, como lugar de correspondencia. Varios días después recibieron noticias: los hombres habían sido recluidos en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, pero el tío Felipe, usando los contactos de sus tiempos de agregado militar en París, había logrado que los liberaran. En la carta, el tío Felipe daba instrucciones a la familia para que se reunieran en Burdeos. Allí, juntas las dos familias, decidirían qué hacer.

Y lo que hicieron fue lo mismo que hacían todos los que podían permitírselo: huir de Europa. Por una vez no fue decisión del tío Felipe, que tenía la convicción profunda de que Hitler perdería la guerra y la esperanza de que Franco caería más pronto que tarde. Los demás no estaban de acuerdo: acaso eran más pesimistas, acaso eran más realistas o simplemente tenían más miedo. Por la razón que fuera, esa vez acabaron imponiéndose. Y así fue como Fausto volvió a estar con su padre después de meses que parecieron siglos, y la familia de rojos apestados empezó a recorrer las calles de Burdeos en busca de quien los aceptara. Visitaron todos los consulados de América Latina y soportaron rechazo tras rechazo hasta que un país del que poco sabían les abrió las puertas, y en cuestión de días estaban llegando al puerto sobre el estuario y posando junto a una pequeña multitud de pasajeros desconocidos para un fotógrafo de a bordo, un hombre pequeño y bigotudo que les vendería la foto antes de terminar la travesía. En la parte de adelante, más cerca de la cámara, están las mujeres y los niños, pero también un cura sonriente y un hombre uniformado. Detrás, en las últimas filas, con chaqueta de paño abotonada y la mano apoyada en el barco, aparece Fausto Cabrera, satisfecho de estar entre los hombres, muchos de ellos españoles como él, que se despiden de España con la confianza de volver pronto, que comentan las noticias de una Europa incendiada, que brindan por la fortuna de haber escapado de la muerte y se preguntan de día y de noche, en los camarotes y en la cubierta, cómo será la vida, la nueva vida, en la República Dominicana.